martes, 3 de mayo de 2016

Churchill War Rooms (y II)


Decía en la primera parte de este artículo, que las Churchill War Rooms fueron creciendo bajo tierra hasta triplicar su tamaño original. Y hoy constituyen un museo visitable. Yendo temprano, en la hora de apertura, apenas hay gente y se entra sin necesidad de esperar, en visita libre con audioguía en ocho idiomas. Pero a medida que transcurre la mañana se va formando cola, si bien no alcanza las medidas abrumadoras de las del Parlamento o la Abadía de Westminster. Tras sacar la entrada sólo hay que bajar unas escaleras y empezar el recorrido, teniendo en cuenta que se trata de un lugar cerrado y angosto, quizá no muy apto para claustrofóbicos. Y eso que las condiciones son diferentes y no hay bombas cayendo alrededor, como bien recuerda un proyectil alemán que pende simbólicamente del techo.

La bomba de aviación que cuelga a la entrada
La visita transcurre entre laberínticos pasillos -custodiados por maniquíes con uniforme de los Royal Marines idóneos para retratarse con ellos-, por los que se reparten las instalaciones más interesantes para el público. El museo dedicado a la figura de Churchill es una sala diferente, mucho más grande y amplia porque debe acoger multitud de vitrinas con objetos personales del premier ordenados de forma cronológica en cinco etapas, cubriendo su biografía desde la infancia hasta su fallecimiento. Una vida extensa e intensísima -noventa años-, como muestra un gran time line digital interactivo de quince metros de longitud que serpentea por el centro de la estancia. A su alrededor resulta divertido ir descubriendo las variopintas piezas, incluyendo algunas caricaturas de la propaganda alemana denostándole.



Hay varias prendas de ropa que Chuchill usó a lo largo de su vida, entre ellas uniformes diversos, un gabán, un inaudito pijama de terciopelo rojo y réplicas de sombreros de diferentes tipos que, además, se puede poner uno para fotografiarse (por cierto, menudo cabezón tenía), igual que en la galería principal de acceso es posible hacer lo mismo con gorras militares. También se exponen una buena colección de retratos, los famosos puros habanos a los que se había aficionado cuando fue observador y reportero en la Guerra de Cuba, sus abundantes condecoraciones militares (entre las que hay alguna medalla española), el revólver que utilizó en Sudáfrica para escapar de los bóer, su cartera ministerial de recio y desgastado cuero, el pasaporte de ciudadano honorario de EEUU, el premio Nóbel de Literatura que recibió en 1953, diversas publicaciones sobre su figura, varias de sus obras artísticas (era aficionado a la pintura), un mechón de rojo pelo cortado de niño e incluso la puerta del número 10 de Downing Street de cuando ocupó aquella vivienda oficial.

Algunos modelos de sombrero usados por Churchill
El inaudito pijama de terciopelo carmesí
La cartera ministerial del Premier

Respecto a la visita al búnker propiamente dicho, es como viajar al pasado y seguir la Segunda Guerra Mundial en persona. Avanzando por los pasillos, dejando atrás puertas estancas antiincendios -y esperando a que el grupo precedente siga su camino y deje sitio- se van sucediendo a izquierda y derecha aquellas estancias más significativas y relevantes. La Sala del Gabinete, donde se reunía el consejo de ministros; la Sala de Mapas, una oficina cuyas paredes están cubiertas de enormes mapas del mundo con las clásicas chinchetas de colores indicando tropas y movimientos; los dormitorios de Churchill (que no solía usar porque prefería descansar en Downing Street) y del resto de familia, altos cargos y mandos militares; su despacho; la sala con un teléfono transatlántico para hablar con Roosevelt; las mesas de las mecanógrafas; la centralita telefónica; la cocina... 

