martes, 21 de febrero de 2017

Comer en Praga


Uno de los principales problemas de visitar Praga por cuenta propia es intentar buscarse la vida con el endiablado idioma checo, que para un español resulta un galimatías parecido al klingon pero sin webs frikis a las que acudir en busca de traducción. Ello repercute inexorablemente en la praxis turística del visitante, especialmente en determinados momentos críticos, como cuando uno ha de intentar desentrañarlo (de pronunciarlo en voz alta ni hablamos) al tomar un autobús urbano o el Metro para cubrir una distancia larga porque no sabrá en ningún momento si ha dado con el número adecuado o aparecerá en Polonia, ni si tiene que pagar en el momento o en una taquilla o qué.

Prazený sajr, pecitý kobzol, salse od tatara (queso frito, patatas asadas y salsa tártara)

Pero no es ésa la mayor pega a la hora de manejarse con la lengua local porque siempre queda el recurso de tomar el coche de San Fernando y, si se está los días suficientes en la ciudad, repartir las visitas por los cuatro o cinco barrios clásicos de manera que no haya que desplazarse muy lejos. El verdadero momento de la verdad llega a la hora de comer, y no me refiero a salir del paso con una pizza o un perrito caliente callejero para calmar el estómago sino a probar la gastronomía local, que es algo que, al fin y al cabo, forma parte de la esencia viajera y ayuda a comprender la idiosincrasia del lugar.

Maklástiný sajr, úkruch chlebce z kysu (queso piel de armiño marinado con pan de la casa)

Con un poco de suerte, el local elegido tendrá la carta subtitulada en inglés, con lo cual se puede salir del paso; otros incluso la ofrecen también en francés y habrá alguno que, en un alarde, la ponga en más idiomas. Pero la prueba de fuego es entrar a comer en aquel restaurante que la pone única y exclusivamente en checo, debiendo lanzarse el cliente extranjero al vacío culinario completamente a ciegas, salvo que los platos se acompañen de una dudosa fotografía. Tiene su punto divertido y si no se es preso de fobias ni hay limitaciones del gusto se disfrutará de la comida de la ciudad, que resulta contundente donde las haya.

Carta de los menús desgustación probados, el bohemio y el zátisí
En fin, paso a poner un par de ejemplos diferentes. Si mi primera noche praguesa la arreglé con comida rápida -había llegado tarde y carecía de tiempo para más-, la siguiente salí a cenar a un restaurante posmoderno y caro -llevaba los gastos pagados-, para probar un menú degustación típico de la República Checa. Que me maten si me acuerdo del nombre del sitio (y aunque lo recordara no sabría reproducirlo, probablemente), pero sí que fue curioso eso de probar multitud de miniplatos casi sin saber qué eran. Bueno, no voy a mentir; confieso que la carta los explicaba en inglés, así que fue aventura pero menos. Como ven, me cuidé de hacer una foto de dicha carta y así me ahorro transcribir sus enrevesados nombres.


La tradicional sopa kulajda, con hongos, eneldo y huevos de codorniz

Bocadito de codorniz asada con risotto de cebada

Filete de pechuga en salsa de pimienta

Al día siguiente, para completar un espectro lo más amplio posible y contrastar con el estilo anterior, me llevaron a un mesón de comida tradicional checa, lleno a reventar de gente aunque, por suerte, teníamos reserva. A priori tenía toda la pinta de ser un sitio del que uno no salía con hambre y, en efecto, cumplió todas mis expectativas de asturiano tragaldabas. Creo recordar que se llamaba KRCMA y estaba en el numero cuatro de la calle Kostecna 4, en la Ciudad Vieja, no lejos del Barrio Judío. Ya habrán ido viendo que con cada imagen, y pidiendo disculpas de antemano porque la ortografía checa no es mi fuerte (y no tengo foto del menú), están transcritos los platos catados. Prueben a leerlos mientras mastican un polvorón y añadan las jarras de cerveza del tamaño de un codo que se gastan por esos lares y verán qué divertido.

