miércoles, 23 de noviembre de 2016

Kivu


Estaba en Ruanda, el país de las mil colinas, sobrenombre que no se le puso por casualidad. Un lugar precioso, donde a un visitante inadvertido ni se le pasaría por la cabeza el macabro -y no tan lejano- pasado de genocidio y odios que hay soterrado, aparentemente superado... aunque tratándose de África nunca se sabe. Pero aquel día había sustituido la historia por la naturaleza, levantándome a horas criminales para acceder al Parque Nacional de los Volcanes, en los montes Virunga, avanzar ladera arriba entre la frondosidad de la selva, atravesar un bosque de bambú, subir y bajar mil barrancos dando vueltas en busca de la familia del espalda plateada Agaysha, solazarme una cortísima hora en su compañía, emprender el camino de regreso, jugar un partidillo de fútbol con unos chicos nativos usando un tosco balón artesano hecho de trapo, realizar el último tramo en un cuatro por cuatro sobre la carretera más infernal que he tenido ocasión de probar y finalmente tragarme no sé cuántas horas de autobús hasta llegar al lago Kivu.

Peloteando con los chicos locales

Es uno de los más grandes del continente, con 480 metros de profundidad y 2.700 kilómetros cuadrados que sirven de frontera natural entre Ruanda y la República Democrática del Congo. Asentado en una depresión del Valle del Rift  a 1.500 metros de altitud, se ubica sobre la cámara magmática del volcán Nyiragongo, junto a la ciudad congoleña de Goma. Nadie diría al ver su superficie, plana y tranquila como un espejo, que ocasional pero periódicamente entra en erupción, con el agua bullendo hasta terminar explotando como una gigantesca botella de champán al descorcharse. Es algo debido a la gran cantidad de metano y dióxido de carbono de su composición en la parte más honda; de hecho, se estudia la forma de extraer ese gas -unos 55.000 millones de metros cúbicos disueltos a 300 metros de profundidad- como recurso económico. No resultará fácil -nada en África lo es-, pero de momento ya hay una central eléctrica que emplea el metano extraído como fuente de energía.

Corte del fondo del lago
Sabiendo esto no debería haberme sentido tranquilo cuando llegué hasta allí, ya a última hora de la tarde. Pero el cansancio acumulado hizo que ni siquiera disfrutara del hotel, también llamado Kivu, asentado en su ribera y con una pequeña playa (¡para una vez que me alojaba en un cinco estrellas en esa parte del continente!). Efectivamente, el Hombre se empeña en jugársela una y otra vez y si las laderas de muchos volcanes suelen atraer a millones de personas por la fertilidad que producen las cenizas en la tierra, aquel lago está rodeado de villas de vacaciones y mansiones para los potentados del país y los turistas extranjeros. Cualquier día el Kivu despertará enfurecido pero no parece que los alojamientos de los alrededores deban temer demasiado, aún cuando sería posible que originase un pequeño tsunami; si acaso lo sufrirían los peces y cangrejos, susceptibles de fallecer por las inhalaciones y el súbito cambio de temperatura del agua. Claro que en 1984 y 1986 el lago Nyos (Camerún) acabó con miles de personas y animales por sendas explosiones seguidas de letales emanaciones gaseosas...


La cosa no invitaba a bañarse de por sí pero es que, encima, el riesgo de esquistomatosis, esa enfermedad que protagoniza un platelminto llamado bilharzia, presente en casi todas las masas lacustres del centro africano, no ayudaba; la idea de un gusano haciendo trekking por mi organismo era lo suficientemente repulsiva como para no jugármela. En cualquier caso daba igual porque había caído la niebla, refrescando el ambiente en aquella última hora de luz. Aún así, no faltaban los valientes que se zambullían en el agua, despreciando las piscinas en favor del lago; hay gente para todo y supongo que una playa, por modesta que sea, es una playa. A donde fueres haz lo que vieres, reza el refrán; pero no en en ese continente. Y menos aún cuando, fijando la vista en el Kivu, entrecerré los ojos e imaginé qué aspecto tendría aquellos días de 1994, con miles de cadáveres flotando en su superficie, hinchados por la descomposición, después de que sus asesinos los hubieran despachado a golpe de machete y masu.

