domingo, 21 de diciembre de 2014

La Capilla Sixtina: la bóveda


Todo lo que rodea a Miguel Ángel en general y la Capilla Sixtina en particular está lleno de ironías. Empezando por el propio artista, que era soberanamente feo (en parte por un puñetazo que le desfiguró la nariz tras una pelea de juventud; cosas de su irascible carácter) y sin embargo creó algunas de las obras más bellas del arte universal. Y siguiendo por el hecho de que él mismo se considerase fundamentalmente escultor, por lo cual manifestó bastantes reticencias a encargarse de la que iba a ser su obra maestra.

También resulta paradójico que ese lugar, emblemático no sólo por su decoración sino porque es donde se reúne el cónclave de cardenales para elegir Sumo Pontífice de Roma -en una esquina se puede ver la estufa donde se queman los votos, conectada por un tubo a la ventana por donde sale la fumata-, fuese originalmente un bastión defensivo del que aún se aprecian incluso las aberturas para arrojar aceite hirviendo.

Panorámica del Vaticano con la Capilla Sixtina en primer término
Fue Sixto IV el que encargó una capilla al arquitecto Giovanni de Dolci, quien la terminó en 1483 imitando el Templo de Salomón, según los planos de Baccio Pontelli para la anterior Capilla Mayor, de la que conservaba sus formas y medidas aunque no las pinturas de Fra Angélico que la decoraban. 

La capilla antes de pasar por las manos de Miguel Ángel
En su lugar, Botticelli, Perugino, Ghirlandaio, Signorelli y Rosselli, algunos de los pintores más destacados del Cinqueccento, embellecieron las paredes laterales con frescos. Las malas lenguas dicen que algunos de ellos convencieron al papa Julio II para que encargase a Miguel Ángel la pintura de la bóveda -hasta entonces en azul con estrellas, imitando el firmamento-, pensando que un escultor no sería capaz de llevar a buen puerto tan difícil tarea.

El andamio construido por Miguel Ángel, según la película El tormento y el éxtasis
Eso bastó para que el interesado entrara al trapo y aceptara el reto, proponiendo con cierta chulería cubrir todo el techo, en lugar de la idea original de algunos lunetos con los doce apóstoles. Para ello, él mismo diseñó un andamio en el que trabajaba de pie -no tumbado boca arriba, como dice la leyenda- y se puso manos a la obra en solitario, rechazando cualquier ayuda salvo un aprendiz que se ocupa de cosas menores, como molduras y fondos.

La técnica era similar a un calco: primero se dibujaban las figuras sobre cartones que luego se pegaban al techo y se perfilaban al carboncillo para finalmente colorearlas. Miguel ángel tardó en acabar cuatro años, durante los que no faltaron varios rifirrafes con Julio II. Pero en 1512 la bóveda de cañón de la Capilla Sixtina pasó a ser algo único en el mundo: quinientos veinte metros cuadrados de arquitectura transformada en un cómic a todo color del Génesis.


Ahí está la famosa e icónica mano de Dios tocando la de Adán para entregarle la espiritualidad y la inteligencia, de ahí que el primero, esté enmarcado en una orla constituida por su propio manto al vuelo y en cuyo contorno se vislumbra claramente la forma de un cerebro humano. También hay otros episodios como la Creación, el pecado original, la expulsión del Paraíso, escenas del Diluvio Universal y diversos retratos de profetas y sibilas (éstas porque anunciaron el nacimiento de Cristo, del que también se muestran antepasados suyos).




Parecía que no era posible mejorar aquello y entonces llegó el Juicio Universal. Literalmente.

(continuará)

Foto exterior: Jean-Paul Grandmont en Wikimedia
Foto cerebro: Scientific American

domingo, 14 de diciembre de 2014

La Capilla Sixtina: renovarse o morir


Quería pisar, admirar y hasta babear la Capilla Sixtina desde que ví El tormento y el éxtasis, aquella película de Carol Reed en la que Charlton Heston encarnaba a Miguel Ángel y Rex Harrison al papa Julio II y que contaba precisamente cómo fue el encargo del segundo al primero, los choques entre ambos -caracteres difíciles- y el proceso de decoración de las bóvedas.