Pohrúzeny vurt (el "ahogado", longaniza marinada en salsa de vinagre, cebolla y pimienta)
La imagen de cabecera son vurty s pivec, crný, úkruch chlebce z kysu, o sea, salchichas con salsa a base de cerveza negra con pan de la casa. Que hay que explicarlo todo, leñe.
Fotos: JAF

lunes, 30 de enero de 2017

El fantasma de la Ópera

El fantasma de la ópera existió. No fue, como se creyó durante mucho tiempo, una inspiración de artistas, una superstición de directores, la grotesca creación de los cerebros excitados de esas damiselas del cuerpo de baile, de sus madres, de las acomodadoras, de los encargados del vestuario y de la portería.
Sí, existió en carne y hueso, a pesar de que tomara toda la apariencia de un verdadero fantasma, es decir, de una sombra (...)

Estoy seguro, muy seguro, de haber rezado sobre su cadáver cuando el otro día lo sacaron de la tierra, en el lugar exacto donde enterraban a las voces vivas; era su esqueleto. No fue por la fealdad de su cabeza por la que lo reconocí, ya que cuando ha pasado tanto tiempo todos los muertos son feos, sino por el anillo de oro que llevaba y que Christine Daaé había venido sin duda a colocarle en el dedo antes de sepultarle, como le había prometido.

El esqueleto se encontraba muy cerca de la fuentecita, en el lugar en que, por primera vez, cuando la arrastró a los sótanos del teatro, el Ángel de la Música había sostenido en sus brazos temblorosos a Christine Daaé desmayada.

Y ahora ¿qué harán de ese esqueleto? ¿Lo arrojarán a la fosa común?... Yo afirmo: que el lugar del esqueleto del fantasma de la Ópera está en los archivos de la Academia Nacional de Música; no es un esqueleto vulgar y corriente.

 (EL FANTASMA DE LA ÓPERA, Gastón Leroux).

Una de las primeras cosas que llevaba en mente hacer cuando visité la capital de Francia hace unos años era conocer el Palacio Garnier, es decir, el  Teatro Nacional de la Ópera de París, sede de la Academia Nacional de Música, no sólo por la belleza que muestra, acorde a aquel ampuloso Segundo Imperio Francés empeñado en el embellecimiento de la ciudad bajo la dirección del célebre Barón Haussmann, sino también, y sobre todo, por la novela gótica de Gastón Leroux y el misterioso personaje deforme que se ocultaba en los sótanos del lugar.

Lon Chaney asustando a Christine
No recuerdo si por entonces había leído el texto pero sí que había visto unas cuantas adaptaciones cinematográficas, desde la antigua muda -con aquel iconográfico maquillaje de Lon Chaney- al musical rock setentero de Brian de Palma -su obra maestra-, pasando por las clásicas de Claude Rains y la Hammer, entre otras. Y, claro, con semejante tarjeta de presentación la Ópera se presentaba como un caramelo demasiado apetitoso para un aficionado al género.
El teatro se encuentra en la Rue Scribe, en una concurrida plaza de forma romboide del Distrito XIX, frente a las no menos frecuentadas Galerías Lafayette y entre los bulevares Haussman, Des Capucines y Des Italiens. El arquitecto que se encargó de diseñarlo y construirlo fue Charles Garnier, ex-ayudante del prestigioso Viollet-Le-Duc (el que restauró Notre-Dame) y creador de ese estilo neobarroco que tan bien se adaptaba a la proverbial pretenciosidad de Napoleón III, hasta el punto de darle su nombre. Al fin y al cabo había sido el emperador quien le otorgó el encargo en 1861 (tras ganar, pese a tener sólo treinta y cinco años, un concurso ante casi dos centenares de competidores) para sustituir a la vieja Ópera de 1821, que sin embargo aún seguiría en pie un tiempo hasta que en 1873 un tremendo incendio la devoró. La nueva sede quedó lista en 1875, inaugurándose con una selección de piezas operísticas y ballet. 