Crepúsculo neblinoso en el lago Kivu

Así que dí la espalda a las terrazas con mesas y sombrillas, obvié los apetitosos zumos que servían uniformados camareros, entré en la habitación, corrí el grueso cortinón que tapaba la cristalera y me metí en la cama procurando pensar sólo en los gorilas de esa mañana. Sólo quería dormir y los fantasmas de los tutsis tuvieron a bien permitírmelo.

Foto 1: MONUSCO en Wikimedia
Fotos: Marta B.L.

lunes, 7 de noviembre de 2016

El tesoro de Petra

Hace ya seis años que le dediqué un artículo a Petra y no había vuelto sobre el tema, así que ha llegado el momento de hacer una nueva visita a la ciudad de los nabateos y además a lo grande, centrando la atención en su imagen iconográfica más conocida, aquella que casi todos los que no han tenido el privilegio de visitar el lugar en persona creen que es Petra únicamente: la Casa del Tesoro.
Eso es lo que significa su nombre árabe, Al Jazné, aunque a la palabra Petra se le suele añadir la coletilla "del Faraón" porque hay una leyenda, transmitida oralmente por generaciones de beduinos, según la cual la urna que decora la parte superior del monumento servía para guardar el fabuloso tesoro de Ramsés II el Grande, el rey de Egipto al que presuntamente alude el Libro del Éxodo bíblico, que lo habría colocado en tan poco accesible lugar para esconderlo de los saqueadores. Ésa es la explicación para unas cuantas muescas de disparos que estropean la piedra, como si los estúpidos profanadores intentaran agujerearla -con bastante mala puntería, por cierto, a juzgar por los impactos en los alrededores- para que las monedas brotaran por el orificio a manera de surtidor. Pese a todo, el mito tuvo su parte positiva porque, junto con otros, sirvió de excusa a las autoridades para mantener cerrado el lugar y alejar a los amigos de lo ajeno.
El caso es que esa historia no pasa de ser una bella e ingenua ficción. Para empezar porque nunca hubo tesoro alguno, ya que la urna en cuestión era de carácter funerario. Y para seguir, porque el monumento no es de tiempos egipcios, de la misma manera que tampoco lo es de la época romana como pensaban los primeros arqueólogos que lo estudiaron, datándolo en el siglo II d.C. porque no consideraban a los nabateos capaces de tanto refinamiento. La Casa del Tesoro es un centenar de años anterior y fue obra de aquel pueblo cuyos orígenes algunos identifican con la tribu aramea de Nebayot, el primogénito de Ismael y nieto de Abraham.


Caravaneros árabes reunidos ante Al Jazné
Los nabateos abandonaron su nomadismo para refugiarse en Petra de la persecución del rey Antígono de Siria-Fenicia. Pero no por eso decayó la intensa actividad comercial que les había enriquecido y gracias a la cual construyeron aquella insólita ciudad, excavada en la roca y tan bien protegida que la convirtieron en su capital, justo en una intersección de rutas caravaneras. Motivos mundanos por tanto, por mucho que se adornara con la tradición de haber elegido el sitio donde Moisés golpeó la roca con su báculo para que empezase a manar agua durante el referido Éxodo hebreo. De hecho, se dice que el Sik, esa estrechísima garganta de kilometro y medio de longitud que hay que atravesar para acceder a la urbe, es el resultado de ese golpe milagroso; incluso está localizado el manantial, justo a las afueras, como en el entorno están también las tumbas de Aarón y Miriam, los hermanos de Moisés.
Imagen vintage
Estilísticamente, es indudable la influencia de la arquitectura helenística y, más en concreto, la de la vecina Alejandría. La Casa del Tesoro presenta una fachada griega estructurada en dos pisos que suman cuarenta metros de altura por veintiocho de ancho. El inferior es un pórtico sostenido por seis columnas corintias sobre las que reposan entablamento y frontón; el superior se compone de tres cuerpos , siendo el central un tholos y los otros sendos edículos acabados en medio frontón. Y aunque el conjunto tenga todo el aspecto de un templo, en realidad es un sepulcro; recordemos que en la parte más alta está la citada urna, pero es que, además, la decoración escultórica también muestra motivos ligados al tema funerario:  en los intecolumnios bajos laterales hay relieves que, se supone, representan a Cástor y Pólux, los hijos que Zeus tuvo con Leda, y que se encargaban de guiar a las almas hacia el inframundo; asimismo, en el segundo piso encontramos relieves de amazonas bailando una danza mortuoria, una estatua de la diosa Al Uzza (versión local de Isis) cobijada en el tholos y varias figuras de esfinges, águilas y grifos, animales reales o mitológicos que también tenían que ver con la muerte.

