domingo, 23 de noviembre de 2014

Cita en Perú con Tadeo Jones, Shin-Chan y Chimo Bayo

Tadeo Jones, Shin-Chan y Chimo Bayo. Menudo trío ¿eh? Pues una vez compartí con él una jornada turística en Perú. Era verano, había viajado por el país descubriendo sus rincones más atractivos y, después de conocer Lima, Nazca, Arequipa, el cañón del Colca, Puno, el lago Titicaca, el Valle Sagrado, Cuzco y Machu Picchu, emprendí rumbo al norte, esa región menos visitada pero igualmente fascinante.

Quedaban atrás los Andes y el Altiplano para dar paso a la costa, donde las culturas prehispanas más destacadas fueron la mochica y la chimú. La arquitectura de piedra ciclópea daba paso a la de adobe, los bizarros tambos fortificados a las pirámides, la orfebrería áurea a la cerámica policromada. Es la tierra reseca y calurosa de Chiclayo y Trujillo, donde la magnificiencia del Inca encuentra reflejo en el Señor de Sipán y las fortalezas entre montañas son sustituidas por imponentes huacas, medio deshechas por la erosión y la intrusión profanadora de los huaqueros.


Éste era el panorama que se nos presentaba. Habiendo devuelto ya el coche de alquiler, en el mismo hotel contratamos una excursión de una jornada para ver los complejos arqueológicos de Trujillo: las huacas del Sol, la Luna y Arco Iris, así como la ciudad de Chan Chan. A primera hora de la mañana, vino a buscarnos una de esas características y polivalentes furgonetas donde nos juntamos viajeros de diferentes nacionalidades y un guía con un aire a Evo Morales -sustituyendo el jersey de Baby Alpaca por un ajado chaleco reflectante-, que nos felicitó por la suerte que teníamos de que nos hubiese tocado él, ya que era arqueólogo y trabajaba en los yacimientos que íbamos a ver. Modestia aparte.

El caso es que a la primera de cambio, en el museo de las huacas, quedó patente que el tipo sabía tanto de arqueología como Tadeo Jones, el personaje de la célebre película de animación, nombre que ya le quedó para el resto del día. Simplemente leía las cartelas de las vitrinas y repetía una y otra vez unos mantras aprendidos de memoria: la dualidad, el sol y la luna, el día y la noche, el bien y el mal...

El palacio de Nik An, la única visitable de las diez ciudadelas de Chan Chan
Quizá el resto del grupo no se percató, habida cuenta que algunos eran extranjeros y su español limitado, pero servidor se tiró cinco años en la Universidad estudiando Historia; un par de preguntas técnicas, hechas con maquiavélico propósito, corroboraron que no se trataba de una falsa impresión. Hasta aventuré una hipótesis: siendo optimistas, Tadeo habría trabajado en alguna excavación pero como simple operario.

Con esta premisa o exigíamos la devolución del dinero perdiendo el día o continuábamos la visita tomándonos la cosa con humor, que fue lo que hicimos: las explicaciones de Tadeo Jones eran limitadas y retiterativas hasta el hartazgo -dale que te pego con la dualidad día y noche, bien y mal-, aunque rozaron la gloria cuando insinuó el origen extraterrestre de las civilizaciones que estábamos viendo. Como ven, arqueología de alto nivel. Y divertida a más no poder.

La tumba del Señor Chimo (Bayo)
Cuando llegamos a la antigua ciudad chimú de Chan Chan hubo un pequeño problema con los taquilleros; resulta que los arqueólogos tienen entrada gratis a los sitios pero al nuestro -a Tadeo quiero decir- no lo habían visto nunca ni les constaba que trabajase allí, como él les aseguraba. Al final pasamos a ver aquel colosal recinto de veinte kilómetros cuadrados, al que, siguiendo la coña, rebautizamos Shin-Chan y por el que Tadeo Jones nos guiaba sin renunciar a su lectura de los rótulos de cada rincón -y, por supuesto, la dualidad bien-mal, día y noche- con su conocida desfachatez. Cuando llegamos a la tumba del señor Chimo redondeamos la diversión, porque así se las ponían a Fernando VII y no pudimos evitar añadirle Bayo de apellido.