El fantasma sin rostro
El fantasma no intervino aunque motivos no le faltaron, ya que el fatuo sobrino de Bonaparte se empeñó en abrir un bulevar que uniera el nuevo teatro con el Palacio de las Tullerías y miles de personas fueron expropiadas para ello. La justicia poética quiso que el emperador no llegara a verlo terminado al tener que exiliarse en Inglaterra, al igual que el arquitecto se vio obligado a pagarse de su bolsillo la entrada para la inauguración, al ser postergado por el nuevo régimen. Antes, los prusianos pudieron haberlo reducido a escombros si llegan a entrar en París.

Con sus once mil metros cuadrados, la Ópera Garnier no es tan grande como su predecesora pero sigue siendo un foro impresionante, con capacidad para dos mil doscientos espectadores y un escenario donde cabe casi medio millar de actores simultáneamente. Pero no es el tamaño lo realmente impresionante sino su belleza decorativa: mármoles, dorados, estatuas, mosaicos, relieves, molduras, multitud de lámparas que le confieren una extraña iluminación... Baste decir que se requirieron los servicios de una docena de pintores y más de setenta escultores, algo que se aprecia incluso a distancia (el bulevar no tiene árboles precisamente por eso), con las figuras doradas de las dos famas que hizo Gumery, la Armonía y la Poesía, destacando en los extremos de la cornisa, a cada lado de la cúpula.

La Gran Escalera

Todo ello resplandece de forma especial en tres espacios, a cual más espectacular. El primero es la nave donde se encuentra la Gran Escalera, concebida como un auténtico escenario, cuenta con balcones y balaustradas  que alternan mármol blanco, verde y rosa; la escalinata, en forma de Y, tiene a su pie la entrada a la orquesta. El segundo es el auditorio, donde el contraste del dorado de palcos y pilares con el rojo del terciopelo de cortinas y tapicerías ambienta perfectamente; claro que ahí el protagonismo absoluto es para el techo, con una cúpula pintada por Marc Chagall en 1964 y una colosal araña de cristal colgante que pesa seis toneladas. El tercero es el foyer, la zona de paso, cuya amplitud se incrementa con el efecto que causan ventanales y espejos, y de una bellezarematada con los mosaicos policromados de la bóveda que realizó el artista Paul Baudry usando motivos musicales (también se ven en la fachada, donde bustos de compositores se alternan en los huecos entre cada columna).

La cúpula pintada por Chagall

Lo cierto es que hay más rincones atractivos que hacen que la visita se prolongue durante hora y media: la Sala de los Abonados (una estancia columnada y con espejos), el Salón del Glaciar (una rotonda que en realidad es posterior), el Foyer de la Danse (usado para ensayos de ballet)... Lamentablemente entre los sitios visitables no figuran, al menos cuando fui yo, las entrañas del teatro, los recovecos subterráneos tras la tramoya que, según la novela de Leroux, conectaban con el sistema de alcantarillado y constituían el escondite del fantasma. Así que no tuvimos ocasión de conocernos. Tampoco estaba ya Christine Daaé; será por eso.

Fotos: JAF y Marta B.L.

miércoles, 11 de enero de 2017

Balcones peruanos



Perú es un país tan grande y tan lleno de atractivos turísticos - de ésos que suelen ponerse en la lista de cosas que habrá que visitar alguna vez en la vida-, que la atención del viajero suele centrarse en los lugares emblemáticos que aparecen en todas partes como símbolos iconográficos; a saber, Machu Picchu, Cuzco, el lago Titicaca, las Líneas de Nazca, las huacas del Sol y la Luna, el Valle Sagrado, el Cañón del Colca, la selva amazónica incluso... Podría estar así hasta mañana y seguramente nadie echaría de menos que citase otros elementos que quizá no son tan espectaculares o tan representativos como esas ruinas prehispánicas o esos espléndidos paisajes que acabo de citar. 

Pero tengo claro que uno de ellos adopta la tan, a priori, vulgar forma de balcón. Le sonará raro a más de uno pero los balcones peruanos  de tradición española constituyen una manifestación artístico-arquitectónica muy característica de la época virreinal y, si uno se fija cuando pasea por los cascos coloniales de las principales ciudades, descubrirá la belleza silenciosa y discreta, pero elegante y preciosista, de esos enormes ventanales dotados de superestructuras exteriores de madera bellamente tallada o barrotes de hierro forjado que parecen más una recreación decorativa que un sistema de protección.


