lunes, 25 de julio de 2016

La Colegiata de Santa María, en Sasamón


Una de las cosas que tiene moverse por España es que cuando nos planteamos hacer una visita turística medieval muy probablemente nos encontraremos debajo toda una sucesión de estratos históricos anteriores que unas veces evidencian el pasado romano y otras se remontan aún más atrás. Si hablamos de la provincia de Burgos nos perderíamos en la noche de los tiempos con Miguelón y su familia heidelbergensis, pero hoy no vamos a ir tan atrás y, aunque el objeto de atención del artículo es la colegiata de Santa María, que corresponde a la Baja Edad Media, empezaremos un poco antes, entre los años 29 y 19 a.C.

El pasado romano, siempre presente
Cuentan las crónicas que Augusto tuvo que desplazarse a la Hispania Citerior para ocuparse de la guerra contra aquellos cántabros y astures irreductibles (éstos de verdad, no como los de la aldea gala) que se empeñaban en no dejarse civilizar ni adaptarse a ese eufemismo de dominación que se denominaba Pax Romana. El emperador asentó sus reales en Segisamo, la capital del territorio turmogo, pueblo céltico del que se sabe muy poco, que habitaba la zona que hoy corresponde aproximadamente a la provincia de Burgos y que había sido sometido primero por Pompeyo y más tarde, tras un intento de rebelión junto a los vacceos, por Nepote. La Legio IV Macedonica instalada en aquel lugar bajo el mando directo de Agripa, sobreponieńdose al pomposo nombre oficial de la localidad, Segisama Iulia, lo acortó en Segisamonem, de donde deriva el actual Sasamón.

Hoy es una pequeña y tranquila villa de poco más de un millar de habitantes situada a treinta kilómetros de la capital provincial y cuyo modesto tamaño no concuerda con la batería de monumentos que concentra, que la han hecho ganarse la categoría de Bien de Interés Cultural. De entre todos ellos despunta por insólitos méritos propios la Colegiata de Santa María la Real, que si se descuida ocupa la mayor parte del terreno municipal; baste decir que se trata del mayor templo de toda la provincia, sólo por detrás de la majestuosa catedral burgalesa y de la iglesia de la Asunción que hay en el pueblo Melgar de Fernamental. Un colosal edificio gótico que a mediados del siglo XIII se empezó a construir sobre otro anterior románico que había erigido Alfonso VII, pese a que este monarca le había retirado la categoría de sede episcopal para traspasársela a la ciudad de Burgos.



Así, a pesar de ello, o quizá para compensar, Sasamón fue designada para acoger aquella maravilla grandiosa y exuberante que parecía y parece completamente fuera de lugar. Es lo que percibe el visitante que, tras serpentear con el coche por las callejuelas empedradas de la villa, circulando entre macizas casas de piedra, llega a la Plaza del Ayuntamiento y contempla la imponente silueta de la colegiata recortándose contra el cielo, abrumando desde su inmensidad al resto de la sobria arquitectura segisamonense.


Aún conserva algunas características románicas de su predecesora, como la portada occidental y la nave de la epístola. Sin embargo, el resto es claramente gótico: crucero, cinco capillas poligonales en la cabecera, arcos ojivales, arbotantes, pináculos, un claustro realizado por el prestigioso Juan de Colonia... Como solía ocurrir, los trabajos se prolongaron en el tiempo y no concluyeron hasta el siglo XVII, de manera que el exterior pero, sobre todo, los elementos decorativos interiores, son un muestrario de diferentes estilos sucesivos: un sepulcro gótico aquí, un retablo plateresco allá, un tapiz barroco acullá; una imagen renacentista se suma a mobiliario neoclásico y así todo.

La planta sigue el modelo de abadía cisterciense: cruz latina con tres naves de cinco tramos cubiertas por bóveda de crucería y atravesadas por un crucero muy alargado que está formado por otras dos naves que, atención a la rareza, son iguales en altura. Adosada a uno de sus brazos está el campanario pero lo realmente llamativo es su puerta,  muy especial porque se la considera una réplica de la del Sarmental de la catedral burgalesa: salvo el parteluz, que en Burgos tiene un obispo y aqui una Virgen con niño, ambas se componen de tres arquivoltas con, sucesivamente, ángeles músicos y Veinticuatro Ancianos del Apocalipsis tocando sus instrumentos; en el tímpano, el Cristo en majestad rodeado por los evangelistas; y en el dintel se representa un apostolado.

