lunes, 8 de mayo de 2017

Casa Batlló, la guarida del dragón


Sea como una reacción de prevención instintiva hacia serpientes y cocodrilos en sociedades primitivas, sea como explicación para las osamentas fósiles que se encontraban en otros tiempos, el dragón hizo fortuna como criatura mitológica y además aparece en casi todo el mundo con una apariencia similar, aunque en Europa revistiese un carácter terrible y amenazador mientras que en Asia era benévolo y símbolo de buena fortuna.  Su descripción como una especie de reptil gigante con alas también es común, al igual que lo es asimismo su misión como guardián de algo. Además, la vinculación a la leyenda de San Jorge le otorga un carácter metafórico: el triunfo del caballero es el de la Fe sobre el Demonio y el pecado. Pero siendo este santo patrón de Barcelona (en realidad de muchísimos sitios más, tanto de España como del resto del mundo, pero es el que me interesa hoy) y estando la ciudad llena de dragones por todas partes, probablemente el icono dragontino por excelencia sea el que reposa sobre el tejado de la Casa Batlló, aun cuando sus formas no sean muy definidas (lo que, dicho sea de paso, lo hace más sugestivo).



Visité la casa Batlló en 2006, atraído, entre otras cosas, por la idea de cabalgar al dragón instalado en la azotea. Ya sé que eso de cabalgar al dragón suena un poco lisérgico pero ante la imposibilidad de conocer personalmente a Smaug, Haku, Falkor, Draco, Nidhogg, Drogon, Viserion o Rhaegal, ví la ocasión allí; uno no puede sustraerse al nombre que tiene y además era el mes de abril, el de la onomástica de la rosa y el libro. Pagué la entrada, cuyo precio se las trae, y entré audioguía en mano (o en oreja, para ser exactos). La casa Batlló es una de las que integran la Isla de la discordia, una manzana que debe su nombre a que en ella se junta pared con pared con la Casa Amatller y donde a continuación está además la Casa Lleó Morera, es decir, un trío de obras maestras de los tres grandes representantes de la arquitectura modernista: Antonio Gaudí, Josep Puig i Cadafalch y Lluís Domenech i Montaner. Las tres embellecen el Paseo de Gracia y encima tienen enfrente otra maravilla más, la Casa Milá.

El empresario Josep Batlló i Casanovas había comprado el inmueble en 1903 y, trocando su inicial idea de demolerlo por la de una reforma integral, encargó el proyecto a Gaudí, quien en un alarde de multifacetismo se ocupaba simultáneamente de la construcción de la Sagrada Familia, el Parque Güell y un par de cosas más; no en vano era ya un personaje de prestigio. A pesar de tanto trabajo, el resultado fue espectacular en todos los casos, bien es verdad que contando con un equipo de arquitectos ayudantes de su escuela. Fiel a su costumbre, Gaudí hizo un retoque tras otro a sus propios diseños, quitando unas cosas aquí y añadiendo otras allá. Entre esto y los problemas burocráticos derivados de haber iniciado las obras sin licencia, el trabajo no estuvo terminado hasta finales de 1912 ¡Si llegan a saber que setenta y dos años después formaría parte del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO..!

De la casa original, concebida por Emil Casanovas en 1875, se conservaron elementos porque la reforma se centró, sobre todo, en la fachada, el patio, la azotea y el piso principal (donde, por cierto, residía Batlló). La primera es probablemente la parte más icónica gracias a los inconfundibles balcones en forma de antifaz (que, sin embargo, ya estaban en el edificio antes), los enormes ventanales con vidrieras de la planta noble (que parecen grandes bocas abiertas y dieron lugar a que se conociera el sitio como la Casa de los bostezos), el recubrimiento con trencadís (trozos de teselas de colores) y las características curvas óseas que dan al conjunto una apariencia daliniana (sus famosas formas blandas, como los relojes) o incluso gigeriana (en referencia al artista suizo H.R. Giger, el diseñador de Alien).