El Arzobispado de Trujillo
Se pueden contemplar en sitios como Trujillo, Puno, Ayacucho y Huancavélica, pero sin duda el lugar más representativo es la capital, Lima. Los balcones más característicos, cerrados para afrontar la sempiterna garúa, aprovechaban lo económica que resultaba la madera en otros tiempos para cerrar ventanales y, de paso, adornar las fachadas haciendo notar la importancia de sus inquilinos en proporción a la riqueza decorativa que presentaran sus relieves y molduras. Ese tipo de balcón se llama "de cajón" y empezó a generalizarse a partir del último tercio del siglo XVI en sustitución de las clásicas celosías, llegando a convertirse en algo tan ligado a la idiosincrasia de la capital que en algunos inmuebles hasta se construían interiores, como si formaran insólita parte del mobiliario del hogar.

De origen árabe -muchas medinas históricas de países musulmanes conservan bellos ejemplos-, el concepto fue trasladado a los países europeos mediterráneos que recibieron el influjo islámico, como Grecia, Italia y, sobre todo, la Península ibérica, de donde saltaron a Canarias primero y a América después. Curiosamente, el reino de Castilla prohibió los balcones de cajón a partir del siglo XV y cien años más tarde se convertían en un elemento especial del arte decorativo colonial, haciéndose tan criollos como los habitantes.

El Palacio Municipal de Lima
En las viviendas y edificios públicos solían situarse en la fachada principal, al principio recorriéndola de lado a lado de forma corrida como una gran galería, de manera que parececían calles en el aire, y a partir del siglo XVII tendiendo a individualizarse como si fueran cajones colgados, de ahí su denominación. Unos se integraban en la línea vertical del edificio sin rebasarla (rasos, se los llama), pero la mayoría sobresalían de forma considerable, apoyados en antepechos balaustrados, y presentando dos variantes: los abiertos, que sólo tenían la barandilla (con una submodalidad en la que están cubiertos por un tejadillo, a veces sostenidos por estilizadas columnas), y los que eran un auténtico cajón, cerrados con cristalera y una cubierta, en ocasiones incluso con postigos o celosías.
La Casa de Bracamonte, Trujillo

Balcones rasos son los de la limeña Casa de las Trece Puertas, por ejemplo, un edificio el siglo XVI que perteneció a la Inquisición y que a mediados del XIX fue sometido a una reforma que le otorgó el estilo neoclásico que presenta actualmente. Abiertos especialmente interesantes, los de la Casa Agua Viva, que es dieciochesca y hoy acoge un restaurante regentado por monjas. Un balcón de cajón corrido a destacar es el de la Casa del Oidor (también del siglo XVIII), que además resulta doblemente interesante porque recorre toda la fachada y al llegar a la esquina la dobla, continuando por el muro lateral. Otro igual de curioso es el de la trujillana Casa de Vallejo, también corrido pero abierto.

Casa de Vallejo, Trujillo

Y si hay que distinguir especialmente un caso de cajón individualizado, sería difícil elegir entre el Palacio de Torre-Tagle o el Palacio Arzobispal, ambos en la capital, con unas piezas magníficas adornadas con preciosas tallas en maderas nobles; el primero es de época virreinal y presenta decoración mudéjar, mientras que el segundo es decimonónico y neobarroco, de inspiración andaluza. Son auténticas perlas de carpintería, una mínima reseña de todos los ejemplares que hay en las ciudades peruanas y que, no obstante, apenas constituyen un pequeño resto de lo que hubo una vez y poco a poco fue siendo derruido por la furia implacable de la actividad sísmica.

