miércoles, 20 de septiembre de 2017

Kuakman en Bután (VI): reyes, tigres y monasterios


Sexta y última entrega del relato que nos deja el inefable Toni Kuakman sobre su viaje al feliz Reino de Bután. En el capítulo anterior le dejábamos a punto de iniciar un circuito cultural por el país.

A la mayoría de ustedes dzong le sonará a nombre de insecticida o algo así pero lo cierto es que se trata de un estilo arquitectónico típico de la parte sur del Himalaya en general y de Bután en particular, y con el que se construyeron buena parte de los monasterios que salpican esa región. Los jong, que es como se castellaniza la palabra, tienen una característica curiosa: sus muros son muy gruesos y están reforzados con torreones, como si se hubieran concebido para resistir un asalto; ciertamente, aquellos cenobios hacían también de fortalezas en tiempos turbulentos y hablo en pasado porque me refiero a un amplio lapso de tiempo que va desde el siglo X hasta el XVII aproximadamente.

En el Bután actual, cada jong es una capital de distrito y tras cada una de esas recias paredes de ladrillo encalado se ubica el gobierno local correspondiente, así como el tribunal de justicia. O sea, una singular combinación de funciones administrativas y religiosas. No voy a aburrirles enumerando todos los jong que visité de la mano de mi guía Tashi y mi conductor Viri; tan sólo diré que aquello fue una versión budista del juego de la oca, de jong en jong y tiro porque me toca.

Pero no crean que por repetir perdían interés. Esos cenobios son una auténtica preciosidad; si por fuera resultan pintorescos y muy icónicos, por dentro son aún mejores, todos de madera y con las paredes pintadas de múltiples temas como la vida de Buda, los cuatro amigos armoniosos, los cielos budistas, etc. Pueden llegar a tener hasta cinco pisos y siempre se ve en ellos un ciprés, árbol sagrado de los butaneses. Bueno, eso y la familia real, cuyas imágenes son omnipresentes e incluye tanto a los reyes actuales, Jigme Khesar y Jetsun Pema, una pareja treintañera superfashion -tienen Facebook y todo ¡en español!- que está más cerca del mundo Beckham-Victoria que del butanés, y al rey emérito, que tiene cinco esposas, multitud de hijos y tropocientos nietos.

Su Majestad Jigme Khesar NamgyelWangchuck (foto: Facebook)

La reina Jetsun Pema (Foto: Facebook)

Ese harén tiene su explicación histórica. Retrocedan atrás en el tiempo e imaginen a un monarca de sangre roja en vez de azul que está sentado en el trono porque su familia se hizo con el poder por las bravas. Tendrá que buscar rancio abolengo en algún sitio ¿no? Pues muy fácil; se busca una cónyuge de alcurnia y todo arreglado. Ahora bien, ¿por qué conformarse con una? se dijo el avispado soberano. Y por el mismo precio se llevó también a sus cuatro cuñadas. Si a alguien le parece algo chirriante ha de saber que, según la tradición, un poderoso espíritu se encarnará en alguna del repóker de hermanas por el mero hecho de ser aristócratas y, dado que era imposible saber en cuál, el rey se las echó a todas al coleto. Así que además de posición social y fortuna había religión de por medio. El primogénito heredó la corona y, como no podía ser de otra manera, fue quien definió el concepto de FIB (Felicidad Bruta Nacional) del que les hablaba el otro día.

De todos los jong merece la pena destacarse dos. Uno, construido en 1499, es el de la Fertilidad (Chimi Lhakhang), en el que hasta el más lelo puede imaginar a qué está dedicado. Y si no, lo averiguará cuando se vea ceremonialmente bendecido por un monje que enarbola, cómo no, un falo que replica al del lama Kunley; un falo de madera, se entiende, y según la tradición, tras tocar con él suavemente la cabeza del visitante, año después éste será padre. Así que ya saben los solteros empedernidos: aléjense de los religiosos con penes en la mano (consejo que leído a posteriori resulta de gran actualidad en occidente, a tenor de lo que cuenta la prensa). Como seguro que alguien se lo preguntará, el miembro mide veinticinco centímetros.

