domingo, 14 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (V)


Tras haber olvidado su dinero en el hotel de Bangkok, Kuakman se encuentra en Vietnam con unos medios económicos muy limitados. ¿Podrá salir adelante?

Empecé mi visita a Hanoi con un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón; tan grande que era como llevar un ladrillo y parecía estar anunciándome ante todo el hampa de la capital vietnamita, a pesar de que, al cambio, apenas rondaba los cincuenta euros.

Pero de momento todo iba bien. Disfruté de la gastronomía local, ésa que dice que se puede comer todo lo que tenga patas menos las mesas y todo lo que vuele menos los aviones, y decidí visitar un parque nacional cercano que había visto en el National Geographic. Para ello contraté una moto taxi, o sea, uno de los miles de motoristas que alquilan sus servicios -sentándote tras él-, para que me llevase a la estación.

Acordamos un precio pero, frente al cuento que lees en las guías (que si hay que respetarlo, que si el honor y tal), pasó lo de siempre: el tipo se hizo el tonto y en vez de llevarme a la estación de autobuses me llevó a la de tren. Le aclaré de nuevo mi destino y esta vez me llevó bien, aunque dando un rodeo tal que podría comercializarlo como Hanoi Tour. Y, claro, al llegar pasó lo que iba imaginando todo el trayecto: el listillo me pidió tres veces más. Como me negué (podría decir que por una cuestión de principios pero en realidad porque no me sobraba el dinero, para qué mentir), iniciamos una discusión que fue in crescendo.

En realidad el importe era escasísimo pero yo ya había asignado un gasto máximo de diez dólares diarios y no quería empezar saltándomelo, así que allí estábamos, intercambiando gritos y aspavientos, cuando me percaté de que nos iban rodeando otros motoristas. Montones de ellos surgían de todas las calles y recodos; hasta parecían salir de las alcantarillas, creándome la angustiosa sensación de estar protagonizando una escena de The walking dead. Total, que como no merece la pena que te devoren los intestinos por cuatro perras y además no había llevado mi ballesta, me dí por vencido y pagué, largándome sin mirar atrás.

Ya en la estación, descubrí que lo que yo consideraba mi fluido idioma vietnamita, ensayado incansablemente en España antes de emprender viaje, no era tan bueno. De hecho, fui incapaz de hacerme entender por la taquillera, una anciana con toda la pinta de ser una indigente colocada allí por el plan de empleo municipal y que no entendía una sola palabra de lo que le decía (y yo a ella tampoco, por supuesto). Eso de que los nativos agradecen que intentes hablarles en su idioma es más falso que un duro de chocolate; seguro que aquélla hubiera preferido que se lo llevase escrito y con buena letra.


El caso es que, al final, no sé cómo, me dio un billete y subí al autobús correspondiente, feliz por haber conseguido establecer comunicación. A bordo, mientras esperaba la hora de salir, fue donde me di cuenta de que no, que ni hablar del peluquín. No era normal que a un parque cercano viajara tanta gente con maletas, cestas de verduras, sacos de fruta, gallinas y demás. Hasta los turistas llevaban varios bultos de equipaje. Así que empecé a sospechar que la maldita taquillera me había dado un pasaje a lo primero que se le ocurrió para quitarme de en medio.

Una de dos, o me arriesgaba o intentaba preguntarle a alguien. Alguien que no fuera vietnamita, evidentemente. Como hablaban a gritos, imaginé que unas pasajeras eran españolas y me dirigí a ellas. Lo eran, en efecto, y me explicaron que ese bus se dirigía al norte del país; es más, ellas iban a visitar nosequé tribu de una región aislada. Les di las gracias y bajé rápidamente. ¡Como para desplazarme trescientos kilómetros con mi presupuesto!

Así tuve que poner fin al programa previsto para la jornada. Mi plan alternativo fue doble. Primero, visitar la oficina de la aerolínea con la que tenía vuelo interno, descubriendo ¡albricias! que aceptaban pagos con tarjeta (con lo que podía dedicar mi fajo de billetes a los gastos diarios). Después, recorrí Hanoi. 