El mobiliario del hogar Batlló no se conserva in situ sino en el Museo del Parque Güell, pero quedaron algunos de los elementos integrados, como la chimenea o el techo decorado con relieves, todo ello diseñado personalmente por el propio Gaudí. Su mano también se deja notar en el patio, donde elementos tan característicos del modernismo como el hierro forjado y el cristal (pese a que en esas fechas ese estilo empezaba a ceder) se combinan para formar una gran claraboya que proporciona luz natural y que juega con la decoloración progresiva -desde el azul hasta el blanco- de los azulejos que cubren las paredes a medida que se desciende.

La curiosa chimenea
El ojo de Sauron se coló en la casa
Un singular adorno del techo

Igualmente, es muy gaudiniana la estructura del desván, donde una serie de arcos catenarios forman una bóveda apuntada que recrea el esqueleto de una ballena, recurso que se repetirá luego en la Casa Milá. Dadas las circunstancias, prefiero pensar que, más que de un cetáceo, era del propio dragón. En cualquier caso todo un lujo para la servidumbre, pues se alojaba allí; seguro que ningún criado imaginó nunca que un siglo después cientos de curiosos deambularían por sus dormitorios sacando fotos, oyendo describirlos por un raro aparato multilingüístico y contemplando extrañas proyecciones de luces y láser (concepto este último que sería heroico intentar explicarles).

El patio
El costillar de la ballena (o del dragón)

Pero faltaba lo más importante: la visita al dragón. Subí a la azotea y entre nuevos ejemplos de trencadís, grupos de chimeneas interpretando danzas helicoidales y sencillas barandillas de alambre, me encontré con el bicho. Iba a decir cara a cara pero mentiría; el dragón Batlló no muestra nunca su faz y se limita a exhibir su fantástico lomo de escamas anaranjadas jalonado por un espinazo de redondeadas vértebras polícromadas. Reposa plácida y confiadamente enroscado en torno a la torre cilíndrica que remata el edificio y que se encuentra a un lado para no ensombrecer la casa vecina. La cruz de cerámica que la corona se resquebrajó durante la cocción, lo que entusiasmó aún más a Gaudí, que decidió colocarla así en vez de hacer otra. Tanto mejor, porque parece la correspondiente cicatriz resultante de la lucha con el dragón por imponer la Fe, tal como contaba al principio. Ahora ambos contendientes han pactado un statu quo ante un tercer gladiador en liza: el turista.

La cruz de cerámica
El lomo del dragón
Fotos: JAF y Marta B.L.

lunes, 17 de abril de 2017

Buscando al demonio Guayota en el Teide


Guayota el Destructor, el demonio maligno que habitaba en las profundidades del infierno, bajo la majestuosa masa montañosa de Tenerife, salía periódicamente de su infernal guarida subterránea acompañado de una cohorte de demonios, todos adoptando la forma de siniestros perros negros,  para exigir a los guanches las correspondientes ofrendas con las que debían obsequiarle para aplacar su ira y evitar que, con prodigiosos poderes, actuara sobre las fuerzas de la naturaleza causando todo tipo de estragos: ríos desviados, vientos huracanados, lluvias torrenciales... Tal era la capacidad del malvado, aunque nada comparado con los estallidos de fuego y lava que provocaba haciéndolos brotar de la cumbre de Echeyde, dejando a su paso la muerte y la desolación.

Guayota canificado

Como se puede deducir cacofónicamente, Echeyde es el antiguo nombre que los aborígenes tinerfeños daban al Teide, el emblemático volcán que con sus 3.718 metros de altitud no sólo es el techo de la isla sino de España entera y el tercero más alto del mundo de los que están activos, tras los hawaianos Mauna Kea y Mauna Loa. Pese a todo, se trata de un gigante dormido que de momento parece no ofrecer peligro, hasta el punto de que miles de turistas lo visitan a diario; para ello usan un teleférico que en 8 minutos lleva hasta 160 metros de la cima, punto a partir del cual quien desee seguir hasta ésta debe hacerlo a pie y previa reserva. No fue mi caso al ir cargado con bebé, razón por la cual tuve que conformarme con recorrer el agreste sendero de lava endurecida que circunvala el cono, azotado por un viento implacable, gélido pese a ser verano, que me dejó los oídos pitando una temporada. Sin duda Guayota estaba empeñado en impedir un cara a cara conmigo.