El Palacio Arzobispal de Lima

lunes, 26 de diciembre de 2016

El Cid y el Monasterio de San Pedro de Cardeña


Héroe castellano, modelo de caballero medieval, mercenario de ocasión, señor de la guerra más poderoso que muchos reyes, personaje admirado dentro aquí y en el extranjero, protagonista de la mejor película rodada por Samuel Bronston en España, alma del mejor poema épico de nuestra literatura... Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador que en buena hora ciñó espada, es todo esto y más. Venció en todas sus batallas, ganó duelos, se enriqueció con la espada, sirvió a otros hasta que decidió hacerlo a sí mismo, fue siempre fiel a su palabra y pudo haberse autocoronado monarca de Valencia por sus propios méritos si así lo hubiera deseado. Como decía el Cantar, qué gran vasallo si tuviera buen señor.



Si hay un sitio donde se respiran aires cidianos es la provincia de Burgos. Allí, en pleno centro, se encuentra Vivar, el pueblo donde la tradición -que no las pruebas documentales, inexistentes- sitúa su nacimiento y donde el Campeador tenía propiedades, como queda reflejado en la carta de arras firmada con su esposa Jimena. Vivar, que hoy en día ha añadido a su nombre la coletilla del Cid para que no haya dudas, es una minúscula localidad de unos pocos cientos de habitantes, sobria y tranquila, incorporada al llamado Camino del Cid, un itinerario turístico-histórico interprovincial que recorre los lugares por donde transcurría la ruta que el personaje siguió en su destierro.

Mapa de la Ruta del Destierro (imagen: Camino del Cid)


La primera parada de ese trayecto sería el Monasterio de San Pedro de Cardeña, un cenobio benedictino (hoy trapense) situado a diez kilómetros de la capital burgalesa que fue fundado por donación nobiliaria y privilegio real (de Alfonso III el Magno) a caballo entre los siglos IX y X, aunque quizá sobre un precedente de época visigoda y teniendo en cuenta que sólo empezó a prosperar gracias al interés del conde Fernán González. Famoso por la discutida leyenda de los Mártires de Cardeña, dos centenares de monjes que durante una aceifa musulmana se dejaron matar antes que convertirse al Islam allá por el año 872, el monasterio tuvo cierta relación con Rodrigo Díaz, quien le hizo entrega de varias donaciones y, según cuenta el Cantar, dejó allí hospedadas a su mujer y sus dos hijas antes de partir al destierro en el año 1081; cosa dudosa si se tiene en cuenta que el rey Alfonso VI le desterró exclusivamente a él y le permitió conservar sus posesiones, con lo que la familia podría seguir viviendo en ellas tranquilamente. 

La fachada principal con su decoración barroca

El Monasterio de San Pedro de Cardeña tendría por sí mismo interés sobrado para una visita, ya que su célebre Scriptorium Caradignense alumbró una serie de obras extraordinarias, caso de la llamada Biblia de Burgos o el Beato de Cardeña, entre otros. Asimismo, el edificio destila una belleza especial, con un claustro románico de inspiración arabizante y la maciza Torre Cidiana, un campanario también románico que fue donde, cuentan, se alojaron Jimena, Elvira y Sol.

La iglesia abacial
Ahora bien, el verdadero atractivo para muchos está en los espacios relacionados con el Campeador, empezando por la iglesia, que se construyó en el siglo XVI sobre la original medieval, presentando una peculiar fachada barroca y, en el interior, tres naves con varias capillas, una de las cuales lleva el nombre del Cid porque acogió su tumba antes de que ésta fuera trasladada a su ubicación actual en la Catedral de Burgos. Lo paradójico del caso es que la inhumación original si había sido en la Catedral pero los restos se llevaron al cenobio cuando Jimena tuvo que dejar Valencia y regresar a Castilla. En Cardeña, el cuerpo del Rodrigo Díaz se embalsamó y colocó sentado en un escaño de marfil colocado en el presbiterio, como si permanecera vivo para siempre, un poco continuando la leyenda de aquella batalla que ganó a los almorávides después de muerto, atado sobre el caballo. El cuerpo de Jimena descansaba a sus pies. No obstante, el paso del tiempo deterioró la momia y obligó a darle sepultura.