Y, al día siguiente, me desplacé a Hué, donde, para variar, tuve una apurada pero a la vez agradable experiencia: estaba tan a gusto en un monasterio, obviamente no cristiano sino budista, que, una vez más, se me fue el tiempo sin enterarme y me quedé encerrado, aunque por poco tiempo porque enseguida me echaron. De todas formas, el viaje parecía empezar a discurrir por senderos más plácidos. O eso creía.
No hagan mucho caso de los augurios de Kuakman. Verán cómo en próximos posts vuelve a meterse en camisa de once varas.
Foto 1: McKay Savage en Wikimedia
Foto 2: Hoangvantoanajc en Wikimedia

domingo, 7 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (IV)



Nuevo capítulo del viaje a Tailandia de Toni Kuakman. Olvidando todo su dinero en el hotel de Bangkok, embarca para Hanoi con telarañas en los bolsillos.
Pese a la concatenación de despropósitos que llevaba acumulada en los dos primeros días de viaje y que auguraba unas vacaciones acostumbradamente temibles, alguna cosa sí salió bien. Por ejemplo, el haber reservado previamente el traslado desde el aeropuerto de Hanoi al hotel, lo que me permitió ahorrar el poco dinero en metálico que llevaba.
Así, pude relajarme un poco durante el trayecto e ir contemplando desde la ventanilla del coche un país que parecía haberme hecho viajar en el tiempo a los años cincuenta. Primero el campo, que era de postal: los arrozales infinitos, los campesinos con sus sombreros cónicos, los búfalos metidos en el agua... Luego, la ciudad: los horribles edificios comunistas, las casas de tres pisos inacabadas y separadas entre sí, la ausencia de coches...
Como llegué muy temprano al hotel y tenían que preparar la habitación, dejé el equipaje en el sofá de recepción y mostré a la encargada mi tarjeta para preguntarle dónde habría un cajero automático. Me lo marcó a rotulador en un plano, dándome a entender que estaba muy cerca. Estupendo, pensé; la cosa no será tan grave como parecía.
Pero cuando salí y caminé y caminé sin encontrarlo, algo me dijo que hay cosas que nunca cambiarán. Di vueltas y más vueltas sin resultado, a pesar de que seguía escrupulosamente las indicaciones plano en mano. Viendo que era inútil y que me estaba poniendo más amarillo que la piel de los propios vietnamitas, opté por preguntar a algún transeúnte, resultando peor el remedio que la enfermedad: nadie entendía una palabra de lo que decía y cuando blandía la tarjeta para hacer más compresible mi pregunta, todos salían corriendo como si les persiguiera el diablo.
Daba igual su edad o sexo. O no habían visto nunca una tarjeta o pensaban que un capitalista decadente intentaba corromperles. Y no sean listillos; si no dejé la idea del cajero por ir directamente a un banco se debía a que era sábado por la tarde y estaba cerrado. Tenía que pasar: para un par de días que iba a estar en Hanoi escaso de dinero en metálico, caían en fin de semana.
Prototipo de cajero vietnamita
Total, que al cabo de una hora sembrando el pánico por la capital decidí regresar al hotel. Y de camino se me ocurrió una idea: ¿y si la recepcionista me había dado las indicaciones al revés? Así que en un intento postrero, como un Alcoyano que perdiera 5-0 en el minuto noventa y pidiera prórroga, seguí el plano a la inversa. ¡Et voilá! Allí estaba, a apenas dos minutos, como esperándome a mí precisamente. 
Corrí hasta él tal cual haría un viajero perdido en el desierto hacia un oasis, temeroso de que alguien se me adelantase y lo dejara sin fondos, para comprobar exultante que ¡sí! admitía mi tarjeta. Pulsé el código y salió un mensaje que nunca sabré si fue real o fruto de emoción: "Bienvenido al único cajero automático que hay en Hanoi y todo Vietnam". El caso es que, decidido a prevenir nuevos (y probables, admitámoslo) imponderables, desvalijé literalmente el depósito. Tengan en cuenta que, aparte de la estancia en el país durante una semana, debía pagar un vuelo interior.
Consecuentemente, salí del cajero con cientos de miles de dongs (la moneda local) rebosando por todos los bolsillos de mi vestuario. Parecía un mutante, con el cuerpo deformado por enormes tumores que, en realidad, eran fajos de billetes; tantos que dejarían mudo al mismísimo Tío Gilito. De esa guisa volví al hotel, tan satisfecho que incluso estaba dispuesto a perdonar la vida de la recepcionista. Sólo que, para calcular mi presupuesto, le pregunté cuánto dinero era al cambio y, tras contar aquella marea, me dijo que unos cincuenta dólares.
Subí a la habitación arrastrando los pies. Mi economía seguía en estado precario, se me había pasado la hora de un espectáculo de marionetas que me ofrecían con la reserva del hotel y, al deshacer la mochila, comprobé que alguien había robado los prismáticos, seguramente en recepción mientras buscaba el cajero. 
Un mal rollo se apoderó de mí, impidiéndome conciliar el sueño y sumiéndome en un estado depresivo del que no salí hasta que me di cuenta de que su causa no estaba en los acontecimientos vividos, que también, sino en los efectos secundarios de la pastilla contra la malaria, tal como me habían advertido otros usuarios. Entonces todo pasó y pude dormir.
En los brazos de Morfeo (o de Lariam), Kuakman coge fuerzas, pues, para afrontar los duros días venideros. Lo veremos en el próximo post.

