domingo, 30 de agosto de 2015

Mi encuentro con el dios Naylamp en Túcume


Aunque la civilización inca ha monopolizado prácticamente la imagen popular sobre Perú, hubo varias culturas anteriores o coetáneas de las que el país sudamericano conserva abundantes restos arqueológicos: Chavín, Moche, Nazca, Huari, Chimú, etc. La que me interesa destacar hoy es la Sicán, a la que ya dediqué el último post. Sólo que, entonces, centrándome en uno de sus representantes más notables, el Señor de Sicán, cuya espléndida tumba fue excavada en una de sus capitales, Batán Grande; también nos recreamos en el museo creado ex profeso para exhibir todas las piezas y cuerpos encontrados.

Por supuesto, decía también, no perdí la oportunidad de acercarme a la zona cuando visité Perú y, tras un recorrido por el citado museo, que sirve para hacerse una idea general sobre los sicán, me desplacé hasta la otra capital histórica, Túcume, que está a unos 33 kilómetros de la actual Chiclayo, al noroeste del país. Se trata de un recinto arqueológico compuesto por 26 huacas. Huaca es el término quechua para designar algo sagrado, sea un sitio, un ídolo, un animal, etc. En este caso, pirámides.

Panorámica de Túcume, segunda capital de los Sicán

Sorprende a muchos el descubrir que no sólo en Egipto y Mesoamérica se construyó este tipo de arquitectura. Las de la provincia de Lambayeque (nombre que también sirve para designar la cultura Sicán) se diferencian de las anteriores en que son truncadas (es decir, carecen de vértice, aunque también hay alguna egipcia así) y además no están hechas de piedra sino de adobe, un material más endeble y frágil de cara a la conservación en el tiempo. Las lluvias torrenciales dejadas por ese fenómenos climatológico que es el Niño, aunque normalmente escasas en esa región, les afectan negativamente provocándoles graves daños. De hecho, ésas alteraciones climáticas, plasmadas en inundaciones y sequías, fueron la razón de que los sicán se trasladaran de Batán Grande a Túcume allá por al año 1050.

La escalera al Purgatorio. Suena raro ¿eh?
El caso es que, por todo ello, caminar entre esas semiderruídas estructuras que parecen vigiladas por los espíritus de sus antiguos ocupantes encarnados en negros gallinazos,  produce la sensación de hacerlo más bien entre los erosionados barrancos y formaciones geológicas de un desierto tipo Las Bárdenas Reales. El clima seco, tórrido, también influye y hay que echarle bastante imaginación para visualizar las pirámides y distinguir una de otra. Ayuda subir a lo alto del cerro central en torno al que se organizó todo por ser el punto más sagrado. Conocido como El Mirador o El Purgatorio, se asciende en pocos minutos por una escalera habilitada y, desde su cima (no llega a 200 metros de altitud), proporciona buenas panorámicas de todo el Valle de las Pirámides: una gran llanura sobre la que sobresalen los maltrechos perfiles ocre de las huacas.

La pirámide más grande (700 x 270 x 30) es Huaca Larga (foto de cabecera). Al igual que las demás, ha ido perdiendo sus aristas y viendo cómo la erosión arruga sus caras, de manera que ahora presenta un aspecto más bien amorfo y difícilmente reconocible. En tiempos mejores estaría recubierta de estuco y policromada; hay que tener en cuenta que los sicán crearon ese lugar entre los años 1000 y 1370 d.C. pero, luego, les sucedieron los chimú (1370-1470) e incas (1470-1532)  en la ocupación de la necrópolis, y precisamente ésa riqueza que fueron aportando en forma de construcciones añadidas y tesoros acabó suponiendo un peligro para la integridad del sitio. Murieron de éxito, podríamos decir.

