lunes, 30 de mayo de 2016

Rincones de La Paz: Plaza Mayor de San Francisco


No es raro que en el mundo hispánico una iglesia constituya el punto vertebrador de un espacio urbano, generalmente en forma de plaza. Esto se cumple al pie de la letra en La Paz, ciudad de orografía que podríamos tildar -no sin cierto toque eufemístico- de difícil, asentada en una hondonada pero extendiéndose hacia las alturas que la rodean tal cual una sombra al caer el sol. Y se cumple, digo, porque recorrer su callejero es como una continua etapa ciclista rompepiernas, con subidas y bajadas y vueltas a subir, con laderas precariamente urbanizadas que sirven de telón de fondo lumpen al final de las calles, y con plazas donde ha sido necesario escalonar el pavimento para salvar las diferencias de altura y crear un ámbito que sea acogedor para el ciudadano.



La Plaza Mayor de San Francisco es un buen ejemplo. Ha quedado articulada en tres niveles tras una remodelación realizada en 2011 para revitalizar el centro paceño en la que se amplió su superficie al juntarla con la vecina De los Héroes mediante una gran escalinata. El resultado son seis mil ciento sesenta y tres metros cuadrados de ágora que alcanzan capacidad para unas cien mil personas. Y no sé si alguna vez se ha llenado ese aforo pero un paseo por allí a media mañana da la impresión de que, en efecto, la gente empieza a reunirse, hasta el punto de que es una plaza animada como pocas, colorida, pintoresca, viva.





No resulta extraño que suela utilizarse como foro para actos públicos, no sólo ahora sino a lo largo de toda su historia; de hecho, se suelen citar cuatro grandes acontecimientos políticos recientes en tal escenario, aunque ninguno de la trascendencia del acaecido en 1549: la construcción de la Basílica de San Francisco, que es su referencia monumental y artística, así como el origen de la plaza misma. El río Choqueyapu pasaba por allí y separaba el casco urbano del llamado barrio de indios. En realidad esa iglesia, presuntamente levantada sobre un santuario aimara previo, formaba parte de un complejo mucho más grande, un convento homónimo franciscano establecido dos años antes, y no estuvo concluida hasta 1581.



Su aspecto de entonces no sería como el actual porque no duró mucho: a principios del siglo XVII una tremenda nevada hizo desplomarse el edificio, que era de simple adobe, por lo que entre 1743 y 1753 se erigió otro, el que aún perdura. La bonita decoración labrada de la fachada se hizo cuatro décadas después y la torre es más tardía aún, de 1855. El interior es de tres naves, con una cúpula de media naranja y una cripta en la que están enterrados Juan Sagámaga, Pedro Domingo Murillo y Juan Basilio Catacora, paceños ejecutados por su participación en la revolución de 1809.



El cenobio, en cambio, no sobrevivió: lo demolieron en la segunda mitad del siglo XX para abrir la plaza y la avenida Mariscal Santa Cruz. Posteriormente se lo debieron pensar mejor y se aplicó un plan de recuperación de lo que quedaba, reaprovechándolo para ubicar el Centro Cultural Museo San Francisco, de arte sacro e indígena; un sitio muy interesante del que merecerá la pena hablar más detalladamente en otra ocasión. Ahora, el monasterio es Monumento Nacional, conservando dos preciosos claustros y el coro, además de la iglesia.



Yo llegué a la plaza bajando por la Avenida Murillo, en un plácido paseo con paradas continuas para atender al inevitable vendedor ambulante de fósiles o para curiosear los tenderetes de la miríada de tiendas de souvenirs y ropa de lana de alpaca. Aunque el escaparate más alucinante fue el dedicado a productos de magia y brujería indígena; a falta de tiempo para visitar el famoso Mercado de las Brujas paceño, me entretuve viendo aquella inaudita colección de paquetes de hojas de coca, fetos de llama, jabones esotéricos para atraer el dinero, cajas de hierbas medicinales diversas productos para vigorizar el ardor sexual de nombres estupefacientes, entre otras muchas lindezas que hay que ver para creer y ahí están las fotos para demostrarlo.




