miércoles, 11 de enero de 2017

Balcones peruanos



Perú es un país tan grande y tan lleno de atractivos turísticos - de ésos que suelen ponerse en la lista de cosas que habrá que visitar alguna vez en la vida-, que la atención del viajero suele centrarse en los lugares emblemáticos que aparecen en todas partes como símbolos iconográficos; a saber, Machu Picchu, Cuzco, el lago Titicaca, las Líneas de Nazca, las huacas del Sol y la Luna, el Valle Sagrado, el Cañón del Colca, la selva amazónica incluso... Podría estar así hasta mañana y seguramente nadie echaría de menos que citase otros elementos que quizá no son tan espectaculares o tan representativos como esas ruinas prehispánicas o esos espléndidos paisajes que acabo de citar. 

Pero tengo claro que uno de ellos adopta la tan, a priori, vulgar forma de balcón. Le sonará raro a más de uno pero los balcones peruanos  de tradición española constituyen una manifestación artístico-arquitectónica muy característica de la época virreinal y, si uno se fija cuando pasea por los cascos coloniales de las principales ciudades, descubrirá la belleza silenciosa y discreta, pero elegante y preciosista, de esos enormes ventanales dotados de superestructuras exteriores de madera bellamente tallada o barrotes de hierro forjado que parecen más una recreación decorativa que un sistema de protección.


El Arzobispado de Trujillo
Se pueden contemplar en sitios como Trujillo, Puno, Ayacucho y Huancavélica, pero sin duda el lugar más representativo es la capital, Lima. Los balcones más característicos, cerrados para afrontar la sempiterna garúa, aprovechaban lo económica que resultaba la madera en otros tiempos para cerrar ventanales y, de paso, adornar las fachadas haciendo notar la importancia de sus inquilinos en proporción a la riqueza decorativa que presentaran sus relieves y molduras. Ese tipo de balcón se llama "de cajón" y empezó a generalizarse a partir del último tercio del siglo XVI en sustitución de las clásicas celosías, llegando a convertirse en algo tan ligado a la idiosincrasia de la capital que en algunos inmuebles hasta se construían interiores, como si formaran insólita parte del mobiliario del hogar.

De origen árabe -muchas medinas históricas de países musulmanes conservan bellos ejemplos-, el concepto fue trasladado a los países europeos mediterráneos que recibieron el influjo islámico, como Grecia, Italia y, sobre todo, la Península ibérica, de donde saltaron a Canarias primero y a América después. Curiosamente, el reino de Castilla prohibió los balcones de cajón a partir del siglo XV y cien años más tarde se convertían en un elemento especial del arte decorativo colonial, haciéndose tan criollos como los habitantes.

El Palacio Municipal de Lima
En las viviendas y edificios públicos solían situarse en la fachada principal, al principio recorriéndola de lado a lado de forma corrida como una gran galería, de manera que parececían calles en el aire, y a partir del siglo XVII tendiendo a individualizarse como si fueran cajones colgados, de ahí su denominación. Unos se integraban en la línea vertical del edificio sin rebasarla (rasos, se los llama), pero la mayoría sobresalían de forma considerable, apoyados en antepechos balaustrados, y presentando dos variantes: los abiertos, que sólo tenían la barandilla (con una submodalidad en la que están cubiertos por un tejadillo, a veces sostenidos por estilizadas columnas), y los que eran un auténtico cajón, cerrados con cristalera y una cubierta, en ocasiones incluso con postigos o celosías.
La Casa de Bracamonte, Trujillo

Balcones rasos son los de la limeña Casa de las Trece Puertas, por ejemplo, un edificio el siglo XVI que perteneció a la Inquisición y que a mediados del XIX fue sometido a una reforma que le otorgó el estilo neoclásico que presenta actualmente. Abiertos especialmente interesantes, los de la Casa Agua Viva, que es dieciochesca y hoy acoge un restaurante regentado por monjas. Un balcón de cajón corrido a destacar es el de la Casa del Oidor (también del siglo XVIII), que además resulta doblemente interesante porque recorre toda la fachada y al llegar a la esquina la dobla, continuando por el muro lateral. Otro igual de curioso es el de la trujillana Casa de Vallejo, también corrido pero abierto.

