lunes, 17 de julio de 2017

La Basílica de la Santa Croce y el origen del Síndrome de Stendhal (y III)


Decía en los dos artículos anteriores (I y II)  que la Basílica de la Santa Cruz acoge las tumbas de algunas grandes figuras de la cultura y las artes italianas. También que, curiosamente, un florentino como Botticelli no reposaba allí y que, de hecho, ni siquiera hay obras suyas en ese templo.

Tabernáculo de la Anunciación
Pero toda una pléyade de artistas sí han dejado su firma en algún rincón de la basílica, algunos de los cuales brillan con una luz especialmente potente. Es el caso del púlpito labrado en mármol de Maiano que se ve en la nave central. O del Tabernáculo de la Anunciación que realizó Donatello y se puede ver a continuación del sepulcro de Maquiavelo. O de la Capilla Pazzi, ubicada al final del primer claustro y construida por Brunelleschi (el mismo que hizo la emblemática cúpula de la catedral): es de planta cuadrada, cubierta con una bóveda circular apoyada en pechinas y con unas medidas que siguen la proporción áurea (foto de cabecera).

Otras capillas especiales son la Bardi y la Peruzzi, que están al lado del coro, pero no por su arquitectura sino por su decoración pictórica. Es obra de Giotto (otro que falleció en Florencia pero le enterraron en la antigua Santa Reparata), que en una recurrió a la vida de San Francisco como tema y en la otra las de los dos juanes, el Bautista y el evangelista. No sé si Stendhal tendría oportunidad de verlas porque a principios del siglo XIX se cubrieron con cal, pero pese a los daños son una maravilla; no extraña que Dante situara en la Divina comedia a Giotto por encima de su maestro Cimabue, aunque, todo hay que decirlo, hacía algo de trampa porque era amigo suyo.



Los frescos de Giotto en las capillas Bardi y Peruzzi

Y tampoco hay que olvidar la capilla que hizo Michelozzo para el poderoso Cosme de Médici, en cuya decoración colaboraron Donatello y Luca della Robbia. Nombres y más nombres del Quattrocento y el Cinquecento (y del barroco, y del neoclásico...) que podrían ser más aún si en el siglo XVI no se hubieran eliminado los frescos de las paredes de las naves para poner capillas en su lugar.

Cúpula de la Capilla Pazzi, obra de Brunelleschi

El púlpito de Maiano
No está del todo claro si el famoso Síndrome de Stendhal, descrito en 1979 por la psiquiatra Graziella Magherini tras observar síntomas similares a los del escritor romántico en otros turistas que visitaban la ciudad, existe realmente o no; si esa turbación, ese vértigo que sintió el escritor ante la sobredosis de belleza de la Santa Croce, tiene entidad suficiente para ser considerada un trastorno psicosomático o hay más de leyenda que otra cosa. Confieso que la idea no se despegó de mí durante la visita y que, por una vez, me hubiera gustado marearme por una buena razón. 

El caso es que cuando salí de nuevo a la plaza ya brillaba el sol y el bullicio normal se había apropiado del lugar. Recordé entonces que era allí donde el día de San Juan se celebraban los partidos de Calcio storico, un deporte tradicional en el que cuatro equipos (uno por cada barrio histórico medieval) se enfrentan, en una brutal combinación de fútbol, rugby y pelea, por ganar... un ternero blanco (y el inapreciable prestigio del triunfo, por supuesto). El evento se sigue celebrando con los veintisiete jugadores ataviados a la colorida antigua usanza y los servicios de urgencias atentos para atender los abundantes descalabros. A ver si era eso lo que realmente gustaba a Stendhal...

Un partido de Calcio Storico o Calcio Fiorentino/Foto: When in Florence

Fotos: Marta B.L.


lunes, 10 de julio de 2017

La Basílica de la Santa Croce y el origen del Síndrome de Stendhal (II)

(Continuación del artículo anterior, en el que atravesaba la Piazza Santa Croce y llegaba hasta la basílica, a cuya entrada se alza la estatua de Dante Allighieri).