Al Jazné por la tarde, con mejor luz
En el interior del monumento, accediendo por una escalera, las paredes están desnudas y sólo presentan las extraordinariamente bellas vetas naturales de la roca arenisca. Por dentro es de dimensiones modestas  (apenas doce metros cuadrados, si bien el techo se eleva trece), habida cuenta del enorme peso que ha de soportar: toda una montaña de piedra encima. La cámara principal tiene un hueco excavado, inequívocamente destinado a contener un sarcófago, mientras una de las dos secundarias presuntamente se dedicaba a banquetes fúnebres, a juzgar por los bancos tallados en la piedra. Por si quedaba alguna duda, en el subsuelo han aparecido once tumbas, seguramente de los familiares del titular. Con lo cual, el único misterio que queda por esclarecer es la paternidad de Al Jazné: ¿quién estaba enterrado allí? ¿Para qué personaje se hizo tan espléndido mausoleo? Todo apunta a Aretas III, rey que vivió entre los años 84 y 56 a.C. y expandió los dominios nabateos conquistando Damasco a los seleúcidas, aunque no pudo sustraerse al dominio romano y tan sólo pudo mantenerlo relativamente a raya a base de sobornos. Su sobrenombre, Filoheleno, significa amigo de los griegos y no pudo hacerles honor de mejor manera que con ese legado arquitectónico.

Con más detalle

Dejé Petra al caer la tarde, con el sol bajo pero aún visible, proyectando las alargadas sombras de las paredes sobre la arena del suelo. Un camello recostado se entretenía masticando una lata de Pepsi-Cola cuyo contenido se acababa de beber mientras las niñas beduinas se acercaban a pedirnos amablemente bolígrafos, si bien alguna más atrevida -o más ingenua, para ser exactos- pedía un anillo o un pendiente; en Jordania los menores son infinitamente más educados -o menos pesados- que en otros países árabes. Mientras enfilaba el Sik, dejando atrás la fachada del Tesoro asomando apenas entre las paredes verticvales de la garganta, otros turistas se quedaban para asistir al espectáculo de luz y sonido que cuenta la historia de la ciudad cada noche de jueves.

Fotos: JAF y Marta B.L.

martes, 25 de octubre de 2016

El Hospital de los Venerables



Si hubiera que recomendar un top ten de sitios históricos de Sevilla que deber ser visitados sí o sí, probablemente uno de los que figurarían sería el Hospital de los Venerables. Y mira que es difícil elegir en esa ciudad, pero lo sería no sólo por el continente (edificio barroco muy original con una bella iglesia que no defraudará a ningún curioso) y el contenido (se supone, puesto que hoy es un lugar multifuncional que acoge la sede de la Fundación Focus-Abengoa y el Centro de Investigación Diego Velázquez) sino también por el espíritu que flota en el ambiente y que, entrecerrando un poco los ojos y dejándose llevar por la imaginación, lo traslada a uno al siglo XVII.

Presbiterio y retablo mayor con La Última Cena, de Lucas Valdés

El Siglo de Oro español sólo refulgía con brillo áureo en las artes, fueran plásticas o literarias. En otros aspectos, fuera el político, el militar o el económico, fue la época en que empezó a manifestarse la lenta decadencia de la Monarquía Hispánica, plasmada en penuria demográfica, ataques de toda Europa al olor de la carroña y el lastre financiero que supuso el legado de los Austrias mayores, cuya gestión de la hacienda había sido un desastre e hipotecó a las generaciones siguientes. En ese contexto, y aún cuando el país se defendía como gato panza arriba soltando esporádicos zarpazos que lo permitieron sobrevivir maltrecho hasta el cambio de dinastía, la situación interior fue duramente retratada por la tradición escrita de la picaresca, en la que España aparece casi como una macro Corte de los Milagros llena de ganapanes, trepas y bribones. Pero, sobre todo, pobres, muchos pobres con la necesidad de llevarse algo a la boca e ir tirando.