El ruiseñor de Chan Chan
Pero en un recodo aún nos esperaba otra sorpresa, ésta de corte estupefaciente. Tadeo nos reunió en torno a una anciana escuchimizada que, ataviada con vaqueros, chaleco de explorador, gorra y grandes gafas negras, parecía una mosca disfrazada de pasa y nos deleitó durante diez minutos cantando a capella El cóndor pasa, tras lo cual pasó la gorra pidiendo propina. No me quedó claro si era una tradición del sitio o algo astutamente pactado con el guía, aunque me lo imagino; en cualquier caso, el espectáculo fue lo suficientemente estrambótico como para darle algunas monedas e inmortalizarlo en imágenes, así que se puede perdonar la encerrona.

El efecto de los rayos gamma sobre las ruedas
Así terminó una jornada inolvidable. Bueno, en realidad así no porque, de camino a Huanchaco, uno de los pedruscos que suelen tapizar las carreteras peruanas nos destrozó una rueda, tal como conté anteriormente en otro post. El neumático quedó como si hubiera sido atacado por un tiburón blanco en plena sobredosis de anfetaminas, con lo que hubo que cambiarlo y llegamos al hotel casi de noche (noche, noche ¿de qué me suena eso? Ah, sí, la dualidad noche-día, bien-mal...).

Fotos: JAF

domingo, 16 de noviembre de 2014

Guadalest

Hace ya unos cuantos años, visité la provincia de Alicante con unos amigos locales que sirvieron tanto de anfitriones como de esforzados y entusiasmados guías. No fue mucho tiempo o, al menos, no tanto como uno quisiera, dedicando un par de jornadas a conocer la capital, otra a navegar hasta Tabarca y una tercera recorriendo el litoral en tren para visitar sitios como Villajoyosa, Benidorm, Alfaz de Pi, Altea y Calpe. La última la hicimos en coche por el interior, descubriendo que el atractivo de la Costa Blanca no está sólo en la parte que se asoma al mar.

Precisamente quería hablar de ese recorrido carreteril que me llevó a sitios tan interesantes como las Cuevas de Canalobre, Alcoy o Jijona, aunque el gran hallazgo probablemente fue Guadalest. Únicamente estuve una mañana, por lo que me quedaron pendientes de ver muchas cosas en ese lugar, desbordante de interés pese a ser un pueblecito minúsculo, con más turistas (miles diarios en verano) que habitantes (dos centenares).

Guadalest es un enclave situado en el valle homónimo, al que ofrece espléndidas panorámicas. Está en plena comarca de la Marina Baja, a medio millar de metros de altitud, pese a hallarse rodeado por las sierras más altas de la provincia: Aitana, Xortà y Serrella. Por eso allí arriba cede un poco el calor  en beneficio de la brisa de montaña, lo cual es de agradecer cuando uno viaja por la España mediterránea en plena temporada estival.

Tan estratégica ubicación llevó a los musulmanes a construir un castillo , el de San José, que contaba alrededor con bancales de labor agrícola y acequias, todo ello ganado al abrupto relieve. Cualquiera que vea hoy aquella posición pensará que era inexpugnable, pero lo cierto es que pasó a manos de los cristianos en el siglo XIII y, más tarde, sucesivos terremotos y una explosión durante la Guerra de Sucesión prácticamente acabaron con él, dejando unas pocas ruinas protegidas actualmente como Monumento Histórico Artístico.

Pero el castillo, reconvertido en cementerio, y el blanco campanario, este último el elemento más destacado e iconográfico de Guadalest al sostenerse sobre el solitario Peñón de la Alcalá de forma casi imposible, como un funambulista en pleno equilibrio sobre el alambre, no son lo único visitable. También están las intrincadas calles de la villa (Bien de Interés Cultural), que son peatonales porque al casco antiguo sólo se accede a pie atravesando un túnel excavado en la roca, y por las que se camina cuesta arriba entre turistas, terrarios con plantas, carteles con menús del día y escaparates abarrotados de souvenirs, artesanía algo loca y productos gastronómicos de la tierra.