La Portada del Sarmental, réplica de la burgalesa
Esquema explicativo

La otra gran portada es la de San Miguel, que tiene un arco apuntado con arquivoltas enmarcado en otro conopial y rematado con tallas de ángeles. Encima hay un alfiz con esculturas y en el parteluz se ve el escudo de los Reyes Católicos. El conjunto se encaja entre pináculos.

Portada de San Miguel

Debería describir asimismo la bóveda estrellada de la sacristía, la portada interior plateresca de su entrada o la elegante cajonería dieciochesca. También las dos pilas bautismales, una románica y otra renacentista. O el bello púlpito gótico labrado en piedra. O el claustro del siglo XV, restaurado hace poco y que tmbién guarda semejanzas con el catedralicio burgalés. Debería, digo, pero no lo voy a hacer porque las dos veces que pasé por Sasamón lo hice al decaer ya la tarde, fuera de hora de visita (y eso que abren mañana y tarde todo el año), y no pude entrar.


Otro esquema explicativo, en este caso del claustro

Me tuve que conformar con dejar el coche en la plaza, amplia y tranquila, especialmente a esas horas en que el sol empezaba a retirarse y los tenues rayos que parecían resistirse no podían evitar el intenso frío invernal que me impidió dejar el pueblo sin antes recuperar la temperatura mediante un caldo vivificador; que, en Burgos, cuando tira, tira. Antes, pasé el arco con Virgen gótica que da acceso al recinto y me tire tres cuartos de hora contemplando el exterior de la colegiata: sus formas, sus piedras teñidas de verdín, los relieves carcomidos por la erosión, las huellas manifiestas del incendio que provocó el desmoronamiento de las bóvedas y obligó a cambiar la disposición del edificio, colocando el altar mayor en el crucero. Gajes de la Guerra de la Independencia Española.



Fotos: JAF

lunes, 11 de julio de 2016

Palacio de San Telmo, la pequeña corte


Hoy en día, el palacio sevillano de San Telmo es conocido por acoger la Presidencia de la Junta de Andalucía, pero se trata de un edificio histórico que ha tenido diversos e importantes usos a lo largo de su historia. Una historia que empezó en la primavera de 1682 en la parte extramuros de la ciudad, junto al Guadalquivir. Esa zona era propiedad de la Inquisición pero lo que se construía no era para el célebre tribunal religioso sino para ubicar el Real Colegio Seminario de Sevilla que Carlos III había creado por real cédula a petición de la Universidad de Mareantes.

Esta última institución era la que representaba al gremio de comerciantes (por eso también se conocía como Universidad de Mercaderes), una de las tres patas que sostenían el negocio sevillano de la navegación y el comercio que se plasmaba en la Carrera de Indias, siendo las otras dos el Consulado de Cargadores y la famosa Casa de Contratación. Todas las urbes importantes tenían organismos similares, especialmente las portuarias, en las que el antecedente eran los consulados del mar;  incluso se exportaron a América, con sedes en la capital de México y en Lima.

Sevilla en el siglo XVI

El Colegio de Marina, como pasó a llamarse en 1788, tenía como objetivo la formación de marinos en sus diferentes especialidades, para surtir de efectivos a las tripulaciones que hacían el viaje transatlántico al Nuevo Mundo. Su capacidad permitía acoger tres millares y medio de alumnos "pobres, huérfanos y de noble cuna". Allí aprendían a leer, escribir, matemáticas aplicadas a la náutica y manejo de instrumentos de navegación. Luego embarcaban en navíos para hacer prácticas. Este sistema funcionó hasta 1847.

El edificio pasó entonces a ser sede de la Sociedad del Ferrocarril primero y de la Universidad Literaria después, pero resultaba demasiado grande y apenas se utilizaba una pequeña parte para esos menesteres. En 1849 lo compraron los duques de Montpensier para convertirlo en su residencia, refomándolo a tal efecto. Antonio de Orleans era hijo de Luis Felipe I de Francia y, por tanto, nieto de aquel miembro de la casa real gala que apoyó la Revolución y que fue conocido como Felipe Igualdad (lo que no le sirvió de mucho porque acabó también en la guillotina). Antonio se casó con María Luisa Fernanda de Borbón, hija de Fernando VII y hermana de la reina española Isabel II.