Fotos: JAF

martes, 24 de mayo de 2016

El canal de Corinto

Es posible que, para mucha gente, tanto el Canal de Suez como el de Panamá sean obras faraónicas que únicamente pudieron hacerse realidad cuando se dio el gran salto técnico de los últimos dos siglos. Sin embargo, la posibilidad de juntar dos mares u océanos separados por kilómetros de tierra siempre fue una fruta tremendamente apetecible por sus previsibles consecuencias benéficas sobre la actividad comercial, de ahí que siempre hayan existido proyectos de ese tipo. Uno de ellos fue el abrió el paso a los barcos desde el mar Egeo al Jónico sin necesidad de circunnavegar  la península del Peloponeso: el Canal de Corinto.

Este canal atraviesa el istmo homónimo a lo largo de unos seis kilómetros, formando un estrecho pasillo de apenas veintiún metros de ancho y ocho de profundidad por el que los buques grandes pasan rozando sus altas paredes (de hasta cuarenta metros) de forma similar a como lo hace el Metro por sus túneles subterráneos. De hecho, los de mayor tamaño no caben ni por manga ni por calado, pese a lo cual más de doce mil embarcaciones lo atraviesan cada año, dejando patente su utilidad.

Las obras del canal

El Canal de Corinto se inauguró en 1893 tras doce años de trabajos en los que participaron miles de obreros dirigidos por el ingeniero húngaro István Türr, aunque el proyecto fue diseñado por el francés Ferdinand Lesseps, el mismo que había hecho el de Suez en 1869 y, poco después, inició el de Panamá. Pero, al igual que en el antiguo Egipto se habían sucedido los intentos de conectar el delta del Nilo con el Mar Rojo (Ramsés II y Necao fracasaron en el empeño pero el persa Darío I sí logró abrir uno, aunque un tramo era arrastrando los barcos por tierra) y en América los españoles impulsaron otro tanto como alternativa al peligroso Estrecho de Magallanes (la dificultad que presentaba llevó a dejarlo sólo en una pista terrestre que permitiera transportar las mercancías del Atlántico al Pacífico y viceversa), en la Grecia del siglo VII a.C. también hubo un precedente para mejorar el tráfico en el golfo de Corinto.

"Inauguración del Canal de Corinto", por Konstantinos Volanakis

El canal, a vista de Google Earth

El impulsor fue Periandro, segundo tirano de Corinto, que ya había construido una ampliación del puerto de la ciudad. Lo cierto es que Periandro no ha pasado a la posteridad por su buena fama precisamente; Heródoto, Aristóteles y otros autores de la época le ponen de vuelta y media por sus accesos de ira incontenible y su brutalidad, plasmada en una política populista que empleó para eliminar la oposición de la aristocracia o en el hecho de que su propio hijo renegara de él. Sin embargo, y en cierta forma de manera opuesta, también se le incluyó entre los siete sabios de Grecia por una gestión eficaz que protegió al campesinado, expandió militarmente el poder corintio y llevó estabilidad y prosperidad económica a la urbe. 

En su currículum está también la idea de abrir el citado canal pese a la opinión en contra que recibió en una consulta en el Oráculo de Delfos, que aceptaron como buena la teoría de algunos matemáticos de que existía el riesgo de que todo el Peloponeso quedara sumergido. Parece que, en realidad, aquella oposición se debía más bien al temor de los sacerdotes a que la nueva ruta alejara las visitas de marinos y mercaderes (y con ellas sus ganancias, obviamente). El caso es que Periandro hizo caso a la pitonisa y cambió de plan: en vez de excavar un canal optó por construir un diolkos o calzada que no sólo acortara tiempo de viaje entre los golfos Sarónico y de Corinto sino que ahorrara la navegación por aquella costa tan traicionera, donde a menudo se producían naufragios. 

Así pues, en su lugar, los barcos serían arrastrados sobre un olkos (de ahí el nombre) o plataforma o que recorría el diolkos de extremo a extremo (entre Esquinunte y Trecén) mediante unas ruedas canalizadas en carriles y tirada por tracción animal o humana; algo muy parecido a un tren y, de hecho, la separación entre dichos carriles era casi la misma que el eje ferroviario actual, metro y medio. El camino tenía entre tres y seis metros de ancho y sólo admitía naves de un tamaño no muy grande, con el añadido extra de que la mercancía debía trasladarse aparte. 


El sistema de transporte por el diolkos

Pero Periandro no fue el único que aspiró a aquel objetivo. Unos cuatrocientos años más tarde, el diádoco Demetrio Poliorcetes planeó una ampliación pero de nuevo cedió ante la idea de una inundación. Así llegó la hora de Roma. Cuenta Suetonio que Julio César se interesó por el asunto y Nerón incluso puso a trabajar a miles de esclavos en ensanchar y alargar la calzada -al parecer él mismo inauguró las obras usando un pico de oro- que supuso construir setecientos metros más; pero, tras su muerte al año siguiente, su sucesor Galba decidió finalizar los trabajos por los elevadísimos costes. 