Fotogramas de la película mostrando el proceso de pintura de la bóveda
La primera vez que se me presentó la oportunidad fue durante el clásico viaje de estudios de la universidad, hace ya décadas. Como suele ocurrir, aquella estancia en Italia fue tan efímera como intensa, intentando ver el máximo de cosas aprovechando que la juventud permite ciertos excesos sin cansancio. Durante tres jornadas en Roma visité muchos sitios, obviamente, pero El Vaticano ocupó un día entero. Y dentro, el gran momento llegó con la visita a la Capilla Sixtina.

Ya entonces -hablo de mediados de los ochenta- había grandes riadas de turistas para acceder al recinto y, si no recuerdo mal, había que avanzar por una alfombra delimitada a sus flancos con cuerdas sin detenerse. Una visión demasiado tamizada por la rapidez, cierta oscuridad ambiental y también, todo sea dicho, por los años transcurridos en mi memoria desde entonces.

Antes...
Poco después de aquel viaje los frescos fueron tapados para someterlos a una restauración, cerrándose la capilla al público. No me la perdí por los pelos. Cuatro años más tarde se reabría mostrando la nueva imagen de aquellos colores que, despojados de la capa de suciedad que durante siglos había ido cubriéndolos -sobre todo por el humo de las velas- dejaron a todo el mundo atónito por su viveza; no faltó a quien rechinaron, incluso, criticando la labor de los expertos.

... y después.
Durante mucho tiempo estuve a la espera de una oportunidad para regresar y ver esa Capilla Sixtina tan diferente a la algo tenebrosa que me había tocado a mí. Así que cuando en 2013 me ofrecieron unirme a otro viaje de estudios no me lo pensé dos veces. Desde 1986 las cosas habían cambiado: las riadas de turistas que antes comentaba habían desbordado los cauces de tal manera que hubo que eliminar la alfombra y el pasillo para abrir todo el espacio a la gente, la cual se desparramaba por la capilla como el agua a través de una presa rota. Al parecer se forman picos de dos mil visitantes simultáneamente ¡Hasta veinte mil personas al día!

Resultan inútiles los letreros pidiendo silencio y los que prohíben usar el flash. La mitad de las fotos que haces no sirven porque siempre aparecen en medio una cabeza o un iPad. Y es que se nota el cambio de época en la abundancia de gente grabando directamente con su tablet, moviéndola con sus brazos en alto como si enseñase un cartel. Pero cuando miras hacia arriba vuelves a quedar hipnotizado, pasando la vista de casetón en casetón, de orla en orla, de luneto en luneto, obviando las pinturas de las paredes (que son de otros artistas importantes -Botticelli, Perugino, Ghirlandaio, Signorelli y Rossini- y nos fascinarían en otro contexto pero que palidecen ante las de Miguel Ángel, claro) para terminar en la fascinante pared del altar, donde el Juicio Final es capaz de producir algo parecido al Síndrome de Stendhal.

Otro ejemplo: antes y después
Y, al igual que antes, mi experiencia vuelve a quedar obsoleta porque el mes pasado se estrenó una nueva iluminación que, dicen, resalta aún más las pinturas a la vez que mejora la percepción de los detalles y proporciona protección a los pigmentos, ya que se basa en luces LED (siete mil nada menos). El proyecto, llamado LED4ART, es obra de la colaboración de expertos de tres universidades (Roma, Budapest y Barcelona) y pretende imitar la luz natural. En cualquier caso, también ahorra un sesenta por ciento de energía.

Los frescos de la bóveda luciendo su recuperado colorido
Junto con ello también se inauguró un avanzado sistema de climatización para graduar adecuadamente la humedad y la temperatura, así como reducir el nivel del anhídrido carbónico generado por la enorme cantidad de gente; por cierto, se plantea limitar al volumen actual el acceso diario.