Chimi Lhakhang (foto: And Beyond)

El otro jong aconsejable es el del Nido del Tigre (Taktshang), impresionante porque está colgado de la ladera de una montaña, en el valle de Paro. Llegar hasta él requiere dos horas de fatigosa caminata cuesta arriba que, desconfiando de mis posibilidades físicas, sorteé optando por contentarme contemplándolo de lejos mientras me tomaba un refresco desde una terraza a mitad de camino. Su curioso nombre es un fiel reflejo del supersticioso mundo butanés, al menos si atendemos a la leyenda que me contaron, aunque parece ser que en realidad hay varia versiones. 

Nido del Tigre (Foto: Soham Banerhee en Wikimedia Commons)
El caso, decían, es que en ese lugar, antes de la construcción del monasterio, vivía una humilde pareja de campesinos que guardaba un espeluznante secreto: por las noches ella se transformaba en tigre y atemorizaba a toda la región; entonces el segundo Buda, Padmasambhava (o Gurú Rimpoche, que es más fácil de decir y significa Maestro Precioso), se convirtió en otro tigre, enfrentándose con el primero y derrotándolo. Luego se instaló allí mismo prometiendo que regresaría en otra reencarnación y, como parece que se lo toma con calma, mientras tanto los lugareños han erigido el cenobio. Teniendo en cuenta que el complejo es de 1692 hay que deducir que eso de reencarnarse no debe ser fácil.

En fin, ya que hemos entrado en el proceloso pero siempre fascinante mundo metafísico quedaría hablar de los fenómenos extraños experimentados en persona por mis acompañantes -recuerden, Tashi y Viri- y yo mismo. Pero eso será en el próximo capítulo, que además cerrará la narración de este viaje. Nos vemos la semana que viene. 

CONTINUARÁ

Foto cabecera: El Nido del Tigre (Douglas J. McLaughlin en Wikimedia Commons)

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Kuakman en Bután (V): la ciudad y los perros


Toni Kuakman en Paro. No hay que preocuparse; no se trata de desempleo sino de una nueva entrega tras los pasos del inefable viajero en su visita a la capital del exótico Bután, que tiene tan incómodo nombre a pesar de que, según nos cuenta, no es mal sitio.

Paro es una ciudad agradable. Lo sería aunque sólo lo debiera al hecho de que no se ve aluminio por ninguna parte; todas las puertas y ventanas tienen marcos de madera y está prohibido construir edificios de más de cinco pisos, por eso, dicen, sólo hay un ascensor en todo el país y está en un hotel de lujo. Además, las casas guardan más o menos una estética tradicional, con animales pintados en sus fachadas. Sí, ya sé qué están pensando: aparte de los falos, pero cuya presencia decae en el centro urbano como si la modernidad impusiera su orden serio y aburrido.

En mi primer paseo por la calle me di cuenta de que cruzar de una acera a otra era una experiencia nueva, diferente, única: no sólo no hay semáforos sino que tampoco se pintan pasos de cebra en el suelo, lo cual tiene su intríngulis porque el tráfico es bastante intenso. No sé si en serio o en broma, me contaron que 1999 fue una fecha para la posteridad pero no por su presunta cercanía al fin del siglo sino porque ese año se instaló un semáforo por primera vez en la historia del país y hubo que retirarlo al poco por decisión popular.

Semáforos no habrá y penes tampoco, pero lo que son perros, aquello parece una película de Walt Disney. Se cuentan por centenares: perros en las aceras, en las cunetas, en las plazas, en los aparcamientos, a la entrada de los mercados; perros durmiendo la siesta en medio del cemento o cruzándose al paso de los coches; perros solitarios o viviendo en ruidosa comuna; perros mestizos de todos los tamaños y colores, sucios y sarnosos, siempre aguardando una mano amiga que les ofrezca algo de comida para poder cubrir así un capítulo más de su efímera esperanza de vida.

Perros non stop

De hecho, los canes se integran en ese pandemónium que forman los peculiares habitantes de Paro, la mayoría vestidos a la manera tradicional -apenas se ven vaqueros o camisetas y sólo entre los jóvenes-, mezclándose con monjes que pasean móvil en mano y se detienen ante los escaparates de moda en busca de las mejores ofertas. No se veía a ningún occidental, hasta el punto de que cuando pasaba ante algún cristal y veía mi reflejo me resultaba chocante. Y, sin embargo, en ningún momento tuve la sensación de llamar la atención a nadie, lo cual no deja de ser una extraña sensación casi de ninguneo.