Sala de reuniones del gabinete

La cocina

Todo ello debidamente cuidado, con documentada ambientación de época reflejada en el atrezzo (teléfonos, lámparas, fusiles del cuerpo de guardia, material de oficina, mobiliario, maniquíes de uniforme, tipografía...) y con detalles curiosos, como una máquina decodificadora, un panel con las llaves de todas las puertas, aberturas en el hormigón para poder comprobar su grosor, letreros indicando a qué equivale cada sonido de las sirenas de alarma, el clásico esquema con las siluetas negras de aviones y dirigibles para distinguir los propios de los enemigos, cuadros de estadísticas de bajas, máscaras antigás y hasta un cubo improvisado como retrete.

Una máquina decodificadora

Las siglas WC ¿serían del despacho del premier o de..?
El uniforme de húsar del joven Winston

La salida, como ya es habitual en todos los museos, se hace a través de la tienda de recuerdos. Es pequeña pero, aparte de las típicas cosas del kistch británico que hieren la vista, tiene otras más curiosas como reproducciones de carteles de la guerra, fotos clásicas (Churchill con la ametralladora Thompson o ataviado de húsar...), libros, etc.

Fotos: JAF y Marta B.L.

lunes, 25 de abril de 2016

Churchill War Rooms (I)


Para los ingleses que vivieron el período 1940-41, el sonido de una sirena debía ser lo más parecido al aliento de la Muerte acercándose y ondeando la guadaña sobre su tétrica figura. Fueron los años en que Hitler ordenó a la Luftwaffe vomitar toneladas de bombas sobre varias ciudades del país pero con atención especial a Londres, con la intención de que semejante presión llevase a Inglaterra a salir de la guerra o a quedar inerte ante la consiguiente invasión. Pero, pese a causar veintitrés mil víctimas y destruir un millón de viviendas, la ciudad aguantó estoicamente tanto esos raids aéreos como los lanzamientos posteriores, desde 1944, de los proyectiles V1 y V2.

Los londinenses utilizaron el Metro como refugio antiaéreo

Uno de los sitios emblemáticos de la historia de la capital británica -y, por ende, de todo Reino Unido- se encuentra muy cerca del número 10º de Downing Street, en la parte trasera de la manzana donde tiene su residencia oficial el primer ministro. Allí hay una calle paralela llamada King Charles en la que un portal encajonado bajo una escalinata pasaría desapercibido de no ser por  el grupo de turistas que hacen cola para entrar y un pequeño cartel que indica el porqué. Se trata de las Churchill War Rooms, el lugar desde donde Winston Chuchill dirigió su gabinete ejecutivo durante la Segunda Guerra Mundial.

Cartel para distinguir a amigos de enemigos
Un búnker subterráneo que, afortunadamente para los aficionados a la Historia (y al turismo), no se desmanteló al acabar el conflicto sino que, con esa característica y envidiable afición británica a conservar los elementos de su patrimonio histórico que puedan servir de testimonio de su pasado, se decidió mantener y arreglar para abrirlo al público e ilustrar a éste sobre aquellos difíciles años del Blitz. Se divide en dos partes, las Cabinet War Rooms y el Churchill War Museum, ambos integrados en ese macromuseo descentralizado y repartido en varias sedes por Inglaterra que es el Imperial War Museum.

Para ser honestos, el Cabinet no abrió al público general hasta fecha relativamente reciente, 1984, tras una serie de trabajos de restauración y acondicionamiento para visitas masivas (aún hoy es necesario acceder en pequeños grupos, dada la limitación de espació en la mayor parte del recorrido) que impulsó Margaret Thatcher, que para eso era admiradora declarada de Churchill. Antes sólo se entraba en número limitado y con cita previa, pues el sitio se había conservado pero en estado de abandono (de hecho, se había estado usando como almacén). El resultado fue tan bueno que el museo ganó el premio del Consejo de Europa 2006 y a partir de entonces recibe cientos de miles de visitas anuales.