Por ese callejero se reparten monumentos diversos: una alcazaba árabe -aunque únicamente queda la torre-, una prisión medieval en el sótano del Ayuntamiento, la iglesia parroquial dieciochesca y la Casa Orduña, mansión señorial de mediados del siglo XVII. 

Lo más curioso, sin embargo, es la serie de pequeños pero coquetos museos que se pueden ir visitando uno tras otro si se pasa tiempo suficiente en el pueblo y se está dispuesto a aguantar colas. Aparte de uno etnográfico y otro de arte, los otros están dedicados a cosas curiosas y poco comunes: vehículos históricos, belenes, casas de muñecas, saleros y pimenteros...

Yo tuve tiempo de entrar a dos. El primero fue el Histórico Medieval, que se centra fundamentalmente en reconstrucciones de instrumentos de tortura, mostrando las herramientas de trabajo de ese oficio tan divertido. Parece como si todo pueblo que se precie de conservar un casco antiguo de esa época deba tener un museo dedicado a ello ¿no? El otro sitio al que entré fue el Museo de Microminiaturas, que exhibe piezas tan peculiares como La última cena de Leonardo pintada en un grano de arroz, una talla de un camello atravesando el ojo de una aguja y cosas por el estilo. En esa misma línea, hay un segundo museo, el Microgigante, donde asombrarse viendo una Biblia en un cabello, una plaza de toros en la cabeza de un alfiler, etc.

Fotos: Marta BL

domingo, 9 de noviembre de 2014

U Kalicha, la cervecería del soldado Sveijk en Praga



¿Quién representaría mejor a Praga? ¿Personajes de leyenda como la princesa Libussa o el Golem judío? ¿La prosperidad encarnada en el monarca Carlos IV o la infamia de Reinhard Heydrich, el Ogro de Bohemia? ¿Las hazañas deportivas del atleta Zatopek o la ciencia de Tycho Brahe? ¿Quizá un músico como Smetana, que compuso El Moldava, o acaso un poeta como Rilke? ¿Políticos como el presuntamente defenestrado Dubcek o el conciliador Havel? ¿Escritores de altura como Kafka o Kundera? ¿Iconos religioso-turísticos como el Niño Jesús?

Probablemente todos ellos, pero cuando viajé a la capital de la República Checa hace tres años tenía claro que quería visitar un rincón que la mayoría de los turistas ignoran o desconocen, ya que aparece inmortalizado en una novela cuyo protagonista es un praguense muy peculiar, no precisamente idóneo para presumir de él. Me refiero al soldado Svejk, parroquiano asiduo de la cervecería U Kalicha.


Las aventuras del buen soldado Svejk (les reto a leer el título original sin atragantarse: Osudy dobrého vojáka Švejka za světové války), escrita en checo (al contrario que Kafka, que lo hacía en alemán), es la obra maestra del periodista Jaroslav Hasek, tipo algo desequilibrado en el que confluían tanto un satírico sentido del humor como dramáticas tendencias depresivas que le llevaron a alguna tentativa de suicidio, aunque finalmente le mató la tuberculosis en 1923.

El personaje de Sveijk, que refleja parte de sí mismo y de su vida, es su gran creación. Un ciudadano de Praga medio ingenuo medio idiota que cuando estalla la Primera Guerra Mundial es arrestado y enviado a un manicomio. Luego, pese a reconocer y presumir de su imbecilidad, lo reclutan en el ejército austrohúngaro y va desesperando a todos los oficiales que le tocan -especialmente al pobre teniente Lukás- por su particular forma de cumplir las órdenes -ora absurdamente al pie de la letra, ora a su libre albedrío-, así como su empeño insistente y pelmazo en contar historias cuando surge cualquier conversación.


Unas veces Svejk parece tonto de remate mientras que en otras aparenta demostrar cierta sabiduría popular,  divertida ambigüedad que, para que se hagan una idea, ha originado una peculiar palabra en lengua checa: españolizada se podría traducir más o menos como “svejkizar" y se usa en el país para describir un comportamiento desconcertante e incomprensible como el de Svejk.