Los sarcófagos de Rodrigo y Jimena en el Panteón del Cid (foto: Monasterio de San Pedro de Cardueña)

Otro rincón destacado es la capilla que se abre a la derecha del templo. Es dieciochesca y sirve de panteón real, definiéndose a menudo como una versión a pequeña escala del Escorial. Y es que allí yace una treintena de personajes de la realeza, la nobleza y la familia del Cid, entre ellos sus hijos; también estuvieron los restos del cid durante un tiempo, de ahí que se la conozca como Panteón del Cid. Sin embargo, la tumba más famosa no está en ese panteón ni acoge a una persona: una estela de piedra enclavada frente a la fachada principal, a la izquierda del aparcamiento y bajo la sombra de dos olmos, marca el punto donde la tradición dice que fue sepultado el cadáver de Babieca, el legendario caballo que acompañó a Rodrigo en tantas aventuras. Lamentablemente, la cosa no parece pasar de leyenda porque en 1948 se excavó para exhumar los restos y no se encontraron.

El Cid y Babieca por el pintor Cándido Pérez

Leyenda... Lo cierto es que esa palabra envuelve al monasterio casi de continuo, sucediéndose un mito tras otro: desde el color rojo que adquiría la hierba del claustro en cada aniversario de la muerte de los mártires a la historia del judío que se convirtió al cristianismo tras el susto que se llevó al intentar mesarle la barba a la momia del Cid y despertarla, pasando por los milagros que la devoción popular atribuye a la intercesión del Campeador y que le convierten en un personaje semidivino, algo convenientemente fomentado en otros tiempos para atraer peregrinos. Éstos han sido sustituidos hoy por turistas y curiosos. En fin, dejo que sea Per Abbat el que termine: "¡Dios, que buen vassalo! ¿Si oviese buen señor! (...) a todos alcança ondra/por el que en buena hora naçio".

Fotos: JAF

martes, 13 de diciembre de 2016

La Praga de Tycho Brahe, el astrónomo de la nariz de oro

Sólo hubo un hombre de la pistola de oro; se llamaba Francisco Scaramanga, era español (catalán, para más señas) y se ganaba la vida como caro, frío e implacable asesino a sueldo con su pistola fabricada de ese metal precioso y escondiéndose en su propia isla exótica, hasta que James Bond acabó con él. En cambio ha habido más de uno con la nariz de oro, no tan sugestivo como el personaje encarnado Christopher Lee, claro, pero sí más histórico. Un ejemplo fue Justiniano II, emperador de Bizancio, déspota y cruel, que fue depuesto por una insurrección cuyos líderes le cercenaron el apéndice nasal antes de desterrarle, en la creencia -ingenua, como verían- de que no se atrevería a intentar retomar el poder con esa pinta. Otro no tuvo tanta importancia política pero sí científica: me refiero al astrónomo Tycho Brahe, que era danés de nacimiento pero pasó la etapa final de su vida en Praga, motivo de este artículo.

Después de la visita al Castillo de Praga, inevitable en cualquier estancia turística en la ciudad, es recomendable darse un paseo por ese laberinto de callejuelas solitarias que se enredan en torno a la colina Hradcany. En una de ellas, Nový Svět, situada detrás del Santuario de Loreto y del Monasterio de Strahov, donde el empedrado del pavimento parece conjugarse perfectamente con el arbolado y la ausencia de coches, se encuentra la casa donde Tycho Brahe vivió sus últimos años. No hay que esperar un palacete de los muchos que se suceden por la capital de la República Checa; de hecho, se trata de una vivienda bastante modesta, ante la que uno pasaría de largo sin fijarse especialmente mientras mueve los ojos en busca del siguiente muro blasonado, de no ser por una pequeña placa indicativa.

La sencilla casa de Tycho Brahe en Praga (Foto: JAF)

Brahe nacio en el Castillo de Knudstrup en 1546 y su verdadero nombre era Tyge Ottesen (Tycho es una versión latinizada) de familia noble ya que su padre, Otte Brahe, era consejero real. El joven Tycho ingresó en la Universidad de Copenhague, donde estudió matemáticas y, sobre todo, astronomía, que era su verdadera pasión desde que vio a un profesor predecir un eclipse de sol. De hecho, se trasladó a Leipzig para continuar su formación con Leyes, pero la vocación por los cuerpos celestes era ya irreversible y con la herencia que recibió de su tío pudo dedicarse a ello plenamente, completando sus conocimientos en otras universidades como las de Wittenberg y Rostock, de las que salió también versado en medicina, -decisiva en su óbito como veremos-, alquimia y astrología, disciplinas que por entonces se consideraban  científicas.