domingo, 31 de agosto de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (III)


Recordemos que el inefable Kuakman vuelve a contarnos sus aventuras, esta vez en Tailandia y Vietnam. Tras un inicio de viaje accidentado en Londres, recala en Bangkok para pernoctar antes de tomar una conexión a Hanoi, decidiendo conocer la ambigua vida nocturna de la ciudad. Y a la mañana siguiente...

Hay un refrán de mi tierra que dice "El que va de romería se arrepiente al otro día". Pues tal cual, oigan. Me desperté repentinamente creyendo que todo iba bien porque soñaba que la Afrodita de la noche anterior -que resultó ser un hombre- se me lanzaba encima, cuando me dí cuenta de que había acostado sin poner el reloj. ¡Eran las ocho y mi vuelo salía a las diez!

Por suerte, me conocía lo suficiente como para prevenir mis propios despropósitos y, astutamente, no había deshecho la maleta la jornada anterior, así que sólo tuve que cogerla y pedir un taxi para el aeropuerto. Por supuesto, no todo iba a salir perfecto y los quince kilómetros hasta allí eran de continuo atasco, de tal manera que me ví obligado a ofrecerle una pasta gansa al conductor para que me llevase a tiempo. Pero como dice otro refrán, éste ya nacional, "Poderoso caballero es don Dinero". El coche voló y pude llegar a la terminal, facturar en el mostrador de Air France, pasar el control de seguridad y sentarme tranquilamente en la cafetería a tomar el merecido desayuno del que me había visto obligado a prescindir en el hotel.

Entonces, cuando me deleitaba taza en mano con el último sorbo, éste casi me sale disparado por la boca cual fontana cafetera con lo más horroroso que me podía venir a la cabeza en ese momento, y no hablo del ligue erróneo de anoche. ¡Se me había olvidado coger el fajo de billetes que escondiese en el rollo de papel higiénico de la habitación! Un terremoto de escala ochocientos, un tornado tamaño king size, un tsunami de los siete mares, me sacudió el cuerpo en tres dimensiones y sensurround.