El teléferico se queda a poco de la cumbre

Senderos entre la lava solidificada

Uno como el que mantuvo con Achamán, el dios supremo de los guanches, creador de la Humanidad; el cielo encarnado para atender a los ruegos de la gente porque el demonio había secuestrado y encerrado a Magec, la divinidad solar artífice de las almas de los hombres, y el astro rey ya no brillaba en lo alto cada mañana, quedando la Tierra sumida en las tinieblas. Achamán derrotó a Guayota en un duelo, lo arrojó a su propio antro y tapó la salida -el cráter- con una gran roca conocida como Pan de Azúcar, devolviendo la luz al mundo al liberar a Magec. Guayota quedó preso para siempre y ocasionalmente dejaba desatar su cólera en forma de erupciones, que los guanches aplacaban encendiendo hogueras por si salía, bien para espantarle, bien para que pasara de largo al hacerle creer que seguía en el inframundo.

El último tramo hasta la cima sólo puede hacerse andando y previa reserva

Los arqueólogos han encontrado restos de ofrendas indígenas en diversos tubos volcánicos de la base del Teide y el sonido del viento golpeando contra las laderas quemadas de la montaña simula muy bien los quejidos guturales del demonio atrapado y sus acólitos (Jucancha, Yruene, Hirguán...), reunidos bajo el nombre genérico de los Tibicenas. Y aunque en realidad la forma estructurada de este mito es muy tardía, los personajes sí son de la época, fusionados quizá con elementos cristianos intrducidos tras la conquista castellana y en paralelo a leyendas similares que había en otras partes del planeta; el caso más conocido es el de la diosa hawaiana Pelé, la irascible hija de la diosa de la fertilidad Haumea y de Kane Milohai, que habita en el interior del volcán Kilauea.

Una recreación de Pelé

Lo interesante de todo esto está en el papel fundamental que juega el Teide como escenario. Del relato se infiere claramente que la montaña era considerada una especie de ónfalos o axis mundi, o sea, ese centro del mundo que aparece en tantas mitologías; al menos desde la perspectiva de los habitantes insulares. De hecho, fue en su cumbre donde Achamán, a cuya omnipotencia se debía todo, creó al Hombre y en Echeyde incidió especialmente un terremoto enviado por el dios para fragmentarlo y formar así las demás islas del archipiélago canario. Desde allá arriba se contemplan espléndidas panorámicas y no extraña que los guanches se sintieran más cerca de la divinidad, si es que alguno llegó a subir superando el esfuerzo y, en invierno, el frío (el Pan de Azúcar es una metáfora obvia de la nieve).

Buenas vistas

Pero casi resulta más fascinante, por candorosa, la identificación del volcán con el monte Atlas clásico, aquel que según una de las versiones de la mitología clásica resultó de la transformación del titán homónimo a causa de la visión de la cabeza de Medusa exhibida por Perseo y según otras estaba condenado a sostener el firmamento. El Atlas era el pico principal de la Atlántida para muchos autores de la Antigüedad como Heródoto o incluso modernos, como el mismísimo Bartolomé de las Casas, aunque la geología nos dice que fueron una serie de erupciones hace 150.000 años las que originaron un primer cono que colapsó dejando como muestra de su existencia las llamadas Cañadas del Teide: una yerma llanura de 45 kilómetros de diámetro rodeada por montañas erosionadas y una capa de lava negra sin apenas atisbos de vida vegetal que es lo que queda de aquella caldera.