Dibujo de 1881 mostrando el proyecto de Nerón, según el ingeniero Bela Gerster

Herodes Ático también consideró la cuestión en el siglo II d.C. sin llegar a decidirse. No obstante, el diolkos siguió usándose durante la época romana hasta la Edad Media; después, los venecianos retomaron la idea tras su conquista del Peloponeso en 1687 pero nunca se concretó. aún se conserva medio kilómetro, excavado por los arqueólogos entre la segunda mitad de los años cincuenta y primera de los sesenta.


Actualmente, el Canal de Corinto no sólo se usa para el transporte naviero sino que incorpora una utilidad extra que nadie hubiera sospechado en otros tiempos, la turística. A la salida de Atenas en dirección hacia la península del Peloponeso, camino de la más que probable parada en Epidauro, hay que atravesar uno de los puentes que salvan ese estrecho brazo de mar. Deteniéndose justo en medio se puede contemplar la visión del canal proyectándose tanto hacia un lado como hacia el otro. Un viejo sueño hecho realidad milenios después.

Foto cabecera: JAF

lunes, 16 de mayo de 2016

El Castillo de Medellín


Si digo que en Medellín se puede visitar un encantador castillo, más de uno pensará que no tiene nada de extraordinario, habida cuenta que en España hay censados más de dos millares y medio. Si puntualizo que se trata de Medellín, Colombia, la cosa puede cambiar un poco pero tampoco será rara y enseguida se deducirá que hablo de una fortaleza española de tiempos del virreinato de Nueva Granada. Ahora bien, si encima añado que no tiene nada que ver con los conquistadores y que su aspecto tira más al estilo romántico, entonces seguro que me exigen que lo explique. Pues nada, manos a la obra. 

Toreecillas ojivales de fantasía por todas partes

El inicio de todo se sitúa en una de las familias más ilustres y acaudaladas de la ciudad antioqueña, la Tobón Uribe, cuyo representante más conocido fue el excéntrico empresario y filántropo Pablo pero que en este tema deja el protagonismo a su hermano José. Éste había estudiado Medicina en París y se enamoró, como no podía ser menos, de una de las escasas bellezas que no había en su país: los impresionantes castillos del Valle del Loira. A principios de los años treinta regresó a Colombia y, puesto que el dinero no era problema, se le metió entre ceja y ceja la idea de levantar en su tierra una de aquellas espléndidas construcciones. Para ello se había llevado consigo unos planos, así que compró un terreno en las colinas de El Poblado, una zona alta que dominaba Medellín, y contrató al arquitecto Nel Rodríguez, de la constructora H.M Rodríguez, para dirigir las obras.

Plano del Castillo y los jardines que lo rodean

De esta forma, en el mismo lugar que antaño ocuparan tribus indígenas como los aburraes, peques, yamesíes, ebéjicos, maníes o noriscos, de pronto se alzó algo tan opuesto, casi extemporáneo, como un castillo neogótico, con la característica decoración de fantasía propia de ese estilo: torres y torrecillas con tejados en punta, almenas, ménsulas, arcos ojivales, balcones de piedra, fuentes, escalinatas de mármol, balaustradas... El interior no le iba a la zaga en belleza, aunque sumando el extra de la comodidad: artesonados, vidrieras, escaleras espirales, arañas de cristal, camas con dosel, alfombras exquisitas...

La balaustrada de la fachada principal
Parte de toda esa ornamentación se debió a su siguiente dueño, ya que Tobón Uribe se lo vendió en 1943 a Diego Echevarría Misas, un rico industrial con ancestros locales -él también se había educado en Europa- que igualmente había desarrollado una intensa actividad benéfica y que decidió instalarse en aquel lugar de cuento con su esposa alemana Dita y su hija Isolda. Echevarría amplió el inmueble entre 1956 y 1970, siguiendo unos planos de Dufau importados desde Francia, y lo embelleció aún más con una importante colección de arte, aparte de habilitar unos preciosos jardines. La historia, sin embargo no fue tan feliz como pudiera parecer porque la tragedia se abatió sobre la familia por partida doble: primero, Isolda enfermó mientras estudiaba en EEUU y terminó falleciendo, con lo que el matrimonio quedó sumergido en la amargura; segundo, en 1971 Echeverría fue secuestrado en su propio automóvil por una conocida banda local, la del Mono Trejos, y terminó asesinado, apareciendo su cadáver días después.



