domingo, 22 de febrero de 2015

La Mezquita de Alabastro



Se suele decir eso de que la actualidad manda y el Islam parece haberse instalado en ella permanentemente, casi siempre para lo negativo. Aunque no necesariamente, que siempre habrá un Erdogan dispuesto a divertirnos con la teoría de que los musulmanes fueron los primeros en llegar a América.

He estado en varios países islámicos pero sólo una vez tuve ocasión de pisar una mezquita y verla por dentro en persona, en lugar de por la tele. Fue en El Cairo, antes de esa revolución primaveral que puso en efervescencia Egipto y que, a la postre, no sirvió más que para arruinar su turismo y mejorar el de España.

Decía que, al igual que muchos viajeros, visité la Mezquita de Mohamed Alí, una de las que están abiertas al público (cuenten también las del Sultán Hassán, Al-Rifai e Ibn Tulun). Ésta que digo es más conocida como la Mezquita de Alabastro, sospecho que más para marcar diferencias con el boxeador que por el tipo de piedra que recubre su parte inferior, sacada por cierto de la necrópolis de Beni Suef. De un cementerio, vamos, que Cela no fue el inventor de la reutilización de lápidas.

Panorámica de El Cairo desde la Ciudadela de Saladino
Las otras mezquitas visitables son más antiguas. La de Alabastro se construyó entre 1830 y 1848 (en el período que enmarca las dos grandes revoluciones europeas decimonónicas, curiosamente) por encargo del pachá que le ha dado su nombre, al que se considera fundador de la faz moderna de la capital egipcia por haber iniciado una alianza con Gran Bretaña para independizarse de los otomanos. Eso sí, Mubarak la rehabilitó a finales de los años ochenta con vistas a exhibirla ante el creciente número de turistas.

No es para menos, teniendo en cuenta que se trata de una auténtica belleza que además logró superar el terremoto de 1992 en plenas obras. Tiene cierto parecido con las mezquitas de Estambul -especialmente la Azul-, que son las que, al parecer, constituyen la referencia de elegancia y grandiosidad. De hecho, el arquitecto elegido, el armenio Yusuf Boushnak, llegó desde Turquía para hacerse cargo del proyecto, si bien lideraba un equipo de técnicos de diversas nacionalidades.

El pachá Mohamed Alí eligió como ubicación la parte más alta de la estratégica Ciudadela de Saladino, un bastión fortificado -por Saladino, obviamente- en el siglo XII en el monte Muzzatam para defenderse de los cruzados, desde el que se domina la ciudad y donde se reúnen los principales atractivos que no corresponden a la época faraónica. Seguramente por eso se puede ver la silueta de la mezquita casi desde cualquier rincón de El Cairo antiguo; bueno, por eso y porque sus dimensiones son más que considerables.

El Gran Patio con la fuente para las abluciones y el inevitable andamio que me persigue allá donde voy para estropear todas las fotos
Baste como ejemplo decir que su cúpula tiene cincuenta y dos metros de alto por veintiuno de diámetro, estando sustentada sobre otras cuatro semicúpulas. O que sus minaretes alcanzan una altura de ochenta metros. O que las medidas del gran patio Al Sahn son de cincuenta y cuatro metros por cincuenta y tres. En este último, por cierto, se sitúan la fuente para la abluciones y un reloj que Luis Felipe de Francia regaló a cambió del obelisco de Ramsés II que se alzaba frente al templo de Luxor y fue trasladado a la plaza Concorde de París; por cierto, el reloj resultó dañado durante su instalación y nunca llegó a funcionar.

Para pasar al interior del edificio hay tres puertas. Por supuesto, se exige ir decorosamente cubierto. O cubierta, más bien, porque la norma es fundamentalmente para las mujeres; si no cumplen los requisitos -pantalones cortos, camisetas, etc-, deben ponerse una especie de ridícula capa verde. También es obligatorio dejar el calzado en la entrada, aunque no supone mayor problema porque el suelo está enmoquetado con alfombras persas.

Interior de la mezquita. Se pueden observar las alfombras persas del suelo, la lámpara y las capas verdes con las que se embute a las mujeres

Ya dentro, lo más interesante está a la derecha, en la Sala de Oración: la tumba del propio Mohamed Alí. Es un sepulcro de mármol blanco, decorado con flores cinceladas en relieve y policromadas en el que descansan los restos del pachá promotor, no de su hijo, que se llamaba igual y cuyo fallecimiento prematuro en 1816 fue la causa de la construcción del templo. O sea, construyó la mezquita para honrar la memoria de su vástago, por eso no reparó en gastos ni se cortó un pelo en saltarse ciertos legalismos, como que quien no sea sultán no puede dotar a las mezquitas de más de un alminar (ésta tiene dos).