Casa de Vallejo, Trujillo

Y si hay que distinguir especialmente un caso de cajón individualizado, sería difícil elegir entre el Palacio de Torre-Tagle o el Palacio Arzobispal, ambos en la capital, con unas piezas magníficas adornadas con preciosas tallas en maderas nobles; el primero es de época virreinal y presenta decoración mudéjar, mientras que el segundo es decimonónico y neobarroco, de inspiración andaluza. Son auténticas perlas de carpintería, una mínima reseña de todos los ejemplares que hay en las ciudades peruanas y que, no obstante, apenas constituyen un pequeño resto de lo que hubo una vez y poco a poco fue siendo derruido por la furia implacable de la actividad sísmica.

El Palacio Arzobispal de Lima

lunes, 26 de diciembre de 2016

El Cid y el Monasterio de San Pedro de Cardeña


Héroe castellano, modelo de caballero medieval, mercenario de ocasión, señor de la guerra más poderoso que muchos reyes, personaje admirado dentro aquí y en el extranjero, protagonista de la mejor película rodada por Samuel Bronston en España, alma del mejor poema épico de nuestra literatura... Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador que en buena hora ciñó espada, es todo esto y más. Venció en todas sus batallas, ganó duelos, se enriqueció con la espada, sirvió a otros hasta que decidió hacerlo a sí mismo, fue siempre fiel a su palabra y pudo haberse autocoronado monarca de Valencia por sus propios méritos si así lo hubiera deseado. Como decía el Cantar, qué gran vasallo si tuviera buen señor.



Si hay un sitio donde se respiran aires cidianos es la provincia de Burgos. Allí, en pleno centro, se encuentra Vivar, el pueblo donde la tradición -que no las pruebas documentales, inexistentes- sitúa su nacimiento y donde el Campeador tenía propiedades, como queda reflejado en la carta de arras firmada con su esposa Jimena. Vivar, que hoy en día ha añadido a su nombre la coletilla del Cid para que no haya dudas, es una minúscula localidad de unos pocos cientos de habitantes, sobria y tranquila, incorporada al llamado Camino del Cid, un itinerario turístico-histórico interprovincial que recorre los lugares por donde transcurría la ruta que el personaje siguió en su destierro.

Mapa de la Ruta del Destierro (imagen: Camino del Cid)


La primera parada de ese trayecto sería el Monasterio de San Pedro de Cardeña, un cenobio benedictino (hoy trapense) situado a diez kilómetros de la capital burgalesa que fue fundado por donación nobiliaria y privilegio real (de Alfonso III el Magno) a caballo entre los siglos IX y X, aunque quizá sobre un precedente de época visigoda y teniendo en cuenta que sólo empezó a prosperar gracias al interés del conde Fernán González. Famoso por la discutida leyenda de los Mártires de Cardeña, dos centenares de monjes que durante una aceifa musulmana se dejaron matar antes que convertirse al Islam allá por el año 872, el monasterio tuvo cierta relación con Rodrigo Díaz, quien le hizo entrega de varias donaciones y, según cuenta el Cantar, dejó allí hospedadas a su mujer y sus dos hijas antes de partir al destierro en el año 1081; cosa dudosa si se tiene en cuenta que el rey Alfonso VI le desterró exclusivamente a él y le permitió conservar sus posesiones, con lo que la familia podría seguir viviendo en ellas tranquilamente. 

La fachada principal con su decoración barroca

El Monasterio de San Pedro de Cardeña tendría por sí mismo interés sobrado para una visita, ya que su célebre Scriptorium Caradignense alumbró una serie de obras extraordinarias, caso de la llamada Biblia de Burgos o el Beato de Cardeña, entre otros. Asimismo, el edificio destila una belleza especial, con un claustro románico de inspiración arabizante y la maciza Torre Cidiana, un campanario también románico que fue donde, cuentan, se alojaron Jimena, Elvira y Sol.