Tumba de Galileo
Una vez dentro pasé a la iglesia propiamente dicha: tres naves -la central muchísimo más ancha que las laterales- separadas por pilares octogonales que sostienen arcadas ojivales, aunque hay añadidos posteriores. Sin embargo, al contrario de lo que pasa con otros templos góticos, lo verdaderamente fascinante no es el continente sino el contenido, tanto el artístico como el mortuorio, en algunos casos ambos relacionados. Si el pavimento rojo está tachonado por las lápidas de doscientas setenta y seis tumbas de notables florentinos, las que realmente interesan no están en el suelo sino en las paredes de la parte derecha hasta el transepto. No voy a citarlas todas porque esto se alargaría demasiado, pero sí las de algunos personajes que han pasado a la Historia con letras de oro y por ello tienen sepulcros monumentales.

El primero es el de Galileo Galilei. Ya saben, el sabio pisano cuya gran aportación a la ciencia astronómica, el perfeccionamiento técnico de un telescopio que le permitió enunciar la Primera Ley del Movimiento y constatar la teoría heliocéntrica copernicana, le llevó a ser procesado por la Inquisición y condenado a abjurar de sus ideas, pasando el resto de su vida confinado en casa. Tras su muerte en Arcetri en 1642 sus restos mortales fueron trasladados a Florencia por orden de Fernando II, Gran Duque de Toscana; pero hasta 1736 no pudo ser enterrado en la basílica por la condena inquisitorial.

Tumba de Miguel Ángel
Justo enfrente, en la otra nave, yace otro genio pero de las artes. Un tal Miguel Ángel Buonarrotti, autor de la Piedad, el Moisés y los deslumbrantes frescos de la Capilla Sixtina de Roma, ciudad en la que falleció en 1564. Su cadáver fue trasladado subrepticiamente por su sobrino Leonardo; para evitar posibles obstáculos (el Papa para ser exactos), lo hizo de una forma algo macabra, en un carro de mercancías y envuelto en una alfombra. Tardó tres semanas en hacer el trayecto, así que es mejor no imaginar en qué condiciones llegaría; en cualquier caso, su funeral debió ser emocionante, de noche, en una masiva comitiva en la que todos los artistas de la Academia portaban antorchas. Su mausoleo, una combinación de arquitectura, escultura y pintura para homenajearle, lo hizo Vasari pero colaboraron otros más.

Al lado hay otro monumento funerario que atrae la atención; Honorem summi poetae (Honrad al más alto poeta) dice su epitafio. Sin embargo el interés es más emocional que artístico porque el cenotafio de Dante, que es al que me refiero, fue construido por Stefano Ricci en 1829. No es que la fecha no concuerde con la época del poeta -o no sólo- sino que su cuerpo no está allí, ya que murió en Rávena en 1321, donde estaba exiliado, y los esfuerzos por traerlo no fructificaron. Pese a la orden expresa del Papa, las autoridades de Rávena enviaron un ataúd vacío. cosas de aquellas inacabables rivalidades de la Italia medieval.

Cenotafio de Dante

Hacia la mitad de la nave está el sepulcro de Niccoló di Bernardo dei Machiaveli, o sea, Maquiavelo, uno de los mejores representantes del Renacimiento literario y de toda una doctrina política, la expuesta en El príncipe, no siempre bien interpretada. Repudiado por los Médici, que le detuvieron y torturaron acusándolo de tramar un golpe de estado, murió olvidado y si no lo hizo también en la miseria fue gracias a que le tocaron veinte mil ducados a la lotería. Su epitafio es magnífico: Tanto nomini nullum par elogium (Gran nombre más allá de toda alabanza).

Tumba de Maquiavelo

No sólo hay memoria para los renacentistas. ¿Quién no ha escuchado, seguramente montones de veces, los acordes de El barbero de Sevilla o la introducción a Guillermo Tell? A su autor, Gioachino Rossini (que, por cierto, estuvo casado con una española), el óbito le sorprendió en París en 1868 y estuvo un tiempo enterrado en el cementerio de Père-Lachaise. Pero diecinueve años después se llevaron sus restos a la Santa Croce debido a su enorme popularidad; hasta Verdi le dedicó una misa de réquiem. Eso sí, su mausoleo parisino sigue en pie, aunque vacío.

Tumba de Rossini
La lista de enterramientos ilustres se completa con los nombres de varios escritores y poetas: el humanista Leonardo Bruni, el dramaturgo dieciochesco Vittorio Alfieri y el poeta romántico Ugo Foscolo.