La globalización parecía haberse perdido por el camino, lo cual es curioso porque, según me dijeron, una de las grandes aspiraciones estratégicas de Bután es atraer turismo y convertirlo en el motor económico nacional. Les queda un mundo por delante para ello, puesto que me resultó dificilísimo encontrar una tienda de souvenirs. Pero ni camisetas ni pins ni imanes de nevera; lo más aproximado, falos aparte, fue un comercio de productos típicos en el que lo más vendido es un hongo subterráneo medio descompuesto que crece en las montañas y es lo suficientemente asqueroso como para causar furor entre los chinos. ¿Por qué? Por lo de siempre; lo llaman la viagra del Himalaya.

Merchandising típico de Bután

Como no era capaz de dar con un sitio donde comprar alguna de esas gilipolleces que solemos llevarnos a casa como recuerdo de los viajes, al final opté por hacer una cosa muy curiosa que sí es típica de allí: imprimir sellos con tu cara. En cuestión de minutos tenía un montón de ellos con mi rostro, tal cual fuera todo un rajá y, ya puestos, decidí probar su validez. Así que tiré de lengua salival y mandé unas cuantas postales; llegaron todas y con mi careto en ellas, para estupefacción de sus receptores.

No se había dado mal aquella primera jornada, teniendo en cuenta que no me había ocurrido ninguna desgracia. Sólo hubo un pequeño borrón ya en el hotel, cuando me acosté y empezó una noche de perros. No es una mera expresión; el problema de la superpoblación canina de Paro está en que cuando uno empieza a ladrar otro le contesta, los demás se unen al concierto y al cabo de un rato todos se vienen arriba en una especie de competición por ver quién aguanta más. Y menuda resistencia tienen; la zarabanda puede durar horas. La gente de sueño ligero no lo pasará bien en Paro.



Fue incómodo no sólo porque no le tenga una afición especial a las jaurías ruidosas sino también porque al día siguiente tenía que madrugar para hacer un circuito. Que no haya turistas no quiere decir que falte oferta de ocio y se puede elegir entre realizar un trekking para ver los ochomiles de cerca, una opción de deportes de aventura o una serie de visitas culturales, que fue lo que elegí porque a los más de dos mil metros de altitud en que se sitúa la ciudad no seduce mucho la idea de hacer esfuerzos.

CONTINUARÁ

Foto cabecera: Stephen Shephard en Wikimedia Commons

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Kuakman en Bután (IV): el PIB de la felicidad

Drukpa Kunley (Imagen: Wikimedia Commons)
Cuarta entrega del relato facilitado por Toni Kuakman de su viaje a uno de los destinos más exóticos que tiene en su currículum: Bután. Tras las vicisitudes y apuros de rigor en las jornadas anteriores, de entre las que cabe destacar un terremoto, un stock de seguros, el habitual olvido de maleta, la más habitual aún pérdida del pasaporte y un aluvión de gente demandando sus servicios como rellenador profesional de fichas, por fin consigue, con la ayuda de Buda, pisar la capital "butanera", Paro.

Crucé la puerta de la terminal y allí estaban esperándome, cartel en mano, mi chófer y mi guía. Inmediatamente se presentaron  de forma cordial pero por mucho que hubiera practicado mi sánscrito al salir de Katmandú tengo que admitir que aún no lo dominaba bien así que durante unos días procuré dirigirme a ellos evitando llamarles por sus nombres y poniendo mis pabellones auriculares en modo esponja cuando alguien hablaba con ellos para tratar de aprendérmelos de memoria a base de escucharlos y practicarlos luego en la habitación del hotel. Y así hasta que, en efecto, poco a poco me di cuenta que las gracias de mis anfitriones eran tan fonéticamente complicadas como Viri (el conductor) y Tashi (el guía). Ah, ya lo decía el criado de Alfonso XIII cuando en 1931 llegaron a París en el exilio: "Aquí nadie habla en cristiano".

El caso es que Viri y Tashi, que dichos así parecen el título de una serie de dibujos animados, me dijeron que no tenían a ningún otro cliente que atender porque estábamos en temporada baja -sí, confieso que yo también me sorprendí de deducir que, por tanto, Bután tendrá temporada alta-, de manera que estaba a mi servicio exclusivo mientras les necesitara. Y formamos un triunvirato turístico que me vino muy bien porque a menudo pensaban por mí y se adelantaban en prevenir cualquiera de mis acostumbrados desaguisados.