Todo mi dinero estaba allí, tan magníficamente oculto que incluso yo me había ido sin acordarme de él. La maldita resaca. O la maldita mente, que había ideado un escondrijo perfecto. Como impulsado por un resorte, salí corriendo al mostrador de facturación, a ver si la encargada me dejaba salir y regresar al hotel. No fue fácil, con mi inglés de Kuakilandia y el suyo de nosesabedónde, y allí perdí tiempo y más tiempo intentando hacerme entender mientras las agujas del reloj de la terminal avanzaban implacablemente, como si cada minuto se anunciara con una implacable campanada.

La terminal de Bangkok
Al final aseguró no tener autoridad para ello y me remitió al personal de Air France, cuya oficina estaba en alguno de los pasillos del aeropuerto que normalmente no puede usar el público. Los recorrí ansiosamente descubriendo los despachos de incontables líneas aéreas que no había oído en mi vida, hasta que por fin encontré la de la compañía francesa... que estaba vacía, claro.

Ello se debía a que acababan de anunciar por megafonía el inicio del embarque de mi vuelo, así que decidí presentarme allí y explicar mi caso al personal. Corre que te corre durante diez minutos y entonces surgió otro obstáculo. La puerta para embarcar estaba al final de un pasillo en cuyos laterales se abrían diversas salas de espera para los diversos vuelos. Sólo que no se hallaba todo al mismo nivel y se comunicaban por una rampa y una cristalera, de manera que para hacerme ver y oir tuve que ponerme a saltar, gritar y aporrear como un mono enjaulado al que enseñan un plátano desde el otro lado.

Cuando por fin vieron a lo que debieron pensar que era un demente en plena crisis, pese a lo cual me hicieron señales de que podía pasar los muy osados, di la vuelta y subí la rampa a todo correr. Para entonces ya habían transcurrido otros diez minutos. Les narré mi problema y esa vez supe que me entendieron a la primera porque, aunque se giraban para disimular, estaban mondándose de risa. Lo más práctico, decían, sería llamar la hotel y contarlo. Claro, pensaba yo, salvo si tienes que explicar que escondiste tu dinero en un rollo de papel higiénico; así sería trending topic en las redes sociales locales de todo el sudeste asiático en cuestión de segundos, cosa que no me seducía precisamente.

No obstante, puesto en contacto con ellos, los del hotel dijeron que si decidía volver no tocarían la habitación y me dejarían entrar a coger el dinero. Pero apenas quedaban tres cuartos de hora para el despegue ¿Me daría tiempo? pregunté a los franceses. "Je ne sais pas". Pues qué bien.

Cambié de estrategia. De nuevo corrí -brinqué, volé- por los pasillos de la terminal hasta llegar otra vez al mostrador, donde le pregunté a la tailandesa anterior cuánto tardaría un taxi en ir al hotel y regresar. "Para mañana están previstas lluvias" contestó en macarrónico inglés confundiendo el tiempo cronológico con el metereológico mientras yo hacía un esfuerzo sobrehumano por no lanzarme sobre ella a estrangularla. Así pasaron otros diez minutos más.

A veces no se puede luchar contra el destino. Me había convertido en un Sísifo que no sólo tenía que empujar una roca cuesta arriba, sino que cuando ésta caía otra vez lo hacía incandescente y llena de pinchos. Así que tiré la toalla, retorné a la jaula de mono, digo a la cristalera, y volví a hacer las simiescas muecas. El personal de la aerolínea me permitió entrar y me contó que habían llamado otra vez al hotel: la señora de la limpieza había encontrado el dinero cuando hacía su trabajo y ahora estaba en manos del director, que se comprometía a guardarlo hasta mi regreso a Tailandia dentro de una semana.
No había tiempo para más. Subí al avión, donde yo era el único pasajero que faltaba, esbozando una falsa sonrisa de agradecimiento. Sí, el dinero estaba a salvo pero ¿qué iba a hacer una semana en Vietnam sin nada en el bolsillo?

Respuesta: no subestimen la capacidad de Kuakman para sobreponerse... y enredar aún más las cosas, como veremos en el próximo capítulo.