Los duques de Montpensier


Pese al parentesco, ambos conspiraron activamente contra la monarquía -a San Telmo lo llamaban la "pequeña corte" y financiaron la Gloriosa, como se llamó a la Revolución de 1868, con el objetivo indisimulado de ser califa en lugar del califa, es decir, subir al trono. Pero Montpensier mató a su primo en un duelo y el escándalo consumió su candidatura, perdiéndola en favor de Amadeo de Saboya. Todo un personaje digno de glosa literaria, también se barajó su nombre para asumir la corona de un hipotético Reino de Ecuador que nunca se concretó y se le considera sospechoso de ser el instigador número uno del asesinato de Prim. Su vida se puede resumir en aquellas coplas populares:

Yo soy el rey naranjero
de los huertos de Sevilla.
Quise atrapar un sillón...
y me quedé sin silla

Esta vida de intriga continua se fue atenuando en el último cuarto del siglo XIX, por el peso de los años y los fracasos. La gran paradoja es que lo que no consiguió él con aquellos turbios manejos lo logró su hija, María de las Mercedes, de una forma muchos más sencilla: casándose en 1878 con su primo Alfonso, hijo de la derrocada Isabel II, a quien el pronunciamiento del general Martínez Campos a finales de 1874 devolvió al trono de España. A la madre del novio le costó aceptar aquella boda porque no olvidaba los manejos de su cuñado contra ella, pero al final accedió dejando como explicación una perla de su reconocido casticismo: "Ella no tiene la culpa de que su padre sea un guarro".
 
María de las Mercedes y Alfonso XII

Por fin el apellido Montpensier había conseguido reinar, aunque por poco tiempo, apenas cinco meses. El causante de la muerte de María de las Mercedes, el mismo día que cumplía su mayoría de edad, fue el Palacio de San Telmo, donde las filtraciones de una fosa séptica contaminaron el agua en las tuberías y originaron un brote de tifus. Algo habitual en la época y, de hecho, se cree que ocurrió algo parecido en el Palacio de Windsor con el príncipe Albert.

En 1893, tres años después de fallecer Montpensier, su viuda donó a la ciudad los jardines del palacio, que ya estaban protegidos como Bien de Interés Cultural, abriéndose al público en 1914 como parque público con su nombre. El edificio lo entregó al Arzobispado de Sevilla, que lo destinó a seminario y así siguió hasta que en 1989 pasó a alojar al gobierno regional.

La portada churrigueresca
El palacio es un complejo de planta rectangular estructurado en torno a un patio central y con torres en sus esquinas. Lo diseñó Leonardo de Figueroa, con característicos tonos granate y amarillo por todo el exterior. Aunque lo más representativo, la espléndida portada churrigueresca de caliza blanca, fue obra de su hijo Antonio Matías en 1754: tres cuerpos en altura, el primero con columnas toscanas, el segundo un balcón sostenido por monstruos marinos y atlantes (que en realidad son indios porque la decoración temática es alusiva a la Carrera de Indias, a las ciencias y a la navegación) y el tercero un templete con la estatua de San Telmo, patrón de los marineros -de ahí el nombre- flanqueado por San Fernando y San Hermenegildo.

Aparte, es interesante la capilla barroca, obra también de Figueroa, de una sola nave y bóveda de cañón sostenida por pilastras corintias, donde se venera a la Virgen del Buen Aire que firmó el escultor Juan de Oviedo; la decoración de ese espacio corresponde al escultor Pedro Duque Cornejo y al pintor Domingo Martínez, habiendo también un zurbarán. Por último, cualquier peatón puede contemplar  la fachada este, en cuya cornisa se suceden doce estatuas de otros tantos ilustres sevillanos -de nacimiento o de adopción-, encargados por los duques de Montpensier a Antonio Susillo. Entre los representados están los artistas Velázquez, Murillo y Martínez Montañés, el militar Luis Daoíz, el humanista Arias Montano y el sacerdote Bartolomé de las Casas.

Fotos: JAF

martes, 5 de julio de 2016

Benavides y Malospelos


Con las elecciones recién hechas y su coincidencia en pleno verano, el Congreso de los Diputados permanecerá cerrado hasta septiembre y sus fieles guardianes, los dos leones de la fachada, de vacaciones, sesteando tal cual lo hacen algunas de sus señorías captadas por las cámaras fotográficas de la prensa, que parece que siempre estén alerta.

