domingo, 26 de abril de 2015

La Catedral de Oviedo (y II)


"La torre de la catedral, poema romántico de piedras, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne..."
(La Regenta, Leopoldo Alas Clarín)
Hacerse una foto con la catedral ovetense detrás no es tan fácil como parecería. Salvo que se disponga de un ojo de pez o algo así, resulta complicado lograr retratarse y que al fondo se vea el edificio entero, como muchos pretenden. Y eso que la plaza donde se ubica es amplia -tanto como para albergar conciertos y espectáculos diversos- desde que en 1930 se demolió la manzana de casuchas que la atravesaba transversalmente y que cerraba aún más el ángulo ante la fachada. Pero la estatua de La Regenta que mencionaba en el post anterior no se colocó allí al azar. Uno le pasa el brazo por el talle a doña Ana Ozores y ya tiene recuerdo con ella y el ansiado decorado arquitectónico.

La plaza de la Catedral con la estatua de la Regenta
Cerrando un poco los ojos y mirando hacia la mitad de los ochenta metros de altura de la torre, no cuesta imaginar a Fermín de Pas, el magistral de la novela de Clarín, oteando entre las volutas renacentistas, con su catalejo apuntando a esa Vetusta sobre la que cree tener superioridad moral: "Era una presa que le disputaban pero que acabaría de devorar él solo (...) veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo..."

También se pueden venir a la mente los guardias de asalto que se atrincheraron allí durante la Revolución de Octubre impidiendo que los mineros pudiesen entrar en la catedral a destruirla. Aunque sí consiguieron una verdadera catástrofe: la quema de la Sala Capitular (incluyendo los archivos y la bellísima sillería del coro, de la que sólo se salvaron seis sillas, si bien se ha restaurado recientemente) y la voladura de la Cámara Santa con dinamita, en un intento fallido por demoler la torre que se enmarcaba en la fiebre de destrucción extendida por toda esa parte del casco antiguo ovetense.

Sin embargo la torre, que como digo era el verdadero objetivo, sólo vio aplazada la amenaza porque quedaría  mutilada dos años después, durante la Guerra Civil, al recibir el impacto de un obús que la redujo a escombros (más ciento sesenta disparos de artillería y fusilería que dejaron maltrecho el resto del edificio). Así, las labores de restauración iniciadas en 1935 y suspendidas por el conflicto bélico, tuvieron que volver a empezar rehaciendo lo rehecho, valga la redundancia. Se concluyeron en 1942.

La Sala Capitular, restaurada


El chapitel renacentista con el pararrayos
En realidad no era la primera vez que ese "índice de piedra que señalaba al cielo" sufría daños. Sólo que anteriormente fue la Naturaleza la mutiladora porque en cinco ocasiones, que se sepa, ya había recibido descargas de rayos.  Al respecto, cabe retomar de nuevo la descripción de Clarín: "Como haz de músculos y nervios, la piedra, enroscándose en la piedra, trepaba a la altura haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre ésta una cruz de hierro que acababa en pararrayos". Las malas lenguas también consideran dañinos otros ataques, menos violentos pero igual de perjudiciales, como las reformas acometidas por el obispo Martínez Vigil a caballo entre los siglos XIX y XX.

Y es que la Catedral de Oviedo ha tenido que someterse a continuas obras de rehabilitación o transformación a lo largo de su historia; la primera, ya en la segunda mitad del siglo XII, cuando se empezó a sustituir la primitiva románica por otra gótica, acorde al crecimiento de la ciudad por la afluencia de peregrinos, que difundían el nuevo estilo gótico y consideraban la anterior "fea y pequeña".


A la izquierda, asomando levemente, la torre gótica; a la derecha, en primer plano, la románica

¿Y qué hay del interior de la Catedral? preguntarán. Pues tiene planta de cruz latina con girola y tres naves -la central más alta y ancha- cubiertas con bóvedas nervadas, siendo una buena muestra de los cambios estilísticos que se sucedieron a lo largo de tres siglos de obras. El edificio no se empezó por el tejado pero tampoco por el templo en sí, sino por el claustro (que sustituye al anterior románico) y la Sala Capitular, primeros trabajos góticos acometidos a finales del siglo XIII. La iglesia vino unas décadas después, en el año 1382, para convertir el presbiterio en capilla mayor, bajo la dirección de los arquitectos fueron Juan de Badajoz el Viejo, Juan de Candamo de las Tablas y Pedro Bunyeres.