La iglesia abacial
Ahora bien, el verdadero atractivo para muchos está en los espacios relacionados con el Campeador, empezando por la iglesia, que se construyó en el siglo XVI sobre la original medieval, presentando una peculiar fachada barroca y, en el interior, tres naves con varias capillas, una de las cuales lleva el nombre del Cid porque acogió su tumba antes de que ésta fuera trasladada a su ubicación actual en la Catedral de Burgos. Lo paradójico del caso es que la inhumación original si había sido en la Catedral pero los restos se llevaron al cenobio cuando Jimena tuvo que dejar Valencia y regresar a Castilla. En Cardeña, el cuerpo del Rodrigo Díaz se embalsamó y colocó sentado en un escaño de marfil colocado en el presbiterio, como si permanecera vivo para siempre, un poco continuando la leyenda de aquella batalla que ganó a los almorávides después de muerto, atado sobre el caballo. El cuerpo de Jimena descansaba a sus pies. No obstante, el paso del tiempo deterioró la momia y obligó a darle sepultura.

Los sarcófagos de Rodrigo y Jimena en el Panteón del Cid (foto: Monasterio de San Pedro de Cardueña)

Otro rincón destacado es la capilla que se abre a la derecha del templo. Es dieciochesca y sirve de panteón real, definiéndose a menudo como una versión a pequeña escala del Escorial. Y es que allí yace una treintena de personajes de la realeza, la nobleza y la familia del Cid, entre ellos sus hijos; también estuvieron los restos del cid durante un tiempo, de ahí que se la conozca como Panteón del Cid. Sin embargo, la tumba más famosa no está en ese panteón ni acoge a una persona: una estela de piedra enclavada frente a la fachada principal, a la izquierda del aparcamiento y bajo la sombra de dos olmos, marca el punto donde la tradición dice que fue sepultado el cadáver de Babieca, el legendario caballo que acompañó a Rodrigo en tantas aventuras. Lamentablemente, la cosa no parece pasar de leyenda porque en 1948 se excavó para exhumar los restos y no se encontraron.

El Cid y Babieca por el pintor Cándido Pérez

Leyenda... Lo cierto es que esa palabra envuelve al monasterio casi de continuo, sucediéndose un mito tras otro: desde el color rojo que adquiría la hierba del claustro en cada aniversario de la muerte de los mártires a la historia del judío que se convirtió al cristianismo tras el susto que se llevó al intentar mesarle la barba a la momia del Cid y despertarla, pasando por los milagros que la devoción popular atribuye a la intercesión del Campeador y que le convierten en un personaje semidivino, algo convenientemente fomentado en otros tiempos para atraer peregrinos. Éstos han sido sustituidos hoy por turistas y curiosos. En fin, dejo que sea Per Abbat el que termine: "¡Dios, que buen vassalo! ¿Si oviese buen señor! (...) a todos alcança ondra/por el que en buena hora naçio".

Fotos: JAF

martes, 13 de diciembre de 2016

La Praga de Tycho Brahe, el astrónomo de la nariz de oro

Sólo hubo un hombre de la pistola de oro; se llamaba Francisco Scaramanga, era español (catalán, para más señas) y se ganaba la vida como caro, frío e implacable asesino a sueldo con su pistola fabricada de ese metal precioso y escondiéndose en su propia isla exótica, hasta que James Bond acabó con él. En cambio ha habido más de uno con la nariz de oro, no tan sugestivo como el personaje encarnado Christopher Lee, claro, pero sí más histórico. Un ejemplo fue Justiniano II, emperador de Bizancio, déspota y cruel, que fue depuesto por una insurrección cuyos líderes le cercenaron el apéndice nasal antes de desterrarle, en la creencia -ingenua, como verían- de que no se atrevería a intentar retomar el poder con esa pinta. Otro no tuvo tanta importancia política pero sí científica: me refiero al astrónomo Tycho Brahe, que era danés de nacimiento pero pasó la etapa final de su vida en Praga, motivo de este artículo.