Mi primer contacto con la cultura budista propiamente dicho -aparte de los coscorrones aéreos que les relaté en el episodio anterior-  llegó tras el trayecto en coche desde la terminal hasta el centro urbano, realizado por una carretera llena de curvas pero sorprendentemente bien asfaltada. Una vez en Paro -qué mal suena esto-, o mejor dicho, en sus inmediaciones, descubrí que sus gentes son tan supersticiosas como felices. Ya dije en otro capítulo que Bután tiene fama de ser el país más feliz del mundo, pero es que la cosa va más allá: es la única nación del mundo, que yo sepa, que no mide su PIB por lo que produce sino por la felicidad de sus habitantes. Hay cientos de funcionarios dedicados a recorrer las aldeas dispersas por el Himalaya entrevistando a sus habitantes para saber su nivel de felicidad. No es una forma de hablar; es tal cual y no lo hacen con criterios subjetivos sino materiales, ya que ese sentimiento, para ellos, va estrechamente vinculado al grado de satisfacción que obtienen de los servicios públicos. Así que ya saben, el aforismo clásico de que el dinero no da la felicidad es cierto; lo hacen  la sanidad, la educación, las comunicaciones, etc. Claro que teniendo en cuenta que hablamos de Bután y no de Escandinavia, habrá que ver a qué altura se sitúa el listón de dicha satisfacción.


Pero decía que también son supersticiosos a más no poder y basta dar una vuelta en coche para verlo con los propios ojos. Si nuestras carreteras están flanqueadas por legiones de señales de tráfico y radares, en las de allí hay pequeños montoncitos de piedras policromadas. Miles de ellos con significado mágico. Por no hablar de las banderolas, claro. Son esos hilos que convergen en un mástil sosteniendo cada uno de ellos docenas de banderines, también de colores (uno por cada elemento, verde-agua, azul-cielo, blanco-aire, rojo-fuego, verde-agua y amarillo-tierra) que llevan escritos mantras religiosos que sólo los monjes entienden; por tanto, la mayoría de los fieles los ponen sin saber nada de su contenido y lo mismo podría ser una plegaria que una receta de cocina que la letra de una canción de Julio Iglesias, que se enterarían tanto como yo.

Banderolas en Bután (Foto: Christopher Michel en Wikimedia Commons)

Ahora bien, pocos tótems parecen más apreciados en Bután que los falos; los hay donde quiera que uno vaya, en las fachadas de las casas, en los bares, en las tiendas de recuerdos; de pequeño tamaño o king size; realistas o manieristas; tallados con profusión de detalles, ya sean véllicos o eyaculadores, o bien pintados con cromática fantasía; pero siempre, siempre, erectos como la Torre Eiffel. La culpa de esa priápica afición la tuvo Drukpa Kunley, alias el divino loco, un yogui budista que vivió en entre los siglos XV y XVI y era practicante de la filosofía tántrica -ya saben, la que utiliza el sexo como una vía más hacia la armonía y la espiritualidad-, quien tenía la sorprendente técnica de ir seduciendo a mujeres casadas para a través de ellas -literalmente, añado- llegar a sus maridos. En fin, que el tipo debió tener éxito en sus prédicas y hoy se le recuerda con bálanos non stop; hasta nuestro coche tenía el suyo colgando del retrovisor, en vez de la clásica pata de conejo.

Decoración de una fachada (Foto: C980040 en Wikimedia Commons)

Por lo demás, otros elementos fundamentales del paisaje ya los había visto en Nepal, como las vacas sueltas por las carreteras -y con preferencia- o los campamentos, si allí de gente que había perdido su casa por el terremoto, aquí de emigrantes precisamente nepalíes, llegados para trabajar como picapedreros en las obras de una carretera concreta que cruza el país de Este a Oeste. También las estupas, esas característicos monumentos funerarios que suelen presentar forma de campana y alcanzar tamaños diversos, siendo algunas grandes como casas. Las estupas tibetanas constan de cinco bases escalonadas (de nuevo una por cada elemento), la bumpa (vasija) o cuerpo principal y un tejado o cúpula rematados con pináculo; a menudo sostienen las banderolas que citaba antes. 