Pero los felinos, al menos, tendrían excusa, pues llevan ahí desde 1872, fecha definitiva de su colocación después de años de proyectos fallidos, tira y afloja, dimes y diretes: que se si esculpir animales trae mala suerte, que si dos estatuas originadas en una guerra no pueden representar las Cortes españolas, que si éstos no me gusta y hay que encargar unos nuevos... Lo cierto es que la decoración escultórica del que fue nuevo edificio de la política nacional en sustitución de la iglesia del convento del Espíritu Santo, que antaño ocupaba ese solar pero al haber sido pasto de las llamas en 1823 hubo que encargarle un proyecto al arquitecto Narciso Pascual Colomer, inaugurándose en 1850 (durante las obras los diputados se reunían en el Teatro Real); la decoración escultórica, digo, fue un auténtico culebrón.

Retrato de Ponciano Ponzano
Se consideró que el cuerpo central de la fachada, de estilo neoclásico, quedaba un tanto soso. El lugar donde hoy asientan sus reales los leones estaba ocupado por un par de farolas, no por grandes menos anodinas, así que se decidió sustituirlas por sendas esculturas encargadas al autor mismo del frontispicio, el artista Ponciano Ponzano, que ganó el concurso convocado ad hoc. Y empezaron los problemas. Ponzano era de carácter difícil, no destacando precisamente por su capacidad empática y, encima, terriblemente supersticioso, razón por la cual se mostró muy reticente a aceptar el encargo; al parecer, consideraba que traía mala suerte representar animales en mármol, como se le pedía. La primera gran paradoja -luego veremos la otra- fue que al final aceptó porque el país estaba en una apretada situación económica y no había dinero para materiales nobles, por lo que se optó por el yeso... 

Pero vamos poco a poco porque las cosas no resultaron tan sencillas. Las estatuas se colocaron en 1851 con una capa de pintura que imitaba el bronce y recibieron el aplauso general, pero, siendo de tan endeble material y estando al aire libre, no tardaron un año en estropearse (de hecho, no sólo los elementos las maltrataron; también las balas, durante el alzamiento de la Milicia Nacional).

Fotografía del Congreso con los primeros leones de yeso

El primer intento resultó fallido, pues, y el segundo, ya en piedra, se le encargó a otro artista de moda, José Bellver (tío del también escultor Ricardo, el autor del célebre Ángel caído) porque el anterior exigió mucho más presupuesto. Pero la obra acabada resultó decepcionante: los animales eran muy pequeños y su expresión algo lastimera, de manera que la siempre implacable vox populi les cambió la familia de félidos a cánidos, asimilándolos a perros rabiosos. Los leones fueron desmontados y hoy se encuentran adornando la entrada del valenciano Jardín de Monforte. Curiosamente, son muy parecidos a los que hizo Mateo Bouncelli para el Salón del Trono del Palacio Real porque siguen el mismo modelo: los llamados Leones de los Médici, realizados por los escultores Faminio Vacca y Giovanni Scherano Fancelli para decorar la villa homónima, aunque actualmente están en la archivisitada Logia de Lenzi, en  la Plaza de la Señoría de Florencia.

El león de Faminio Vacca en Florencia

No hay dos sin tres y a la tercera fue la vencida. Los ojos se volvieron de nuevo hacia Ponzano y esta vez le facilitarían bronce de verdad: el de los cañones marroquíes que las tropas españolas capturaron cinco años antes en la batalla de Wad-Ras, uno de los episodios más rutilantes de la reciente Guerra de África, aquella absurda campaña desatada por el gobierno O'Donnell en lo que pomposamente se llamaba "política de prestigio internacional", concebida para unir a los españoles en una empresa común y desviar la atención de los problemas internos. La guerra ensalzó a Prim, regaló a Madrid la nomenclatura de un barrio (Tetuán) y facilitó los citados cañones, que se fundieron en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla en 1865. Salió cantidad de sobra porque una de las estatuas pesa 2688 kilos y la otra 2219, diferencias explicables porque los animales no son iguales.


La batalla de Wad-Ras vista por Mariano Fortuny



Boceto de Ponzano para uno de los leones. La cara de cachondeo fue sustituida por otra más feroz


Se produjo entonces la segunda paradoja: Ponzano terminó el trabajo pero la leyenda cuenta que falleció antes de verlo colocado, con lo que se cumpliría así su temor supersticioso. Es cierto que los leones tardaron en lucir en su sitio porque algunos diputados objetaron que su material se hubiera obtenido dignamente -en alusión a la guerra- y, en consecuencia, no se ubicaran frente a las Cortes hasta 1872. Pero también lo es que el escultor murió en 1877, cinco años más tarde. Tiempo de sobra para que las maldiciones queden obsoletas... a no ser que tengamos en cuenta la absurda causa del óbito: asfixia con una uva.