Las Cañadas, lo que queda de la antigua caldera

El pico actual se formó a partir de erupciones posteriores; una de ellas la vio Colón en persona en 1492, cuando zarpaba hacia su primer viaje, en el vecino Boca Cangrejo; otra, especialmente virulenta, tuvo lugar en 1798. Y es que, de vez en cuando, Guayota farfulla desde el fondo de su guarida prisión y la tierra tiembla: por eso el Teide está considerado uno de los volcanes más potencialmente peligrosos del mundo.  Hablando de farfullar, cuando detuve el coche en la estación del teléferico se me vino encima un gorila de uniforme gruñendo porque allí no se podía parar; dio igual cualquier intento de explicación sobre las necesidades de un bebé porque el tipo tenía la misma capacidad empática de Lisbeth Salander y los tres cuartos de neurona de su cerebro sólo le daban para repetir la misma frase prohibitiva una y otra vez, pese a que mi momentánea parada no provocaba ningún problema de tráfico. ¿Una reencarnación de Guayota? Probablemente no pasaba de Tibicena.

Fotos: JAF

lunes, 20 de marzo de 2017

Micenas, la ciudad de Perseo (II)

El sitio de Troya

Contaba en la primera parte de este artículo que Perseo había intercambiado con su primo el trono de Argos por el de Tirinto y después fundó Micenas. Éstas eran ciudades del Peloponeso, integradas en la Argólida. En realidad, el origen de Micenas ese remontaba a un asentamiento neolítico que alcanzó su máximo esplendor con la civilización micénica, entre los años 1600 y 1200 a.C. En el Heládico (la Edad del Bronce) empezaron a llegar pueblos emigrantes a la península griega y uno de ellos fue el micénico, que algunos asimilan al aqueo aunque, como siempre, hay discusión al respecto. Entraron en torno al segundo milenio a.C y hacia el año 1600 a.C. ya estaban asentados de forma estable. No formaron una civilización unida sino dispersa e independiente por muchos rincones de Grecia (Creta, Rodas, Ítaca...), pero sus centros principales sí tuvieron elementos culturales comunes, como una arquitectura ciclópea de carácter eminentemente militar que se alternaba con bellos palacios como los de Creta (una proyección expansionista que dio lugar a una civilización propia sobre la autónoma) o la misma Micenas y con tholoi funerarios. Una sociedad guerrera cuya economía combinaba la agricultura con el comercio marítimo y se completaba mediante incursiones de saqueo. El registro arqueológico revela un importante y destructor incendio quizá provocado por un terremoto y que paradójicamente favoreció la conservación de las tablillas escritas, al cocerlas. Y si bien Micenas aún perduraría un tiempo en decadencia tras las invasiones dórica y jónica, las Guerras Médicas le dieron la puntilla y quedó definitivamente abandonada. 

Reconstrucción de Micenas

Tras salir del museo llegué al recinto arqueológico, donde se alzaba la redondeada silueta de los túmulos. Uno de ellos, el más importante quizá, está abierto al público: el llamado Tesoro de Atreo. Schliemann solía dejarse llevar por la fantasía y si atribuyó la máscara de oro a Agamenón no tuvo complejos para hacer lo mismo en este caso con Atreo, su padre, que había muerto asesinado por su propio sobrino, Egisto, tal como -una vez más- anunciase el oráculo. Hablo en clave mitológica, por supuesto. El caso es que los expertos creen que esa tumba no tiene nada que ver con tal personaje porque es anterior, pero su monumentalidad -resulta mucho más grande en vivo que en las fotos-revela que sí acogió el descanso eterno de un rey. Se accede por un dromos, es decir, un largo corte estratigráfico en la ladera (treinta y seis metros de longitud) que muestra la entrada y donde es casi imposible moverse sin tropezar con algún visitante. Traspasado el umbral, ricamente decorado en varios tipos de piedra con arquitrabe, friso y columnas (que no se pueden ver in situ porque el famoso Lord Elgin se los llevó a Londres), hay una gran sala circular cubierta por una falsa cúpula apuntada que alcanza trece metros y medio de altura por catorce y medio de diámetro, lo que la convirtió en la más grande del mundo durante un milenio. La cámara funeraria anexa es más pequeña y de forma cúbica. Atreo, o quien fuese el ilustre ocupante de la tumba, se revolvería en ella probablemente al ver su última morada terrenal invadida por una horda de gente. Hititas, diría; o luvitas. Para él, un insulto.