Aparte, llama la atención el amplio y diáfano espacio. Mirando hacia arriba se descubre una gran lámpara central circular y diversos medallones  ornamentales con relieves en árabe. También hay un púlpito y una tribuna. A ras de suelo, los turistas se reúnen en pequeños grupos en torno a sus guías, quienes les explican los cinco pilares del Islam (fe, oración, limosna, ayuno y peregrinación a La Meca) para mostrar una imagen distinta de la que se suele tener de esta religión. Claro que mi guía era el doble perfecto de Morgan Freeman y así es difícil concentrarse...

Foto cabecera: Yasser Nazmi en Wikimedia
Resto fotos: Marta BL y JAF 

viernes, 13 de febrero de 2015

Chinchón: historia, cine y anís


Chinchón es uno de esos pueblos de España que han congelado el tiempo  su casco histórico, de manera que la plaza principal conserva más o menos el encantador aspecto que podrá haber tenido siglos atrás. Ello no sólo otorga a ese lugar un atractivo turístico especial sino que permite convertirlo en escenario de películas de época o, en cualquier caso, en ejemplo perfecto del pintoresquismo rural que a menudo buscan los extranjeros al visitar nuestro país.

Bueno, no sólo los foráneos porque yo, al menos, también me incluyo. Reconozco que durante mi visita a Chinchón llevaba la mente en modo "Historia", muy frecuente cuando viajo. Allí, pisar la Plaza Mayor es casi como regresar a la Baja Edad Media, puesto que se construyó en el siglo XV para celebrar en ella ferias de ganado hasta que la compró el concejo para sus reuniones, estableciendo así el Ayuntamiento.


Como se cerró completamente doscientos años más tarde, da la sensación detener forma pero en realidad no es así: ni circular ni poligonal, pese a su apariencia; un recinto abierto y envuelto por edificios de no más de tres plantas que descansan sobre soportales y cuyas fachadas se embellecen con un par de centenares de balcones de madera, los cuales se suceden en galerías adinteladas.

Una plaza así siempre ha resultado perfecta para la organización de espectáculos de todo tipo: funciones de teatro, eventos taurinos, fiestas, ceremonias religiosas... En ella aterrizó el globo de Philleas Fogg en la versión cinematográfica de La vuelta al mundo en ochenta días, en una escena algo grotesca y rebosante de tópicos; allí rodó Orson Welles algunos momentos de Campanadas a medianoche y John Wayne paseó su porte vaquero en El fabuloso mundo del circo, entre otras muchas películas. También fue en ese lugar, y esto ya es dolorosa realidad, donde fusilaron las tropas napoleónicas a decenas de patriotas como represalia por una emboscada: por cierto, el paso de los franceses por Chinchón supuso la destrucción de la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, de la que sólo queda un solitario campanario, como si se tratase de una enorme lápida funeraria.


No es de extrañar la declaración del pueblo como Monumento Histórico-Artístico porque no sólo la plaza tiene interés. Desde tiempos de los Reyes Católicos, el lugar está ligado al marquesado de Moya, cuyos primeros titulares fueron Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla (les sonarán porque son personajes destacados en la serie televisiva Isabel). Mucho después, en vez de marquesado hubo condado, siendo su representante más famosa María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón, hermana de Carlos IV y a la que su real cuñada casó con Godoy para darle a éste una posición social, terminando humillada al tener que compartir techo con Pepita Tudó, la amante del inefable gobernante. Godoy acabó exiliado en Francia y, a su muerte, fue enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise sin que su esposa quisiera saber nada de él.

La condesa de Chinchón, retratada por goya
Antes, Felipe V, a la postre vencedor de la Guerra de Sucesión y primer monarca Borbón en el trono español, se hospedó en la Casa de la Cadena; curiosamente también pernoctó en la localidad su oponente y candidato de los Habsburgo, el archiduque Carlos de Austria, que pasó unas jornadas en el monasterio de los Agustinos, hoy reconvertido en Parador de Turismo. Asimismo, la anexa iglesia del Rosario acredita una curiosa anécdota: sus capillas fueron utilizadas como calabozos durante la Guerra Civil.