El primer león...
No sé si, oficial o extraoficialmente, los leones reciben el nombre de Daoíz y Velarde en homenaje a los dos militares caídos en la defensa del Parque de Artillería de Monteleón durante la sublevación de la capital contra la invasión napoleónica. Pero sí que en realidad deberían llamarse Hipómenes y Atalanta, los personajes de la mitología griega transformados por la diosa Cibeles en leones por profanar su santuario, ya que en esa historia se inspiró el autor y por eso, porque sería hembra pese a la melena (recurso estético clásico para representar a estas fieras), uno de los animales carece de testículos (lo que llevó al Canal Historia a iniciar una errónea campaña para que se los incorporaran; en cuanto les quitan los alienígenas...). En cualquier caso, el problema de los nombres quedó solventado por el gracejo castizo madrileño, que los rebautizó ya en su época como Benavides y Malospelos.

...y el segundo
Fotos: JAF
Foto Florencia: Sailko en Wikimedia

martes, 28 de junio de 2016

El Barrio Copto de El Cairo (y II)


Continuamos la visita a un rincón de El Cairo poco conocido pero pleno de interés histórico y artístico, tal como vimos en la primera parte del artículo dedicada al Barrio Copto. Una vez dentro hay una serie de rincones que suelen figurar en todos los catálogos turísticos y que se pueden ver en poco tiempo, dado su pequeño tamaño y la escasa distancia que guardan entre sí.

El icono llorón
La iglesia de San Sergio es el monumento más antiguo, pues su construcción se remonta a finales del siglo IV principios del V, bien es cierto que con posteriores reformas sucesivas durante la Baja Edad Media. Los soldados convertidos al cristianismo Sergio y Daco, martirizados por el emperador Maximiano, son los beneficiarios del templo. Pero lo verdaderamente interesante es que en la cripta del primero hay una gruta donde, según la tradición, se cobijaron San José, la Virgen y el recién nacido Jesús tras huir a Egipto de la matanza de niños decretada por Herodes; ya lo conté en el post anterior pero no dije que para celebrar ese hecho los interesados disponen de una misa cada 1 de junio. De todas formas, esa cueva no siempre puede visitarse porque tiende a inundarse con la crecida de las aguas del subsuelo, así que muchos tendrán que conformarse con el icono que hay justo al principio de la bajada, y que representa una Virgen que, según cuentan, lloraba sangre cada vez que los coptos son perseguidos (o sea, que menudo espectáculo gore se montará, teniendo en cuenta la historia de persecuciones que sufrió esa fe). Y, ya puestos, mencionemos también una columna que forma el fuste de una cruz y que también sangra -vaya afición-, curando enfermedades.

El otro día también mencionaba la iglesia de Santa Bárbara, que es un de las más grandes del país. Se levantó en memoria de la santa homónima, denunciada por su propio padre por hacerse cristiana y que fue condenada a azotes y a pasear desnuda por las calles cual Cersei Lannister, pese a lo cual siguió en sus trece (la protegía un ángel; así cualquiera), por lo que el pagano sátrapa de Mármara, donde vivía, desplegó una completísimo repertorio de torturas. flagelación, quemaduras con hierros candentes, el potro, desgarramientos... El ángel tuvo trabajo, desde luego, pero al final zanjaron la cuestión decapitándola; lo hizo su padre en persona y el ángel, que debía tener mal perder, se vengó fulminándolo con un rayo. Las reliquias de la pobre Bárbara se conservan en una capilla; quién se lo iba a decir.

Mosaico de San Jorge, en la iglesia homónima
No todo son iglesias. No podía faltar todo un convento que tiene como extraña curiosidad el hecho de que sus monjas vayan encadenadas, emulando el sufrimiento de su santo patrón, San Jorge. Porque aunque la iconografía que ha trascendido de este santo es la que le muestra como caballero matando a un dragón, el hecho es que lo pasó peor que el animal: era un legionario romano de Capadocia que, educado secretamente en el cristianismo por su madre, se negó a participar en las persecuciones de Diocleciano y por ello terminó ejecutado. O eso cuenta la leyenda, bastante dudosa. La que une su destino al dragón es muy posterior, medieval, del siglo IX.