Foto en El Mirador

Y es que esa opulencia atrajo a los españoles -que desviaron el cauce de un río cercano para arrastrar materiales, si bien no hallaron gran cosa- y, sobre todo, a los huaqueros -ladrones de tumbas- actuales-. Por eso, la mayor parte de las piezas recuperadas consiste en cerámica, ofrendas alimentarias y herramientas; cosas que sólo interesan a los arqueólogos. Algunas joyas que quedaron a salvo se pueden ver en el museo de la entrada, su creación se debe en parte al controvertido Thor Heyerdahl, el cual dirigió excavaciones en Túcume a principios de los años noventa encontrando un modelo de su célebre balsa Kon Tiki, aquella que construyó con técnica indígena para navegar por el Pacífico en 1947 e intentar demostrar (?) que la colonización pudo ser a la inversa de lo que se cree; es decir, que fueron los sudamericanos  los que llegaron a la Polinesia (la genética, por cierto, ha establecido que se equivocaba).

Sincretismo lingüístico

Pero este tema de cruzar el océano me vino al pelo. Cuando me iba, como siempre, satisfecho y caminando hacia atrás para fijar en la retina hasta el último detalle posible, contemplé a un gallinazo que parecía querer despedirse abriendo sus alas. Quizá era la encarnación de Naylamp, el legendario héroe semidivino venido de allende los mares para fundar la cultura sicán y cuyos hijos constituyeron la primera dinastía de dirigentes lambayeque (el último, Fempallec, se dejó tentar por una especie de súcubo y provocó una serie de desgracias climatológicas, en lo que los antropólogos identifican como la mitificación de un hecho auténtico, el ya mencionado fenómeno de El Niño).  Viendo la exhibición del gallinazo levanté la mano y me despedí de él. Al fin y al cabo, Naylamp significa algo así como "ave de agua"; no todos los días se puede uno despedir de un dios.

Naylamp, llegando a la costa de Lambayeque a bordo de un típico caballito de totora
Fotos: Marta B.L. y JAF

domingo, 23 de agosto de 2015

El Señor de Sicán


¿Qué se nos viene a la cabeza cuando hablamos de pirámides antiguas? Seguramente, en esencia, las tres grandes de Giza, en Egipto (o incluso alguna otra de ese país, caso de la escalonada de Zóser, en Menfis, o la romboidal de Snefrú, en Dashur) o las mesoamericanas (aztecas, mayas, teotihuacanas...) de México, Honduras y Guatemala. Lo que no sabe mucha gente es que en América del Sur también se levantó este tipo de arquitectura y, en algunos casos, con proporciones tan colosales como las anteriores. Sólo que los materiales empleados eran más endebles y no se conservan tan bien.

El Señor de Sicán posando con embajadores
Es el caso de la zona noroeste de Perú, la comprendida entre los ríos La Leche y Moche, donde se desarrollaron varias culturas diferentes a la inca que siempre tenemos como referencia: se trata de la sicán, la mochica y la chimú. Quedémonos hoy con la primera, también conocida como lambayeque y cuyo nombre quizá suene más porque otro curso fluvial también lo lleva, además de la ciudad más importante del entorno.

Hay que remontarse aproximadamente un milenio, entre los años 800 y 1375 d.C. Fue entonces cuando la civilización Sicán, heredera de la Moche al igual que lo fue la Chimú en el sur, dominó una región que abarcaba desde el valle de Motupe hasta el de Chicama, lo que actualmente es -más o menos- el departamento peruano de Lambayeque. Cerca de millón y medio de habitantes vivían en poblaciones como  Batán Grande y Túcume -capitales en períodos sucesivos- y otras localidades menores, dedicados a la agricultura, en la que brillaron de forma notable gracias a un ingenioso y complejo sistema de irrigación que permitía volver extraordinariamente fértil un terreno desértico por naturaleza. En eso siguieron el ejemplo de los mochicas, maestros también en otras cosas, como una refinada orfebrería. Claro que las influencias también llegaron de los huari, los chimú, los cajamarca e incluso de un lugar tan alejado como Tihuanaco, situado ya en la actual Bolivia.

La impresionante máscara y el no menos bello tocado del Señor de Sicán
Como en la mayor parte de aquellas culturas, la sociedad estaba rígidamente jerarquizada, con una clase dominante (rey y nobleza) que correspondía étnicamente a los sicán y dos estratos inferiores en orden decreciente identificados con los mochica y los tallán, que trabajaban para mantener a los primeros. Hay cosas, como se ve, que son universales ¿Qué trabajos? Cinco eran las actividades económicas fundamentales: agricultura, ganadería, pesca, metalurgia (considerada la mejor de América) y comercio, este último enriquecido gracias a un aspecto -cosa curiosa- poco desarrollado por otros pueblos americanos: la navegación.