Curiosamente, uno de los hijos más preclaros de Florencia, el pintor Sandro Botticelli, que nació y murió en la ciudad durante lo que se considera su Edad de oro, no está sepultado en la basílica junto a los otros genios sino en la que era su parroquia, la iglesia de Ognissanti; quizá por la acusación de sodomía que cayó sobre él por no casarse nunca (pese a su incierta relación con Simonetta Vespucci, la modelo de su famoso Nacimiento de Venus) o quizá por haber sido un piagnore (o sea un llorón, como se llamaba a los seguidores de Savonarola). Es más, la ausencia de Botticelli en la Santa Croce se extiende a su arte, pues no hay obras suyas en ella.

CONTINUARÁ...

Fotos: Marta B.L.

lunes, 3 de julio de 2017

La Basílica de la Santa Croce y el origen del Síndrome de Stendhal (I)


"Absorto en la contemplación de la belleza sublime, la veía tan cerca que me parecía tocarla. Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestiales proporcionadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de la Santa Croce, notaba las pulsaciones del corazón, aquellas que en Berlín llaman nervios; se me escapaba la vida, caminaba con miedo a caerme".
(NÁPOLES Y FLORENCIA. UN VIAJE DE MILÁN A REGGIO, Stendhal)

No es de extrañar que a Stendhal se le acelarase el pulso contemplando tamaña concentración de maravillas cuando visitó esa iglesia en 1817. Por un lado Miguel Ángel, Galileo Galilei, Dante Alighieri, Maquiavelo y Rossini; por otro Donatello, Vasari, Giotto, Ghiberti, Ricci, Canova, Michelozzo, Sangallo, Della Robbia, Cimabue, Brunelleschi... A primera vista parecería una enumeración de artistas italianos del Renacimiento, de no ser por que alguno de esos ilustres apellidos no tiene que ver con el arte sino con la ciencia y los demás corresponden en realidad a distintas épocas. Pero todos poseen algo en común: se juntan bajo el mismo techo, unos homenajeados y otros como creadores de esos honores, en el que es uno de los rincones más extraordinarios de Florencia. Que ya es decir.

Henru Breyle, alias Stendhal

Llegué a la Piazza di Santa Croce a una de esas horas tempranas de la mañana en que la ciudad aún estaba despabilándose, los turistas seguían en el hotel afanados en devorar bollo tras bollo de mantequilla y mermelada,  y las calles presentaban la inusitada tranquilidad que precede a la tormenta que llegaría en breve en forma de masas de gente, tráfico denso y bocinazos non stop. Italia, en una palabra. Era un día fresco y nublado, como suelen serlo los florentinos hasta que el propio sol entra en calor y empieza a brillar a mediodía.

La plaza, antes de que el sol y la gente se desperecen

La plaza estaba medio vacía, tachonado su enlosado por algunos charcos dispersos que lo mismo podían proceder de la lluvia nocturna o de una manga de riego, si bien recordé -y una placa en la esquina noroeste lo señalaba- que en el mismo año de mi nacimiento ese foro quedo completamente anegado por unas inundaciones provocadas por fuertes lluvias y un ciclón, superando el agua los cinco metros de altura y estropeando muchas obras de arte. Entre ellas murales al fresco y el famoso crucifijo de madera pintada de Cimabue que decora el altar mayor de la Basílica de la Santa Cruz.

Uno de los edificios de la plaza

Al fondo, rodeada por palacios como L'Antella o Cocchi Serristori, se alza la silueta de esa iglesia, con su típica fachada toscana cuartelada en la que la caliza blanca se alterna con mármoles de colores y que tardó cuatro siglos en terminarse, razón por la cual presenta un singular estilo neogótico que, no obstante, pasa bastante desapercibido. Especialmente porque la vista del observador tiende a desviarse inevitablemente hacia la estatua que se yergue justo al lado y representa a uno de los hijos más ilustres de Florencia, Dante Allighieri. No será el único recuerdo que se tribute al poeta, como veremos al acceder al templo.