Foto 1: Robert Van der Steeg en Wikimedia
Foto 2: Gronico en Wikimedia

sábado, 16 de agosto de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (II)

Toni Kuakman se embarca en una nueva aventura: vacaciones en Tailandia y Vietnam con unos amigos. Tras un accidentado viaje con final insospechadamente feliz, llega a Bangkok, donde ha de hacer escala hacia Hanoi.

Como decía la última vez, me instalé en el mismo hotel donde habría de encontrarme con mis amigos en una semana. Lo lógico hubiera sido echar un sueño para, por la mañana, despertar sin problemas y tomar el avión que me llevaría a Hanoi. Pero me dio por poner la tele y ver un vídeo promocional del establecimiento, explicando que estaba en pleno centro urbano y rodeado de numerosas atracciones nocturnas. Me pudo la tentación y decidí dar una vuelta.

Eso sí, también advertían contra los robos en las habitaciones, así que tenía que dejar mi dinero a buen recaudo. Lo normal hubiera sido guardarlo en la caja fuerte de recepción pero si las cosas fueran normales no habría nada que contar. Como sólo pensaba salir un rato, busqué escondrijos a mi alrededor. Descartadas por obvias la maleta y bajo la almohada, tuve una idea genial que no se le ocurriría a ningún ladrón, entre otras cosas porque los ladrones no suelen estar mal de la cabeza: metí el fajo de billetes en un rollo de papel higiénico. ¿Qué caco tendría la desfachatez de usar el retrete del sitio donde roba, eh?

Henchido de orgullo por mi genialidad, bajé al vestíbulo, donde me hice amigo de una pareja española y nos fuimos juntos a cenar, pues resulta que ella era una experta en cocina tailandesa y se mostró dispuesta a explicarme los secretos de la gastronomía local. Luego nos acercamos a un mercado nocturno de artesanía, tan lleno de gente como los bares donde paramos a tomar unas copas y que estaban animados por grupos que tocaban en vivo. Así, entre la música, el gentío y el alcohol -fue cayendo una cerveza tras otra- me percaté de la presencia de un grupo de chicas fascinantemente guapas y estilosas.


Tan elegantes y bellas eran que parecían de otro mundo, inalcanzables para un simple mortal. Por eso, cuando una me sonrió abiertamente, no pude evitar mirar a mi alrededor, no fuera a hacer el ridículo contestándole en plan Alfredo Landa y luego resultase que el objeto de su atención sería otro. Pero no, era a mí a quien atendía aquella diosa, acallando el ruido en mis oídos, volviendo mi realidad a cámara lenta y transformando la murga del show en una música celestial.

Así que ya me disponía a acercarme en plan Bogart cuando de pronto empecé a percibir detalles discordantes. La desconocía tenía una nuez más grande que el carpintero de mi pueblo y sus dedos agarraban la copa como lo haría el Estrangulador de Boston con el cuello de una víctima. Tenía que pasar, claro. Resultó que la beldad ¡era un hombre! Como en Con faldas y a lo loco pero sin la gracia de Joe E. Brown al final. Y todas sus compañeras también eran de sexo masculino.

Sonó la alarma interior y mi reloj mental me indicó que era la hora de volver al hotel. Me despedí de la pareja española y salí casi corriendo, echando miradas furtivas hacia atrás por si me seguía aquella versión oriental de Conchita Wurst.

Kuakman se salvó por los pelos pero no desesperen. En el próximo post verán que es capaz de complicarse aún la vida, para nuestro solaz.

Foto 1: Mathias Krumbholz en Wikimedia

Foto 2: bangkok.com

domingo, 10 de agosto de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (I)

Lo prometido es deuda. El inefable Toni Kuakman ha vuelto a las andadas, esta vez por Asia, y me he dejado un relato de sus tribulaciones, tan inauditas como las anteriores de Brasil. Leer para creer, como siempre.