Asimismo, también hay una sinagoga, la de Ben Ezra. Egipto acogió a una importante comunidad judía que se estableció fundamentalmente en Alejandría tras la Diáspora decretada por Tito en el año 70 por su rebelión contra Roma. Ya en el siglo XX, la proclamación del estado de Israel y la expulsión posterior por la guerra entre ese país y Egipto provocaron que el número de hebreos egipcios sea hoy muy escaso. En la geniza de la sinagoga (una espoecie de contenedor donde se guardan textos antiguos en desuso) descansaba un secreto que no se descubrió hasta tiempos decimonónicos: una ingente cantidad de manuscritos hebreos medievales -dos millares- que permiten a los expertos conocer mejor cómo era la ciudad entre los siglos XI y XII. De todas formas, lo más divertido del edificio, erigido sobre un templo cristiano previo del siglo VIII (que, a su vez, ocupaba el lugar de un inmueble romano), es que se alza en el mismo lugar donde fue encontrado aquel bebé judío abandonado en las aguas del Nilo y llamado Moisés. La tradición es la tradición, por improbable que resulte y por mucho que la existencia histórica de ese personaje sea más que dudosa.

El interior columnado de la sinagoga
Y no podía faltar una institución como el Museo Copto, fundado en 1908 y que posee la mayor colección que existe sobre todo lo relacionado con esta religión, en parte porque el Museo Egipcio y el Museo de Arte Islámico le transfirireron sus fondos coptos. El resultado son dieciséis mil piezas distribuidas en una docena de secciones ordenadas cronológicamente, desde sarcófagos del período primigenio  a los iconos posteriores, pasando por textiles, capiteles, joyas, papiros, pinturas, etc. La obra estrella del museo (aparte de los manuscritos de Nag Hammadi que ya reseñé citaba en el post anterior) probablemente sea un libro, los Salmos de David, considerado el más antiguo del mundo, con más de milenio y medio de edad.
El Libro de Salmos de David

Para concluir esta breve reseña, otro templo, quizá el más famoso: el de Santa María, más conocido como la Iglesia Colgante (El Moallaga). El apodo es muy descriptivo porque el edificio se construyó en el siglo IV sobre la Puerta del Agua, una de las entradas a la llamada Fortaleza de Babilonia (la fortificación romana que sustituyó a la que había hecho Cambises en el año 525 a.C. y de la que aún quedan partes en pie), de manera que su nave principal queda en una ubicación elevada respecto al resto del barrio. Sin embargo, el nivel ha subido desde la época romana y parte de la torre ha quedado semienterrada, por lo que visualmente sólo se puede apreciar la altura (seis metros) gracias a una parte del suelo, que es de cristal. Consecuentemente el acceso al interior se realiza merced a una empinada escalinata, todo encajado entre volúmenes arquitectónicos aprovechando hasta el último resquicio.


La escalinata de acceso de la Iglesia Colgante


martes, 21 de junio de 2016

El barrio copto de El Cairo (I)

Patio de la casa del Patriarca Copto en El Cairo (John FrederickLewis)
¿Qué tienen en común personajes de religiones diferentes como Dios, Alá, la Virgen María, Osiris, Mahoma o Ra, por citar sólo algunos? Respuesta: todos se hicieron hueco en Egipto. Unos en situación privilegiada mientras que otros son sólo objeto de interés para el turismo histórico y algunos, los menos, conservan su modesto espacio como pueden. Pero El Cairo, sobre todo, permite hacer un recorrido religioso a lo largo de miles de años.

Está claro que quien visita el país lo hace pensando, en primer lugar, en el testimonio monumental de la época faraónica: los complejos de Giza, Sakkara, Tebas, Karnak y Abu Simbel, fundamentalmente, que son sus principales iconos. Algo que se completa con el patrimonio islámico, que se centra, sobre todo, en la Ciudadela de Saladino cairota, con sus mezquitas y su fortaleza. Pero, además, la egipcia también fue tierra cristiana y sus practicantes actuales se agrupan en la capital en el llamado Barrio Copto, que suele atraer a los viajeros de miras amplias (o con más tiempo de visita).

