domingo, 28 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (VII)


Kuakman hace las últimas visitas por Vietnam y se dispone a regresar a Tailandia, donde le esperan sus amigos. Pero en Hanoi...
La última ciudad vietnamita que conocí fue Hoi An, donde está una de las playas más grandes que recuerdo haber visto y donde una vez más me volvieron a tomar por turista sexual, ya que, descansando relajadamente en la arena algo extrañado de que aún no me hubiese pasado nada, se me acercó un adolescente de unos dieciséis años que me invitó a bañarme en el mar con él. Pero le delataron las miradas que dirigía a un grupo de compinches que, justo detrás mío, salivaban expectantes en espera de que me alejara y así poder llevarse mi mochila.
Más tarde, una tormenta tropical fue el augurio de que se habían terminado los días de tranquilidad. Cayó de improviso sobre la región justo cuando tenía que regresar a Hanoi y, de hecho, el avión no pudo despegar hasta dos horas más tarde, lo que me hizo perder la conexión a Bangkok.
La aerolínea intentó escaquearse de sus responsabilidades, pretendiendo que pernoctara en la misma terminal. Los encargados, pensando que a los occidentales todos los asiáticos nos parecen iguales, se pasaban la pelota unos a otros fingiendo sucesivamente que hablaba con ellos por primera vez cuando en realidad no lo hice con más de dos; lo sé porque, efectivamente, lo reconozco, todos me parecían el mismo, de ahí que recurriese al truco de fijarme en detalles en lugar de la cara: un reloj, la altura, etc.
El caso es que después de tantas tribulaciones en el país había aprendido que resistir es ganar y les di la paliza, persiguiendo literalmente al tipo por las instalaciones hasta conseguir que, por agotamiento, accedieran a alojarme en un hotel muy cercano. Una vez allí llamé al de Bangkok donde me esperaban mis amigos para recorrer Tailandia, ya que, pensé, se preocuparían al ver que no llegaba el día previsto. 

¿Preocuparse? Sí, sí. Al ver que no aparecía decidieron que ya me las arreglaría y salieron a  conocer la noche bangkokiana, olvidándose de mí. Y, mientras, tuve que mantener un titánico duelo con el telefonista para que entendiese, primero, que había una reserva a nombre del señor González (uno de mis amigos), y segundo, que yo era Kuakman y no podía presentarme porque estaba en otro país, etc. La cosa me supuso casi quince minutos de llamada internacional, algo nada tranquilizador si recordamos que apenas me quedaba dinero, ya que el grueso de mis fondos permanecía precisamente en ese hotel de Bangkok después de que lo hubiera olvidado escondido en un rollo de papel higiénico. [ver Kuakman 2]
El caso es que si pagaba la llamada corría el riesgo de no tener suficiente para la tasa de salida del país, así que, a la mañana siguiente, salí de la habitación con las gafas de sol puestas y bajé al vestíbulo escondiéndome detrás de las plantas decorativas, como un espía de opereta, con la idea de escaquearme. Pero me dio por imaginar que me pillaban, llamaban a la policía y tenía que pagar una multa aún mayor, así que al final fui honrado y aboné lo que debía.
Como se imaginarán, cuando ya en el aeropuerto me dispuse a hacer lo mismo con la tasa de marras no tenía bastante. Y como era muy temprano, todas las oficinas de cambio estaban cerradas, por lo que el billete de cinco mil pesetas que aún llevaba en el bolsillo era inútil. Así que la hora de despegar se acercaba a marchas forzadas y yo no disponía de tarjeta de embarque. A la entrada del aeropuerto creí encontrar la salvación con una chicas que cambiaban dinero y a las que inicialmente di un susto de muerte cayendo sobre ellas mientras vociferaba "¡CHANGE, CHANGE!" como si fuera un poseso, para después provocar su risa cuando vieron la extraña moneda que les ofrecía... y que rechazaron pensando que seguramente era un estafador. Sirva esto de lección para los que critican el euro.
En fin derrotado y desesperado, no me quedó más remedio que retornar al hotel y explicarle el caso al encargado. Y se hizo el milagro: aquel canonizable tipo accedió a devolverme lo justo para pagar la maldita tasa de salida. Así abandoné Vietnam en dirección a un país, Tailandia, más avanzado y donde no deberían acabarse los problemas al viajar con mis amigos. O eso pensaba.
Foto aeropuerto: Dragfyre en Wikimedia

domingo, 21 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (VI)

Confiando en tener suficientes medios con un fajo de billetes y una tarjeta de crédito, el inefable Kuakman empieza su recorrido turístico por Vietnam.