Después de la visita al Castillo de Praga, inevitable en cualquier estancia turística en la ciudad, es recomendable darse un paseo por ese laberinto de callejuelas solitarias que se enredan en torno a la colina Hradcany. En una de ellas, Nový Svět, situada detrás del Santuario de Loreto y del Monasterio de Strahov, donde el empedrado del pavimento parece conjugarse perfectamente con el arbolado y la ausencia de coches, se encuentra la casa donde Tycho Brahe vivió sus últimos años. No hay que esperar un palacete de los muchos que se suceden por la capital de la República Checa; de hecho, se trata de una vivienda bastante modesta, ante la que uno pasaría de largo sin fijarse especialmente mientras mueve los ojos en busca del siguiente muro blasonado, de no ser por una pequeña placa indicativa.

La sencilla casa de Tycho Brahe en Praga (Foto: JAF)

Brahe nacio en el Castillo de Knudstrup en 1546 y su verdadero nombre era Tyge Ottesen (Tycho es una versión latinizada) de familia noble ya que su padre, Otte Brahe, era consejero real. El joven Tycho ingresó en la Universidad de Copenhague, donde estudió matemáticas y, sobre todo, astronomía, que era su verdadera pasión desde que vio a un profesor predecir un eclipse de sol. De hecho, se trasladó a Leipzig para continuar su formación con Leyes, pero la vocación por los cuerpos celestes era ya irreversible y con la herencia que recibió de su tío pudo dedicarse a ello plenamente, completando sus conocimientos en otras universidades como las de Wittenberg y Rostock, de las que salió también versado en medicina, -decisiva en su óbito como veremos-, alquimia y astrología, disciplinas que por entonces se consideraban  científicas.

Retrato de juventud
Su aportación a la astronomía fue abundante y meritoria, teniendo en cuenta que en esa primera época el telescopio aún no se había inventado y las observaciones se hacían a ojo; en ese sentido, Tycho se ayudaba de un enorme cuadrante de seis metros construido por él mismo y al que luego añadió otros instrumentos de su invención. Entre unos y otros, descubrió una supernova en la constelación de Casiopea, concluyó que las estrellas se movían, mejoró la medición del desplazamiento de los planetas, propuso un nuevo sistema astronómico que combinaba el ptolemaico con el copernicano y demostró que la ruta de los cometas era elíptica y no circular. También se percató antes que nadie de la refracción de la luz.

La mayor parte de esos trabajos los hizo en diversas ciudades europeas en que residió. De hecho, cuando se estableció en Praga en 1599 contaba ya cincuenta y tres años, y su momento había pasado, entregándole el testigo a un joven profesor de matemáticas de Graz que practicaba astronomía para sacarse un dinero extra y con el que no tuvo buen comienzo porque enseguida percibió que era un genio. Aquel hombre, al que sin embargo convirtió en su ayudante y albacea científico, se llamaba Johannes Kepler y fue él mismo quien narró cómo fueron los últimos momentos de su mentor. Bastante patéticos por cierto, pues a Tycho le habían entrado las ganas de ir al servicio durante un banquete y para no faltar a la etiqueta se aguantó hasta que la cosa desembocó en lo que los médicos actuales identifican con una uremia, aunque una autopsia de sus restos mortales realizada en 1999 reveló alto contenido en mercurio, seguramente de los fármacos que se autoadministraba como médico para tratar sus problemas urinarios. Tras varios días de delirante agonía, recobró la lucidez durante un rato y murió el 24 de octubre de 1601.

Iglesia de Nª Sª de Tyn (Foto JAF)
Quien quiera seguir el rastro de Tycho por Praga, en este caso el rastro fúnebre, no tendrá problema porque le llevará hasta un sitio muy turístico y frecuentado: la plaza Staromestské námestí, donde se alza la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn. Inconfundible por los agudos chapiteles negros de sus torres góticas, es un templo de mediados del siglo XIII construido sobre otro románico previo y en cuyo interior se encuentra el sepulcro del astrónomo junto a un relieve de su figura. Al astronomo le enterraron con la nariz de oro que tuvo que usar tras perder la auténtica en un duelo con Manderup Parsberg, estudiante como él: como he comentado, Tycho no era de trato fácil y tras dos días de bronca por una cuestión matemática ambos decidieron solventar la cuestión con sus espadas; una estocada hizo que a partir de entonces -y sólo tenía veinte años- se viera obligado cubrir la mutilación con una prótesis que adhería al rostro con una especie de pegamento.