Justino de Neve retratado por Murillo
Buena parte del clero estaba en esa última situación. Paradójicamente, la profesión de fe en una época en la que la Iglesia era uno de los principales poderes nacionales sólo garantizaba una posición desahogada a obispos y prelados de alcurnia; el resto de sacerdotes vivían como podían y, cuando alcanzaban una edad avanzada y empezaban a llegar los achaques, solían caer en el olvido sin que nadie se ocupara de ellos. Ésa fue una de las razones que impulsaron a la Hermandad del Silencio de Sevilla a crear una institución que amparase a esa gente y, así, en 1627 se alquiló una casa para alojarlos. Funcionó durante varias décadas hasta que en 1675 el canónigo Justino de Neve, en colaboración con la hermandad, decidió acometer personalmente la fundación de un hospital que sirviera de residencia para sacerdotes ancianos e impedidos. Para ello adquirió un solar próximo a su domicilio donde en 1697, tras las correspondientes obras, construyó el edificio. Estaba -y está todavía- en el barrio de Santa Cruz y tiene un precioso nombre: el Hospital de Venerables Sacerdotes.

El patio con la fuente y la peculiar escalinata, pensada para aprovechar el agua
Era una gran casa de dos plantas y patio, siguiendo el modelo típico andaluz y decorada según el estilo barroco imperante, aunque mucho más sobrio de lo habitual. Tenía una iglesia, por supuesto, que ocupaba la fachada principal en la calle Jamerdana; la parte civil era de planta cuadrada estructurada en torno a ese patio, que sin duda es el rincón más interesante del lugar: un espacio abierto porticado y con galería superior sostenida por columnas toscanas, en el que el punto central es una fuente rodeada por una escalinata concéntrica de ladrillo y azulejo (foto de cabecera). La sala de enfermería estaba en la parte oriental de dicho patio, una estancia rectangular con cubierta plana y una arquería en la que las enjutas se decoran con yeserías de tema eclesiástico; hoy es una sala de exposiciones.

Arquería y planta superior

En la planta superior había otra enfermería y se localizaban las habitaciones de invierno (al hallarse más altas se calentaban mejor). Se comunicaba con el coro de la iglesia y hoy también se usa para exposiciones. También allí está la Sala de Cabildos, actualmente usada como Gabinete de Estampas (accesible sólo a investigadores). Asimismo, en una esquina de ese piso estaba la torre mudéjar que daba al refectorio (ahora biblioteca). En cuanto a la citada iglesia, consagrada a San Fernando, ahora es un auditorio musical pero entonces se usaba para los oficios religiosos.


La cúpula de la iglesia
 
Un detalle decorativo

Es un lugar especialmente atractivo: una sola nave cubierta con bóveda de medio cañón que tiene arcos fajones y un crucero rematado en cúpula de media naranja sin tambor. Lo más interesante, con todo, son las pinturas de Valdés Leal y su hijo Lucas que la decoran, con atención especial al techo de la sacristía (El triunfo de la cruz) y donde además no faltan la clásica cajonería y el tesoro de orfebrería-, las esculturas de Pedro Roldán y Martínez Montañés y los retablos de Juan de Oviedo. Hay muchas curiosidades: por ejemplo, la Inmaculada de Murillo que se conserva en el Museo del Prado fue realizada originalmente para este templo -de donde la robó el mariscal Soult-, y no faltan las inevitables hornacinas acristaladas con reliquias de santos, que son una de las señas de identidad de la singular concepción religiosa de la época.

El techo de la sacristía con El triunfo de la cruz, de Valdés Leal

Un detalle


El Hospital de los Venerables se mantuvo gracias a la financiación de la hermandad, el esfuerzo de Justino de Neves  -que falleció muchos años antes de verlo terminado-, las limosnas y las dádivas que de vez en cuando entregaban los reyes. Pero en 1805 la situación eclosionó, acorde con la del resto del país. Entre la invasión francesa, la Guerra de la independencia y el posterior reinado de Fernando VII, el estado del hospital era más bien ruinoso. La Desamortización de Mendizábal fue la guinda, al expropiarlo en 1836 y convertirlo cuatro años después en una fábrica de tejidos; los enfermos tuvieron que ser trasladados al Hospital de la Caridad, pero en 1848 la hermandad consiguió que, por Real Orden, le devolvieran el inmueble y recuperar así su antiguo uso, que perduró hasta 1970.