El dormitorio de Churchill en el búnker. Apenas lo utilizó
Parte de las condecoraciones expuestas

La primera propuesta para hacer un búnker se formuló en 1936, cuando la RAF (Royal Air Force) detectó la vulnerabilidad de Londres a ataques aéreos. En consecuencia, se desarrolló un plan para, en caso de guerra, dispersar las oficinas de la administración por todo el país. Pero a partir de 1938 también se acometió la construcción de un refugio subterráneo fortificado aprovechando la estación de Metro abandonada de Down Street, abierta al público hace unos días tras una cuidada restauración. Sin embargo, aunque se habilitaron varias estaciones más con el mismo fin, hacía falta algo más grande, una sede unificada a prueba de bombas que pudiese albergar a todo el gobierno en caso de alarma, para lo cual se aprovecharon los sótanos de un edificio público en pleno centro urbano. Allí se situaron habitaciones para los ministros y mandos militares, salas de reuniones, estación de comunicaciones, enfermería y una Central War Room o Sala Central de Guerra para seguir la evolución de ésta.

Las paredes están cubiertas de mapas con indicaciones de tropas y sus movimientos
La estación de radio
El complejo empezó a utilizarse pocos días antes de la invasión de Polonia por los alemanes. Es decir, el propio Neville Chamberlain llegó a trabajar en él. Churchill, que le sustituyó en mayo de 1940, decidió dirigir las operaciones bélicas desde allí, a salvo bajo una gruesa bóveda de hormigón de metro y medio de grosor que fue triplicando la extensión de su paraguas protector a medida que se añadían estancias: oficinas, dormitorios para el personal, servicios, despachos, centralitas...

La centralita telefónica
Fotos: JAF y Marta B.L.

lunes, 18 de abril de 2016

El Escorial (y III). Arte y despojos

Con este post concluye la trilogía dedicada a uno de los monumentos más importantes de España y que empezó con los anteriores El Escorial (I). Un retrato arquitectónico de Felipe II , primero, y El Escorial (II). Demonios, judíos y herreriano después.
El tambor en cuestión
La basílica es el centro del edificio y el enorme tambor del crucero, que permite una importante iluminación natural, no hace sino subrayarlo más. De planta cuadrada, hubo que alargarla añadiéndole un ábside y atechando el atrio para adaptarla a las directrices tridentinas, según las cuales las iglesias debían tener planta de cruz latina. No obstante, sus tres naves siguen pudiendo considerarse tales desde cualquier lado que se contemplen. En la capilla mayor están los citados cenotafios de Pompeo Leoni, uno de los grandes atractivos junto con los frescos de la bóveda pintados por Luca Cambiasso, la bóveda plana y el hermoso crucifijo de mármol blanco tallado por Cellini después, según cuenta la leyenda, de una visión mística. 

A un lado de la basílica están el Palacio de los Borbones y los museos (con el Patio Norte en medio) y al otro la sacristía y las salas capitulares (también con su propio patio, el de los Evangelistas). En la sacristía hay que ver el cuadro La adoración de la Sagrada Forma por Carlos II, de Claudio Coello, que los días 29 de septiembre y 28 de octubre se levanta mecánicamente en un curioso espectáculo acompañado de música para exhibir una custodia con una hostia. En ésta hay tres marcas rojas que la tradición atribuye a la sangre que manó tras los pisotones de protestantes alemanes durante la profanación del templo de Gorcum, antes de que las tropas imperiales pusieran orden.

La espléndida obra de Coello
En detalle
Detrás, en un anexo adosado por la parte exterior de la fachada Este, se halla el Palacio de los Austrias, también conocido como Palacio de Verano, en el que se puede ver la silla de manos en la que Felipe II era trasladado cuando la gota le pudo y la ventana de su dormitorio que daba a la iglesia y merced a la cual el monarca podía asistir a misa cuando estaba imposibilitado en cama (y, sí, asimismo hay otro patio, el de Mascarones). Para la parte opuesta, el Patio de los Reyes, citado en un post anterior y situado entre el Colegio y el Convento, sirve de grandioso vestíbulo. La maravillosa Biblioteca se encuentra sobre la entrada principal en la fachada Oeste, en una alargada nave abovedada ricamente decorada y que en 1616 pretendió tener un ejemplar de cada libro publicado en el país, siendo así el germen del funcionamiento de la actual Biblioteca Nacional.