Recreación del duelo para un documental. Foto: DR.DK

Así que todo lo que rodeaba a aquel hombre era digno de una película de David Lynch. Porque aparte de su insólita nariz y de su grotesco fallecimiento, parece ser que tenía un alce como mascota, creía que un enano que usaba como bufón poseía poderes sobrenaturales y encima nunca quiso casarse con la madre de sus hijos, algo especialmente curioso si tenemos en cuenta que engendró ocho. Para rematar el tema, mediante artes cabalísticas, Tycho fue capaz de calcular la fecha de la muerte de su protector, Rodolfo II, anunciándole que el óbito le llegaría tras el de su león; el emperador tenía un ejemplar en su zoo particular que, en efecto se fue de este mundo apenas unos días antes que él. En fin, que no cabe sino darle la razón a tan singular personaje en lo que fueron sus últimas palabras antes de que el mercurio hiciera su trabajo: «Ne frustra vixisse videar» («Quizá no he vivido en vano»).

Tumba de Tycho Brahe (Foto: Radio Praga)

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Kivu


Estaba en Ruanda, el país de las mil colinas, sobrenombre que no se le puso por casualidad. Un lugar precioso, donde a un visitante inadvertido ni se le pasaría por la cabeza el macabro -y no tan lejano- pasado de genocidio y odios que hay soterrado, aparentemente superado... aunque tratándose de África nunca se sabe. Pero aquel día había sustituido la historia por la naturaleza, levantándome a horas criminales para acceder al Parque Nacional de los Volcanes, en los montes Virunga, avanzar ladera arriba entre la frondosidad de la selva, atravesar un bosque de bambú, subir y bajar mil barrancos dando vueltas en busca de la familia del espalda plateada Agaysha, solazarme una cortísima hora en su compañía, emprender el camino de regreso, jugar un partidillo de fútbol con unos chicos nativos usando un tosco balón artesano hecho de trapo, realizar el último tramo en un cuatro por cuatro sobre la carretera más infernal que he tenido ocasión de probar y finalmente tragarme no sé cuántas horas de autobús hasta llegar al lago Kivu.

Peloteando con los chicos locales

Es uno de los más grandes del continente, con 480 metros de profundidad y 2.700 kilómetros cuadrados que sirven de frontera natural entre Ruanda y la República Democrática del Congo. Asentado en una depresión del Valle del Rift  a 1.500 metros de altitud, se ubica sobre la cámara magmática del volcán Nyiragongo, junto a la ciudad congoleña de Goma. Nadie diría al ver su superficie, plana y tranquila como un espejo, que ocasional pero periódicamente entra en erupción, con el agua bullendo hasta terminar explotando como una gigantesca botella de champán al descorcharse. Es algo debido a la gran cantidad de metano y dióxido de carbono de su composición en la parte más honda; de hecho, se estudia la forma de extraer ese gas -unos 55.000 millones de metros cúbicos disueltos a 300 metros de profundidad- como recurso económico. No resultará fácil -nada en África lo es-, pero de momento ya hay una central eléctrica que emplea el metano extraído como fuente de energía.

Corte del fondo del lago
Sabiendo esto no debería haberme sentido tranquilo cuando llegué hasta allí, ya a última hora de la tarde. Pero el cansancio acumulado hizo que ni siquiera disfrutara del hotel, también llamado Kivu, asentado en su ribera y con una pequeña playa (¡para una vez que me alojaba en un cinco estrellas en esa parte del continente!). Efectivamente, el Hombre se empeña en jugársela una y otra vez y si las laderas de muchos volcanes suelen atraer a millones de personas por la fertilidad que producen las cenizas en la tierra, aquel lago está rodeado de villas de vacaciones y mansiones para los potentados del país y los turistas extranjeros. Cualquier día el Kivu despertará enfurecido pero no parece que los alojamientos de los alrededores deban temer demasiado, aún cuando sería posible que originase un pequeño tsunami; si acaso lo sufrirían los peces y cangrejos, susceptibles de fallecer por las inhalaciones y el súbito cambio de temperatura del agua. Claro que en 1984 y 1986 el lago Nyos (Camerún) acabó con miles de personas y animales por sendas explosiones seguidas de letales emanaciones gaseosas...