Este siniestro capítulo precipitó ese mismo año el deseo, previamente expresado por el finado, de donar lo que ya era conocido como El Castillo a la ciudad, para ser convertido en museo de arte. De esta manera, Medellín contó con un equipamiento cultural y turístico más que sumar al puñado de ellos que facilitaron la asombrosa transformación de la urbe, enterrando su relación casi simbiótica con el narcotráfico, su violento pasado consecuente y su mala fama aún más consecuente.

Medellín, al fondo, visto desde la balaustrada de piedra de la fachada principal

El Castillo, decía, es hoy un museo (regido por una fundación privada sin ánimo de lucro) que reúne una buena muestra de obras de artistas colombianos y europeos de casi todas las artes. Hay pintura y escultura pero también vajillas y porcelanas, muebles decimonónicos, cristalerías, instrumentos musicales, bronces, espejos, mármoles... Parte de ese patrimonio se saca a la venta tres veces al año, en un inaudito bazar que se celebra los meses de abril, mayo y octubre, y que supone llenar el gran salón del edificio de multitud de magníficas piezas de anticuario.

La Sala de Música
La visita permite ir descubriendo las espléndidas estancias, desde las salas con nombre propio como la Luis XV (llamada así por el estilo de su mobiliario, aunque también lo tiene Luis XVI; retratos de la familia cubren las paredes), la Colonial (decorada con una espléndida pieza de porcelana de Sèvres y varias pinturas y esculturas), la de Música (con butacas y divanes dispuestos alrededor de un piano de cola y varias porcelanas chinas) o la de los Gobelinos (cuyo nombre se debe a los tapices con motivos de pintores clásicos como Boucher, Fragonard o Caravaggio), a las habitaciones privadas de cada miembro de la familia, de las que impresiona especialmente la de Isolda cuando era pequeña porque luce tal cual fue dejada al recibirse la noticia de su muerte; la colección de muñecas, la cuna y el cochecito de bebé producen un extraño desasosiego.

La habitación infantil de Isolda

El dormitorio de Diego Echevarría
La habitación de Dita
También hay un elegante, enorme y diáfano comedor con ventanas ojivales -es donde se exponen las piezas en venta-, una biblioteca de la que parte una fascinante escalera helicoidal de madera a la torre, y la llamada Habitación de los Recuerdos (que acoge una colección de documentos personales de la familia, como cartas y fotos). El mismo hall de entrada es una especie de minimuseo que sirve para ir haciéndose una idea de lo que aguarda en el interior. En realidad hay más dependencias, pues faltaría reseñar las salas de Arte (para exposiciones temporales), de Arte Decorativo (para artes y oficios como tejido, bordado, diseño, elaboración de belenes...) y de Conciertos-Teatro. Al fin y al cabo, el Castillo es también un centro cultural que acoge escuelas taller, celebra eventos variados e incluso sirve de espléndido telón de fondo para reportajes fotográficos de bodas.

La biblioteca
Antes o después de la visita - según prefiera cada uno- se puede disfrutar de los magníficos jardines, que reúnen modalidades diversas: el Francés (inspirado en las simétricas creaciones de Le Notre), el Tropical (que recuerda una selva por su frondosidad), el Japonés (pretende enlazar mística y estética), el Contemporáneo (combina proporciones geométricas renacentistas con el orientalismo y la tecnología actual), el Nativo (con especies autóctonas) y, por último, el Patio de las Azaleas (de inspiración andaluza, con fuente, faroles y mosaicos). En total 46.140 metros cuadrados verdes que se pueden recorrer siguiendo un sendero ad hoc.

Árboles exóticos en los jardines...

... y también aves. Papagayos concretamente
Fotos: JAF
Más información: Museo El Castillo

martes, 3 de mayo de 2016

Churchill War Rooms (y II)


Decía en la primera parte de este artículo, que las Churchill War Rooms fueron creciendo bajo tierra hasta triplicar su tamaño original. Y hoy constituyen un museo visitable. Yendo temprano, en la hora de apertura, apenas hay gente y se entra sin necesidad de esperar, en visita libre con audioguía en ocho idiomas. Pero a medida que transcurre la mañana se va formando cola, si bien no alcanza las medidas abrumadoras de las del Parlamento o la Abadía de Westminster. Tras sacar la entrada sólo hay que bajar unas escaleras y empezar el recorrido, teniendo en cuenta que se trata de un lugar cerrado y angosto, quizá no muy apto para claustrofóbicos. Y eso que las condiciones son diferentes y no hay bombas cayendo alrededor, como bien recuerda un proyectil alemán que pende simbólicamente del techo.