La fachada de la Basílica desde el Patio de los Reyes. Se aprecian las estatuas de los seis monarcas hebreos




La cripta con el famoso Panteón Real se encuentra bajo el altar de la iglesia. Aunque su aspecto actual es un poco posterior, de tiempos de Felipe III, no deja de constituir un lugar impresionante donde veintiséis elegantes cofres de mármol acogen los restos mortales de la mayor parte de los reyes de España; faltan Juana la Loca, Felipe el Hermoso, Felipe V, Fernando VI, Amadeo de Saboya y José Bonaparte. Están colocados cronológicamente de arriba hacia abajo, teniendo en cuenta que los titulares del trono se sitúan a la derecha del altar y sus cónyuges a la izquierda. También hay un Panteón de Infantes para príncipes, infantes y reinas que no hayan sido madres de reyes.  


Los sarcófagos repartidos por el Panteón Real.

Ilustres difuntos que aportan su granito de arena para convertir El Escorial en una peculiar necrópolis a gran escala, si se tiene en cuenta que se reunieron allí, según el Inventario y Memorial (1599-1605) del reliquiero fray Martín de Villanueva, hasta 7.420 reliquias de 678 santos llevadas de todas partes del mundo y de naturaleza variopinta: 12 cuerpos enteros, 140 cabezas, etc. Entre ellas se supone que, según el testamento de Felipe II, había seis unicornios; en ese sentido, una relación de tono sarcástico hecha en el siglo XVII incluia el áspid que mordió a Cleopatra, el buche del Ave Fénix, la cerradura del Arca de Noé, un mondadientes de Moctezuma y pelo de Ana Bolena (que era "bueno para venenos"). La mayor parte se guardaban en grandes armarios decorados, pero otras fueron depositadas en rincones estratégicos del edificio, bien en altares, bien en lo alto de las torres o incluso entre las piedras mismas. Aquellos restos, muchos de los cuales se perdieron durante la invasión francesa, no sólo pertenecían a religiosos; figuran también algunos de don Juan de Austria, por ejemplo, y a veces no eran despojos humanos sino objetos, como un anillo de María Estuardo.

Uno de los armarios donde se conservan reliquias

Ahora bien, seguro que más impresionante que el panteón debe de ser el Pudridero, donde se deja descomponerse los cadáveres durante aproximadamente tres décadas antes de su ubicación final. La razón es más prosaica de lo que parece: así los cuerpos ven reducido su tamaño lo suficiente como para caber en las cajas de plomo de menos de metro y medio de longitud que, a su vez, se colocarán dentro de las urnas de mármol que tienen destinadas en el Panteón. Sus inquilinos actuales son los abuelos de Felipe VI, don Juan y doña María de las Mercedes, para los que están reservados los dos últimos nichos que quedan libres en el Panteón.


El maravilloso Cristo de Benvenuto Cellini
El Pudridero, del que hay una versión también para infantes, no se puede visitar y apenas hay información de esta peculiar estancia, salvo que mide unos dieciséis metros cuadrados, carece de luz natural y tiene su entrada por una pequeña puerta que está situada en la escalera misma de acceso a la cripta; cuando se baja y se pasa ante ella es inevitable un respingo de curiosidad pero resulta inútil porque está cerrada a cal y canto, y únicamente los monjes tienen acceso a ella, además de la familia el día que se hace el traslado oficial al panteón.