Corte esquemático del tholos
Posando en el dromos del Tesoro de Atreo

Visto ya el tholos, llegaba el momento de subir a la ciudadela de Micenas. Me quedé retrasado deliberadamente para dejar que la masa de hititas se alejase y, así, no me estorbara para fotografiar uno de esos lugares icónicos a los que tenía ganas desde hacía muchos años: la Puerta de los Leones. Caminando cuesta arriba por una rampa hormigonada que serpentea entre los ciclópeos sillares de las murallas (nunca mejor dicho lo de ciclópeos, teniendo en cuenta que fueron cíclopes los que los construyeron para Perseo; tenían que ser ellos porque los muros tienen una altura de casi catorce metros y un grosor de siete); caminando digo, esfuerzo considerable no sólo por el nivel sino también por el tórrido calor de la tarde -40º se desparramaban sobre los visitantes-, se acaba topando uno con esa entrada monumental adornada con dos macizas felinas enfrentadas (sí, son leonas), labradas en relieve en la pesada piedra que hace de tímpano y apoyadas sobre el dintel de la puerta, una contundente losa de veinte toneladas. Las fieras perdieron sus cabezas a manos de los destructores de Micenas (por eso una teoría sugiere que eran esfinges) y tampoco se conservan los batientes de la puerta, que eran de madera recubierta de bronce; una lástima porque debían ser espectaculares, teniendo en cuenta que el arco mide aproximadamente tres metros de alto por otros tantos de ancho. Quedan los enormes agujeros de las bisagras como testimonio.

La ciclópea muralla que protege la rampa de acceso a la Puerta de los Leones. Delante, los luvitas se cobijan del sol bajo la copa de un árbol

La puerta con una micénica actual

Dejando atrás la puerta, a la derecha está el Círculo de Tumbas, un conjunto de seis enterramientos muy ricos en uno de los cuales apareció la Máscara de Agamenón. Señalados mediante lápidas vertical, a la manera actual, en realidad son más antiguos que los tholoi. El centro del recinto urbano está ocupado por el palacio real, que tiene una muralla interior y aprovecha una elevación del terreno como elemento defensivo extra. De las instalaciones palaciegas quedan apenas el patio y el típico mégaron o gran salón del trono, una estructura arquitectónica rectangular dotada de pórtico, pronaos, naos y columnas (posiblemente de dos pisos además), en torno a la cual se iba articulando el resto del complejo. En Micenas no se conservan las típicas columnas, no sólo porque es un sitio anterior cronológicamente sino también porque eran de madera, más anchas por su parte alta que por la baja y policromadas, así que hay que contentarse con ver las marcas en el suelo e imaginarlas. En el otro extremo del perímetro está la cisterna, un aljibe para garantizar el suministro de agua en caso de asedio. Una necesidad porque en esas circunstancias las clases altas sí permitían entrar a refugiarse al pueblo, que normalmente vivía extramuros.

El Círculo de Tumbas con algunas lápidas expuestas en el borde

Estructuras del palacio; al fondo se puede ver el Tesoro de Atreo

Allá arriba, pisando lo que queda de los muros de la ciudadela, el calor remite un poco gracias al fuerte viento que sopla a través del valle, del que se obtienen magníficas panorámicas. Un alivio no para los hititas, que una vez vistas las piedras corren a refugiarse en el aire acondicionado del autobús, sino para los que escudriñamos embobados hasta el último centímetro cuadrado tratando de imaginar el punto exacto donde Agamenón tomaba un baño cuando su esposa Clitemnestra, que además de ser hermana de Helena le odiaba por haber sacrificado a su hija Ifigenia a Artemisa para tener buen tiempo en el camino hacia Troya, consumó su venganza echándole una red que le inmovilizó mientras su amante Egisto le acuchillaba; Egisto era primo de Agamenón (de hecho, se trataba del mismo Egisto que mató a Atreo), pero eso, tratándose de griegos, son minucias, como demuestra que tiempo después Orestes, el hijo de Agamenón, acabara a su vez con el asesino de su padre y con su propia madre. Costumbres ancestrales de Grecia.