En fin, el soldado más memo del conflicto -que, por cierto, este año celebra su centenario-, protagonizó muchos relatos que se fueron recopilando en volúmenes. Hasek, que también fue llamado a filas, tenía intención de hacer seis tomos pero sólo pudo llegar a tres más un cuarto que concluyó un amigo, así que nunca sabremos qué más disparates armó Svejk en el frente, si bien Bertolt Brecht escribió una continuación ambientada en la Segunda Guerra Mundial.


En cualquier caso, la novela original se convirtió en todo un éxito cuando se publicó en Alemania, algo a lo que ayudaron las geniales ilustraciones del artista Josef Lada; al igual que pasó con el Quijote de Gustavo Doré, son las que hoy nos dan la imagen del personaje, repetida en postales, marionetas y souvenirs. Lo cual es curioso por la concomitancia entre ambos protagonistas.

Hay varias cervecerías repartidas por Praga que se decoran o ambientan con este tema, pero la más importante es U Kalicha (El Cáliz) porque en la novela constituye el punto de encuentro de Sveijk con sus amigos antes de ser movilizado. Existe realmente: su dirección es Na Bojisti 12-14, aunque fue reformada para aprovechar la fama. 

Al igual que otros locales europeos de ese tipo, también sirve comidas, en este caso de la gastronomía típica bohemia; su web incluso tiene la carta en español, aunque advierten de que será imposible encontrar mesa sin reserva previa (salvo que se vaya fuera de hora punta). Asimismo, han incorporado una tienda de recuerdos temáticos.

El interior tiene una antesala a manera de pub que da paso a un gran comedor donde se alterna mesas cuadradas normales con otras muy largas, al estilo centroeuropeo, donde los clientes se sientan juntos en bancos corridos aunque no se conozcan; algo parecido a las que aquí se usan en las bodas. En la pared, numerosos grafittis y dibujos relacionados con Svjik, cuya presencia se refuerza con un maniquí a tamaño natural. Y cuidado a la hora de pedir cerveza, que allí sirven unas jarras enormes y tragan una tras otra.

 Fotos: JAF

domingo, 2 de noviembre de 2014

Mary King's Close, el antiguo submundo de Edimburgo


El espinazo de la Old Town de Edimburgo es la Milla Real, una larga avenida de casi un par de kilómetros (1,8 para ser exactos, medida de una milla escocesa) que en verano se convierte en escenario principal del macrofestival local, llenándose de  músicos, malabaristas, gaiteros, magos, humoristas, hombres-estatua y turistas de mil nacionalidades. Pero esa columna vertebral de la ciudad está flanqueada por las costillas que constituyen un intrincado laberinto de calles, callejones, plazas y escalinatas que se recorren a derecha, izquierda, arriba y abajo, como en un grabado fantástico de Piranesi.

Entre esos recodos hay que destacar los wynds y los closes, unos pasadizos oscuros y lóbregos que conectan el bullicio de la Royal Mile con la insospechada tranquilidad de patios y rincones sosegados, semivacíos o, en todo caso, animados sólo por los flashes de los viajeros -proyectados sobre los versos de clásicos escoceses inscritos en las baldosas, por ejemplo- o los comensales de la terraza de algún pub de aspecto tradicional. Montones de closes jalonan ese eje y son de paso libre excepto uno, que es de pago y no lleva a ningún oasis urbano sino a un submundo tenebroso y siniestro que refleja la historia más negra de Edimburgo: Mary King's Close.

Aunque ahora lleva el nombre de una de sus vecinas del siglo XVII, Mary King, también se lo conoció por otros. Pero eso no es importante; sí lo es el hecho de que da paso a un insólito escenario subterráneo, una pequeño barrio compuesto por cinco angostos callejones que quedaron enterrados cuando a las autoridades se les ocurrió usarlos como cimientos para la construcción justo encima del Royal Exchange, el edificio que hoy se ha convertido en el City Chamber (o sea, el Ayuntamiento).