Después de Hanoi y Hué conocí la espléndida bahía de Halong. Este lugar que las fotos de los catálogos muestran en radiantes días de sol, pero que en realidad suele estar cubierto por la niebla, de manera que uno sólo sabe que está allí porque ha contratado el pasaje en barco. Por eso encontrarse un triste puré de guisantes en vez de esos fantásticos islotes pétreos aflorando de la superficie resulta un tanto frustante.

Pero la cosa fue aún peor en una excursión por la selva que hice por una isla cercana. Lo que pensé que iba a ser un paseo se convirtió en una interminable marcha legionaria de varias horas, a treinta y cinco grados de temperatura -para eso sí salía el maldito sol- y con unos compañeros que no puedo llamar de fatigas porque el único al borde del colapso era yo; el más joven, para mayor escarnio. Encima nunca había estado en una selva tan rara como aquella, en la que no se veía ni oía animal alguno; ni los cantos de las aves. Así que, quizá para compensar el cansancio, mi mente empezó a imaginar que la ausencia de vida se debía al agente naranja lanzado por los aviones estadounidenses y que aún estaba activo, afectando a todos los visitantes del lugar sin que nos enterásemos. En unos años sufriríamos mutaciones y...

En fin, no hay mal que cien años dure -ni el agente naranja siquiera-, así que terminado el extenuante trekking, llegamos al pueblo donde íbamos a pernoctar. Ignoro si todas eran así o es que a mí me tocó la habitación más infecta del país, pero el caso es que la cama tenía un colchón de espuma vieja, raída, aplastada, con sábanas de un dudoso color blanco que probablemente no se habían lavado en las últimas semanas, por no remontarme unas centurias atrás. En una esquina aún estaban los ajados zapatos del último inquilino, salvo que los anfitriones los hubieran puesto allí a mi servicio, lo que no sé qué sería peor.

Bueno, sí lo sé: el cuarto de baño. Lo de cuarto quizá sea un tanto excesivo, ya que no pasaba de dieciseisavo, y, por supuesto, sin taza; modelo cuclillas al que apenas un par de centímetros separaban -más bien unían- de la ducha, la cual presentaba un aspecto tan vomitivo que uno no sabía en cuál de los dos agujeros sería más antihigiénico ducharse. ¿Algo más? Sí, una ventana que no cerraba bien, quizá para permitir la entrada a los murciélagos vampiro que habitaban en la isla. 

Al menos se comerán los bichos, pensé benévolamente atribuyéndoles el carácter de singular servicio de habitaciones. Pero la conga que se marcaban las rollizas cucarachas al lado de la cama demostraba que no, que vivían y muy bien. Eran tan grandes -¿otro efecto del agente naranja?- que, por un momento, las confundí con los zapatos olvidados. ¿O es que realmente no eran zapatos? No quise saberlo. Salí de allí corriendo como si en vez de insectos hubiera tigres y exigí en recepción que me dieran otro sitio.

La dueña del establecimiento se puso hecha una furia, como si yo fuera un veterano de la Guerra del Vietnam con el que tuviera cuentas pendientes. Pero al final accedió a cambiarme de aposento; imposible que fuera más asqueroso que el otro. Para celebrarlo me fui hasta el único bar que había en el pueblo -y en toda la isla-, donde mantuve un mano a mano cervecero con otros compañeros de excursión hasta el anochecer, anunciado mediante el habitual corte de suministro eléctrico en toda la zona.


Era la señal para irse a dormir, pero caminando a oscuras por las calles no es nada fácil orientarse, créanme, por eso entré en un hotel equivocado; me di cuenta porque en vez de cucarachas había unos recepcionistas durmiendo en colchonetas en medio del vestíbulo. Salí y llegué hasta el siguiente hotel, donde una familia jugando a a la Playstation me indicó que aquél tampoco era el mío. Volví atrás ya que mi sentido de la orientación, aunque algo alterado por las tinieblas (y por las cervezas, todo sea dicho) me decía que tenía ser el anterior, pese a que los ronquidos de los durmientes en el suelo, traducidos al español, insistían en decir que no.