José de Quevedo, un fraile que fue bibliotecario del monasterio a mediados del siglo XIX, cuenta en su Historia y descripción del Escorial que no hay ventanas ni ventilación y que los operarios perforan las cajas para facilitar el proceso de corrupción y desecación. Sic transit gloria mundi.

martes, 12 de abril de 2016

El Escorial (II). Demonios, judíos y herreriano


Continuación del post anterior, El Escorial (I). Un retrato arquitectónico de Felipe II
El cántabro Juan de Herrera, que había sido soldado en los Tercios de Flandes y luego trabajó como ayudante de Juan Bautista de Toledo en la Basílica de San Pedro de Roma, alcanzó el cargo de aposentador real y, encargado de las obras del monasterio del Escorial relevando a Giovanni Battista Castello, fue quien aplicó las reformas arquitectónicas que le dieron al monumento su aspecto definitivo, pues los planos de su maestro incluían más torres y una planta semicircular en el ábside. Herrera no sólo añadió un piso sino que optó por la forma rectangular total, que algunos identifican con la parrilla en la que fue martirizado San Lorenzo, otros con los cuadrados mágicos (tablas con números que sumados por filas, columnas y diagonales dan el mismo resultado) o incluso con un pentáculo. Éste último es una estrella de cinco puntas, asimilada al satanismo cuando se invierte, pero que en su posición normal se conoce como Sello de Salomón. Hay quien, con bastante voluntad, ve un pentáculo en la planta del Escorial, con vértices en el Patio de Mascarones, el Cuerpo de Guardia, las salas capitulares y las dos puertas de entrada.

Plano de la planta del Escorial. Parece una parrilla con mango y todo

Sin embargo, el sabio rey de Israel no podría quejarse porque algo sí que legó: para El Escorial se tomó como modelo arquitectónico el Templo de Salomón, aunque no está muy claro si el originario o la reconstrucción posterior de Herodes el Grande. En realidad, de éste sólo queda lo que hoy llamamos el Muro de las Lamentaciones pero su aspecto se ha deducido de las descripciones dejadas por diversos autores. El paralelismo es obvio: Salomón concibió su construcción siguiendo las instrucciones, medidas y proporciones que el propio Yavé le había facilitado, con el fin de albergar bajo un mismo techo las tradiciones judías y el saber de Dios, y acercar así a los creyentes a éste. El Escorial reproducía esa idea de Domus Dei porque se subrayaba así la presencia divina auténtica, no simbólica (tal como había establecido el Concilio de Trento frente a la versión protestante) en la Eucaristía; o quizá para darle una pátina religiosa a la arquitectura en tiempos de eclosión humanística.

Plano del Templo de Salomón, comparable a cada ala del monasterio
En cualquier caso, la cuestión se recalcó mediante la colocación de seis grandes estatuas de monarcas israelíes en la fachada de entrada a la iglesia, en el consecuentemente llamado Patio de los Reyes. Dicen que las de David y Salómón tienen unos rasgos físicos que recuerdan a Carlos V y a Felipe II respectivamente; el conquistador y el sabio. Los cenotafios de éstos, obra de Pompeo Leoni, coinciden en el interior con el lugar que por fuera ocupan las figuras.

Las estatuas del Patio de los Reyes

El cenotafio de Carlos V y su familia...
...y el de Felipe II y compañía

Volviendo a Herrera, decir que fue un sabio de su tiempo: aficionado a la astrología y la astronomía, la geografía y la náutica, las matemáticas y la alquimia, inventó nuevas grúas, tuvo la idea de dividir los trabajos por sectores para ir más rápido y, en vez de labrar las piedras a pie de obra, ordenó que se trabajaran en la cantera y se trasladaran luego, reduciendo el ruido del entorno monástico. Lo del silencio se agradecería tras el conocido incidente del misterioso perro negro, visto eventualmente en los alrededores y cuyos aullidos atronaron los oídos de los trabajadores haciendo que empezara a circular la habladuría de que era un animal infernal. En realidad ese tipo de historias eran muy habituales en la Europa de la época y el avistamiento de siniestros sabuesos de oscuro pelaje -no sólo los gatos tenían mala fama- equivaldría en credibilidad al de los actuales platillos volantes. Al final, fray Villacastín encontró un can que había quedado atrapado en los andamios y que probablemente era el autor involuntario del temor extendido con sus lamentos. No consta si era negro pero, lo fuera o no, tuvo la desgracia de estar en el peor sitio y en el peor momento, ya que el religioso mandó ahorcarlo a la vista de todos para acabar contundentemente con aquella superstición. Y es que los ánimos estaban algo exacerbados, ya que de incidentes estaba bien surtido el sitio: un cometa interpretado como de mal augurio, un pederasta atrapado con las manos en la masa, un rayo que destruyó parte del edificio...