La bomba de aviación que cuelga a la entrada
La visita transcurre entre laberínticos pasillos -custodiados por maniquíes con uniforme de los Royal Marines idóneos para retratarse con ellos-, por los que se reparten las instalaciones más interesantes para el público. El museo dedicado a la figura de Churchill es una sala diferente, mucho más grande y amplia porque debe acoger multitud de vitrinas con objetos personales del premier ordenados de forma cronológica en cinco etapas, cubriendo su biografía desde la infancia hasta su fallecimiento. Una vida extensa e intensísima -noventa años-, como muestra un gran time line digital interactivo de quince metros de longitud que serpentea por el centro de la estancia. A su alrededor resulta divertido ir descubriendo las variopintas piezas, incluyendo algunas caricaturas de la propaganda alemana denostándole.



Hay varias prendas de ropa que Chuchill usó a lo largo de su vida, entre ellas uniformes diversos, un gabán, un inaudito pijama de terciopelo rojo y réplicas de sombreros de diferentes tipos que, además, se puede poner uno para fotografiarse (por cierto, menudo cabezón tenía), igual que en la galería principal de acceso es posible hacer lo mismo con gorras militares. También se exponen una buena colección de retratos, los famosos puros habanos a los que se había aficionado cuando fue observador y reportero en la Guerra de Cuba, sus abundantes condecoraciones militares (entre las que hay alguna medalla española), el revólver que utilizó en Sudáfrica para escapar de los bóer, su cartera ministerial de recio y desgastado cuero, el pasaporte de ciudadano honorario de EEUU, el premio Nóbel de Literatura que recibió en 1953, diversas publicaciones sobre su figura, varias de sus obras artísticas (era aficionado a la pintura), un mechón de rojo pelo cortado de niño e incluso la puerta del número 10 de Downing Street de cuando ocupó aquella vivienda oficial.

Algunos modelos de sombrero usados por Churchill
El inaudito pijama de terciopelo carmesí
La cartera ministerial del Premier

Respecto a la visita al búnker propiamente dicho, es como viajar al pasado y seguir la Segunda Guerra Mundial en persona. Avanzando por los pasillos, dejando atrás puertas estancas antiincendios -y esperando a que el grupo precedente siga su camino y deje sitio- se van sucediendo a izquierda y derecha aquellas estancias más significativas y relevantes. La Sala del Gabinete, donde se reunía el consejo de ministros; la Sala de Mapas, una oficina cuyas paredes están cubiertas de enormes mapas del mundo con las clásicas chinchetas de colores indicando tropas y movimientos; los dormitorios de Churchill (que no solía usar porque prefería descansar en Downing Street) y del resto de familia, altos cargos y mandos militares; su despacho; la sala con un teléfono transatlántico para hablar con Roosevelt; las mesas de las mecanógrafas; la centralita telefónica; la cocina... 

Sala de reuniones del gabinete

La cocina

Todo ello debidamente cuidado, con documentada ambientación de época reflejada en el atrezzo (teléfonos, lámparas, fusiles del cuerpo de guardia, material de oficina, mobiliario, maniquíes de uniforme, tipografía...) y con detalles curiosos, como una máquina decodificadora, un panel con las llaves de todas las puertas, aberturas en el hormigón para poder comprobar su grosor, letreros indicando a qué equivale cada sonido de las sirenas de alarma, el clásico esquema con las siluetas negras de aviones y dirigibles para distinguir los propios de los enemigos, cuadros de estadísticas de bajas, máscaras antigás y hasta un cubo improvisado como retrete.

Una máquina decodificadora

Las siglas WC ¿serían del despacho del premier o de..?
El uniforme de húsar del joven Winston

La salida, como ya es habitual en todos los museos, se hace a través de la tienda de recuerdos. Es pequeña pero, aparte de las típicas cosas del kistch británico que hieren la vista, tiene otras más curiosas como reproducciones de carteles de la guerra, fotos clásicas (Churchill con la ametralladora Thompson o ataviado de húsar...), libros, etc.