Bóveda que cubre la escalera a la segunda planta
 Fotos: JAF y Marta B.L.

lunes, 17 de octubre de 2016

Santa María de Tonantzintla, la iglesia pagana disfrazada


Si bien la idea más tópica que se suele tener de México es la de un país caluroso, desértico para los aficionados al cine del oeste y selvático para los que se quedaron más bien con Apocalypto (que en realidad transcurre enlo que hoy es Guatemala), lo cierto es que se trata de ambas cosas y muchas más, pues su tamaño es casi el mismo que el de Europa occidental. Y se da la circunstancia de que el estado de Puebla tiene un clima templado y húmedo, así que con resignado fastidio, pero también con la acostumbrada rutina, que nacer en Asturias marca climatológicamente, aquella mañana tuve que tirar de chubasquero para hacer frente a una lluvia suave pero pertinaz que me desdibujaba el paisaje al resbalar por la ventanilla del vehículo. Acabábamos de dejar atrás la imponente pirámide de Cholula, la más grande del mundo aunque su apariencia actual es la de una colina tapizada de vegetación con una iglesia en la cumbre, para continuar unos quince kilómetros por la Carretera Federal Atlixco hasta la localidad de Santa María de Tonantzintla y visitar su famosa iglesia, Monumento Histórico.

Tonantzin, divinidad nahuátl de la tierra y la fertilidad, en realidad no corresponde a una única diosa. Es un término genérico que engloba a varias deidades femeninas, de manera similar a lo que en el cristianismo es Nuestra Señora (de hecho, su traducción exacta sería Nuestra Madrecita). Los cronistas españoles la identificaron tanto con Coatlicue como con Centéotl y Teteoinan, mientras que investigadores más recientes la asimilan a la madre de Quetzalcóatl o incluso a su esposa Cihuacóatl. Pero la lista mexica de diosas se extiende aún más, así que hay de sobra para elegir. Parece lógico deducir que, siguiendo el protocolo habitual, en 1653 los españoles cristianizaron el santuario que tendría allí Tonantzin construyendo encima una iglesia y trocando sincréticamente su personalidad por la de la Virgen, tal como había pasado, según cuenta la tradición, con la misma divinidad y la Virgen de Guadalupe. En aspecto físico salió ganando seguro, porque ni Coatlicue ni las demás ganarían nunca un concurso de belleza. 



El cielo estaba completamente encapotado originando una mañana gris y apagada, la preferida por Tlaloc para brindarle sus lágrimas al Hombre (siempre y cuando llorasen también los niños que le sacrificaban con ese fin en  tres festivales celebrados a lo largo del año, cosa que no parece muy difícil). Caminé por una estrecha acera semiasfaltada, en la que los socavones se convertían en charcos y la gravilla suelta volvía resbaladizo el paso. La iglesia no impresiona por fuera porque, aunque adscrita al barroco, su fachada no posee la habitual decoración recargada de ese estilo; es más, resultaría difícil adivinar a cuál corresponde, habida cuenta del forro de azulejos rojos alternados con estrellas blancas que la recubren, incluso en la torre, originando un aspecto peculiar que se agudiza con el policromado de las estatuas de los evangelistas en sus hornacinas, el amarillo de las molduras y las franjas blanquiazules, más el estuco gualdo del resto del edificio. Pero ya dice el aforismo que la belleza está en el interior y en este caso no se trata de un cliché.