Estupas de Bután (Foto: Christopher Michel en Wikimedia Commons)

Con esta primera visión de felicidad colectiva, creencias ancestrales, miembros viriles omnipresentes y vacas por doquier entramos en Paro. Tenía curiosidad por saber si la ciudad sería igual de pintoresca. Si pudiera, sospecho que ella también pensaría lo mismo de mí.

CONTINUARÁ...

martes, 29 de agosto de 2017

Kuakman en Bután (III): la bendición de Buda

En el episodio anterior, Kuakman se encontraba con un Katmandú que no sólo convalecía de los efectos del reciente terremoto sino que, además, aún sufría temblores esporádicos. Como sólo tuvo que pernoctar un par de noches no dio tiempo a ningún desastre, ya fuera causado por la Naturaleza o por él, y así pudo dejar Nepal para dirigirse hacia su verdadero destino, Bután.

Recordarán que a mi llegada a Katmandú tuve un pequeño incidente con mi maleta. Pues bien, para completar el círculo se me presentó una ocasión de oro de perder el avión a Paro que, para mantener mi fama, no podía dejar pasar pasar sin intentar concretarla. Así, un grupo de veinteañeros que se encontraban en la terminal para viajar a no recuerdo dónde y que tenían pinta de estar más perdidos que un pulpo en un garaje se me acercaron para que les ayudase a rellenar la ficha de salida. Nepal es un país curioso, como imaginarán, y una de sus rarezas es que las típicas fichas con datos personales se rellenan para irse en vez de para entrar. Lo cual suponía un problema para aquella muchachada que, frente a lo que creí al principio, no es que hubieran cogido el papel equivocado, es decir, en inglés, con alfabeto occidental, sino que tampoco se arreglaban con el impreso en sánscrito.

De hecho, llegué a la conclusión de que simplemente no sabían leer ni escribir, porque fui yo quien tuvo que rellenarles las casillas intentando deducir, con un esfuerzo neuronal que rayaba en el virtuosismo, lo que me decían vocalmente. Y no era cosa fácil, créanme; los pobres se las veían y deseaban para tratar de deletrearme su nombre (aunque no tanto como yo para entenderles); y ésa fue la parte fácil, pues luego tocaba la fecha de nacimiento, que ninguno parecía saber ni en calendario gregoriano ni en el sambat nepalí. Y allí me fajé explicándoles lo que eran nuestros meses, infatigable pero con el mismo éxito que tendría un ingeniero aeronáutico enseñando física cuántica a una tribu amazónica de ésas que nunca han tenido contacto con los blancos.

¿Alguien se atreve? (Imagen: dominio público en Wikimedia Commons)


En un esfuerzo titánico que me honra, aunque no esté bien que lo diga, logré rellenar la ficha de cuatro de ellos y ya me autofelicitaba sin falsa modestia cuando de pronto me ví rodeado por un montón más, algunos de los cuales incluso empezaron a formar una fila para obtener mis impagables servicios. Eso sí, todos mostrando enfáticamente con los dedos el número de su mes de nacimiento, lo que dicho sea de paso, insisto, hablaba muy bien de mi capacidad pedagógica. Pero completar aquel trabajo era una tarea que seguramente tendría recompensa en el karma -permítanme este inserto tan acorde a aquellas latitudes- pero que en esos momentos estaba a punto de hacerme perder mi vuelo, dado que en la pantalla de información aparecía el aviso de última llamada para embarcar. Devolví los papeles a los jóvenes, en plan Mesías les dije que se ayudaran unos a otros como yo les había ayudado... y me fui corriendo. Antes de que alguien se lo pregunte: no, no olvidé la maleta.

En todo caso pude perder la consciencia pero ya en el aire, porque el avión era tan pequeño e inestable que cada vez que una turbulencia nos hacía saltar, cosa que ocurrió cada poco, yo pegaba con la cabeza contra el techo. Pero ningún problema, oigan; más tarde me explicaron que a eso lo consideran una bendición de Buda, así que puedo estar contento porque pocos habrá en este mundo tan bendecidos como menda. Y no vean lo que aterrizar en Paro; su aeropuerto es uno de los más acongojantes del mundo, ubicado entre montañas como paredes y con la pista terminando abruptamente en un precipicio. De todas formas es posible que mi amigo Siddharta Gautama me acompañara realmente en aquel trayecto porque, además de que entre coscorrón y coscorrón bendición y bendición tuve el privilegio de contemplar las impresionantes moles del Himalaya desde lo alto sin peligro de mal de altura ni de edema pulmonar, tras tomar tierra y dirigirme al mostrador para entrar en el país necesité de sus servicios al presentárseme una de mis clásicas e inevitables adversidades.