No son éstos el único caso de reaprovechamiento local, ya que las lomas de los alrededores sirvieron de localización para que Cristo diera su sermón de la montaña en Rey de reyes. Y, si nos ceñimos a los edificios históricos, el castillo de los condes de Chinchón, tras sufrir las cicatrices de nuestro turbulento pasado (primero lo destruyeron los comuneros y luego, ya reedificado, fue dañado en la citada Guerra de Sucesión y en la de la Independencia), pasó a ser fábrica de licores. Porque, por encima de todos estos acontecimientos, de tanto arte y tanta monumentalidad, admitamos que Chinchón es famoso sobre todo por el anís homónimo, que tiene Denominación Geográfica y se elabora allí desde el siglo XVII.

Fotos: Web Turística Oficial de Chinchón

domingo, 8 de febrero de 2015

Amán, Filadelfia, Rabat Ammon (y II)


Retomemos la narración en el punto en que quedó en el post anterior para contar un paseo por Amán, capital de Jordania, antes conocida como Filadelfia y antes aún como Rabat Ammon. 

A la hora de moverse, hay que tener en cuenta algo muy importante: sus habitantes no conceden demasiada importancia al nombre de las calles, hasta el punto de que muchos los desconocen y es necesario tomar las plazas o rincones más populares como referencia.

Esto resulta de especial consideración a la hora de tomar un taxi. En Amán, el problema no es el coste -usan taxímetro- sino otro: yo estuve dando vueltas y vueltas en uno de regreso al hotel porque el taxista no sabía dónde estaban ni el establecimiento ni la calle; como mi alojamiento quedaba lejos del centro, casi en las afueras, al final me dejó en el límite urbano, no sé exactamente si porque no podía salir del casco o porque sencillamente estaba perdiendo el tiempo, así que terminé el resto del trayecto -poco, todo sea dicho- a pie. Pero antes, cuando me preparaba para la batalla, la hora de pagarle, llegó la sorpresa: el tipo, en compensación por el perjuicio, no me cobró la carrera.

Un manazas en Amán
Volviendo a la visita, todo esto sirve para subrayar la conveniencia de ir provisto de un plano -sea de papel o digital- durante la caminata. Lo lógico es que ésta nos lleve en dirección a la Ciudadela, el casco histórico que se sitúa en la parte alta (foto de cabecera). El trayecto es más relajado que en otras urbes musulmanas, tanto en el aspecto del tráfico como en el de la agresividad comercial y jaquequil de los vendedores; en Amán son menos pegajosos.

El primer monumento importante con que se topa uno es el Teatro Romano, erigido por el emperador Antonino Pío y uno de los mejor conservados de todo Oriente Medio, hasta el punto de que aún se usa para eventos variados. Como era habitual, se construyó aprovechando una ladera para tallar las gradas, cuya capacidad es para cinco mil personas. A su alrededor hay otros restos romanos, como el Odeón (que también se utiliza hoy), el foro o una fuente.

El Teatro Romano
Subiendo la colina se llega a la citada ciudadela, donde aguardan las ruinas más antiguas de Rabat Ammon y alguna edificación de estilo inconfundiblemente clásico. Es el caso del Templo de Hércules, del que apenas se mantienen algunas columnas sosteniendo lo que antaño fue un arquitrabe; lo mandó hacer Marco Aurelio, aquel emperador encarnado por Alec Guinness en La caída del Imperio Romano y por Richard Harris en su remake inconfeso Gladiator. También hay rastro de la antigua muralla, una iglesia bizantina y un bien preservado Palacio Omeya, datado en el año 720 d.C. y que es de lo poco que se salvó milagrosamente del terremoto que sacudió Amán veintinueve años después. 

No obstante, las piezas antiguas más importantes halladas en ese entorno, muchas de las cuales, por cierto, fueron desenterradas por un equipo arqueológico español que trabaja allí regularmente (ahora está reconstruyendo la cúpula de bronce del mencionado palacio), se guardan en el pequeño museo levantado in situ; que nadie se lo pierda porque, entre otras cosas, se pueden ver varios sarcófagos de la Edad del Hierro, la llamada Estela de Mesha (que cuenta la victoria sobre los israelitas del rey moabita homónimo) y, atención, algunos rollos de las cuevas de Qumrán (Mar Muerto).