El día gris y la lluvia no ensalzan precisamente la fachada

Coatlicue era, usando terminología jedi, el lado oscuro de Tonantzin; un reverso tan tenebroso que se la representaba con una falda hecha de serpientes, un collar de manos humanas y los pechos caídos en señal de fertilidad. Fecunda era, desde luego, pues quedó embarazada misteriosamente a partir de una pluma sin necesidad de conocer varón (¿a alguien le suena esto? Ni siquiera necesitó una paloma entera), algo que indignó a sus -atención- cuatrocientos hijos anteriores, que decidieron matarla en plan honra calderoniana. Lo que no sabían es que el nuevo vástago era nada menos que Huitzilopochtli (por si no lo conocen, al que los aztecas ofrecían los corazones palpitantes), quien nació con un arma en la mano (literalmente, y además no una cualquiera: una serpiente de fuego nada menos) y acabó él solo con aquella desagradecida prole. A su hermana Coyolxauhqui, la instigadora de todo, la decapitó, lanzando luego la cabeza al cielo para que se convirtiera en la luna (ellos pasaron a ser las estrellas); a continuación arrojó el cuerpo cerro abajo, algo que los sacerdotes mexicas conmemoraban con los cuerpos de las víctimas sacrificadas al tirarlos rodando por la escalera de la pirámide.



Retrato de familia

Entrar en aquella aparentemente modesta iglesiuca es como pasar del Infierno al Cielo. O del Mictlán al Tonatiuhichán (o a cualquiera de los otros cielos, que había uno casi para cada forma de morir). De pronto un resplandor ciega la vista e ilumina el ábside; la luz del sol que entra por las ventanas se refleja sobre el pan de oro y la polícroma decoración exuberante que recubre paredes y arte interna de la cúpula para mostrar la que posiblemente sea la muestra más exquisita del barroco novohispano en su versión indígena, conocida como tequitqui (tequitl significa trabajo en nahuátl). Porque los artesanos nativos pudieron convertirse al cristianismo pero no renunciaron del todo a sus tradiciones y las incorporaron al templo de la nueva religión, adaptadas a la iconografía católica, con la aquiecencia de los frailes franciscanos. 

La solución a la pertinaz sequía

La referencia a Tláloc no era gratuita, más allá de las gotas que caían fuera incesantemente. La cúpula de Santa María Tonantzinla es una representación del cielo pero también del mundo del dios de la lluvia, que para ser exactos no era una divinidad sino un concepto natural que englobaba también los rayos, los truenos, las tormentas y todo lo relativo a ese ciclo del agua. De ahí la multitud de pequeños rostros de niño, todos con rasgos indios, que tachonan dicha cúpula y que cualquier visitante podría interpretar, de forma demasiado simple, como ángeles. No es fácil distinguirlo, empero, ya que se pierden en tal profusión ornamental de flores, hojas, frutas y plantas en general (algunas identificadas como alucinógenas) que el término horror vacui se queda corto.

Horror vacui

Y así, mirando con calma y detalle se van descubriendo más sorpresas: en el sotocoro, una extraña mujer de cuerpo alargado que en realidad es Chicomecoátl, la diosa Siete Serpiente; en la base de los arcos, los ocho arcángeles se sincretizan con los nueve guardianes del inframundo; los cuatro evangelistas de las pechinas comparten vecindad con el lugar que ocupa Quetzalcoátl en los arcos del crucero saliendo del inframundo como estrella de la mañana; los niños coronados de plumas de la base  de las pilastras llevan palabras en sus cestos agradeciendo a los dioses las buenas cosechas (hoy en día las jóvenes llevan su cabello como exvoto y con él se confeccionan pelucas para las tallas de los santos); en el brazo derecho del crucero el retablo del Calvario muestra a los ladrones crucificados junto a Cristo como Nanahuatzin o Quinto Sol (Dimas, el bueno) y Tecciztécatl, la divinidad transformada en la luna (Gestas, el malo)...

Chicomecoátl, la diosa Siete Serpiente

Más aún: en los muros están los que parecen Adán y Eva pero que tienen su equivalencia en Cipactonal y Oxomoco, la pareja primigenia; un niño mostrado cabeza abajo una ventana que se podría asimilar al ángel caído es en realidad el Dios Siete descendiendo a la tierra para fecundarla con el agua que porta; el centro de la cúpula acoge unas figuras femeninas que son  cihuateteos, una especie de fantasmas que acompañaban al Cihuatlampa a las mujeres que había muerto en el parto, pues se lo habían ganado por su esfuerzo tanto como los guerreros;  en las bóvedas del crucero se ven representaciones de Quetzalcoátl y Tezcatlipoca con los diversos tipos de paraísos de la mitología mexica; y no podía faltar Huitzilopochtli, el mencionado hijo de Coatlicue, al que se distingue en los arcos del crucero.