Así era el Señor de Sicán, según reconstrucción a partir de su cráneo

Era impensable que, recalando yo en Chiclayo, no empleara una jornada en saber más de los sicán y ver in situ los restos arqueológicos de su esplendorosa existencia, así que lo primero fue acercarme al Museo Nacional Sicán, que se inauguró no hace mucho, en 2001, en la localidad de Ferreñafe. Dentro, se puede ver una gran colección de piezas de orfebrería (máscaras de oro y cobre, así como tumis -cuchillos para sacrificios-, keros -vasos ceremoniales- y joyas de todo tipo), cerámica (a menudo con representaciones animales), textiles (de algodón y pelo de llama) y dioramas a tamaño natural mostrando los procesos de elaboración en los batanes y fraguas.

Recreación de orfebres sicán trabajando en una fragua

Pero el rincón estrella del sitio es la recreación de las tumbas nobiliarias y, muy especialmente, la del Señor de Sicán (¡no confundir con el de Sipán, que era mochica!). Fue éste un destacado personaje cuyo sepulcro se encontró intacto en 1991, en la Huaca del Loro de Batán Grande; algo excepcional porque los yacimientos arqueológicos de la región han sido expoliados a conciencia por los huaqueros. Izumi Shimada, el investigador japonés que lo halló en 1987 (por eso el gobierno de Japón colaboró en la construcción del museo), descubrió un pozo vertical donde yacía un hombre de edad mediana y un metro sesenta de altura acompañado de dos mujeres jóvenes y dos niñas a las que se había sacrificado para acompañar a su amo al más allá. Sí, en casi toda América se hacían sacrificios humanos, aunque lejos de los masivos holocaustos mexicas.

La tumba del Señor de Sicán con su cuerpo boca abajo y las dos jóvenes servidoras sacrificadas

El cadáver del Señor estaba en posición sentada pero invertido, cabeza abajo. Y, lo más espectacular, adornado profusamente con máscara (era un privilegio exclusivo de la élite sicán), orejeras y otros aditamentos de oro. El ajuar se componía de muchos objetos más, hechos de diversos metales, piedras preciosas y conchas marinas que en total sobrepasan una tonelada de peso. El museo tiene una reconstrucción de la tumba, de nuevo a tamaño natural (3 x 12,5 metros), con maniquíes y todo, y otra del Señor en su silla de manos, donde se le ve en todo su esplendor ornamental. Ahora bien, la manía de dejar los museos a oscuras para dificultar las fotos dificulta un poco su contemplación plena; por eso no está mal la idea de poner,a la salida, a un figurante interpretando al personaje y declamando un poema en quechua y castellano, como se puede ver en la foto dos.

El Señor de Sicán en su silla de manos
La segunda parte de la visita fue a Túcume, antigua capital sicán. En el próximo post lo vemos.

Fotos: JAF y Marta BL.

domingo, 16 de agosto de 2015

Exeter. El primer viaje de Toni Kuakman (y III)

Tercera y última entrega del que fue el primer viaje del inefable Toni Kuakman, allá por tierras inglesas: a Exeter, para ser exactos. En el capítulo anterior nos contaba la fauna que frecuentaba el parque alrededor de la Catedral y la heroica pelea mantenida con un grupo de punkies, durante la cual perdió un zapato.

Derrotado por la superioridad del armamento enemigo -sus navajas y el dóping alcohólico-, perdido el tren de suministros durante la retirada -mi zapato- e ignorado por las fuerzas neutrales -la policía de Exeter-, no me quedó más remedio que emprender el camino a casa, derrotado, cojo y semidescalzo. Pero ya en mi habitación, caí en la cuenta de que únicamente había viajado con un par de zapatos, así que, me ví obligado a volver a la calle de los hechos y recorrerla arriba y abajo, revolviendo incluso entre los cubos de basura como un gato vagabundo, a ver si los encontraba. Pero el resultado fue infructuoso, por lo que no tenía más remedio que comprarme un par nuevo. Y como no nadaba precisamente en la abundancia, adquirí lo más barato que encontré y que nunca había visto hasta entonces: unos zapatos de cartón. Así que el resto de mi estancia en Inglaterra me lo pasaba mirando constantemente al cielo, esperando que no lloviera por si el agua disolvía mi precario calzado. Menudo país elegí para aspirar al sol y el buen tiempo ¿eh?