Así que de nuevo me ví junto a la familia. El padre debió pensar que ese turista indeciso iba buscando tema, así que, muy amablemente, me ofreció a su presunta señora. Azorado, rechacé la propuesta y retomé la búsqueda, deambulando perdido por la negrura callejera. Al cabo de unos minutos, en serio, acabé otra vez ante el cabeza de familia, que ahora debió convencerse de que nadie puede ser tan estúpido, y directamente me ofreció a su hija. Una vez más salí disparado y busqué refugio con los morfeos de las colchonetas, a los que desperté sin miramientos. Y ya se imaginarán lo siguiente ¿no?

En efecto, realmente aquél era MI HOTEL desde el principio. Por lo visto las cucarachas se reunían exclusivamente en mi habitación.

En el próximo episodio concluye la estancia de Kuakman en Vietnam. Pero, como comprobarán, por poco se tiene que quedar allí el resto de su vida.

Fotos: Toni Kuakman

domingo, 14 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (V)


Tras haber olvidado su dinero en el hotel de Bangkok, Kuakman se encuentra en Vietnam con unos medios económicos muy limitados. ¿Podrá salir adelante?

Empecé mi visita a Hanoi con un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón; tan grande que era como llevar un ladrillo y parecía estar anunciándome ante todo el hampa de la capital vietnamita, a pesar de que, al cambio, apenas rondaba los cincuenta euros.

Pero de momento todo iba bien. Disfruté de la gastronomía local, ésa que dice que se puede comer todo lo que tenga patas menos las mesas y todo lo que vuele menos los aviones, y decidí visitar un parque nacional cercano que había visto en el National Geographic. Para ello contraté una moto taxi, o sea, uno de los miles de motoristas que alquilan sus servicios -sentándote tras él-, para que me llevase a la estación.

Acordamos un precio pero, frente al cuento que lees en las guías (que si hay que respetarlo, que si el honor y tal), pasó lo de siempre: el tipo se hizo el tonto y en vez de llevarme a la estación de autobuses me llevó a la de tren. Le aclaré de nuevo mi destino y esta vez me llevó bien, aunque dando un rodeo tal que podría comercializarlo como Hanoi Tour. Y, claro, al llegar pasó lo que iba imaginando todo el trayecto: el listillo me pidió tres veces más. Como me negué (podría decir que por una cuestión de principios pero en realidad porque no me sobraba el dinero, para qué mentir), iniciamos una discusión que fue in crescendo.

En realidad el importe era escasísimo pero yo ya había asignado un gasto máximo de diez dólares diarios y no quería empezar saltándomelo, así que allí estábamos, intercambiando gritos y aspavientos, cuando me percaté de que nos iban rodeando otros motoristas. Montones de ellos surgían de todas las calles y recodos; hasta parecían salir de las alcantarillas, creándome la angustiosa sensación de estar protagonizando una escena de The walking dead. Total, que como no merece la pena que te devoren los intestinos por cuatro perras y además no había llevado mi ballesta, me dí por vencido y pagué, largándome sin mirar atrás.

Ya en la estación, descubrí que lo que yo consideraba mi fluido idioma vietnamita, ensayado incansablemente en España antes de emprender viaje, no era tan bueno. De hecho, fui incapaz de hacerme entender por la taquillera, una anciana con toda la pinta de ser una indigente colocada allí por el plan de empleo municipal y que no entendía una sola palabra de lo que le decía (y yo a ella tampoco, por supuesto). Eso de que los nativos agradecen que intentes hablarles en su idioma es más falso que un duro de chocolate; seguro que aquélla hubiera preferido que se lo llevase escrito y con buena letra.


El caso es que, al final, no sé cómo, me dio un billete y subí al autobús correspondiente, feliz por haber conseguido establecer comunicación. A bordo, mientras esperaba la hora de salir, fue donde me di cuenta de que no, que ni hablar del peluquín. No era normal que a un parque cercano viajara tanta gente con maletas, cestas de verduras, sacos de fruta, gallinas y demás. Hasta los turistas llevaban varios bultos de equipaje. Así que empecé a sospechar que la maldita taquillera me había dado un pasaje a lo primero que se le ocurrió para quitarme de en medio.