Así será la futura reconstrucción virtual de las gafas 3D
El próximo paso, a dar ya este inminente 2015, es ofrecer unas gafas de un solo uso que permiten ver una reconstrucción virtual en tres dimensiones de la capilla para ir haciéndose una idea antes de entrar a contemplarla en vivo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Un día en Uyuni: el salar


Continuación del post anterior, donde empecé a contar cómo siete bloggers españoles visitamos Uyuni invitados por el gobierno de Bolivia y vimos el cementerio de ferrocarriles de Pulacayo. Ahora toca hablar del salar.
Tras dejar atrás el cementerio de ferrocarriles de Pulacayo, y con el sol ya calentándonos desde los alto, hicimos una parada técnica en Uyuni: mientras nuestros anfitriones cargaban la comida, algunos aprovechamos para dar una vuelta por el mercado que se extendía por una de las calles más céntricas, justo donde había un insólito monumento al Rally París-Dakar. Decenas de sencillos tenderetes, levantados con cuatro alambres y un plástico y atendidos por las mujeres locales, achaparradas, tostadas por el sol, ataviadas con las típicas faldas acampanadas y el característico sombrero, del que salían larguísimas trenzas azabache hasta la cintura. 

El monumento al Rally París-Dakar
El guía nos propuso un curioso reto: decir cualquier cosa u objeto, que seguro que lo encontraríamos a la venta, bien nuevo, bien de segunda mano. Y así fue, no con uno sino con varios que se nos ocurrieron. Había fruta, hortalizas, calzado, prendas de alpaca, bolsos y cinturones, gafas, juguetes, menaje del hogar, teléfonos móviles de todas las generaciones imaginables, ordenadores portátiles, reproductores de DVD, prismáticos, radios... Vi miles de zapatillas deportivas, tres bolivianas enfrascadas en vestir muñecas con ropa de bebé, un niño comprando una raqueta de tenis, un puesto que vendía exclusivamente pequeñas cajas de madera y, en una calle adyacente, una sucesión de chamizos de chapa, humeantes y de tentadores aromas, dedicados a comida rápida.


Todo se puede encontrar en el mercado de Uyuni; hasta trenzas estilo Rapunzel
Al igual que pasó antes con los trenes, dejamos con pena aquel bullicio pintoresco y colorista para subir a los coches y partir hacia el salar. Primero circulando por una ajada carretera, luego abandonándola para saltar entre baches de tierra que levantaban ominosas nubes de polvo, a través de las cuales atisbamos algún guanaco pastando raquíticos brotes. 

Ampliando la imagen se apreciará el efecto espejismo de las montañas del fondo, que parecen flotar sobre el horizonte
Finalmente, las ruedas pisaron directamente sobre la blanca llanura de sal mientras en el horizonte se perfilaba el espejismo de lejanos volcanes que aparentaban flotar. La primera parada fue en un punto donde se extrae la sal mediante un método tan sencillo como cortar bloques del suelo; no será por escasez, puesto que ese desierto se extiende por doce mil kilómetros cuadrados. Tienen el tamaño aproximado de una caja de zapatos y no me resistí a pasar la lengua sobre uno. Se usan tanto para consumo como para artesanía e incluso en la construcción, a manera de ladrillos.
De aquí se extraen los bloques de sal, cortándolos directamente del suelo

Cada bloque pesa unos pocos kilos
Esa sal es lo que queda del fondo de los prehistóricos lagos Minchin y Tauca, que hace once mil años tenían un centenar de metros de profundidad -ahora hay otros tantos bajo tierra en once capas- pero se fueron evaporando a medida que el clima se volvía más seco, dejando como rico legado natural diez mil millones de toneladas de sal -se extraen veinticinco mil al año- y ciento cuarenta millones de toneladas de litio.