El Cihuatlampa, cielo de las parturientas muertas


En fin, es imposible apreciarlo desde el suelo pero la misma planta de la iglesia tiene la forma de un toxtli, la cancha donde se celebraba el juego sagrado de pelota. Uno sale de allí embotado y comprendiendo mejor tanto el significado de la palabra sincretismo como de esa sensación que, no sé si científica o literariamente, se conoce como Síndrome de Stendhal. Aún con los tlaloques (los cuatro hijos de Tláloc, con sus proboscídeas narices) vertiendo agua desde las nubes, recorrí el camino inverso hacia el autobús. En un momento dado pisé una placa suelta del pavimento,  que se movió dejando al descubierto una oquedad oscura de profundidad aparentemente infinita, como si de la mismísima entrada al Mictlán se tratase; entre las sombras, me pareció ver la sonrisa ofidia de la madrecita Tonantzin invitándome a bajar.

Fotos: 
-JAF y Patrimonio Virreinal Mexicano (Facebook)

lunes, 10 de octubre de 2016

El castillo de Coca y la folletinesca historia de amor del marqués de Cenete con María de Fonseca


Un castillo que se precie debe tener su fantasma. Así lo entienden al menos en las Islas Británicas, donde precisamente el carecer de él es noticia. En España, salvo excepciones, no hay esa tradición, quizá porque los fantasmas tienden a refugiarse en otros ámbitos, como estadios de fútbol u organismos oficiales, pero a cambio es frecuente que nuestros castillos acrediten tremebundas historias dignas de folletín romántico, con amores imposibles, traiciones, crímenes y justicias reales; y si acaso algun alma en pena, que suena más católico. Un buen ejemplo podría ser la que protagonizó el inefable marqués de Cenete, hijo de Pedro Gozález de Mendoza, aquel todopoderoso cardenal al que por su influencia sobre los Reyes Católicos se conocía popularmente como el Tercer Rey de España. El escenario fue espléndido: el castillo de Coca.


El marqués de Cenete

Si hay un castillo raro o poco común en el país ése es el de Coca, una pequeña localidad del noroeste de Segovia donde se alza una de esas características fortificaciones que dan nombre a la comunidad autónoma pero que se diferencia de las demás en el hecho de que elemento de construcción fundamental es el ladrillo y no la mampostería. En realidad el castillo de Coca no es único en ese sentido y no muy lejos, en Medina del Campo, hay otro similar, el de La Mota, sólo que el segoviano es bastante más grande y espectacular.



Coca no se llama así por ningún refresco azucarado ni mucho menos por una estimulante sustancia blanca de origen andino sino porque ya existía desde la Antigüedad una ciudad a la que los textos clásicos aluden como Cauca y que los romanos ocuparon en su expansión peninsular; fue la cuna de Teodosio el Grande, el último emperador del Imperio Romano unificado. Luego su historia se vuelve etérea hasta dos momentos del Medievo, uno cuando el rey Alfonso VI funda la Comunidad y Villa Tierra de Coca (siglo XI) y otro cuando el marqués de Santillana cede el lugar en una permuta por la villa de Saldaña al obispo de Sevilla Alonso de Fonseca y Ulloa (siglo XV). Fue esta familia la que obtuvo del monarca Juan II el permiso para erigir un castillo en las afueras, aprovechando la protección que proporcionaba un meandro del río Voltoya. Las obras se llevaron a cabo con una rapidez poco común, apenas una veintena de años entre 1473 y 1493.