¿Sería algo así lo que compró Kuakman?

No crean que lo único que hice en Exeter fue alojarme en casa de una bruja y pelearme con punkies. Una de las actividades que nos propusieron fue la llamada sponsor walking, que consistía en recorrer las calles con una hucha para recaudar dinero con fines solidarios, en plan chicas de la Cruz Roja. Se me ocurrió que, dada la notable afluencia de ancianitas felices al parque, aquel podía ser un buen sitio para conseguir una buena cantidad de libras; o, si no, asaltando a los turistas cuando se paraban a sacar fotos de la Catedral o comerse un helado. Pero resultó que las viejas no aflojaban demasiado la mosca y los turistas parecían tener un detector porque, cuando me veían acercarme haciendo tintinear las monedas de la hucha, huían con tal velocidad que parecían más bien manteros ante la presencia de la policía.

Ante semejante panorama decidí probar con los visitantes españoles, por aquello de que el idioma siempre tiende puentes. Así que me acerqué a un grupo al que oí hablar castellano y les pregunté retóricamente si eran compatriotas, simulando que era una casualidad. "No, somos vascos" respondieron; y añadieron con sutil ironía que había "poca diferencia... por ahora". Ya ven, con todos los españoles que ví en Exeter aquel verano, tuve que ir a dar con vascones irredentos. En su descargo, cabe decir que hicieron una generosa aportación económica a la causa; la mía, quiero decir.

Cuando digo que ví españoles es porque yo no era el único exiliado. Si durante el día nos reuníamos en el parque de la Catedral, las noches de fin de semana lo hacíamos en una discoteca junto con los estudiantes de otras nacionalidades, a los que adivinábamos su origen por el aspecto y a forma de vestir. No obstante, dado el país en que estábamos, lo normal era dirigirse a otra persona en inglés. Así lo hice con una chica con la que, entre el estruendo de la música, la oscuridad  del local y las luces psicodélicas, no acertaba a situar geográficamente. Pero hablando nos entendimos bastante bien, lo que era un signo inequívoco de mis progresos con el idioma.

El aula en que Kaukman practicaba inglés

La cosa iba tan espléndidamente encaminada que me atreví a preguntarle su nombre. La respuesta me dejó desconcertado: "My name is Pino". ¿Pino? ¿Qué clase de nombre era ése? Me recordaba un árbol o algo peor. Pero, sobre todo, me sonaba a hispano y así se lo dije. Entonces ella contestó que, en efecto, era española. "From Canary island" nada menos. Ah, yo también, respondí estúpidamente. De pronto, el buen rollo se rompió, como si no nos interesase el género nacional. Y, mientras veía cómo el halo mágico que se había formado hasta entonces empezaba a disolverse, terminé mi copa y salí corriendo.

El caso es que, contando todo esto, me doy cuenta de que mi paso por Inglaterra fue a la carrera, huyendo siempre de algo, fuera Miss Witch, fueran los punkies xenófobos, o fueran las canarias anglófonas. Y cuando no corría buscaba. Buscaba refugio, zapatos perdidos, compañía internacional o, como voy a referir a continuación, ropa interior. Porque parte de ella quedó inservible en un brutal ataque de gastroenteritis, seguramente provocado por la bazofia que me servía la bruja de mi casera. Así que, no queriendo echarla a lavar para que ella la viera y tuviese un motivo más para querer meterme en el horno y devorarme, decidí guardarla y, a cambio, comprar una nueva remesa. Así, hice durante los varios días en que estuve enfermo, de manera que cuando por fin llegó el momento de regresar a España llevaba un cargamento tan ingente de calzoncillos que a duras penas pude cerrar la maleta, cuyo aspecto inflado y tenso daba la sensación de ir a explotar de un momento a otro.
La pesadilla de Kuakman