La cosa no invitaba a bañarse de por sí pero es que, encima, el riesgo de esquistomatosis, esa enfermedad que protagoniza un platelminto llamado bilharzia, presente en casi todas las masas lacustres del centro africano, no ayudaba; la idea de un gusano haciendo trekking por mi organismo era lo suficientemente repulsiva como para no jugármela. En cualquier caso daba igual porque había caído la niebla, refrescando el ambiente en aquella última hora de luz. Aún así, no faltaban los valientes que se zambullían en el agua, despreciando las piscinas en favor del lago; hay gente para todo y supongo que una playa, por modesta que sea, es una playa. A donde fueres haz lo que vieres, reza el refrán; pero no en en ese continente. Y menos aún cuando, fijando la vista en el Kivu, entrecerré los ojos e imaginé qué aspecto tendría aquellos días de 1994, con miles de cadáveres flotando en su superficie, hinchados por la descomposición, después de que sus asesinos los hubieran despachado a golpe de machete y masu.

Crepúsculo neblinoso en el lago Kivu

Así que dí la espalda a las terrazas con mesas y sombrillas, obvié los apetitosos zumos que servían uniformados camareros, entré en la habitación, corrí el grueso cortinón que tapaba la cristalera y me metí en la cama procurando pensar sólo en los gorilas de esa mañana. Sólo quería dormir y los fantasmas de los tutsis tuvieron a bien permitírmelo.

Foto 1: MONUSCO en Wikimedia
Fotos: Marta B.L.

lunes, 7 de noviembre de 2016

El tesoro de Petra

Hace ya seis años que le dediqué un artículo a Petra y no había vuelto sobre el tema, así que ha llegado el momento de hacer una nueva visita a la ciudad de los nabateos y además a lo grande, centrando la atención en su imagen iconográfica más conocida, aquella que casi todos los que no han tenido el privilegio de visitar el lugar en persona creen que es Petra únicamente: la Casa del Tesoro.
Eso es lo que significa su nombre árabe, Al Jazné, aunque a la palabra Petra se le suele añadir la coletilla "del Faraón" porque hay una leyenda, transmitida oralmente por generaciones de beduinos, según la cual la urna que decora la parte superior del monumento servía para guardar el fabuloso tesoro de Ramsés II el Grande, el rey de Egipto al que presuntamente alude el Libro del Éxodo bíblico, que lo habría colocado en tan poco accesible lugar para esconderlo de los saqueadores. Ésa es la explicación para unas cuantas muescas de disparos que estropean la piedra, como si los estúpidos profanadores intentaran agujerearla -con bastante mala puntería, por cierto, a juzgar por los impactos en los alrededores- para que las monedas brotaran por el orificio a manera de surtidor. Pese a todo, el mito tuvo su parte positiva porque, junto con otros, sirvió de excusa a las autoridades para mantener cerrado el lugar y alejar a los amigos de lo ajeno.
El caso es que esa historia no pasa de ser una bella e ingenua ficción. Para empezar porque nunca hubo tesoro alguno, ya que la urna en cuestión era de carácter funerario. Y para seguir, porque el monumento no es de tiempos egipcios, de la misma manera que tampoco lo es de la época romana como pensaban los primeros arqueólogos que lo estudiaron, datándolo en el siglo II d.C. porque no consideraban a los nabateos capaces de tanto refinamiento. La Casa del Tesoro es un centenar de años anterior y fue obra de aquel pueblo cuyos orígenes algunos identifican con la tribu aramea de Nebayot, el primogénito de Ismael y nieto de Abraham.