La nave central con el retablo mayor al fondo

Coexisten elementos góticos y renacentistas tanto en la torre, del siglo XVI, como en la fachada, porticada y con una entrada a cada nave. Las puertas de madera tallada, del XVIII, hechas por Francisco Meana, daban paso al trascoro, una zona que en su época se usó para representar comedias. También barrocos eran los dos órganos que el citado obispo Martínez Vigil mandó eliminar, junto con otros elementos decorativos medievales que consideraba anticuados (verjas, púlpitos, rejas, sillería...), en su febril y hortera modernización.

Las puertas de madera tallada

Como es habitual, en los laterales se suceden las capillas, muchas de ellas decoradas en estilo barroco. Pero hay que hacer mención especial para la Capilla del Rey Casto, que se comunica con el crucero por un extraordinario arco ojival con parteluz -obra del flamenco Juan de Malinas- en uno de cuyos laterales hay una estatua de San Pedro portando en la mano la llave del Cielo, de hierro; es tradición hacerla girar para garantizarse la entrada. 

El arco gótico que comunica el crucero con la Capilla del Rey Casto. San Pedro, a la derecha

Bien iluminada gracias a un cimborrio, esta capilla acoge el Panteón Real, terminado en 1717, donde yacen varios reyes asturianos junto a alguno leonés y sus respectivas esposas. No busquen a Pelayo, el primero, ni a Fávila, al que se merendó un oso; pero sí encontrarán a Alfonso II, por ejemplo (el que da nombre a la capilla) o a Ramiro I, impulsor del prerrománico regional. Estatuas y bustos de esos monarcas se pueden ver en el lateral derecho de la Catedral, en el Jardín de los Reyes Caudillos, escenario habitual de fotos nupciales por su recoleta belleza rematada al fondo con el campanario del vecino Convento de San Pelayo.


Jardín de los Reyes Caudillos con el campanario del convento detrás

¿Más curiosidades? Donde empieza el brazo norte del crucero, casi a la entrada de la Capilla del Rey Casto, en una hornacina bajo un arco con una inscripción que reseña su apertura en el siglo XVIII, estuvo durante años un enorme y ennegrecido jarrón de piedra caliza conocido como la Hidria que la tradición identificaba con una tina de vino de las bodas de Caná. Tuvieron que retirarlo del público porque todos los peregrinos se empeñaban en tocarlo y estaba muy desgastado.

La Hidria


El casi desconocido rosetón norte

En la nave opuesta se encuentra la talla de piedra policromada, románica, de San Salvador (foto de la izquierda), ante la que se postran los peregrinos que hacen el Camino de Santiago. Tenía la facultad milagrosa de devolver la vista a los ciegos, el habla a los mudos y exorcizar posesiones diabólicas pero, al parecer, se le han agotado las pilas. En medio, el gran retablo mayor, que mide ciento cuarenta y cuatro metros cuadrados por doce de altura y cuyo dorado resplandece espectacularmente, es obra de Giralte de Bruselas y Juan de Balmaseda, con Alonso Berruguete a cargo de dorados y decoración pictórica.

San Salvador, consumado galeno y exorcista, con el retablo mayor al fondo
Por último, decir que en lo alto de la torre hay cuatro grandes campanas trasladadas desde la Torre Vieja románica y llamadas Santa Cruz, Santa Bárbara, Esquilón y Wamba; ésta, que lleva nombre de rey visigodo y pesa ochocientos treinta y tres kilos, fue fundida en bronce en 1219, lo que la convierte en la más antigua del mundo en funcionamiento. Por tanto, es anterior incluso a la propia catedral,  y, de hecho, entre sus curiosas inscripciones, se puede leer una que reza "Cristo truena, Cristo suena, Cristo reina, Cristo impera" pero también una curiosa invocación pagana:  "Júpiter Tonante, que en su aparición se rodea de truenos y sonidos potentes".

Fotos: JAF
Fotos interiores: Catedral de Oviedo
Foto final: España es Cultura

domingo, 19 de abril de 2015

La Catedral de Oviedo (I)


"No era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza y, hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones".
(La Regenta, Leopoldo Alas Clarín)
Aunque los iconos más representativos de Asturias sean la triple ventana característica del arte prerrománico -aprovechada para el logotipo turístico- y la famosa Cruz de la Victoria -más falsa que los dientes de una vieja, al menos su interior de madera-, lo cierto es que los asturianos, y muy especialmente los ovetenses -los gijoneses seguramente no tanto- también añadirían la emblemática, singular y algo achaparrada silueta de la Catedral del Salvador.