El Aeropuerto de Paro/Foto: Douglas J. McLaughlin en Wikimedia Commons

Insisto en que no había perdido el equipaje... pero sí la documentación. Por más que busqué en la mochila no apareció y sólo me quedaba una última esperanza: que la hubiera dejado a bordo. Todo un problema porque en ningún aeropuerto permiten a un pasajero dar media vuelta y volver a subir cuando ya está en la terminal. Pero, ah, estábamos en Bután que, como les comentaba en la primera entrega de este viaje, es el país de la felicidad. Así que, para mi pasmo, pude abordar la aeronave otra vez y recuperar el pasaporte, que estaba en el asiento, por supuesto. Gracias, Buda. Luego pensé que aunque ya hubiera despegado tampoco importaba mucho; la flota de Butan Airline consta sólo de dos unidades, así que únicamente tendría que esperar al vuelo de retorno, como si fuera un autobús urbano. Karma completado.

CONTINUARÁ

lunes, 21 de agosto de 2017

Kuakman en Bután (II): escala en Katmandú


En el artículo anterior dejamos a Kuakman dispuesto para, tras algunas vacilaciones, iniciar su viaje a Bután. Antes de entrar en el país eligió hacer escala en Katmandú, sin importarle el hecho de que apenas unas semanas antes Nepal había sido sacudido por un fuerte terremoto. Nada detiene al audaz viajero.

Es increíble la cantidad de controles que tiene uno que pasar en el aeropuerto de Katmandú. No sé si se debía al terrible seísmo, que obligaba a recibir una cantidad extra de vuelos con ayuda humanitaria, pero el caso es que resultaba desesperante tener que someterse a la auscultación del policía en la zona de desembarque para después, a la salida de la terminal y ya con el equipaje recogido, volver a pasar por el mismo trámite. Parecería que allí son refractarios al turismo, tal cual parece que se pone de moda en algunos enclaves españoles mediterráneos, aunque en realidad creo que la palabra clave más bien es burocracia. En cualquier caso, algo que tenía todos los números para jugármela... y me la jugó.

Con el cansancio del viaje -recordemos, las conexiones anteriores Asturias-Madrid-Abu Dabi-, la tensión por tanta vigilancia y el miedo a perder el pasaporte (como me ocurrió en Tailandia), pasó lo que tenía que pasar tratándose de mí: salí con la bolsa de mano pero se me olvidó la maleta. No fui yo quien se dio cuenta sino el taxista que me recogió, extrañado de que no viajase desde tan lejos más que con aquel pequeño bulto. De pronto sonó una campanada en mi cerebro y recordé que la había dejado en el segundo control, el de la salida, así que salí disparado como un cohete haciendo el recorrido contrario al resto de pasajeros, regateándolos como si fuera el mismísimo Messi; algo que seguramente haría reir a quienes me conocen y saben que no me gusta hacer esfuerzos físicos más allá de inspirar y expirar.

Aeropuerto de Katmandú/Ralf Lotys en Wikimedia Commons

Pero en aquellos dramáticos momentos hubiera podido dejar atrás a Usaín Bolt y, de hecho, mi vehemente incursión en la terminal fue de tal calibre que todos los policías de servicio se quedaron de piedra, incapaces de determinar si aquella centella que atravesaba el edificio era un ser humano, The Flash o un meteorito que acababa de caer para redondear la labor del terremoto. Por suerte, porque lo normal es que hubieran sacado su arma y dado la alarma general. En fín, la maleta estaba donde la dejé, junto a la cabina de control, custodiada por el agente que me había atendido. Con tono amable pero, a la vez, cierto deje que revelaba la sorna que a buen seguro le invadía, me explicó que había salido detrás de mí para avisarme pero no pudo dar conmigo. Me sentí el ser más idiota del universo y, lo que es peor, sospecho que él pensaba lo mismo.