Fotos: JAF y Marta BL

lunes, 13 de marzo de 2017

Micenas, la ciudad de Perseo (I)


No puedo evitarlo. Siempre que visito un rincón de la antigua Grecia lo hago llevando en mente la mitología griega, que tiendo a sobreponer a la historia y a la arqueología porque hay que reconocer que es bastante más divertida. Y si tiene detalles escabrosos, cosa que ocurre casi siempre, mejor que mejor. Por eso cuando fui a Micenas no pude sustraerme al relato mitológico de Perseo, el que pasa por ser su fundador; el mismo, sí, que mató a la gorgona Medusa y salvó a Andrómeda, la hija de Cefeo y Casiopea, reyes de los cefenos, de ser devorada por un monstruo marino. Ceto, se llamaba el bicho, enviado por Poseidón para destruir el reino porque la soberana había tenido la osadía de autoproclamarse la más bella de todas las nereidas y eso ofendió a la mujer del dios del mar a pesar de que ambas eran hermanas. Los griegos eran así, de humanos divinidades incluidas. La única forma de calmar a Ceto era ofrecerle en sacrificio a Andrómeda, pero al final llegó Perseo y aportó su propia solución. En fin, ya me he dejado llevar por el entusiasmo, desviándome del tema de este artículo, que es Micenas. Quien quiera saber más que ve la entrañable película Furia de Titanes (la antigua, no la basura reciente), que yo sigo.


Llegué a Micenas por la tarde, tras salir esa mañana desde Atenas (que está a un centenar de kilómetros), atravesar el Canal de Corinto y entrar en el Peloponeso, pasando por el Teatro de Epidauro y Tirinto. Después de comer llegó el momento. La primera parada fue en el pequeño museo arqueológico local donde se ha depositado lo encontrado en las excavaciones, tanto en la ciudad como en los túmulos cercanos. Las vitrinas exhiben algo menos de dos millares de piezas pero eso es Grecia, lo que significa que uno estornuda y aparecen restos, así que sencillamente no hay sitio material en ningún museo para exponer todo lo que tiene cada uno; en concreto, la colección completa de ése ronda los treinta mil objetos. Hay armas (moharras, espadas, los dientes de jabalí que adornaban los cascos...), muñecas articuladas, 

Serpientes de terracota

Al hablar del país suele tenderse a simplificar identificando su arte casi exclusivamente con el del período Clásico. Pero el estilo micénico, muy anterior, guarda bastantes diferencias formales. Para empezar no había grandes estatuas como las que se harían después (aún cuando el museo tiene unas cuantas e incluso un bonito capitel corintio) y tan sólo pueden encontrarse figuras de terracota policromada, antropomórficas y zoomórficas pero muy esquemáticas: las primeras, que recuerdan monstruos de película de serie B de los años cincuenta, muestran al personaje con los brazos extendidos y probablemente tengan un sentido votivo, alcanzado su extremo sintético en los llamados ídolos psi (porque parecen esa letra del alfabeto griego); de las segundas destacaría las serpientes enrolladas, por su exótica ingenuidad formal y su asociación a la arcaica diosa tierra. Por supuesto, lo que más abunda es la cerámica, pero más que la habitual retahíla de vasos, copas, cráteras, ánforas, lekitos y demás, hay que fijarse en los ostracon, placas de cerámica con restos de escritura; son importantes porque están en lineal B, un sistema de signos silábicos e ideográficos varios siglos anterior al alfabeto y que no fue descifrado hasta 1952; su contenido no es narrativo sino administrativo, recuentos de grano y cosas así.