Una panorámica de la isla Incahuasi
Seguimos avanzando por la nívea llanura hasta atisbar a lo lejos un promontorio oscuro que parecía brotar de ella en medio de la nada. Era la isla Incahuasi (Casa del inca en quechua), en realidad la cumbre de una montaña subterránea que constituye un magnífico mirador y un buen punto de descanso. Un sitio algo surrealista, de algo más de veinticuatro hectáreas, donde un bar y una tienda de recuerdos comparten espacio con roquedales y un bosque de milenarios cactus gigantes que pueden alcanzar hasta diez metros de altura. La inevitable subida hasta la cima -de la isla, no de los cactus- lleva media hora, entre paradas para fotos y la falta de oxígeno respirable -son tres mil ochocientos veintidós metros sobre el nivel del mar-, pero una vez arriba hay unas panorámicas impresionantes de blanquísimos trescientos sesenta grados.

El bosque de cactus gigantes de Incahuasi
Subimos por una ladera serpenteando entre los espinosos vegetales y descendimos por otra donde una formación natural, señalizada como arco de coral, es un espléndido decorado fotográfico. Como lo es alejarse sobre la llanura de sal para contemplar la isla de extremo a extremo, un lunar en esa inmensidad bella pero dura en la que, nos contaba el guía, más de uno perdió la vida a manos de los bandidos que hasta no hace mucho se refugiaban en la zona (¡la leyenda incluye al mismísimo Butch Cassidy!) en busca de la lejanía de la ley y de víctimas fáciles; y, si no, la propia naturaleza hacía el implacable trabajo, como aquella familia fallecida de frío tras verse obligada a pernoctar por un simple pinchazo.

Un extravagante picnic; sal seguro que no falta
Antes de marchar, tuvimos ocasión de experimentar el picnic más inaudito de nuestras vidas comiendo a la sombra de una carpa que también sirvió para improvisar unas fotos. Y entonces sí, una vez más tocó subirse al coche remolonamente y emprender el regreso mirando atrás, ya que íbamos con el tiempo justo y había que tomar el avión para volver a La Paz. Eso significa que no pudimos cumplir parte del programa, que incluía visitar las momias de Coqueza y la cooperativa salinera de Colchani, y que apenas echamos un apresurado vistazo a un curioso hotel de sal. Queda pendiente para la próxima, espero.

Fotos: JAF

domingo, 30 de noviembre de 2014

Un día en Uyuni: el cementerio de ferrocarriles de Pulacayo



Éramos siete sufridos blogueros españoles de visita en Bolivia, por cortesía de sus autoridades, para participar en un congreso turístico. Terminadas las dos jornadas de trabajo, llegaba el momento de conocer algunos sitios interesantes del país y, para ello, nada mejor que sumar un madrugón inmisericorde al soroche (mal de altura) y al jet lag tamaño king size que aún arrastrábamos tras el maratoniano viaje desde España. Así que hubo que hacer caso al estridente e impío despertador que, a horas intempestivas, atronó en la madrugada para el traslado desde el centro de La Paz a El Alto, donde se halla el aeropuerto. Allí tomaríamos un pequeño avión con destino a Uyuni.

El miniaeródromo de Uyuni, solitario y gélido a primera hora
El trayecto aéreo duró una hora y tomamos tierra en el minúsculo aeródromo de esa localidad, siendo recibidos por el frío intenso propio de esas alturas y del horario mismo. Un par de coches nos llevaron al centro del pueblo, cuya primera imagen fue más bien siniestra, aunque reconozco que los cero grados de temperatura y el hecho de ser aún las siete de la mañana pueden deformar la percepción de la realidad, especialmente a alguien con falta de sueño acumulada. Pero el caso es que aquellas casuchas de adobe, pocas de más de dos pisos, las solitarias calles batidas por el viento y las miríadas de esqueléticos perros vagabundos parecían situarnos más en un sórdido escenario de spaguetti-western, previo al duelo de turno, que en nuestro destino.