El Odeón
Completen el tour por el casco histórico con la Gran Mezquita de Hussein, la más grande del país -aunque en realidad es reciente (la mandó construir Abdalá, el primer rey jordano, bisabuelo del actual, sobre lo poco que quedaba de la medieval omeya)-, así como los museos del Folklore (está al lado del Teatro Romano) y de Tradiciones Populares, que proporcionan una amplia visión sobre las cultura árabe y beduina retrocediendo en el tiempo.

Y si no están cansados, si aún oyen los cantos de sirena de los zocos y mercadillos -los hay que abren incluso de noche-, acérquense a alguno en busca de artesanía o algo con qué sorprender a la vuelta. Yo me hice, por supuesto, con una chilaba y tocado de inmaculado color blanco, exactamente iguales que el atavío que luce Peter O'toole en Lawrence de Arabia; hasta cinturón con gumía llevaba. Cómo lo disfruté.


Fotos: JAF y Marta BL

domingo, 1 de febrero de 2015

Amán, Filadelfia, Rabat Ammon (I)



Si les animase a viajar a Filadelfia todos se pondrían a pensar en una ciudad estadounidennse de la costa Este, una de aquellas primigenias trece colonias que llegó a ser capital provisional del país tras conseguir éste su independencia. Pero no; aquí me refiero a la otra, la original, aunque ya no se llama así. Hablo de Amán, en Jordania.

¿Sorpresa? Así la conocían los antiguos griegos (por el soberano egipcio, pero de ascendencia macedonia, Ptolomeo Filadelfo) sustituyendo su nombre anterior hebreo (Rabat Ammon, en alusión a los amonitas, tribu semita emparentada aunque enemistada con los israelitas) y antes de que los gasánidas (una dinastía árabe pero cristiana) le pusieran su gracia definitiva.

Porque la Filadelfia americana, a la que se bautizó así por su significado semántico (significa ciudad del amor fraternal, philos + adelphos), puede presumir de ser la ciudad más antigua de aquellos jóvenes lares transatlánticos, pero eso no es decir mucho: obviamente palidece ante la actual capital del reino hachemita, que recibió tal designación con la formación de la Transjordania en 1992 pero que había sido fue fundada a partir de un asentamiento neolítico hace más de seis milenios.

Al igual que Roma y tantas otras grandes urbes, Amán se alza sobre siete jebels o colinas; al menos su centro histórico, pues el casco urbano se reparte por otras doce más que jalonan el desierto y el valle del Jordán (el famoso río que da nombre al país y que tanto protagonismo tiene en La Biblia), donde se juntan un par de millones de habitantes; o sea, un tercio de la población total de Jordania. Esa parte tan turística refleja con su patrimonio monumental el paso de las diferentes civilizaciones que pasaron por ella: aparte de las ya mencionadas, también hay que reseñar a asirios, persas, romanos, nabateos, bizantinos, omeyas y abbasíes.

Los últimos en incorporarse a esa lista han sido los palestinos, refugiados de los conflictos que arrasan las regiones del entorno y que han terminado constituyendo una mayoría, creando cierta tirantez social frente a los jordanos de siempre por ser más islamistas (en el peor sentido de la palabra). Por eso el país se ha visto arrastrado a varias guerras que en realidad no deseaba.

Pasear por Amán es una buena forma de comprobar cómo es una típica ciudad árabe moderna, espantosa desde el punto de vista urbanístico, con casas bajas de color ocre agolpadas sobre cada elevación topográfica y ribeteadas con miles de antenas parabólicas que asemejan un bosque de enormes setas. Pero, a la vez, ese caos tan característico resulta atractivo; es un viejo tópico viajero bastante ventajista, cierto, puesto que lo que se admira fuera no se querría aquí, pero es que en las visitas a lugares exóticos o de otra cultura son estas diferencias las que subyugan.

Al fin y al cabo viene a ser lo mismo que pasa con la gastronomía. De viaje se aprovecha para probar la cocina local, aunque en casa uno no se pasaría la vida comiendo kebabs, falafeles y otras delicias que, tan recargadas de especias, nuestro estómago quizá terminaría rechazando.

O con otras costumbres: aún retumba en mi cabeza la fenomenal algarabía de una boda jordana que se celebraba en uno de los salones del hotel donde me alojaba, con cantos, palmas y gritos a todo volumen que despertaron en mí una curiosidad antropológica con la que sólo rivalizaba la fascinante visión de las elegantísimas mujeres invitadas, cuyas cabezas se cubrían -es un decir, pues lo llevaban caído hacia atrás, con deliberada y calculada dejadez- mediante preciosos hiyabs de seda.