Ídolos votivos micénicos

Ídolos psi

Ahora bien, normalmente al turista lo que le epata es el brillo del oro, las joyas, los tesoros... Y dado que allí al lado se encontraron y excavaron varias tumbas importantes, y que por entonces era costumbre enterrar al difunto con su correspondiente ajuar, no es de extrañar que el museo micénico cuente también con esa baza en forma de joyas, pectorales, cinturones y demás aditamentos ornamentales característicos, todo del dorado metal precioso. Una baza que tiene nombre propio y cuya imagen resulta familiar en todo el mundo: la Máscara de Agamenón, una fina lámina de oro repujado representando un rostro. En realidad esta pieza no apareció en un sepulcro extramuros sino en la acrópolis de Micenas, en 1876. Fue mérito del famoso Heinrich Schliemann, el descubridor de  las ruinas de Troya, que creyó que se trataba de la máscara funeraria de aquel rey micénico que secundó la campaña de venganza que su hermano Menelao de Esparta desató contra los troyanos para lavar el honor perdido cuando su esposa Helena se fue con Paris. Aparte de que no está clara la historicidad de Agamenón, los análisis científicos de la pieza revelan que es tres siglos anterior, datándola entre los años 1550 y 1500 a.C. Pero cuando un nombre cala en el imaginario popular ya no hay quien lo cambie. Y, la verdad, si uno está con la nariz pegada al cristal contemplando la pieza prefiere dejarse llevar por la fantasía y pensar que cubrió el rostro del difunto Agamenón; al fin y al cabo se lo merece tras el infausto final que tuvo, asesinado en su propia casa al retornar de Troya.

La Máscara de Agamenón

Ya que estamos con la mitología otra vez, sigamos con ella. Perseo era hijo de Dánae, la princesa encerrada en una torre por su padre Acrisio, rey de Argos, para evitar que tuviera descendencia, ya que, según los oráculos, Acrisio moriría a manos de su nieto. Pero el monarca no contaba con Zeus, que cuando se le antojaba beneficiarse a una hembra no paraba hasta conseguirlo. El padre de los dioses desplegaba un amplio repertorio de recursos para los casos difíciles: una transformación en cisne por aquí y caía la ingenua Leda, una conversión en toro por allá y se llevaba a Europa, la adopción de una forma de nube e Io se sumaba a la lista de conquistas. En este caso se apuntó otro tanto en su currículum cayendo en forma de lluvia dorada sobre Dánae y fecundándola. El contrariado padre de ella, convertido en involuntario (y amenazado) abuelo, metió a su hija y a su nieto en un cofre y los lanzó al mar deshaciéndose expeditivamente de ellos;. Para que no se diga, Zeus quiso ayudar a su vástago y pidió a su hermano Poseidón que los pusiera a salvo. Efectivamente, un pescador los recogió y crió al pequeño, empezando a dar forma a lo que había deparado el destino. Perseo creció, salvó a Andrómeda, se casó con ella, regresó a Argos... y mató a Acrisio sin querer al practicar lanzamiento de disco, cumpliendo la profecía. Compungido, renunció a su legítima herencia e hizo un intercambio de coronas con su primo, asumiendo la de Tirinto. Después creó una nueva urbe, Micenas, ayudado por los cíclopes.

Dánae vista por Gustav Klimt
[CONTINUARÁ]

Fotos: JAF y Marta BL

martes, 21 de febrero de 2017

Comer en Praga


Uno de los principales problemas de visitar Praga por cuenta propia es intentar buscarse la vida con el endiablado idioma checo, que para un español resulta un galimatías parecido al klingon pero sin webs frikis a las que acudir en busca de traducción. Ello repercute inexorablemente en la praxis turística del visitante, especialmente en determinados momentos críticos, como cuando uno ha de intentar desentrañarlo (de pronunciarlo en voz alta ni hablamos) al tomar un autobús urbano o el Metro para cubrir una distancia larga porque no sabrá en ningún momento si ha dado con el número adecuado o aparecerá en Polonia, ni si tiene que pagar en el momento o en una taquilla o qué.