Ya se imaginarán qué pasó por la sonrisa que, intuyo, están esbozando. El día de la marcha, el autobús que nos llevaba al aeropuerto a los estudiantes españoles iba tan lleno que no quedaba sitio en el maletero, por lo que algunos tuvimos que poner nuestro equipaje en el estante de encima de los asientos. Afortunadamente era amplio y conseguí encajar holgadamente en el hueco aquella especie de bola de cuero en que había convertido la maleta. Hasta que, en un momento del trayecto, el conductor pegó un brusco frenazo, la maleta se cayó, rebotó en el respaldo de un asiento y, volando por el pasillo, se abrió de par en par diseminando mi ropa interior sucia por todo el autobús. Y mis calzones gastroenteritizados fueron a caerle en la cara precisamente a Pino, mi querida canaria, la cual se puso a dar tales alaridos al comprobar qué era aquello que poco faltó para que le diera un síncope.

Así terminó mi primer viaje al extranjero. Cuando llegué a casa, mi madre se asombró de cuánto había crecido y del acento que traía de vuelta. Todo positivo; habría más viajes, dijo.

Con este tercer post termina el relato de Kuakman sobre su estancia en Exeter de joven. Está preparando más material que me irá pasando para nuestro solaz y diversión.
Foto Exeter: Smalljim en Wikimedia

domingo, 9 de agosto de 2015

Exeter. El primer viaje de Toni Kuakman (II)

Segunda parte del relato iniciado en el post anterior y que nos facilita el inefable Toni Kuakman narrando su estrambótica estancia en Exeter hace ya muchos años, cuando aún estaba descubriendo su vocación viajera y empezaba a poner en práctica el arte de meterse en líos allá donde fuera (con excelsa diligencia y gracia suma, todo hay que decirlo).


Uno de los aspectos más curiosos de aquel viaje a Inglaterra fue el contexto histórico, ya que coincidí con la boda del siglo: la del príncipe Carlos y Lady Di. El país estaba fuera de sí, como si los contrayentes fueran familia de todos y cada uno de sus habitantes. Un paroxismo, al que era imposible sustraerse porque el merchandising nupcial aparecía por todas partes de manera que hasta en el lugar más insospechado se topaba uno con las reales orejas o el rubio flequillo, desde juegos de té a mochilas, pasando por bayetas, pegatinas, carpetas, ceniceros y hasta papel higiénico. Como imaginarán, Miss Witch tenía una buena colección de piezas temáticas y el día de la ceremonia parecía estar en el séptimo cielo: al igual que sus vecinas, se adornó la cabeza con un velo (los hombres llevaban caretas orejonas) y salió a celebrarlo con ellas a la calle, que se había revestido de  la Union Jack hasta el agobio.

Boda non stop

Esa jornada, como las inmediatamente anteriores, la bruja se empeñó en que practicase mi inglés hablando de todo ello y yo sólo podía aligerar la sobrecarga de azúcar desviando la conversación hacia el punto de salida de la real luna de miel, Gibraltar, narrándole cómo sus antepasados se lo habían pirateado a España con sus históricas malas artes. Pero mi anfitriona no se enfadó porque, sospecho, no entendió una palabra de lo que le dije, ignoro si por mi defectuosa pronunciación o porque estaba bajo el hechizo atolondrante y ñoño de aquel 29 de julio de 1981.


El tradicional buen gusto británico

Ya que lo menciono, yo iba a clase de inglés por las mañanas y después solía quedar con unos amigos españoles junto a la catedral de Exeter. Es un templo gótico (con influencias normandas), construido en el siglo XV sobre otro anterior del XI, que pasó a ser anglicano una centuria más tarde, tal como se deduce de la vecina estatua de Richard Hooker, teólogo de esta corriente que además era natural de esa ciudad. El edificio es un poco raro por fuera, ya que no presenta grandes torres y sí una gran fachada con un enorme arco central ojival; pero por dentro resulta espectacular, con una enorme bóveda intensamente nervada -la mayor del país, dicen- que le da una apariencia característica.