Una de dos, o me arriesgaba o intentaba preguntarle a alguien. Alguien que no fuera vietnamita, evidentemente. Como hablaban a gritos, imaginé que unas pasajeras eran españolas y me dirigí a ellas. Lo eran, en efecto, y me explicaron que ese bus se dirigía al norte del país; es más, ellas iban a visitar nosequé tribu de una región aislada. Les di las gracias y bajé rápidamente. ¡Como para desplazarme trescientos kilómetros con mi presupuesto!

Así tuve que poner fin al programa previsto para la jornada. Mi plan alternativo fue doble. Primero, visitar la oficina de la aerolínea con la que tenía vuelo interno, descubriendo ¡albricias! que aceptaban pagos con tarjeta (con lo que podía dedicar mi fajo de billetes a los gastos diarios). Después, recorrí Hanoi. 

Y, al día siguiente, me desplacé a Hué, donde, para variar, tuve una apurada pero a la vez agradable experiencia: estaba tan a gusto en un monasterio, obviamente no cristiano sino budista, que, una vez más, se me fue el tiempo sin enterarme y me quedé encerrado, aunque por poco tiempo porque enseguida me echaron. De todas formas, el viaje parecía empezar a discurrir por senderos más plácidos. O eso creía.
No hagan mucho caso de los augurios de Kuakman. Verán cómo en próximos posts vuelve a meterse en camisa de once varas.
Foto 1: McKay Savage en Wikimedia
Foto 2: Hoangvantoanajc en Wikimedia

domingo, 7 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (IV)



Nuevo capítulo del viaje a Tailandia de Toni Kuakman. Olvidando todo su dinero en el hotel de Bangkok, embarca para Hanoi con telarañas en los bolsillos.
Pese a la concatenación de despropósitos que llevaba acumulada en los dos primeros días de viaje y que auguraba unas vacaciones acostumbradamente temibles, alguna cosa sí salió bien. Por ejemplo, el haber reservado previamente el traslado desde el aeropuerto de Hanoi al hotel, lo que me permitió ahorrar el poco dinero en metálico que llevaba.
Así, pude relajarme un poco durante el trayecto e ir contemplando desde la ventanilla del coche un país que parecía haberme hecho viajar en el tiempo a los años cincuenta. Primero el campo, que era de postal: los arrozales infinitos, los campesinos con sus sombreros cónicos, los búfalos metidos en el agua... Luego, la ciudad: los horribles edificios comunistas, las casas de tres pisos inacabadas y separadas entre sí, la ausencia de coches...
Como llegué muy temprano al hotel y tenían que preparar la habitación, dejé el equipaje en el sofá de recepción y mostré a la encargada mi tarjeta para preguntarle dónde habría un cajero automático. Me lo marcó a rotulador en un plano, dándome a entender que estaba muy cerca. Estupendo, pensé; la cosa no será tan grave como parecía.
Pero cuando salí y caminé y caminé sin encontrarlo, algo me dijo que hay cosas que nunca cambiarán. Di vueltas y más vueltas sin resultado, a pesar de que seguía escrupulosamente las indicaciones plano en mano. Viendo que era inútil y que me estaba poniendo más amarillo que la piel de los propios vietnamitas, opté por preguntar a algún transeúnte, resultando peor el remedio que la enfermedad: nadie entendía una palabra de lo que decía y cuando blandía la tarjeta para hacer más compresible mi pregunta, todos salían corriendo como si les persiguiera el diablo.
Daba igual su edad o sexo. O no habían visto nunca una tarjeta o pensaban que un capitalista decadente intentaba corromperles. Y no sean listillos; si no dejé la idea del cajero por ir directamente a un banco se debía a que era sábado por la tarde y estaba cerrado. Tenía que pasar: para un par de días que iba a estar en Hanoi escaso de dinero en metálico, caían en fin de semana.
Prototipo de cajero vietnamita
Total, que al cabo de una hora sembrando el pánico por la capital decidí regresar al hotel. Y de camino se me ocurrió una idea: ¿y si la recepcionista me había dado las indicaciones al revés? Así que en un intento postrero, como un Alcoyano que perdiera 5-0 en el minuto noventa y pidiera prórroga, seguí el plano a la inversa. ¡Et voilá! Allí estaba, a apenas dos minutos, como esperándome a mí precisamente. 
Corrí hasta él tal cual haría un viajero perdido en el desierto hacia un oasis, temeroso de que alguien se me adelantase y lo dejara sin fondos, para comprobar exultante que ¡sí! admitía mi tarjeta. Pulsé el código y salió un mensaje que nunca sabré si fue real o fruto de emoción: "Bienvenido al único cajero automático que hay en Hanoi y todo Vietnam". El caso es que, decidido a prevenir nuevos (y probables, admitámoslo) imponderables, desvalijé literalmente el depósito. Tengan en cuenta que, aparte de la estancia en el país durante una semana, debía pagar un vuelo interior.
Consecuentemente, salí del cajero con cientos de miles de dongs (la moneda local) rebosando por todos los bolsillos de mi vestuario. Parecía un mutante, con el cuerpo deformado por enormes tumores que, en realidad, eran fajos de billetes; tantos que dejarían mudo al mismísimo Tío Gilito. De esa guisa volví al hotel, tan satisfecho que incluso estaba dispuesto a perdonar la vida de la recepcionista. Sólo que, para calcular mi presupuesto, le pregunté cuánto dinero era al cambio y, tras contar aquella marea, me dijo que unos cincuenta dólares.
Subí a la habitación arrastrando los pies. Mi economía seguía en estado precario, se me había pasado la hora de un espectáculo de marionetas que me ofrecían con la reserva del hotel y, al deshacer la mochila, comprobé que alguien había robado los prismáticos, seguramente en recepción mientras buscaba el cajero. 
Un mal rollo se apoderó de mí, impidiéndome conciliar el sueño y sumiéndome en un estado depresivo del que no salí hasta que me di cuenta de que su causa no estaba en los acontecimientos vividos, que también, sino en los efectos secundarios de la pastilla contra la malaria, tal como me habían advertido otros usuarios. Entonces todo pasó y pude dormir.
En los brazos de Morfeo (o de Lariam), Kuakman coge fuerzas, pues, para afrontar los duros días venideros. Lo veremos en el próximo post.