Las vidas de sus habitantes pasaron a desarrollarse en el subsuelo, con las consiguientes deplorables condiciones higiénicas, que ya de por sí no eran muy refinadas en la época. Hacinamiento, tinieblas, miseria, enfermedades y crímenes eran la tónica general en aquel congestionado agujero sin alcantarillado, donde las aguas fecales se arrojaban a la vía pública al grito de "¡Gardy loo!" (del francés gardez l'eau) y los menos pobres trataban de alejarse tímidamente de la inmundicia ocupando las viviendas más altas-aunque también bajo el nivel del suelo-, a las que debían subir por escalerillas de mano dado el declive orográfico cuesta abajo donde se situaba el conjunto.

La visita, guiada y no apta para claustrofóbicos, no necesita figurantes disfrazados para impresionar -no sería un trabajo agradable- porque el lugar se basta por sí solo. Uno va recorriendo modestísimas casas particulares de habitación única que fueron escenario de historias macabras (como el asesinato en 1513 de Alexander Cant a manos de su esposa y su suegra), mientras otras acogían negocios típicos (una mugrienta cantina, una curtiduría, el taller de un zapatero... ¡Incluso un despacho de abogado!) y alguna destacaba por ser de mayor alcurnia, contando con varias dependencias (entre ellas un WC, equipamiento tan insólito entonces que sus dueños presumían de ello colocándolo a la vista desde la puerta de entrada).

En ese inmundo entorno, las ratas campaban a sus anchas y con ellas las pulgas. Terreno abonado pues para la Peste Negra, de la que se desató un virulento brote en 1644 que se extendió por el resto de Escocia durante dieciocho meses. El único sistema para afrontarla fue la cuarentena, que obligaba a los infectados a permanecer en sus casas, señalizadas éstas con una bandera blanca para que se les suministrasen víveres y que algún abnegado médico (el Dr. Rae ganó una fortuna pese a cobrar muy poco por sus servicios), embutido en una larga túnica, guantes y máscara nariguda, a la veneciana, con hierbas aromáticas en su extremo -todo ello de cuero-, les visitara para sajar las bubas o, en su caso, certificar la muerte del paciente. En tal caso era costumbre quemar todos los enseres del fallecido dentro de su propia vivienda, lo que a veces acababa en incendio o derrumbe.
La víctima más famosa del Yersinia pestis, la bacteria de la enfermedad (de la que se venden divertidos y frikis peluches en la tienda de recuerdos), fue la pequeña Annie. Sus padres la precedieron en el óbito y ella se quedó trágica y espantosamente sola hasta que también le llegó su hora; una historia muy suculenta que no dejó escapar la cuentista vidente japonesa Aiko Gibo, quien en una visita al Mary King's Close aseguró haber contactado con su fantasma. Para aliviar su estancia en el más allá le dejó una muñeca de regalo y así originó una tradición, porque otros turistas siguieron su ejemplo y, hoy, los cientos de juguetes que éstos dejan abarrotan la habitación de la niña y obligan a vaciarla periódicamente (se regalan a entidades dedicadas a la infancia). 


No es la única historia de ultratumba que se cuenta allá abajo. También está la de una vivienda cuyas paredes tienen una capa de pintura demasiado rica en arsénico, por lo que el visitante actual sólo puede echar un rápido vistazo desde la puerta... aunque unos listos autoproclamados investigadores se las han arreglado para obtener permiso y colocar una cámara de infrarrojos, que graba día y noche en espera de que algún espíritu tenga a bien mostrarse.