Cuando el sol empieza a calentar Uyuni cobra vida, cual lagarto. El pintoresco mercado, donde se puede encontrar cualquier cosa, es su mejor expresión
La cosa empezó a cambiar con la parada para desayunar en un pequeño y encantador hostal local, el Kory Wasy, de la empresa homónima que nos organizaba el viaje, ya que habíamos partido de la capital sin poder tomar nada -más allá del consabido mate de coca- por estar aún cerrado el comedor de nuestro alojamiento. No importó la diferencia de estrellas; al contrario, resultó divertido tener que usar el aseo de una de sus seis sencillas habitaciones por estar el principal inutilizado temporalmente a causa de la congelación de sus tuberías. El caso es que al ponernos de nuevo en marcha la situación había cambiado: nuestros cuerpos, reconfortados por el refrigerio, empezaron a recibir además el incipiente calor de un sol al que ya se le veían tímidos intentos por encaramarse a lo alto del cielo, con lo que pudimos empezar a quitarnos alguna capa de abrigo.







Antes de ir al Salar de Uyuni, verdadero objetivo de la jornada, visitamos uno de esos rincones que, pese a ser prácticamente desconocidos, pueden considerarse joyas potenciales. Es el Centro Minero de Pulacayo, donde hay un fantástico cementerio de ferrocarriles, un auténtico museo al aire libre en el que descansan en paz una veintena de añejas locomotoras y vagonetas de un antiguo tren minero que transportaba el cobre extraído en la región, en los duros tiempos preturísticos.

Ya no funciona pero las vías siguen allí, pegadas al seco terreno como imborrables y perennes huellas dactilares oxidadas, extendiéndose hasta perderse en el horizonte desértico como esperando que algún día llegue una imposible resurrección en forma de nuevo convoy. Y las herrumbrosas máquinas, pese a estar mancilladas por profamadores graffitis, parecían ofrecerse a nuestra pasión fotográfica casi con exhibicionismo, tal cual sirenas cantando para engatusar a los marinos y no dejarles marchar. De hecho, nos fuimos de aquel sitio a regañadientes, con las cámaras echando humo porque, además, aprovechamos que a esas horas estábamos solos, sin otros turistas.

Sin embargo, la tristeza de la despedida duró poco. Lo justo para asumir que nuestra siguiente etapa era el famoso Salar de Uyuni, lo que no merecía lágrimas más que de emoción.

Fotos: JAF

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cita en Perú con Tadeo Jones, Shin-Chan y Chimo Bayo

Tadeo Jones, Shin-Chan y Chimo Bayo. Menudo trío ¿eh? Pues una vez compartí con él una jornada turística en Perú. Era verano, había viajado por el país descubriendo sus rincones más atractivos y, después de conocer Lima, Nazca, Arequipa, el cañón del Colca, Puno, el lago Titicaca, el Valle Sagrado, Cuzco y Machu Picchu, emprendí rumbo al norte, esa región menos visitada pero igualmente fascinante.

Quedaban atrás los Andes y el Altiplano para dar paso a la costa, donde las culturas prehispanas más destacadas fueron la mochica y la chimú. La arquitectura de piedra ciclópea daba paso a la de adobe, los bizarros tambos fortificados a las pirámides, la orfebrería áurea a la cerámica policromada. Es la tierra reseca y calurosa de Chiclayo y Trujillo, donde la magnificiencia del Inca encuentra reflejo en el Señor de Sipán y las fortalezas entre montañas son sustituidas por imponentes huacas, medio deshechas por la erosión y la intrusión profanadora de los huaqueros.


Éste era el panorama que se nos presentaba. Habiendo devuelto ya el coche de alquiler, en el mismo hotel contratamos una excursión de una jornada para ver los complejos arqueológicos de Trujillo: las huacas del Sol, la Luna y Arco Iris, así como la ciudad de Chan Chan. A primera hora de la mañana, vino a buscarnos una de esas características y polivalentes furgonetas donde nos juntamos viajeros de diferentes nacionalidades y un guía con un aire a Evo Morales -sustituyendo el jersey de Baby Alpaca por un ajado chaleco reflectante-, que nos felicitó por la suerte que teníamos de que nos hubiese tocado él, ya que era arqueólogo y trabajaba en los yacimientos que íbamos a ver. Modestia aparte.