Al contrario que la mayoría de este tipo de templos, tiene la rareza de estar dedicada a Cristo en vez de a la Virgen; no digamos ya al apóstol Santiago, como la gallega, porque inevitablemente brotan los versos ad hoc, ya saben: "Quien va a Compostela y no al Salvador, visita al criado y olvida al señor". Es una alusión al Camino del Norte de la ruta jacobea, del que, por cierto, las referencias no eran muy positivas en el Medievo: "malpoblado y estéril. Mucho más montuoso que el otro", lo describían los peregrinos dejando patente la dificultad de la orografía cantábrica. Por cierto, los peregrinos que fallecían en la ciudad eran enterrados en un cementerio creado ex profeso en el recinto catedralicio, tras la girola.

Pero vaya, si de rarezas se trata ésas son sólo algunas de las muchas que reúne la catedral carbayona. Por ejemplo, se acabaron los fondos para la otra -o alguien hizo negocio, que ya estaba todo inventado- así que tiene una única torre, al menos en la fachada. Y el tono oscuro de la piedra, causado de las frecuentes lluvias, la asemejan más a las catedrales alemanas. Luego está esa típica amalgama sucesiva de estilos que se fueron superponiendo siglo tras siglo, desde el citado prerrománico hasta el neoclásico, pasando por románico, gótico, renacentista o barroco, que terminaron difuminando la estructura de la planta. 

La portada principal, gótica

Hay a quien le gustan más las catedrales exentas, de perímetro perfectamente rodeable, como la de León, y quien prefiere las formadas por acumulación de capillas, ampliaciones y elementos adosados que le dan un aire complejo y laberíntico, como la de Burgos o la de la propia Oviedo; parafraseando al sargento Burns, los gustos son como los culos: todo el mundo tiene el suyo.

Inmortalizada por Clarín en La Regenta, cuya protagonista, plasmada en una estatua con la torre detrás, se ha convertido en el decorado perfecto para las fotos turísticas, forma parte insospechada del conjunto de edificios prerrománicos de la capital del Principado, junto con Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo, San Julián de los Prados y La Foncalada. Y es que, dado que no se conserva nada de la basílica anterior erigida por Fruela y que los musulmanes destruyeron en el año 794, la parte más antigua de la catedral ovetense es contemporánea de ese siglo IX. Me refiero a la Cámara Santa, un tímido intento de reconstrucción de la anterior por parte de Alfonso II el Casto.

En realidad era la capilla del palacio real, que estaba en la misma plaza actual y del que tampoco quedan restos en pie salvo algunas trazas en la llamada Huerta del Campanero (porque allí vivían los campaneros, evidentemente) y la iglesia de San Tirso,  cuya extraña torre cuadrangular se alza al lado mismo de la catedral constituyendo la tercera en el mismo lugar, junto con la de la catedral misma y la del convento de San Pelayo, que asoma por detrás, formando entre todas lo que en su tiempo fue el peculiar skyline pétreo de Oviedo.


La torre de San Tirso al lado de la de la Catedral

En cuanto a la  Cámara Santa tiene hoy dos plantas en altura, siendo la inferior, llamada de Santa Leocadia, una cripta donde se conservan los presuntos restos mortales de San Eulogio y Santa Leocricia, y la superior una capilla en honor de San Miguel decorada con un interesante apostolado románico en relieve. En esta última, tras una recia verja, se guardan y exhiben las reliquias, aquellas que atraían a los peregrinos y exorcizaban posesiones diabólicas, como está documentado.


Cripta de Santa Leocadia

Capilla de San Miguel, con el apostolado románico y el tesoro

Sin embargo, no pudieron nada contra los ladrones que las robaron en 1977. No piensen en una operación de película; los culpables eran dos desgraciados del montón que lograron entrar gracias a que sólo una antigua verja protegía el tesoro (años después se puso un cristal blindado que además mejoraba la contemplación de los objetos, pero las protestas de los puristas obligaron a restituir las rejas). Fueron localizados y detenidos rápidamente, cuando intentaban vender por piezas las joyas que previamente habían desguazado y que, por tanto, fue necesario restaurar: la Cruz de la Victoria que citaba antes (enarbolada, según la leyenda, por don Pelayo en Covadonga y hoy en la bandera asturiana), la de los Ángeles (símbolo de Oviedo, creada por otro mito fantástico de referencia celestial), la Caja de las Ágatas (arqueta remachada con piedras preciosas) y el Arca Santa (una caja cuadrangular de plata repujada).