Hablando de cámaras, Mary King's Close se acondicionó y abrió al público como atracción turística en 2003 pero no se pueden hacer fotos durante la visita. Eso sí, al final del recorrido te hacen una que luego, si se quiere llevar, hay que pagar a precio de oro. Si lo llegan a saber en aquellos difíciles tiempos...

domingo, 26 de octubre de 2014

Villalcázar de Sirga y la iglesia templaria de las Cantigas


Nunca me ha seducido la idea de hacer el Camino de Santiago porque me gusta trepar por montañas, cuanto más empinadas mejor, pero no caminar por cunetas llanas y polvorientas, ora agostado por el sol ora azotado por la lluvia. No obstante, resulta diferente realizar un tramo en coche, en dirección contraria y con un destino que casi es la antítesis de Santiago de Compostela: Burgos. Ambas tienen llamativas catedrales e importante patrimonio monumental, mas, el matiz espiritual de llegar a la ciudad gallega tiene un origen religioso que en la castellana, al menos en el viaje que hice un par de años atrás, nacía de retroceder en el tiempo hacia nuestros ancestros primitivos, visitando el yacimiento de Atapuerca.

La rara altura del pórtico atechado
Pero eso ya lo traté en un post anterior. Esta vez centro la atención en el trayecto -desde Asturias-, durante el cual fui haciendo una serie de paradas estratégicas en sitios especialmente atractivos: Sahagún, Carrión de los Condes, Villalcázar de Sirga, Frómista y Sasamón; León quedaba excluido por una cuestión de tiempo y porque ya lo conocía. Con el tiempo iré hablando de todos ellos; y como hay que empezar por alguno, hagámoslo por Villalcázar de Sirga.

Situado en la provincia de Palencia, es una minúscula villa de poco más de centenar y medio de habitantes, tranquila y silenciosa, que me recibió con aguanieve y un aire gélido ante los que el esfuerzo por brillar de un infausto sol parecía inútil. Gorro, guantes y bufanda acompañaron a la cámara de fotos nada más bajar del automóvil en la Plaza Mayor, para combatir el frío mientras veíamos un extraño edificio que puede presumir de haber inspirado al rey Alfonso X el Sabio para componer las célebres Cantigas de Santa María. Que, por si alguien no lo sabe, se trata de un cancionero religioso medieval, de mediados del siglo XIII, que narra vida y milagros de la Virgen.

Por tanto, teníamos delante la iglesia de Santa María, singular mezcla de templo y fortaleza construida por los templarios en el siglo XII, cuando el pueblo pertenecía a esa orden -luego pasó a manos de la de Santiago-. Es un lugar raro, de contornos poco definidos a causa del derrumbamiento de la fachada principal en el año 1888, que obligó a cerrar el hueco con un muro apenas decorado.

Las arquivoltas del pórtico...
El aspecto pesado y macizo de la cantería sólo se rompe con un gran rosetón que corresponde a una capilla posterior y una fachada sur con arquivoltas rematadas por un muy labrado friso y atechada bajo un pórtico altísimo, el que hubiera diseñado el Greco de haber sido arquitecto. Un poco más allá, un torreón cuadrangular muestra en su parte superior el campanario, terminado en vulgar ladrillo rojo; el mismo con que se reconstruyeron zonas dañadas.

...y el friso labrado de encima.
Dicen que el interior, de tres naves de bóvedas nervadas más cabecera, capillas y varios sepulcros importantes (entre ellos el del hermano de Alfonso X), también es muy bello. No pude confirmarlo porque, al parecer, para entrar hay que pedirle la llave al cura y éste no aparecía. Además, era ya la hora de comer y, dado que el frío seguía arreciando, optamos por refugiarnos en el Mesón de Villasirga, que se alza justo enfrente y unos metros más allá de otro establecimiento, el cerrado Mesón Los Templarios, en cuya pared se puede ver un monumento al lechazo churro.

Sopa castellana para entrar en calor.
El primero es un establecimiento tradicional, de una sola planta, que parece recién salido de siglos atrás y al que se entra por una pesada puerta de madera cuyos resquicios están protegidos de traicioneras corrientes por un cortinón de terciopelo granate, a la manera medieval. El contraste de temperatura fue agradable y más aún tras degustar una humeante sopa castellana -en una jarra de barro y con cuchara de madera-, unas chuletillas de cordero y unas tartas de Santiago y de cerezas. Todo lo rematamos con una queimada, cortesía de la casa, cuya preparación escenificó el personal de forma muy teatral, ataviado con capa negra de peregrino y a la luz de unas velas.

Fotos: JAF y Marta B.L.

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