Retrato de juventud
Su aportación a la astronomía fue abundante y meritoria, teniendo en cuenta que en esa primera época el telescopio aún no se había inventado y las observaciones se hacían a ojo; en ese sentido, Tycho se ayudaba de un enorme cuadrante de seis metros construido por él mismo y al que luego añadió otros instrumentos de su invención. Entre unos y otros, descubrió una supernova en la constelación de Casiopea, concluyó que las estrellas se movían, mejoró la medición del desplazamiento de los planetas, propuso un nuevo sistema astronómico que combinaba el ptolemaico con el copernicano y demostró que la ruta de los cometas era elíptica y no circular. También se percató antes que nadie de la refracción de la luz.

La mayor parte de esos trabajos los hizo en diversas ciudades europeas en que residió. De hecho, cuando se estableció en Praga en 1599 contaba ya cincuenta y tres años, y su momento había pasado, entregándole el testigo a un joven profesor de matemáticas de Graz que practicaba astronomía para sacarse un dinero extra y con el que no tuvo buen comienzo porque enseguida percibió que era un genio. Aquel hombre, al que sin embargo convirtió en su ayudante y albacea científico, se llamaba Johannes Kepler y fue él mismo quien narró cómo fueron los últimos momentos de su mentor. Bastante patéticos por cierto, pues a Tycho le habían entrado las ganas de ir al servicio durante un banquete y para no faltar a la etiqueta se aguantó hasta que la cosa desembocó en lo que los médicos actuales identifican con una uremia, aunque una autopsia de sus restos mortales realizada en 1999 reveló alto contenido en mercurio, seguramente de los fármacos que se autoadministraba como médico para tratar sus problemas urinarios. Tras varios días de delirante agonía, recobró la lucidez durante un rato y murió el 24 de octubre de 1601.

Iglesia de Nª Sª de Tyn (Foto JAF)
Quien quiera seguir el rastro de Tycho por Praga, en este caso el rastro fúnebre, no tendrá problema porque le llevará hasta un sitio muy turístico y frecuentado: la plaza Staromestské námestí, donde se alza la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn. Inconfundible por los agudos chapiteles negros de sus torres góticas, es un templo de mediados del siglo XIII construido sobre otro románico previo y en cuyo interior se encuentra el sepulcro del astrónomo junto a un relieve de su figura. Al astronomo le enterraron con la nariz de oro que tuvo que usar tras perder la auténtica en un duelo con Manderup Parsberg, estudiante como él: como he comentado, Tycho no era de trato fácil y tras dos días de bronca por una cuestión matemática ambos decidieron solventar la cuestión con sus espadas; una estocada hizo que a partir de entonces -y sólo tenía veinte años- se viera obligado cubrir la mutilación con una prótesis que adhería al rostro con una especie de pegamento.

Recreación del duelo para un documental. Foto: DR.DK

Así que todo lo que rodeaba a aquel hombre era digno de una película de David Lynch. Porque aparte de su insólita nariz y de su grotesco fallecimiento, parece ser que tenía un alce como mascota, creía que un enano que usaba como bufón poseía poderes sobrenaturales y encima nunca quiso casarse con la madre de sus hijos, algo especialmente curioso si tenemos en cuenta que engendró ocho. Para rematar el tema, mediante artes cabalísticas, Tycho fue capaz de calcular la fecha de la muerte de su protector, Rodolfo II, anunciándole que el óbito le llegaría tras el de su león; el emperador tenía un ejemplar en su zoo particular que, en efecto se fue de este mundo apenas unos días antes que él. En fin, que no cabe sino darle la razón a tan singular personaje en lo que fueron sus últimas palabras antes de que el mercurio hiciera su trabajo: «Ne frustra vixisse videar» («Quizá no he vivido en vano»).

Tumba de Tycho Brahe (Foto: Radio Praga)

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