Cruz de la Victoria (izquierda) y Cruz de los Ángeles (derecha)

La Caja de las Ágatas
Detalle decorativo del Arca Santa

También hay otros objetos variopintos -aparte de los restos humanos de un puñado de santos-, desde un crucifijo de plata, marfil y piedras preciosas que lleva dentro un lignum crucis (sí, otro) a tres dípticos, pasando por cinco espinas de la corona de Cristo, una cartera de San Andrés (!), una sandalia de San Pedro (!!), etc. Asimismo, figura en la lista una sotana de San Pío V y la casulla de Melchor García Sampedro, el único santo asturiano.

El Santo Sudario

Pero, sobre todo, hay que destacar el Santo Sudario, un pañolón que habría cubierto el rostro de Jesús (ejem) tras ser bajado de la cruz y de cuyo exhaustivo examen los sindonólogos sacan una inusitada catarata de información y certezas equiparable a la de su objetivo principal, la Sábana Santa, de manera que ya quisiera el pobre Grissom contar con cualquiera de ellos; se acabaría con el crimen de raíz. Y a ellos no les afectan minucias como el carbono 14, que ha admitido hasta la Iglesia. Algunos saben exprimir su negocio hasta los posos, desde luego.

[Continuará...]

Fotos: JAF
Fotos Cámara Santa: Catedral de Oviedo

domingo, 12 de abril de 2015

De pintxos por Bilbao (redux)


Tras la visita al Guggenheim del último post, permítanme que insista con Bilbao y el arte contemporáneo. Eso sí, esta vez no se trata de pintura, escultura, grabado, videoinstalaciones ni ninguna de las mil variedades plásticas posibles que puede ofrecer ese museo, sino de otra de textura muy diferente. Blanda. Comestible. Perecedera. Visualmente impactante.


Me refiero a una de los símbolos gastronómicos que mayor fortuna han hecho en la ciudad de un tiempo a esta parte: los pintxos, esos bocados pequeños, generalmente asociados a un palillo que les da estabilidad (y nombre) y que hoy constituyen el atractivo principal de los bares a determinadas horas.


Sinfonías cromáticas, estallido en la boca de sabores diversos perfectamente armonizados, alardes de presentación, virtuosismo compositivo... los pinchos bilbaínos ya constituyen un atractivo turístico más de la ciudad, abandonando incluso la hora del vermut para adentrarse directa y plenamente en la de la comida, haciendo que el casco viejo no viva sólo de noche.




No crean que les escribe un entusiasta de las artes culinarias o que soy fan de alguno de los cinco mil programas televisivos de cocina. Al contrario, estoy hasta el gorro de esa moda que, como todas, termina por resultar cargante y hace que hasta el mayor patán del reino presuma de tener una receta magistral, con un nombre que enuncia todos sus ingredientes que, además, deben sonar lo más raros posible.





Pero reconozco que los pinchos son otra cosa, más modestos dentro de su aparente magnificencia. Quizá sea por el tamaño, porque hay muchísima variedad reunida en un solo sitio o porque, en realidad, no hace falta saber demasiada cocina para hacer uno; sólo imaginación y atrevimiento. Eso sí, bien que se cobra luego al cliente.



En fin, no voy a reseñar una relación de locales donde sirven estas delicias culinarias porque ya lo hice en otra ocasión y por partida triple, en una serie de tres posts (lean I, II y III) Dejemos que esta vez sean los pinchos los que hablen por sí mismos y nos pongan los ojos como platos, nunca mejor dicho. 


Pero fíjense en las imágenes y descubrirán montones de ingredientes diferentes; un pequeño mundo en miniatura en cada uno que sorprende ora por sus colores inverosímiles, ora por su mestiza composición, ora por su estética elaboración. Por ejemplo, este kebab tamaño micra que me hizo una gracia especial.


Fotos: JAF y Marta BL.

domingo, 5 de abril de 2015

Visitando el Guggenheim bilbaíno


Es difícil escribir sobre el monumento más representativo del Bilbao actual sin repetir lo que ya puede leerse en montones de sitios. Parece que hoy en día toda ciudad que se precie, al menos entre las que reciben turismo de forma más o menos importante, ha de contar con un icono turístico que la identifique fácilmente a simple golpe de vista. Algunas tienen más de uno y, de hecho, no queda claro cuál sería el principal; otras han dado en el clavo sin posible discusión. La capital vizcaína es una de ellas.