El caso es que a la primera de cambio, en el museo de las huacas, quedó patente que el tipo sabía tanto de arqueología como Tadeo Jones, el personaje de la célebre película de animación, nombre que ya le quedó para el resto del día. Simplemente leía las cartelas de las vitrinas y repetía una y otra vez unos mantras aprendidos de memoria: la dualidad, el sol y la luna, el día y la noche, el bien y el mal...

El palacio de Nik An, la única visitable de las diez ciudadelas de Chan Chan
Quizá el resto del grupo no se percató, habida cuenta que algunos eran extranjeros y su español limitado, pero servidor se tiró cinco años en la Universidad estudiando Historia; un par de preguntas técnicas, hechas con maquiavélico propósito, corroboraron que no se trataba de una falsa impresión. Hasta aventuré una hipótesis: siendo optimistas, Tadeo habría trabajado en alguna excavación pero como simple operario.

Con esta premisa o exigíamos la devolución del dinero perdiendo el día o continuábamos la visita tomándonos la cosa con humor, que fue lo que hicimos: las explicaciones de Tadeo Jones eran limitadas y retiterativas hasta el hartazgo -dale que te pego con la dualidad día y noche, bien y mal-, aunque rozaron la gloria cuando insinuó el origen extraterrestre de las civilizaciones que estábamos viendo. Como ven, arqueología de alto nivel. Y divertida a más no poder.

La tumba del Señor Chimo (Bayo)
Cuando llegamos a la antigua ciudad chimú de Chan Chan hubo un pequeño problema con los taquilleros; resulta que los arqueólogos tienen entrada gratis a los sitios pero al nuestro -a Tadeo quiero decir- no lo habían visto nunca ni les constaba que trabajase allí, como él les aseguraba. Al final pasamos a ver aquel colosal recinto de veinte kilómetros cuadrados, al que, siguiendo la coña, rebautizamos Shin-Chan y por el que Tadeo Jones nos guiaba sin renunciar a su lectura de los rótulos de cada rincón -y, por supuesto, la dualidad bien-mal, día y noche- con su conocida desfachatez. Cuando llegamos a la tumba del señor Chimo redondeamos la diversión, porque así se las ponían a Fernando VII y no pudimos evitar añadirle Bayo de apellido.

El ruiseñor de Chan Chan
Pero en un recodo aún nos esperaba otra sorpresa, ésta de corte estupefaciente. Tadeo nos reunió en torno a una anciana escuchimizada que, ataviada con vaqueros, chaleco de explorador, gorra y grandes gafas negras, parecía una mosca disfrazada de pasa y nos deleitó durante diez minutos cantando a capella El cóndor pasa, tras lo cual pasó la gorra pidiendo propina. No me quedó claro si era una tradición del sitio o algo astutamente pactado con el guía, aunque me lo imagino; en cualquier caso, el espectáculo fue lo suficientemente estrambótico como para darle algunas monedas e inmortalizarlo en imágenes, así que se puede perdonar la encerrona.

El efecto de los rayos gamma sobre las ruedas
Así terminó una jornada inolvidable. Bueno, en realidad así no porque, de camino a Huanchaco, uno de los pedruscos que suelen tapizar las carreteras peruanas nos destrozó una rueda, tal como conté anteriormente en otro post. El neumático quedó como si hubiera sido atacado por un tiburón blanco en plena sobredosis de anfetaminas, con lo que hubo que cambiarlo y llegamos al hotel casi de noche (noche, noche ¿de qué me suena eso? Ah, sí, la dualidad noche-día, bien-mal...).

Fotos: JAF

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