Ya con todo el equipaje, durante el trayecto hasta el hotel tuve ocasión de formarme una primera opinión sobre la capital nepalí. Con la excepción de los cuatro puntos turísticos de rigor, el resto no deja de ser una amalgama de barrios mal diseñados, de inexistente concepción urbanística, cables de electricidad y telefonía colgando de todas partes, un tráfico caótico, perros vagabundos por doquier y vacas rivalizando con ellos por tener la preferencia en el paso por las calles. O sea, todo eso precisamente que tienen de asqueroso, pero también de encanto, las ciudades del Tercer Mundo.

Lo que verdaderamente me sorprendió de Katmandú fue descubrir los pocos daños que había causado el seísmo, al menos a la vista. Un muro caído aquí, un edificio derrumbado allá, unas grietas en una casa acullá... Algún campamento provisional con tiendas de campaña para los damnificados pero tampoco demasiado grande; he visto mayores acampadas en la Puerta del Sol. Al parecer, contó el taxista, lo más fuerte ocurrió en la parte occidental del país y, en todo caso, en los barrios del este de la ciudad. No le dí mayor importancia, pues, a la cosa, ya que de todos modos tenía reserva en un hotel de luxe que según todos los comentarios de Internet había resistido sin problema.

Un campamento improvisado/Foto: Punya en Wikimedia Commons

Pero cuando llegamos... sorpresa, sorpresa. La fachada del edificio estaba cubierta por lonas y andamios -encima de madera-, con la recepción cerrada y clausurados los bonitos jardines que tanto me habían gustado en las fotos. El hotel, que era un antiguo palacio reconvertido, se asemejaba más al escenario de un bombardeo aéreo, como si el dichoso terremoto hubiera concentrado en él todos sus efectos para perdonar al resto de la urbe. Y en eso me había gastado un dineral...

Me registre entre escombros, dejé las maletas y en cuanto pude salí a dar una vuelta, no fuera a desplomárseme el techo encima, enfilando la dirección del barrio turístico, que estaba cerca. Tanto que no pude evitar hacer un nuevo alarde y me perdí. Por la calle paseaban dos veinteañeras a las que dudaba si preguntarles, temiendo que se asustaran de un bárbaro extranjero con quién sabe qué aviesas intenciones, tal cual había visto hacer por sistema a todas las mujeres vietnamitas. Pero en lugar de eso las chicas se deshicieron en amables explicaciones orientativas y, como debieron pensar -no sin razón- que no me enteraba de nada, hasta se ofrecieron a acompañarme un trecho del camino. Y allí estaba el bueno de Toni Kuakman con una belleza en cada brazo en un momento glorioso para inmortalizar en una foto... que no hice para evitar malas interpretaciones, lo siento.

Vista aérea de Katmandú/Foto: Sarojpandey en Wikimedia Commons

Luego llegó el bajón. No porque mis hadas madrinas se despidieran, que también, sino porque el barrio turístico resultó ser deprimente. O, mejor dicho, no ser sino estar: la catástrofe había vaciado sus antaño animadas calles y tan sólo quedaban los comerciantes, que a la voz de turista a estribor salían de sus tiendas raudos y ávidos, como un banco de pirañas al olor de la sangre. Igual que las moscas en verano y dado que yo era el único visitante que veían en semanas, era imposibe quitárselos de encima, así que huí como pude y regresé a las ruinas de mi hotel para enviar algún whatsapp desde la soledad de mi cuarto.

En ello estaba cuando noté que la cama empezaba a moverse al estilo de El exorcista. Después el temblor aumentó y aunque se detuvo enseguida, me alarmó, curiosamente, el hecho de que la gente hablaba a gritos, los pájaros chillaban como posesos y todos los perros de la ciudad -y son muchos perros, créanme- parecían ladrar al unísono. Bajé a recepción en pijama pero el personal estaba tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada. Es más, eso es lo que me dieron a entender: únicamente era un pequeño temblorcillo de cinco grados en la escala Richter. Para que se hagan una idea, los mismos que el terremoto de Lorca de 2011. Les pregunté cuál era el plan de emergencia si venía uno fuerte; la respuesta, grandiosa, quedará para siempre en los anales de mi memoria: permanecer en la habitación hasta que me avisaran por teléfono.

CONTINUARÁ

Foto cabecera: Ananta Bhadra Lamichhane en Wikimedia Commons

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