Fotos: JAF y Marta B.L.

lunes, 25 de abril de 2016

Churchill War Rooms (I)


Para los ingleses que vivieron el período 1940-41, el sonido de una sirena debía ser lo más parecido al aliento de la Muerte acercándose y ondeando la guadaña sobre su tétrica figura. Fueron los años en que Hitler ordenó a la Luftwaffe vomitar toneladas de bombas sobre varias ciudades del país pero con atención especial a Londres, con la intención de que semejante presión llevase a Inglaterra a salir de la guerra o a quedar inerte ante la consiguiente invasión. Pero, pese a causar veintitrés mil víctimas y destruir un millón de viviendas, la ciudad aguantó estoicamente tanto esos raids aéreos como los lanzamientos posteriores, desde 1944, de los proyectiles V1 y V2.

Los londinenses utilizaron el Metro como refugio antiaéreo

Uno de los sitios emblemáticos de la historia de la capital británica -y, por ende, de todo Reino Unido- se encuentra muy cerca del número 10º de Downing Street, en la parte trasera de la manzana donde tiene su residencia oficial el primer ministro. Allí hay una calle paralela llamada King Charles en la que un portal encajonado bajo una escalinata pasaría desapercibido de no ser por  el grupo de turistas que hacen cola para entrar y un pequeño cartel que indica el porqué. Se trata de las Churchill War Rooms, el lugar desde donde Winston Chuchill dirigió su gabinete ejecutivo durante la Segunda Guerra Mundial.

Cartel para distinguir a amigos de enemigos
Un búnker subterráneo que, afortunadamente para los aficionados a la Historia (y al turismo), no se desmanteló al acabar el conflicto sino que, con esa característica y envidiable afición británica a conservar los elementos de su patrimonio histórico que puedan servir de testimonio de su pasado, se decidió mantener y arreglar para abrirlo al público e ilustrar a éste sobre aquellos difíciles años del Blitz. Se divide en dos partes, las Cabinet War Rooms y el Churchill War Museum, ambos integrados en ese macromuseo descentralizado y repartido en varias sedes por Inglaterra que es el Imperial War Museum.

Para ser honestos, el Cabinet no abrió al público general hasta fecha relativamente reciente, 1984, tras una serie de trabajos de restauración y acondicionamiento para visitas masivas (aún hoy es necesario acceder en pequeños grupos, dada la limitación de espació en la mayor parte del recorrido) que impulsó Margaret Thatcher, que para eso era admiradora declarada de Churchill. Antes sólo se entraba en número limitado y con cita previa, pues el sitio se había conservado pero en estado de abandono (de hecho, se había estado usando como almacén). El resultado fue tan bueno que el museo ganó el premio del Consejo de Europa 2006 y a partir de entonces recibe cientos de miles de visitas anuales.

El dormitorio de Churchill en el búnker. Apenas lo utilizó
Parte de las condecoraciones expuestas

La primera propuesta para hacer un búnker se formuló en 1936, cuando la RAF (Royal Air Force) detectó la vulnerabilidad de Londres a ataques aéreos. En consecuencia, se desarrolló un plan para, en caso de guerra, dispersar las oficinas de la administración por todo el país. Pero a partir de 1938 también se acometió la construcción de un refugio subterráneo fortificado aprovechando la estación de Metro abandonada de Down Street, abierta al público hace unos días tras una cuidada restauración. Sin embargo, aunque se habilitaron varias estaciones más con el mismo fin, hacía falta algo más grande, una sede unificada a prueba de bombas que pudiese albergar a todo el gobierno en caso de alarma, para lo cual se aprovecharon los sótanos de un edificio público en pleno centro urbano. Allí se situaron habitaciones para los ministros y mandos militares, salas de reuniones, estación de comunicaciones, enfermería y una Central War Room o Sala Central de Guerra para seguir la evolución de ésta.

Las paredes están cubiertas de mapas con indicaciones de tropas y sus movimientos
La estación de radio
El complejo empezó a utilizarse pocos días antes de la invasión de Polonia por los alemanes. Es decir, el propio Neville Chamberlain llegó a trabajar en él. Churchill, que le sustituyó en mayo de 1940, decidió dirigir las operaciones bélicas desde allí, a salvo bajo una gruesa bóveda de hormigón de metro y medio de grosor que fue triplicando la extensión de su paraguas protector a medida que se añadían estancias: oficinas, dormitorios para el personal, servicios, despachos, centralitas...

La centralita telefónica
Fotos: JAF y Marta B.L.

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