La estatua de Dante
Éste es franciscano, el mayor del mundo (la idea era superar en tamaño al de Santa María Novella, dominico), aunque se asienta sobre un pequeño oratorio anterior cuyos restos no se descubrieron hasta 1996 cuando el suelo se hundió a causa de otra inundación; era la zona más pobre de la ciudad, extramuros. Iniciada su construcción en 1294 según los planos de Arnolfo di Cambio (que pasaría a la historia por haber sido el creador involuntario del primer Belén, un grupo escultórico del monumento a Bonifacio VII en la Capilla Sixtina, hoy en Santa María la Mayor), no se terminó hasta finales del siglo XIV, consagrándose en 1443. Pasó por sucesivas remodelaciones y sirvió como iglesia del convento hasta que las familias ilustres de la ciudad, que eran las que financiaban las obras, exigieron el derecho a ser enterradas dentro, trocando así su carácter sencillo por otro magnífico.

Y eso que estéticamente conserva la sobriedad, verificable al observar cómo la techumbre interior no está recubierta de piedra sino que deja a la vista su armazón de vigas de madera, como era costumbre en las iglesias de las órdenes mendicantes. Entré sin dejar de echar un vistazo al pequeño pórtico de la parte izquierda, bajo cuyos arcos reposan los restos mortales de Francesco Pazzi, noble banquero y tesorero del papa Sixto IV, quien le convenció para dirigir la célebre conspiración que lleva su apellido, que tenía como objetivo expulsar del poder a los Médici empezando por el asesinato del más insigne, Lorenzo; el plan falló, sólo pudieron matar a su hermano Giuliano y la gente intentó linchar a los Pazzi (Francesco se refugió en el Palacio de la señoría pero fue arrojado por una ventana y su cadáver arrastrado desnudo por las calles) mientras los Médici se volvían más populares que nunca.

Conspiración de los Pazzi (Stefano Ussi)
CONTINUARÁ...

Fotos: Marta BL

miércoles, 31 de mayo de 2017

Pepsi-Cola y epilepsia; en camello por las pirámides



No se puede tener una experiencia completa de Roma si no se arroja una moneda a la Fontana de Trevi o se mete la mano en la Boca della Veritá, como tampoco en Pisa sin hacerse la consabida foto sosteniendo el campanile, en Venecia sin darse un paseo en góndola o en México sin subir a la cúspide de algún templo prehispano.

Cierto es que todo esto puede resultar tópico en los dos primeros casos, algo bobalicón en el tercero, ruinoso en el veneciano y extenuante en el último, pero así es la dura vida del turista, como dicen en Egipto. Y, por cierto, este país también tiene su obligación: darse un paseo en camello ante las pirámides. Algo que, además, puede llegar a reunir en uno todas las características de los casos anteriores.

Es probable que tras la Primavera árabe las cosas hayan cambiado algo y la menor afluencia de visitantes incida sobre las tarifas, aunque conociendo la idiosincrasia de los egipcios me permito dudarlo. De todas formas, cuando fui yo aún era un destino efervescente que nos exigió hacer la consabida cola para entrar a la pirámide de Kefrén y establecer un auténtico duelo al sol -literalmente- con un camellero para conseguir un buen precio por los cuatro amigos españoles que aspirábamos a cumplir la tradición.

La negociación fue todo lo dura que cabía esperar -nadie entenderá el alcance del concepto lasitud hasta que regatee con un egipcio-, pero al final llegamos a un acuerdo y pusieron a nuestra disposición un par de dromedarios enjaezados con mantas de dudoso color grana, sillas de remaches dorados y expresión de fastidio.


Una de las pocas capturas de imagen salvables del vídeo
Al parecer, el trato sólo daba para un ejemplar por pareja, así que Marta subió delante y yo detrás mientras el camellero azuzaba al animal para que se incorporase. Fue él también quien, para sorpresa nuestra, se ofreció a tomar mi cámara de vídeo y grabarnos, así que le tendí el aparato mientras le explicaba dónde estaba el visor y dónde el botón de REC; instrucciones de las que, como me temía, no entendió la más mínima palabra.

Pero justo es reconocer que se puso manos a la obra, con tanto afán y voluntad como absoluta inutilidad: cuando nos pusimos en marcha el tipo echó a correr al lado del camello intentando no quedar rezagado mientras grababa, sí, pero con el objetivo ora apuntando a las nubes, ora al arenoso suelo, ora al piramidión de Keops -si existiese aún, quiero decir-, mientras tropezaba una y otra vez con las piedras o se enredaba con su propia chilaba trastabillando y poniéndome los pelos de punta no sólo por su integridad física sino también -lo reconozco- por la de la cámara.