Prazený sajr, pecitý kobzol, salse od tatara (queso frito, patatas asadas y salsa tártara)

Pero no es ésa la mayor pega a la hora de manejarse con la lengua local porque siempre queda el recurso de tomar el coche de San Fernando y, si se está los días suficientes en la ciudad, repartir las visitas por los cuatro o cinco barrios clásicos de manera que no haya que desplazarse muy lejos. El verdadero momento de la verdad llega a la hora de comer, y no me refiero a salir del paso con una pizza o un perrito caliente callejero para calmar el estómago sino a probar la gastronomía local, que es algo que, al fin y al cabo, forma parte de la esencia viajera y ayuda a comprender la idiosincrasia del lugar.

Maklástiný sajr, úkruch chlebce z kysu (queso piel de armiño marinado con pan de la casa)

Con un poco de suerte, el local elegido tendrá la carta subtitulada en inglés, con lo cual se puede salir del paso; otros incluso la ofrecen también en francés y habrá alguno que, en un alarde, la ponga en más idiomas. Pero la prueba de fuego es entrar a comer en aquel restaurante que la pone única y exclusivamente en checo, debiendo lanzarse el cliente extranjero al vacío culinario completamente a ciegas, salvo que los platos se acompañen de una dudosa fotografía. Tiene su punto divertido y si no se es preso de fobias ni hay limitaciones del gusto se disfrutará de la comida de la ciudad, que resulta contundente donde las haya.

Carta de los menús desgustación probados, el bohemio y el zátisí
En fin, paso a poner un par de ejemplos diferentes. Si mi primera noche praguesa la arreglé con comida rápida -había llegado tarde y carecía de tiempo para más-, la siguiente salí a cenar a un restaurante posmoderno y caro -llevaba los gastos pagados-, para probar un menú degustación típico de la República Checa. Que me maten si me acuerdo del nombre del sitio (y aunque lo recordara no sabría reproducirlo, probablemente), pero sí que fue curioso eso de probar multitud de miniplatos casi sin saber qué eran. Bueno, no voy a mentir; confieso que la carta los explicaba en inglés, así que fue aventura pero menos. Como ven, me cuidé de hacer una foto de dicha carta y así me ahorro transcribir sus enrevesados nombres.


La tradicional sopa kulajda, con hongos, eneldo y huevos de codorniz

Bocadito de codorniz asada con risotto de cebada

Filete de pechuga en salsa de pimienta

Al día siguiente, para completar un espectro lo más amplio posible y contrastar con el estilo anterior, me llevaron a un mesón de comida tradicional checa, lleno a reventar de gente aunque, por suerte, teníamos reserva. A priori tenía toda la pinta de ser un sitio del que uno no salía con hambre y, en efecto, cumplió todas mis expectativas de asturiano tragaldabas. Creo recordar que se llamaba KRCMA y estaba en el numero cuatro de la calle Kostecna 4, en la Ciudad Vieja, no lejos del Barrio Judío. Ya habrán ido viendo que con cada imagen, y pidiendo disculpas de antemano porque la ortografía checa no es mi fuerte (y no tengo foto del menú), están transcritos los platos catados. Prueben a leerlos mientras mastican un polvorón y añadan las jarras de cerveza del tamaño de un codo que se gastan por esos lares y verán qué divertido.

Pohrúzeny vurt (el "ahogado", longaniza marinada en salsa de vinagre, cebolla y pimienta)
La imagen de cabecera son vurty s pivec, crný, úkruch chlebce z kysu, o sea, salchichas con salsa a base de cerveza negra con pan de la casa. Que hay que explicarlo todo, leñe.
Fotos: JAF

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