La labor de Herrera en la España del siglo XVI fue tan importante que su apellido sirve para designar al estilo nacional que sustituyó al plateresco renacentista español por otro más sobrio y acorde a la mentalidad felipina, el herreriano: líneas rectas, horizontalidad, uniformidad... Su obra no se limitó al monasterio y firmó también parte del Alcázar de Toledo, la Catedral de Valladolid, el Archivo de Indias y la fachada principal del Palacio de Carlos V en Granada, entre otras. Además, escribió un célebre tratado arquitectónico titulado Discurso sobre la figura cúbica en el que considera a este cuerpo geométrico como la forma ideal de la Naturaleza (mientras que la esfera lo sería en el ámbito divino), al tratarse de un producto matemático de tres números iguales que son equiparables a la Santísima Trinidad. Algo que resulta de especial interés porque El Escorial es, al fin y al cabo, un conjunto de cubos relacionados entre sí e integrados de forma unitaria.

Retrato de Juan de Herrera

(continuará en El Escorial III. Arte y despojos)

Más información: Monasterio del Escorial

lunes, 4 de abril de 2016

El Escorial (I). Un retrato arquitectónico de Felipe II.


Dada la inmensidad del Real Monasterio de El Escorial en todos los aspectos -físicos y conceptuales-, no me queda otra que dividir el siguiente artículo en tres partes, so pena de abrumar al lector. Ésta es la primera.
Dos mil setecientas ventanas se cuentan en total, que si son muchas no lo parecen tanto al tener en cuenta que hay casi el doble de estancias. Y setenta y tres estatuas, ochenta y seis escaleras, dos millares de pinturas entre cuadros y frescos, cuarenta mil libros, cinco mil códices, siete mil quinientas reliquias.... El monasterio de El Escorial fue la materialización de la idea universal de su creador, un punto neurálgico que integraba armónicamente todos los diversos aspectos del cosmos, desde los ofrecidos por la Naturaleza (animales, plantas, minerales) hasta los nacidos de la mano del Hombre (arte, ciencia, filosofía, religión, guerra) reuniéndolos en un monumento excepcional descrito como la Octava maravilla del mundo. Un lugar que fue y sigue siendo cenobio, panteón y palacio, que se erigió oficialmente como memorial de una gran victoria militar y que constituyó casi literalmente el ombligo del planeta en una época en la que no se ponía el sol si uno vivía en España.

El asedio de San Quintín pintado por Nicollo Granello y que se encuentra en la Sala de Batallas de El Escorial

Curiosamente, la visita a ese lugar se realiza entre miríadas (casi tres millones al año) de personas de todas las razas, credos y procedencias, como si se tratara de un insospechado crisol humano que hiciera realidad su consideración original de paradigma universal. Un crisol que concentraba y combinaba en su dosis adecuada y en un punto estratégico la aspiración de su impulsor, el rey Felipe II, de plasmar arquitectónicamente todo lo referente a su reinado; en cierta manera, un retrato simbólico del monarca mismo, en el que quedaran recopilados y reflejados ciencias, política, fe y su misma mentalidad de señor del mundo.  La mencionada victoria bélica, en San Quintín ante los franceses en 1557, fue la chispa del proyecto, junto con el deseo de reunir en un mismo sitio a todos los miembros fallecidos de la familia Habsburgo, pues su padre, el emperador Carlos V, ya había manifestado el deseo de ser enterrado junto a su esposa, Isabel de Portugal).