El espectáculo era casi surrealista: allí estábamos Marta y yo encaramados a la jiba del camello, tostándonos bajo el sol de Giza mientras dábamos una vuelta por las ardientes arenas con un espantajo galopando a nuestro lado que a la vez que grababa no se sabe qué gritaba enfáticamente "¡Hola, hola, Pepsi-Cola!", la frase que se aprenden todos los egipcios para tratar con los españoles junto a "Más barato que en Carrefour" y al insulto "¡Catalán!" cuando no quieres comprarles algo porque lo consideras demasiado caro.

 
Otra; no hay más
Eso sí, no voy a mentir: no debieron de pasar más de un par de minutos pero no sé quien estaba más agotado, si el pobre hombre, que no podía ya respirar y parecía ir a dedicarnos una monumental catarata vomitoria de un momento a otro, o yo, que no pude parar de reir ni un segundo ante tan inesperado show.
 
Podría objetar que en el fondo el tipo nos tomó el pelo, que apenas recorrió doscientos metros -por suerte para él- y que luego quería cobrarnos más de lo acordado, cosa bastante frecuente en Egipto, por cierto, pese a lo que digan las guías. Pero qué quieren, aquel rato de carcajadas frenéticas e incontenibles fue uno de los mejores momentos de mi paso por el país, después de un mal comienzo con una semana entera de gastroenteritis.

Es el día de hoy que pongo el vídeo, veo las imágenes que parecen grabadas por un epiléptico en pleno ataque -por supuesto no hay un solo plano nuestro decente a lomos del camello, salvo la foto que hizo un amigo- y vuelvo a partirme de risa hasta acabar con agujetas en el abdomen. Y las pirámides de fondo. En la imaginación.

Fotos: JAF

lunes, 8 de mayo de 2017

Casa Batlló, la guarida del dragón


Sea como una reacción de prevención instintiva hacia serpientes y cocodrilos en sociedades primitivas, sea como explicación para las osamentas fósiles que se encontraban en otros tiempos, el dragón hizo fortuna como criatura mitológica y además aparece en casi todo el mundo con una apariencia similar, aunque en Europa revistiese un carácter terrible y amenazador mientras que en Asia era benévolo y símbolo de buena fortuna.  Su descripción como una especie de reptil gigante con alas también es común, al igual que lo es asimismo su misión como guardián de algo. Además, la vinculación a la leyenda de San Jorge le otorga un carácter metafórico: el triunfo del caballero es el de la Fe sobre el Demonio y el pecado. Pero siendo este santo patrón de Barcelona (en realidad de muchísimos sitios más, tanto de España como del resto del mundo, pero es el que me interesa hoy) y estando la ciudad llena de dragones por todas partes, probablemente el icono dragontino por excelencia sea el que reposa sobre el tejado de la Casa Batlló, aun cuando sus formas no sean muy definidas (lo que, dicho sea de paso, lo hace más sugestivo).



Visité la casa Batlló en 2006, atraído, entre otras cosas, por la idea de cabalgar al dragón instalado en la azotea. Ya sé que eso de cabalgar al dragón suena un poco lisérgico pero ante la imposibilidad de conocer personalmente a Smaug, Haku, Falkor, Draco, Nidhogg, Drogon, Viserion o Rhaegal, ví la ocasión allí; uno no puede sustraerse al nombre que tiene y además era el mes de abril, el de la onomástica de la rosa y el libro. Pagué la entrada, cuyo precio se las trae, y entré audioguía en mano (o en oreja, para ser exactos). La casa Batlló es una de las que integran la Isla de la discordia, una manzana que debe su nombre a que en ella se junta pared con pared con la Casa Amatller y donde a continuación está además la Casa Lleó Morera, es decir, un trío de obras maestras de los tres grandes representantes de la arquitectura modernista: Antonio Gaudí, Josep Puig i Cadafalch y Lluís Domenech i Montaner. Las tres embellecen el Paseo de Gracia y encima tienen enfrente otra maravilla más, la Casa Milá.