Los coptos constituyen un pequeño grupo étnico-religioso pero, a la vez, son la minoría más grande deĺ Próximo Oriente al sumar un diez por ciento de la población de Egipto. Ya no utilizan su idioma tradicional -que curiosamente derivaba del demótico hablado en la última etapa faraónica- más que en los oficios religiosos (son ortodoxos), usando el árabe en la vida cotidiana. Pero siguen mostrándose orgullosos de ser anteriores a los musulmanes, pues éstos no conquistaron Egipto hasta el siglo VII mientras que ellos están allí desde el IV, en una expansión que tomó Alejandría como punto de partida trescientos años antes, con la llegada de San Marcos. Algunos dicen que incluso más atrás, si se hace caso a los voluntaristas que retrotraen su origen a los tiempos de los faraones. De hecho, la palabra copto procede del griego kuptios, término sincopado de las palabras Αίγύπτιος Aigyptios y cuyo significado es "egipcio".

Evangelio Apórcrifo de Juan

Es evidente la relación entre griego y copto. Ambos tienen un alfabeto formado por veinticuatro letras, aunque el segundo añade otras seis procedentes del demótico. Algo que ayudó a Champollion a traducir la famosa Piedra Rosetta. El copto se convirtió en una lengua eminentemente cultural y litúrgica gracias a los escritos y traducciones realizados por monjes cristianos, ya que Egipto experimentó una auténtica explosión monástica de la que el ejemplo más popular que queda es el cenobio de Santa Catalina, que está al pie del monte Sinaí. De hecho, en 1945 se encontraron en Nag Hammadi, cerca de Luxor, unas vasijas que contenían más de un millar de textos de los siglos II y III d.C. entre los que figuraban evangelios, cartas y libros diversos, unos religiosos y otros clásicos. Estaban escritos en dialecto sahídico, el más común, típico de la región tebana, aunque había otros como el bohaídico, propio de Menfis y el litoral norte.

Entrada al Barrio Copto
El Barrio Copto de la capital, también conocido como Viejo Cairo y que tiene por nombre oficial Qasr al-Sham, es una especie de isla urbana rodeada de murallas romanas, presuntamente construidas por Trajano, en las que se abren las clásicas cuatro entradas. Dentro, una vez pasados los controles policiales (los coptos no están muy seguros en el contexto religioso del Egipto actual), espera un laberinto de callejuelas jalonadas por multitud de negocios y puestos de venta que le dan ese aire pintoresco que uno espera de un rincón bimilenario. El ambiente resulta un poco más relajado que el del resto de la ciudad, sin el ensordecedor ruido del tráfico ni el bullicio de las grandes avenidas.

Según cuenta la tradición, es el lugar donde se escondió durante unas semanas la Sagrada Familia (o sea, San José, la Virgen y su hijo Jesús), escapando del asesinato de recién nacidos decretado por Herodes el Grande -Egipto era una provincia romana y por tanto, fuera de la jurisdicción herodiana-. Así se cuenta en el Evangelio de San Mateo
Tan pronto como se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".  Él se levantó, tomó al niño y a su madre de noche, se fue a Egipto y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por medio del profeta: "De Egipto llamé a mi hijo".
La veracidad de este episodio es muy escasa porque no hay ninguna fuente histórica que acredite la matanza de los inocentes, creada seguramente para establecer un obvio paralelismo con la historia de Moisés y hacer cumplir algunas profecías. Pero la relación de Egipto con estos personajes es intensa y en los evangelios apócrifos hay más capítulos dedicados a esa huida, algunos de corte muy ingenuamente fantástico. Es el caso de Matariya, un distrito del norte de El Cairo, donde se sitúa un sicomoro conocido como el Árbol de la Virgen porque en él se apoyó ésta para descansar (en realidad se trataría de uno nuevo, nacido de un esqueje que tomó un fraile franciscano en 1656  ante el mal estado del original pero quien se toma la molestia de llegar hasta allí no se anda con detalles).

La huida a Egipto según Fra Angélico
Sin embargo, en buena medida, el revival de todos esos episodios, más míticos que otra cosa, es el gran atractivo de la visita al barrio: en la cripta de la iglesia de San Sergio, por ejemplo, está la gruta donde se estableció la Sagrada Familia; la sinagoga Ben Ezra se alza sobre un templo copto anterior en el lugar donde fue hallada, entre los juncos de la ribera del Nilo, la cesta en la que abandonaron a Moisés; la iglesia de Santa Bárbara se construyó para albergar las reliquias de una mártir de dudosa existencia asesinada por su propio padre por convertirse al cristianismo, etc. 

[continuará]

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