Alonso de Fonseca

Atención al apellido Fonseca porque juega un papel fundamental en la historia del citado marqués de Cenete. Don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, que así se hacía llamar tras haber incorporado a su apellido el del Cid para darse aún más lustre, era el prototipo de caballero de aquella época de transición de la Baja Edad Media a la Moderna, cortesano modelo, guerrero consumado y, ay, galán impenitente cuyas conquistas -no sólo las militares- eran la comidilla de toda la nobleza hispana. Pero el marques, viudo, se enamoró de la doncella equivocada: María Fonseca, sobrina del obispo que adquirió el castillo; le debió dar fuerte porque se dice que por ella renunció a casarse con la mismísima Lucrecia Borgia. El caso es que los Fonseca se negaron a autorizar aquella relación y el propio rey Fernando ordenó el matrimonio de María con otro hombre, confinándola tras los muros cuando se negó y obligándola a contraer nupcias con o sin su aquiescencia. María, casada, pasó de un lugar a otro; entre ellos Coca, que para eso era una propiedad familar.

Lo primero que ve un visitante al llegar al castillo es la espléndida silueta que parece más un decorado de película fantástica. Al contrario que en otros sitios, aquí predomina visualmente las líneas horizontales sobre las verticales porque el complejo no se asienta sobre un cerro, como suele ser lo típico, sino sobre un falso llano con cierto escarpe por la parte trasera. O sea, que es una percepción algo engañosa porque cuando uno se acerca se percata de que las almenas y torreones del castillo tienen una altura mucho mayor de lo que parece de lejos y, encima, el foso los agranda todavía más. Si a alguien le queda aún alguna duda, le sugiero darse un paseo por los adarves, con el tejado del patio a un lado y el abismo al otro, bajo las sombras que producen la mole imponente de las torres.

Sus constructores fueron alarifes (arquitectos) sevillanos bajo la dirección del maestro Alí Caro, un experto en arquitectura defensiva, por eso el estilo elegido es una combinación de gótico y mudéjar, con el mencionado ladrillo como material básico, si bien usa igualmente piedra caliza en ciertos sitios. Aparte del enorme foso exterior con puente y reja, dispone de dos recintos amurallados concéntricos. En el segundo, donde se ubica el patio de armas, se alza la torre del homenaje, por cuyas plantas se distribuyen dependencias diversas que se comunican mediante angostas escaleras de caracol y pozos con enjarretado: capilla, calabozos, patio renacentista, sala de armas... Esta última presenta una bonita decoración ojival, con bóveda nervada en forma de estrella, estucos, mosaicos y pinturas.

No fallan las inevitables armaduras dando ambiente y una sala con acústica extraordinaria que permite oir desde un extremo lo que se habla en voz baja desde el otro. Tampoco la siempre sugestiva mazmorra, que en realidad parece ser que se trataba más bien de un almacén; lo que no quita que pudiera usarse como cárcel en un momento dado y si había un inquilino para ello; eso sí, si era de alcurnia el castillo entero era la prisión, como pasaría en 1645 con el duque de Medina Sidonia cuando fue acusado de pretender proclamarse rey de Andalucía.

Por otra parte, aquel también fue escenario de virulentos combates, como cuando los comuneros intentaron asaltarlo infructuosamente en 1521 o cuando las tropas napoleónicas prácticamente lo destruyeron en 1812, aunque el estado de ruina lo redondeó veintiséis años más tarde el administrador de la Casa de Alba (a la que pertenecía desde el siglo anterior) al vender sus materiales nobles por lucro personal; su aspecto actual, de hecho, es fruto de una reconstrucción de los años cincuenta, pues al fin y al cabo estaba -está-catalogado como Monumento Histórico Nacional.



En 1502, rabioso y frustrado, Don Rodrigo se dedicó a propagar el rumor de que el nuevo marido era bígamo e intentó una incursión contra el castillo para raptar a su amada en la que estuvo a punto de perder la vida cuando fue rechazado de forma contundente, a base de aceite hirviendo por el matacán. La reina Isabel, siempre preocupada por evitar escándalos en su reino, intervino entonces para poner fin a aquella historia, recluyéndole a él en el castillo de Cabezón. Pero los amantes eran pertinaces y en 1506, para estupor de todo el mundo, el marqués se llevó a Maria del Monasterio de las Huelgas, donde la habían internado al quedar viuda, y la desposó en Coca. Su insistencia tuvo premio: al año siguiente el rey regente Fernando tiró la toalla y terminó autorizando el enlace, aunque ella fue desheredada por los suyos. Nada comparado con el pasar a la posteridad a través de crónicas, canciones galantes... y blogs.

Foto cabecera: Castillo de Coca
Resto fotos: JAF

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