domingo, 31 de agosto de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (III)


Recordemos que el inefable Kuakman vuelve a contarnos sus aventuras, esta vez en Tailandia y Vietnam. Tras un inicio de viaje accidentado en Londres, recala en Bangkok para pernoctar antes de tomar una conexión a Hanoi, decidiendo conocer la ambigua vida nocturna de la ciudad. Y a la mañana siguiente...

Hay un refrán de mi tierra que dice "El que va de romería se arrepiente al otro día". Pues tal cual, oigan. Me desperté repentinamente creyendo que todo iba bien porque soñaba que la Afrodita de la noche anterior -que resultó ser un hombre- se me lanzaba encima, cuando me dí cuenta de que había acostado sin poner el reloj. ¡Eran las ocho y mi vuelo salía a las diez!

Por suerte, me conocía lo suficiente como para prevenir mis propios despropósitos y, astutamente, no había deshecho la maleta la jornada anterior, así que sólo tuve que cogerla y pedir un taxi para el aeropuerto. Por supuesto, no todo iba a salir perfecto y los quince kilómetros hasta allí eran de continuo atasco, de tal manera que me ví obligado a ofrecerle una pasta gansa al conductor para que me llevase a tiempo. Pero como dice otro refrán, éste ya nacional, "Poderoso caballero es don Dinero". El coche voló y pude llegar a la terminal, facturar en el mostrador de Air France, pasar el control de seguridad y sentarme tranquilamente en la cafetería a tomar el merecido desayuno del que me había visto obligado a prescindir en el hotel.

Entonces, cuando me deleitaba taza en mano con el último sorbo, éste casi me sale disparado por la boca cual fontana cafetera con lo más horroroso que me podía venir a la cabeza en ese momento, y no hablo del ligue erróneo de anoche. ¡Se me había olvidado coger el fajo de billetes que escondiese en el rollo de papel higiénico de la habitación! Un terremoto de escala ochocientos, un tornado tamaño king size, un tsunami de los siete mares, me sacudió el cuerpo en tres dimensiones y sensurround.