La espectacular bóveda de la catedral
Como cabía esperar y pueden ver en la foto de cabecera, los estudiantes nos juntábamos por afinidades y cada grupo solía ocupar una zona determinada del parque, tal cual fuéramos bandas juveniles. Pero ése era todo el parecido porque, tirados lánguidamente sobre el verdísimo césped, pasábamos la tarde en medio de conversaciones inanes, cuya futilidad pueril sólo se rompía en las pullas que nos soltábamos sobre nuestros países de origen o los apodos que nos adjudicábamos; a mí me llamaban Itsthesame, resultado de juntar las palabras de la expresión It's the same (Me da igual) que yo solía decir cuando me daban opciones a elegir.

El parque tenía su punto divertido. Por un lado estábamos los grupitos  estudiantiles. Por otro las ancianas, que con sus ropajes de colores vistosos y una animada vida social parecían venir de un planeta diferente, al menos a ojos de un adolescente, del de las españolas, por aquel entonces siempre de luto y actitud huraña. También estaban los musulmanes, con sus exóticas vestiduras y sus mujeres envueltas hasta los ojos, que ejercían una inevitable fascinación en mi porque España aún no había empezado a recibir inmigración y nunca había tenido ocasión de ver algo así en vivo. Como iban siempre en fila india lo más cercano que tenía para compararlos era la Güestia (versión asturiana de la Santa Compaña gallega, una procesión de ánimas en pena ataviadas con largas sábanas), algo reforzado por el hecho de que se aparecían de pronto en los lugares más insospechados; jamás en bares o discotecas, siempre en callejones solitarios o esquinas sorpresivas y, a menudo, en horas nocturnas-, nunca supe por qué.

Otro colectivo asiduo del parque era el de los punkies. Dado que apenas nos habíamos adentrado en los ochenta, todavía coleaba el movimiento punk setentero y pervivían las cazadoras de cuero con tachuelas, las crestas capilares policromadas y los ecos de Sex Pistols, The Clash o The Damned. Con los españoles no se metían pero a los franceses los tenían fritos y cada vez que les oían hablar empezaban a croar en tono de burla, porque a los gabachos les llaman froggies (ranitas). ¿La causa? Pues que se supone que debían saltar el Canal de la Mancha como batracios para llegar a las Islas Británicas. Digo yo que eso ocurriría también a la inversa y con más razón, pero a un inglés no se le ocurre esa posibilidad; recuerden el divertido aforismo "Niebla sobre el canal; el continente aislado".

Algunas de las amistades que hizo Kuakman

Ahora bien, que conste que también tuvimos nuestros más y menos con los punkies. Un día se nos acercaron algunos y, quizá confundiéndonos con franceses, quizá por la borrachera que llevaban encima o quizá para hacer gala de su escasez de materia gris, uno de ellos le arreó de pronto un puñetazo a un amigo. Hirvió la sangre española ante la derramada y nos lanzamos contra los agresores intercambiando golpes prácticamente a los gritos guerreros de ¡Santiago! ¡Cierra! y ¡Desperta ferro!. Pero el único ferro que despertó fue el local: los -a su pesar- hijos de la Gran Bretaña tiraron de navaja y se impuso una retirada estratégica. La Armada Invencible rompió su formación y sus integrantes salimos corriendo en todas direcciones; entre nuestra juventud y el estado etílico del enemigo, conseguimos dejarlo atrás; en velocidad les ganamos sobradamente.

Salvé la integridad física pero en el trance perdí un zapato, cual  Ceniciento, y aunque más tarde, ya despejado el campo de batalla, volví a buscarlo, no lo encontré. Acaso se lo llevaron los macarras anglosajones como botín de guerra. Pero lo peor fue que la patrulla de la policía que se acercó al lugar, presumiblemente alertada por algún vecino alarmado, no encontró más que un jovezno extranjero despeinado, con los faldones de la camisa por fuera y al que le faltaba un zapato, como si acabara de pelearse él solo con medio Exeter. Eso en sí no era malo, ya que no siempre uno puede aparecer como un heroico gladiador hispano tipo Máximo Décimo Meridio; lo humillante fue que a los policías les importó un pimiento mi historia, pues intercambiaron miradas, se atusaron la gorra... y se largaron en dirección contraria a donde yo les indicaba que se habían ido los punkies. God save the punk.