Carlos V y su hijo Felipe II en versión de Antonio Arias Hernández

Aunque hubo un trío de frailes jerónimos (orden a la que se cedió el uso del futuro monasterio hasta 1585, en que fue sustituida por los agustinos) que hicieron los planos iniciales y participaron a lo largo de toda la construcción (fueron Juan de San Jerónimo, contador; Antonio de Villacastín, obrero mayor; y José de Sigüenza, que escribió una crónica del proceso), de la misión se encargó oficialmente el recién nombrado maestro mayor de obras reales, Juan Bautista de Toledo, que era ayudante de Miguel Ángel y que pudo dedicarse a ello en cuerpo y alma porque perdió a toda su familia en un naufragio cuando ésta volvía desde Italia a reunirse con él. En 1560, mano a mano con una comisión de sabios nombrada por Felipe II, escogió como emplazamiento de la obra un paraje de la sierra madrileña, un sitio de clima fresco en verano y no tan riguroso en invierno, que además estaba cerca de una cantera, lo que facilitaría los trabajos. Asimismo, se situaba en pleno centro geográfico peninsular, a medio camino entre la capital tradicional, Toledo, y la recién instaurada, Madrid

Dibujo del estado de las obras en 1576

Pero, además, había un motivo extra para elegir aquel sitio: se dice que la comisión tomó su decisión final tras sufrir un fuerte vendaval enviado por el Demonio, quien intentaba alejarles del lugar. ¿Por qué? Porque, según una leyenda, allí se ubicaba una de las siete puertas del Infierno, con lo que El Escorial -nombre derivado de las escorias dejadas por antiguas forjas abandonadas, siendo obvia la relación con la fragua de Vulcano clásica- sellaría esa salida. Es más, todas las cerraduras del monasterio se abren y cierran con una única llave maestra, habiendo otras llaves que se entregaban sólo para algunas puertas y según el cargo de la persona. Estaba claro que Satanás lo tendría difícil para salir por allí.

La fragua de Vulcano velazquiana

No fue, ni mucho menos, la única cuestión de cariz esotérico que atrajo aquella construcción. Al parecer, la orientación del edificio (Este-Oeste) hace apuntar el ábside hacia Jerusalén (ciudad de la que los soberanos españoles son reyes) o coincide en ciertos puntos con la salida del sol en determinadas fechas, como la festividad de San Lorenzo, mártir a quien está dedicado el monumento y a quien la tradición cuenta que se le confió la custodia del Santo Grial.

El alquimista, de Joseph Leopold Ratinckx
El cáliz sagrado, presuntamente usado en la Última Cena y con el que se recogió la sangre de Cristo, adquirió con el tiempo un carácter mucho más alegórico, identificado con el Sagrado Corazón o incluso con la piedra filosofal. La búsqueda de esta última fue una de las metas de la alquimia, patrocinada por casi todas las cortes europeas debido a la hipotética capacidad que tendría para la transmutación de los metales en oro. Pese a ser el gran defensor de la fe católica, Felipe II (del que hay en el Real Sitio una copia de su correspondiente Prognosticon o carta astral, hecha en su nacimiento)  también contrató a numerosos alquimistas internacionales que trabajaron bajo el epígrafe común de el Círculo del Escorial; entonces se los consideraba científicos y dado que la Corona española pasaba serios apuros económicos -se registraron varias bancarrotas en el reinado felipino- , si se conseguía metal precioso extra no vendría mal. Pecunia non olet.

De hecho, la espléndida Biblioteca Real del Escorial -con el humanista extremeño Benito Arias Montano al frente-, incluía entre sus cuarenta mil volúmenes infinidad de libros de ocultismo y magia para cuya conservación hubo que concretar condiciones de lectura pactadas con la reticente Inquisición. Más modesta -pese a contar setecientos cincuenta volúmenes- pero de similar cariz era la biblioteca personal de Juan de Herrera, el ayudante de Juan Bautista de Toledo, que se hizo cargo de la dirección de los trabajos al morir éste en 1567 y tras un paréntesis en que el director fue Giovanni Battista Castello, que le pasó el testigo porque se consideraba pintor, más que nada, aunque él fue quien diseñó la majestuosa escalera.

Espectacular, la Biblioteca Real
(continúa en El Escorial II. Demonios, judíos y herreriano)

Más información: Monasterio del Escorial

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