El símbolo bilbaíno es el Museo Guggenheim, por supuesto, un edificio espectacular de formas inconfundibles y que ha alcanzado más importancia por el continente que por el contenido, como prueba el hecho de que la mayoría de admiradores y curiosos se arremoline en torno a sus inmediaciones cámara en mano para fotografiar las obras de Anish Kapoor, Jeff Koons o Louise Bourgeois, pero sin decidirse a entrar; como no hay mal que por bien no venga, eso permite visitar las exposiciones sin los agobios de otros importantes museos.


Y eso que por dentro también es fascinante; el derroche de imaginación que Frank Gehry aportó al exterior, con leves reverberaciones formales a una embarcación y una inconfundible textura brillante a base de planchas de titanio que imitan las húmedas escamas de un pez, tiene su continuación interna con un atrio central (de hecho, la planta del edificio es como una flor) que, sostenido por piedra caliza, acero y cristal traslúcido, sirve para repartir la veintena de galerías por tres pisos.

Todo ello ubicado en Abandoibarra, un entorno antaño degradado, una zona portuaria donde se localizaban astilleros e industrias y que sirvió como campo de batalla entre manifestantes y policías en aquellos tensos años ochenta. En 1997, ese territorio comanche pasó de ser un paisaje gris e incómodo, teñido de óxido y contaminación -algo especialmente patente en las aguas sucias de la ría del Nervión, a las que únicamente ponían algo de color las barras rojas y blancas del Athletic cuando ganaba un título y lo celebraba a bordo de una famosa gabarra- a otro recuperado para el ciudadano, con zonas verdes, equipamientos culturales, paseos peatonales y arquitectura futurista firmada por nombres propios como Calatrava, Ishozaki, Foster, Mondeo o el propio Gehry. No crean que para satisfacción de todos; por sorprendente que parezca, y aún siendo rareza, hay quien echa de menos un "Bilbao industrial y obrero" y prefería su cara anterior.

Volviendo al Guggenheim, situado entre la ría y el Puente de La Salve por un lado, y la más elevada cota de la ciudad por el otro, suma 32.500 metros cuadrados que, a su alrededor, decoran esculturas al aire libre como el famoso can gigante Puppy (un perro verde, literalmente), la inconfundible araña bautizada como Mamá (una araña gigantes a la que el mal tiempo me permitió sacarle una foto terrorífica, como ven) o las bolas de acero inoxidable superpuestas que llevan por título El gran árbol y el ojo, por poner sólo los ejemplos más carismáticos.


Ya dentro, hay que destacar la extrañas obras creadas en exclusiva para el museo: la Instalación para Bilbao de Jenny Holzer (unos colosales diodos luminosos con palabras en múltiples idiomas), el Mural nº 831 de Sol Lewitt (una enorme sala en la que la pintura acrílica de las paredes juega con los volúmenes de la propia estancia) y, sobre todo, La materia del tiempo de Richard Serra (ocho piezas de acero patinable recuperado de las antiguas industrias locales, cada una de las cuales constituye un pequeño pero divertido laberinto). No se molesten en intentar hacerles fotos disimuladamente porque han puesto vigilantes específicos para impedirlo, en esa absurda costumbre de la mayor parte de museos y sitios de interés del mundo.


El resto está formado por la colección permanente (las obras de las sedes Guggenheim se van moviendo de una a otra en un novedoso y dinámico concepto de exhibición), donde predominan el pop y el futurismo, a la que hay que añadir las exposiciones temporales. Pese a que el arte contemporáneo no suele gustar, emocionar ni encantar como el de otros tiempos -hablo genéricamente, según suele decir la mayoría de la gente-, el hecho es que no se termina de agotar la capacidad de sorpresa del visitante ante la originalidad, imaginación, osadía, creatividad y, a veces, desfachatez de los artistas actuales. 

La tarde en el Guggenheim se me pasó volando. Claro que fuera esperaba la lluvia, tan inmisericorde y pertinaz como el indescriptible y enigmático individuo que, a la salida, se empeñaba en preguntar qué me había parecido la inexistente exhibición de una artista coreana. Y sin que nadie se lo pidiera, el tío se empeñaba en aconsejarme, con insistencia y entusiasmo dignos de mejor causa, que no debía perderme las fachadas de las aledañas calles Iparraguirre y Alameda Recalde. ¿Amabilidad extrema? ¿Un pelmazo estrambótico? ¿Efectos colaterales de la antigua contaminación de la ría?