Harto de conocer, verano tras verano, rincones de la costa española tan glamourosos como Salou, San Juan de Alicante, Benalmádena o Benidorm, un año propuse a mis amigos viajar a Tailandia. Años atrás todos hubiesen aceptado ciegamente, dispuestos a lanzarse al periplo casi sin pensarlo; pero ya teníamos una edad y, lo que es peor, algunos incluso novia. No es que sean cosas malas en sí, pero si la primera empieza a pesar y la otra es pesada directamente, se comprenderá que surgieran problemas. Así que, aún cuando ya estaba todo planificado, más de uno renunció a la aventura, sospecho que por prohibición tajante de su partenaire

Fuimos tres los que nos animamos, aunque mis compañeros sólo tenían una semana disponible. Dado que no me apetecía viajar al otro extremo del mundo para tan poco tiempo, decidí que yo iría antes a Vietnam y luego nos encontraríamos en Bangkok. Fácil, en pleno siglo XXI ¿no? Pues no, como verán.
 
Pero, en vez de adelantar acontecimientos, empecemos por mis tradicionales problemas aéreos. Resulta que en Londres, de donde partía el vuelo de British Airways, inició el embarque todo el mundo menos yo; un problema con el billete me obligó a esperar mientras la sala de espera se iba vaciando y nadie me explicaba qué pasaba. Al cabo de un rato sólo quedábamos yo y otra decena de personas que también tenían problemas no identificados. Sólo que uno tras otro los fueron llamando hasta que únicamente quedó el pobre Kuakman en medio de la desolación, rodeado de butacas vacías y dos azafatas en la puerta cuchicheando y mirándome de reojo. Los sudores fríos que bajaban por el cuello se me congelaban de pensar que tendría que esperar otro vuelo y perdería mi conexión a Hanoi en Bangkok.

Pero no todo en mis vacaciones son desgracias, aunque en principio lo parezcan. Verán, finalmente me llamaron y la encargada cogió mi billete, rompiéndolo en pedazos delante de mí. Empezaba a pellizcarme para saber que aquello no era una pesadilla cuando ella esbozó una sonrisa profidén y me entregó un nuevo billete ¡en Business!  
El Shangri-La de Toni Kuakman
Creo que subí al avión dando saltos, como un gnomo. Aunque he de decir que viajar en Primera fue un tanto decepcionante: no coincidí con ninguna top model, ningún deportista de élite ni ninguna estrella del cine. Por contra, a mi derecha había un gordo descomunal con tirantes y a mi izquierda una chica algo desaliñada y con pinta de estar un tanto ida, ya que de vez en cuando me dedicaba sonrisas bobas (o sea, que igual sí era una celebritie). Quizá pensaba que yo era un joven neomillonario cuando me limitaba a ser un pringado repescado del ovebooking. No la saqué de dudas, por supuesto.

Lo cierto es que aquella Business era un tanto pintoresca. También había un tipo rapado al cero con tatuajes hasta en el blanco de los ojos y una viejecita centenaria con pinta de protagonizar una nueva versión de No sin mi hija, sustituyendo hija por gata. ¿Cómo sería la clase Turista entonces? Me entretuve en pensarlo hedonísticamente acomodado en mi asiento-cama de respaldo totalmente abatible, eligiendo platos de Maxim's y degustando una copa de Möet-Chandon. Je, je, tenía que decirlo.

La gran trampa de la Primera clase está en que duermes casi todo el tiempo y no te enteras de nada, así que no la disfrutas plenamente. Pero llegué a Tailandia, que de eso se trataba. Tenía que pernoctar allí para tomar otro vuelo al día siguiente hacia Hanoi, así que me alojé en el mismo hotel donde habría de quedar con mis amigos una semana más tarde. Quedé en que les llamaría el día antes a las diez de la noche para confirmar mi hora de llegada desde Vietnam, así que debían estar a esa hora en la habitación. Eso era importante y se lo repetí varias veces para dejarlo claro. Ahora sí, ya pueden empezar sus primeras risas.

Y tanto, como verán en el próximo post de Kuakman en el sudeste asiático.

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