[continuará]

Foto exterior catedral: Philip Capper en Wikimedia
Foto interior catedral: Wanner-Laufer en Wikimedia 

domingo, 2 de agosto de 2015

Exeter. El primer viaje de Toni Kuakman (I)

¿Recuerdan las psicotrópicas aventuras viajeras de Toni Kuakman que publico cada verano? Tras las de Brasil y el sudeste asiático de años anteriores, este 2015 vamos a tener una nueva entrega de ese viajero inefable que nos anima las vacaciones con relatos de su puño y letra, tan inauditos como verídicos. En este caso cuenta sus comienzos en eso de deambular por el mundo con una visita a Inglaterra, experiencia por la que pasan muchos adolescentes enviados por unos padres que aspiran a que sus vástagos manejen el idioma de Shakespeare tan mal bien como el de Cervantes. Les dejo con la palabra del mismo Kuakman.
Estaba a punto de superar esa mágica barrera de los catorce años y pronto cumpliría quince, edad de sobra para vivir una buena aventura si atendemos al joven capitán de la novela de Julio Verne. Pero si éste, embarcado en un buque ballenero, tuvo la oportunidad de descubrir paisajes exóticos y luchar contra piratas, yo tendría que conformarme con el perenne cielo encapotado de las islas británicas y tratar con tipos raros que conducen por la izquierda, usan un sistema de medida diferente y beben un agua teñida llamada té. Bueno, atendiendo a su Historia, es verdad que también se me presentaba ocasión de tratar con piratas.

El caso es que me daba igual pasar la temporada estival de la forma acostumbrada que probar por aquellos brumosos lares, así que empecé a imbuirme de las costumbres inglesas adoptando un aire flemático y acepté sin inmutarme el destino final elegido para aquellas seis semanas, que resultó ser Exeter. Primer desencanto, ya que uno esperaba algo más renombrado, como Londres, Liverpool, Manchester, Oxford, Cambridge, Birmingham, Leicester, Leeds, Coventry, Sheffield, Bristol, Nottingham, Plymouth, Southampton, Portsmouth, Bournemouth, Ipswich, Brighton, Gloucester... Diablos, podría seguir nombrando urbes inglesas y la última que se me ocurriría sería Exeter.

Plano dieciochesco de Exeter. Para Kuakman no ha crecido mucho más.

Es una pequeña localidad del suroeste insular que apenas destaca por  tener el ayuntamiento en uso más antiguo del país (los romanos ya se habían establecido allí), conservar restos de un castillo normando, presumir de una de las calles más estrechas que existen y haber dado nombre a uno de los cruceros que hundieron al alemán Graf Spee en la batalla del Río de la Plata. Punto. Por lo demás, de aquella no llegaba a cien mil habitantes así que mis esperanzas de cosmopolitismo se diluyeron. Eso sí, dada la escasez de gente no debía ser difícil encontrar una familia de acogida porque habría poco para elegir.

Si hubo tal dificultad o no es algo que ya no importa. Lo interesante del asunto es que la familia que me tocó estaba compuesta por anormales y su casa venía a ser como una pensión internacional. Se trataba de un matrimonio que tenía dos hijos pequeños pero que engrosaba el núcleo habitacional alojando a más gente: un chico italiano y una chica francesa que, junto conmigo, parecía que nos disponíamos a escenificar uno de esos chistes clásico del tipo "va un español, un inglés y un francés..."

Fue llegar y besar el santo. Al primer golpe de vista intercambiado con la madre, me di cuenta de que había mal rollo. Yo no le gustaba, no sé por qué -quizá detestaba a los adolescentes, lo que siempre puede ser un atenuante-; pero ella a mí tampoco. Y no sólo por su repugnante aspecto físico (treinta y tantos, nariz aguileña, ojos minúsculos y un pelo color pajizo tan lacio que superaba el vano esfuerzo de darle forma a base de rulos mal puestos que colgaban acá y allá), sino también por un aura de maldad que emanaba de su persona y que, combinada con aquellos rasgos de su rostro, me hicieron bautizarla inmediatamente como Miss Witch. Algo que ahora me viene muy bien apara hilvanar este relato porque no consigo recordar su nombre real.