Fotos 1 y 4: Visita Jordania Facebook
Fotos 2 y 3: Marta BL

domingo, 25 de enero de 2015

Entre buitres y corderos: las Hoces del río Duratón



La provincia de Segovia reúne un puñado de lugares especialmente atractivos, unos desde un punto de vista cultural, quizá los más conocidos, y otros del natural. Entre estos últimos destaca con brillo propio un paisaje que hay que visitar sí o sí alguna vez por su valor y su espectacularidad: las Hoces del río Duratón.

Que el nombre no lleve a confusión. Una hoz, aparte de un instrumento para la siega y la mitad del símbolo comunista, es un valle más o menos estrecho y profundo, excavado por un río que discurre encajado entre altos farallones rocosos. La razón de esa denominación hay que buscarla en la sinuosa forma que adopta durante el recorrido, que lo asemeja a la cavidad bucal, o sea, la garganta, que en latín se dice faux (de ahí deriva la palabra hoz); pelín rebuscado ¿no?.
Los buitres anidan en esas paredes (ampliando la primera foto se ve alguno volando)
 El caso es que, a lo largo de unos cincuenta millones de años, el agua fue disolviendo la roca caliza -eso que se llama fenómeno kárstico- y modelando ese tipo de paraje tan impresionante y caprichoso. Éste, en concreto, se encuentra entre Sepúlveda, Burgomillodo y Sebúlcor, al noroeste de la provincia, y está protegido como Parque Natural desde 1989. También es Zona de Especial Protección para las Aves debido a la colonia de buitres leonados que anida en las balmas (grutas, también utilizadas por el hombre) que horadan las paredes y constituye el principal atractivo para los visitantes.

Las Hoces del río Duratón ocupan una superficie de algo más de cinco mil hectáreas, con el curso fluvial avanzando veintisiete kilómetros y formando marcados meandros a su paso. La parte alta, que llega en algunos puntos al centenar de metros, es un típico páramo de sabinas y enebros. Si uno logra superar el embobamiento que produce el elegante planear de los buitres (cuidado, que engancha y hay riesgo de acabar con tortícolis), se puede caminar un par de kilómetros por ese llano hasta la ermita de San Frutos, una edificación religiosa construida al pie del acantilado, con vistas al pantano de Burgomillodo.

Foto desde el puente de acceso a la ermita
 Es de estilo románico (siglo XII) aunque erigida sobre otra visigótica quinientos años anterior que, a su vez, se construyó sobre restos romanos. Era un priorato cuya fundación se atribuye al santo homónimo y sus hermanos, Santa Engracia y San Valentín. Las ruinas de un monasterio benedictino y un pequeño cementerio altomedieval completan el conjunto, al que se accede por un divertido puente de piedra construido en 1757 para salvar una grieta abismal popularmente conocida como la Cuchillada y cuyo origen legendario se atribuye al propio San Frutos: la abrió de un golpe de bastón para impedir el paso de los musulmanes a Sepúlveda.

Las tumbas medievales, muy desgastadas
Por ahí despeñó un celoso marido a su esposa, cuenta otra tradición. Pero como ella era inocente, San Frutos la salvó -se le atribuyen siete milagros, atentos a este número- y, en agradecimiento, la mujer donó al cenobio todos sus bienes. Una inscripción en una de las paredes da fe de esa historia, con más o menos imaginación. En cualquier caso, también hay una tosca escalera que permite bajar al fondo del cañón de una manera no tan rápida pero sí más tranquila y cómoda

En 1834, la Desamortización de Mendizábal echó a los monjes y el sitio quedó abandonado, siendo pasto de un incendio años después. La cruz de hierro que se alza delante sobre un pedestal de piedra es reciente, de principios del siglo XX, y representa las siete llaves de Sepúlveda (en alusión a la cantidad de entradas de la ciudad). Como decía antes, ese número es emblemático en el lugar porque, aparte de los milagros de San Frutos y las puertas con sus llaves, también hay una cueva de los Siete Altares, una oquedad en la roca usado desde el neolítico y cristianizado de forma tan insólita que quedó convertido en un santuario católico.

En fin, al terminar la visita nos fuimos a uno de los figones locales a comer  cordero asado, plato sepulvedano por autonomasia. Siete raciones, por supuesto; para no perder la magia.

Fotos: Marta BL.

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