El empresario Josep Batlló i Casanovas había comprado el inmueble en 1903 y, trocando su inicial idea de demolerlo por la de una reforma integral, encargó el proyecto a Gaudí, quien en un alarde de multifacetismo se ocupaba simultáneamente de la construcción de la Sagrada Familia, el Parque Güell y un par de cosas más; no en vano era ya un personaje de prestigio. A pesar de tanto trabajo, el resultado fue espectacular en todos los casos, bien es verdad que contando con un equipo de arquitectos ayudantes de su escuela. Fiel a su costumbre, Gaudí hizo un retoque tras otro a sus propios diseños, quitando unas cosas aquí y añadiendo otras allá. Entre esto y los problemas burocráticos derivados de haber iniciado las obras sin licencia, el trabajo no estuvo terminado hasta finales de 1912 ¡Si llegan a saber que setenta y dos años después formaría parte del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO..!

De la casa original, concebida por Emil Casanovas en 1875, se conservaron elementos porque la reforma se centró, sobre todo, en la fachada, el patio, la azotea y el piso principal (donde, por cierto, residía Batlló). La primera es probablemente la parte más icónica gracias a los inconfundibles balcones en forma de antifaz (que, sin embargo, ya estaban en el edificio antes), los enormes ventanales con vidrieras de la planta noble (que parecen grandes bocas abiertas y dieron lugar a que se conociera el sitio como la Casa de los bostezos), el recubrimiento con trencadís (trozos de teselas de colores) y las características curvas óseas que dan al conjunto una apariencia daliniana (sus famosas formas blandas, como los relojes) o incluso gigeriana (en referencia al artista suizo H.R. Giger, el diseñador de Alien).



El mobiliario del hogar Batlló no se conserva in situ sino en el Museo del Parque Güell, pero quedaron algunos de los elementos integrados, como la chimenea o el techo decorado con relieves, todo ello diseñado personalmente por el propio Gaudí. Su mano también se deja notar en el patio, donde elementos tan característicos del modernismo como el hierro forjado y el cristal (pese a que en esas fechas ese estilo empezaba a ceder) se combinan para formar una gran claraboya que proporciona luz natural y que juega con la decoloración progresiva -desde el azul hasta el blanco- de los azulejos que cubren las paredes a medida que se desciende.

La curiosa chimenea
El ojo de Sauron se coló en la casa
Un singular adorno del techo

Igualmente, es muy gaudiniana la estructura del desván, donde una serie de arcos catenarios forman una bóveda apuntada que recrea el esqueleto de una ballena, recurso que se repetirá luego en la Casa Milá. Dadas las circunstancias, prefiero pensar que, más que de un cetáceo, era del propio dragón. En cualquier caso todo un lujo para la servidumbre, pues se alojaba allí; seguro que ningún criado imaginó nunca que un siglo después cientos de curiosos deambularían por sus dormitorios sacando fotos, oyendo describirlos por un raro aparato multilingüístico y contemplando extrañas proyecciones de luces y láser (concepto este último que sería heroico intentar explicarles).

El patio
El costillar de la ballena (o del dragón)

Pero faltaba lo más importante: la visita al dragón. Subí a la azotea y entre nuevos ejemplos de trencadís, grupos de chimeneas interpretando danzas helicoidales y sencillas barandillas de alambre, me encontré con el bicho. Iba a decir cara a cara pero mentiría; el dragón Batlló no muestra nunca su faz y se limita a exhibir su fantástico lomo de escamas anaranjadas jalonado por un espinazo de redondeadas vértebras polícromadas. Reposa plácida y confiadamente enroscado en torno a la torre cilíndrica que remata el edificio y que se encuentra a un lado para no ensombrecer la casa vecina. La cruz de cerámica que la corona se resquebrajó durante la cocción, lo que entusiasmó aún más a Gaudí, que decidió colocarla así en vez de hacer otra. Tanto mejor, porque parece la correspondiente cicatriz resultante de la lucha con el dragón por imponer la Fe, tal como contaba al principio. Ahora ambos contendientes han pactado un statu quo ante un tercer gladiador en liza: el turista.

La cruz de cerámica
El lomo del dragón
Fotos: JAF y Marta B.L.

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