Miss Witch  recién arreglada
El caso es que, acorde a la descripción, la bruja me declaró la guerra desde el primer momento, lo que no hacía con el italiano y la francesa, acaso porque eran mayores que yo y, por tanto, más y mejor formados. O quizá debido a que eran pareja. El caso es que, como en una novela de Dickens, a la hora de comer Miss Witch siempre me servía el último y además me daba la ración más pequeña. No es que me importase mucho, dado que la bazofia que cocinaba perpetraba cumplía puntillosamente todos los tópicos de la infame gastronomía inglesa, pero era una demostración de que no se trataba de mi febril imaginación. Lo pude comprobar también cuando rechazó mi conciliadora ayuda para pintar el pasillo y, en cambio, aceptó la del francés. O cuando indefectiblemente me cambiaba el canal que veía en la tele para empaparme del idioma. O cuando daba alaridos de reprimenda a sus hijos si los veía jugar conmigo, no así con sus otros inquilinos, como si fuera a contagiarles la peste. O cuando su perro, que se llamaba Pepa  (sic) pese a ser macho, se colaba en la casa (normalmente estaba en el jardín) y el culpable de dejar abierta la puerta siempre era yo.

Este pobre asturiano, exiliado temporalmente en la Pérfida Albión más profunda, creyó ver un atisbo de esperanza cuando a mis compañeros de estancia les tocó el momento de irse. Pensé que, así, Miss Witch no podría seguir comparándome con ellos, aunque la contrapartida era que me quedaba solo ante el peligro. Les hizo una cena de despedida en la que los tortolitos estuvieron tonteando, lo que en principio no tendría nada de especial de no ser porque la bruja se perfiló como la tercera en discordia, en un grotesco triángulo en el que corrían por la casa persiguiéndose entre risas y lanzándose agua. Superé aquel vomitivo trance como pude. Y aunque la cosa me supuso pesadillas nocturnas, no dude en esbozar una sonrisa pensando en un futuro mejor.

Pero no. A la mañana siguiente me levanté somnoliento y me dirigí automáticamente al baño, como todo el mundo, mas, la puerta no se abrió. Recordé que solía pasar cuando la báscula la entorpecía, así que di un violento empujón con el hombro y por fin cedió un poco. Introduje medio cuerpo para retirar el obstáculo y entonces me encontré con un espectáculo que aún no comprendo cómo no me creó un cuadro agudo de ansiedad. En realidad sólo lo percibí durante décimas de segundo porque inmediatamente salí corriendo en busca de algún refugio; y es que toparse casi de morros con un pubis velludo de inconfundible tono zanahoria y un parecido tan sospechoso como terrible con la estropajosa cabellera de mi anfitriona fue una experiencia traumática, capaz de poner de los nervios a cualquiera.

Nicole, a los ojos de Kuakman
Me refugié en mi habitación esperando que en cualquier momento entrase la bruja cuchillo en mano y gritando maldiciones de ultratumba, obligándome a luchar por mi supervivencia. En el mejor de los casos, se quejaría al director del curso para que me devolvieran a España lo que, visto en frío, no estaba tan mal. Pero aquellos momentos no eran propicios para ver las cosas con calma y estuve en tensión durante casi una hora. Transcurrido ese tiempo, y dado que seguía sorprendentemente vivo, decidí arriesgarme, salí de mi cuarto y bajé al salón. Allí estaba Miss Witch, sentada en el sofá viendo la tele. Cuando me oyó acercarme, giró la cabeza y... ¡una sonrisa beatífica ilustraba su rostro! No había sido para tanto ¿O sí? ¿Acaso le había gustado el incidente y me iba a convertir en su esclavo sexual?

Todavía estaba desconcertado cuando oí pasos detrás de mí e hizo acto de presencia una desconocida. Resultó ser un chica francesa, nueva inquilina que había llegado de noche, mientras yo dormía, de ahí que no me hubiera enterado de su presencia. Se llamaba Nicole, tenía unos veinte años y... era pelirroja. Como además parecía no guardarme rencor, exhalé un suspiró de satisfacción; el vaso estaba medio lleno.

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