Caravaneros árabes reunidos ante Al Jazné
Los nabateos abandonaron su nomadismo para refugiarse en Petra de la persecución del rey Antígono de Siria-Fenicia. Pero no por eso decayó la intensa actividad comercial que les había enriquecido y gracias a la cual construyeron aquella insólita ciudad, excavada en la roca y tan bien protegida que la convirtieron en su capital, justo en una intersección de rutas caravaneras. Motivos mundanos por tanto, por mucho que se adornara con la tradición de haber elegido el sitio donde Moisés golpeó la roca con su báculo para que empezase a manar agua durante el referido Éxodo hebreo. De hecho, se dice que el Sik, esa estrechísima garganta de kilometro y medio de longitud que hay que atravesar para acceder a la urbe, es el resultado de ese golpe milagroso; incluso está localizado el manantial, justo a las afueras, como en el entorno están también las tumbas de Aarón y Miriam, los hermanos de Moisés.
Imagen vintage
Estilísticamente, es indudable la influencia de la arquitectura helenística y, más en concreto, la de la vecina Alejandría. La Casa del Tesoro presenta una fachada griega estructurada en dos pisos que suman cuarenta metros de altura por veintiocho de ancho. El inferior es un pórtico sostenido por seis columnas corintias sobre las que reposan entablamento y frontón; el superior se compone de tres cuerpos , siendo el central un tholos y los otros sendos edículos acabados en medio frontón. Y aunque el conjunto tenga todo el aspecto de un templo, en realidad es un sepulcro; recordemos que en la parte más alta está la citada urna, pero es que, además, la decoración escultórica también muestra motivos ligados al tema funerario:  en los intecolumnios bajos laterales hay relieves que, se supone, representan a Cástor y Pólux, los hijos que Zeus tuvo con Leda, y que se encargaban de guiar a las almas hacia el inframundo; asimismo, en el segundo piso encontramos relieves de amazonas bailando una danza mortuoria, una estatua de la diosa Al Uzza (versión local de Isis) cobijada en el tholos y varias figuras de esfinges, águilas y grifos, animales reales o mitológicos que también tenían que ver con la muerte.

Al Jazné por la tarde, con mejor luz
En el interior del monumento, accediendo por una escalera, las paredes están desnudas y sólo presentan las extraordinariamente bellas vetas naturales de la roca arenisca. Por dentro es de dimensiones modestas  (apenas doce metros cuadrados, si bien el techo se eleva trece), habida cuenta del enorme peso que ha de soportar: toda una montaña de piedra encima. La cámara principal tiene un hueco excavado, inequívocamente destinado a contener un sarcófago, mientras una de las dos secundarias presuntamente se dedicaba a banquetes fúnebres, a juzgar por los bancos tallados en la piedra. Por si quedaba alguna duda, en el subsuelo han aparecido once tumbas, seguramente de los familiares del titular. Con lo cual, el único misterio que queda por esclarecer es la paternidad de Al Jazné: ¿quién estaba enterrado allí? ¿Para qué personaje se hizo tan espléndido mausoleo? Todo apunta a Aretas III, rey que vivió entre los años 84 y 56 a.C. y expandió los dominios nabateos conquistando Damasco a los seleúcidas, aunque no pudo sustraerse al dominio romano y tan sólo pudo mantenerlo relativamente a raya a base de sobornos. Su sobrenombre, Filoheleno, significa amigo de los griegos y no pudo hacerles honor de mejor manera que con ese legado arquitectónico.

Con más detalle

Dejé Petra al caer la tarde, con el sol bajo pero aún visible, proyectando las alargadas sombras de las paredes sobre la arena del suelo. Un camello recostado se entretenía masticando una lata de Pepsi-Cola cuyo contenido se acababa de beber mientras las niñas beduinas se acercaban a pedirnos amablemente bolígrafos, si bien alguna más atrevida -o más ingenua, para ser exactos- pedía un anillo o un pendiente; en Jordania los menores son infinitamente más educados -o menos pesados- que en otros países árabes. Mientras enfilaba el Sik, dejando atrás la fachada del Tesoro asomando apenas entre las paredes verticvales de la garganta, otros turistas se quedaban para asistir al espectáculo de luz y sonido que cuenta la historia de la ciudad cada noche de jueves.

Fotos: JAF y Marta B.L.

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