Todo mi dinero estaba allí, tan magníficamente oculto que incluso yo me había ido sin acordarme de él. La maldita resaca. O la maldita mente, que había ideado un escondrijo perfecto. Como impulsado por un resorte, salí corriendo al mostrador de facturación, a ver si la encargada me dejaba salir y regresar al hotel. No fue fácil, con mi inglés de Kuakilandia y el suyo de nosesabedónde, y allí perdí tiempo y más tiempo intentando hacerme entender mientras las agujas del reloj de la terminal avanzaban implacablemente, como si cada minuto se anunciara con una implacable campanada.

La terminal de Bangkok
Al final aseguró no tener autoridad para ello y me remitió al personal de Air France, cuya oficina estaba en alguno de los pasillos del aeropuerto que normalmente no puede usar el público. Los recorrí ansiosamente descubriendo los despachos de incontables líneas aéreas que no había oído en mi vida, hasta que por fin encontré la de la compañía francesa... que estaba vacía, claro.

Ello se debía a que acababan de anunciar por megafonía el inicio del embarque de mi vuelo, así que decidí presentarme allí y explicar mi caso al personal. Corre que te corre durante diez minutos y entonces surgió otro obstáculo. La puerta para embarcar estaba al final de un pasillo en cuyos laterales se abrían diversas salas de espera para los diversos vuelos. Sólo que no se hallaba todo al mismo nivel y se comunicaban por una rampa y una cristalera, de manera que para hacerme ver y oir tuve que ponerme a saltar, gritar y aporrear como un mono enjaulado al que enseñan un plátano desde el otro lado.

Cuando por fin vieron a lo que debieron pensar que era un demente en plena crisis, pese a lo cual me hicieron señales de que podía pasar los muy osados, di la vuelta y subí la rampa a todo correr. Para entonces ya habían transcurrido otros diez minutos. Les narré mi problema y esa vez supe que me entendieron a la primera porque, aunque se giraban para disimular, estaban mondándose de risa. Lo más práctico, decían, sería llamar la hotel y contarlo. Claro, pensaba yo, salvo si tienes que explicar que escondiste tu dinero en un rollo de papel higiénico; así sería trending topic en las redes sociales locales de todo el sudeste asiático en cuestión de segundos, cosa que no me seducía precisamente.

No obstante, puesto en contacto con ellos, los del hotel dijeron que si decidía volver no tocarían la habitación y me dejarían entrar a coger el dinero. Pero apenas quedaban tres cuartos de hora para el despegue ¿Me daría tiempo? pregunté a los franceses. "Je ne sais pas". Pues qué bien.

Cambié de estrategia. De nuevo corrí -brinqué, volé- por los pasillos de la terminal hasta llegar otra vez al mostrador, donde le pregunté a la tailandesa anterior cuánto tardaría un taxi en ir al hotel y regresar. "Para mañana están previstas lluvias" contestó en macarrónico inglés confundiendo el tiempo cronológico con el metereológico mientras yo hacía un esfuerzo sobrehumano por no lanzarme sobre ella a estrangularla. Así pasaron otros diez minutos más.

A veces no se puede luchar contra el destino. Me había convertido en un Sísifo que no sólo tenía que empujar una roca cuesta arriba, sino que cuando ésta caía otra vez lo hacía incandescente y llena de pinchos. Así que tiré la toalla, retorné a la jaula de mono, digo a la cristalera, y volví a hacer las simiescas muecas. El personal de la aerolínea me permitió entrar y me contó que habían llamado otra vez al hotel: la señora de la limpieza había encontrado el dinero cuando hacía su trabajo y ahora estaba en manos del director, que se comprometía a guardarlo hasta mi regreso a Tailandia dentro de una semana.
No había tiempo para más. Subí al avión, donde yo era el único pasajero que faltaba, esbozando una falsa sonrisa de agradecimiento. Sí, el dinero estaba a salvo pero ¿qué iba a hacer una semana en Vietnam sin nada en el bolsillo?

Respuesta: no subestimen la capacidad de Kuakman para sobreponerse... y enredar aún más las cosas, como veremos en el próximo capítulo.

Foto 1: Robert Van der Steeg en Wikimedia
Foto 2: Gronico en Wikimedia

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