Fotos: JAF
Foto La materia del tiempo: Museo Guggenheim

martes, 31 de marzo de 2015

Los chimpancés del Bosque Budongo (y II)

  
Continuación del post anterior. Llegada al Bosque Budongo para contemplar a los chimpancés de Uganda en su hábitat natural. Siguiendo a una guía local, nos adentramos en la densa selva africana con expectación y atentos a todo...


La ruta se hace por una serie de senderos marcados que dividen todo el bosque en una cuadrícula para facilitar la labor de los investigadores y los movimientos de los propios visitantes. Al igual que con los gorilas, hay que hablar en voz baja para no alterar el hábitat y, sobre todo, para no asustar a los chimpancés; no sólo porque entonces no habrá forma de verlos sino también porque alguno puede cabrearse y no es recomendable tenerlos cerca en ese estado. Al menos si tú eres la causa del enfado.

Cuidado con el cabreo de un chimpancé
Y no lo digo porque sí. En un momento dado pudimos oir una acalorada discusión simiesca -son tan parecidos al ser humano que llevan a cabo guerras territoriales- y resultó acongojante. Su costumbre en esos casos no es golpearse el pecho en plan chulo como los gorilas sino hacerlo sobre el tronco de un árbol (las enormes raíces de las ceibas, si están en tierra) a la par que amenaza con sus chillidos; y el caso es que eso retumba por toda la selva como si el causante fuera el mismísimo King Kong. Saber que estás en medio de una riña de chimpancés, ruidosa e impresionante, con estridentes ruidos alrededor, como si toda África se hubiera vuelto loca pero sin llegar a ver nada concreto, dispara la adrenalina de cualquiera. Pero hay que mantener la calma y quedarse bien quieto, no sea que alguno se confunda de adversario y te haga papilla. Tienen fuerza de sobra para ello.
 
No obstante, ante de ese emocionante episodio toco caminar un buen rato, a veces por los senderos marcados, siguiendo el rastro de excrementos de los simios, y a veces a través del follaje, superando la irregularidad de un terreno tapizado por millones de hojas muertas y salvando esas ramas que parecen ir siempre en busca de tu ojo. Durante el trayecto hubo tiempo para encontrarse con un colosal árbol de caoba (hay cuatro especies distintas, de ahí la atracción que hubo para la industria maderera) de ochenta metros de altura y veinte de circunferencia en el tronco. No faltó la foto de los expedicionarios rodeándolo cogidos de la mano; una quincena de personas, creo recordar.

Lo que unos desechan otros lo aprovechan. En este caso las heces de un chimpancé le vienen muy bien al escarabajo pelotero
Hay varios grupos de chimpancés en Budongo. Unos permanecen es estado totalmente salvaje y no tienen contacto con la gente porque eson objeto de estudio por parte de los zoólogos (las comunidades llamadas Sonso y Waibira), mientras que otros sí se han acostumbrado a nuestra presencia, aunque dentro de un orden porque tampoco es que vengan a comer de la mano precisamente.  

Los primeros que logramos atisbar estaban en ramas muy altas, alimentándose con racimos de unas frutas silvestres de color verdoso que eran una variedad de higos. Lo de atisbar es literal: la selva no sólo se desarrolla en superficie sino también hacia arriba, con todas las especies arbóreas pugnando por sobresalir sobre las demás para recibir mejor la luz del sol, dado que pocos rayos consiguen atravesar la tupida red vegetal por debajo de las copas y a ras de suelo predomina cierta penumbra, similar a la de una catedral; por eso los árboles alcanzan tales tamaños. 
 
Un atracón de higos
Poco después tuvimos suerte y un ejemplar se nos cruzó en el sendero a unos veinte metros, permitiéndonos contemplarlo mucho mejor que con miles de hojas de por medio. El simio caminó un rato despreocupadamente, al menos en apariencia, con nosotros detrás como improvisados paparazzi, sólo que en absoluto silencio y manteniendo la distancia, haciendo auténticos malabarismos para enfocar la cámara sobre la marcha, sin perder el paso. Luego se encontró un compañero y ambos nos dejaron para trepar por un tronco mientras el bosque volvía a llenarse de estremecedores gritos de guerra a nuestro alrededor, como en aquella escena de El último mohicano

Siguiendo a un chimpancé por tierra
Cuando se calmaron y retornaron a su ágape frugívoro nos ofrecieron una nueva sesión fotográfica, aunque de nuevo desde la seguridad de sus árboles, a través de la espesura, obligándonos a apurar al máximo zooms y focus. Qué diferentes a los gorilas en eso.

Fotos: Marta BL.
Foto 2: Budongo Conservation Field Station

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