domingo, 19 de octubre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático ( y X)

Hoy terminamos de contar las aventuras del inefable Toni Kuakman por el sudeste asiático. Un viaje que no acaba sin que nuestro protagonista haga lo indecible por complicarlo. Esta vez intentando visitar infructuosamente a las famosas mujeres jirafa.

Sabrán que en el norte de Tailandia hay una tribu originaria de Birmania -cruzó la frontera huyendo de una dictadura militar contraria a la diversidad étnico-cultural- cuya principal característica es que las mujeres alargan artificialmente sus cuellos mediante la paulatina colocación, a lo largo de los años, de una serie de aros. Por eso las llaman mujeres jirafa o, en su lengua original, padaung.

Las teorías sobre su causa son variadas: que si les sirve de protección contra ataque de tigres, que si las afea y evita el adulterio, que si antaño era un símbolo de riqueza... En cualquier caso se trataría de una ostentación a sin marcha atrás, ya que si se quitasen esos adornos se les rompería el cuello, carente ya de fuerza y con las vértebras cervicales demasiado separadas entre sí. Y aunque hace un tiempo se había empezado a romper la costumbre, terminó recuperándose ante el interés de los turistas, a los que cobran por entrar al pueblo-escenario. Dignidad y salud a cambio de beneficio económico; una vieja historia.

Hoy en día hay cierta concienciación contra eso pero hace años, cuando viajaba por esas latitudes, eran una curiosidad antropológica. Así que allá me fui con mis amigos en motos, dado que estaba algo lejos y no había autobuses. Como de camino pasábamos unas bellas cascadas, decidimos ir en bañador. Y llevamos también los pasaportes, por si acaso. Yo guardé el mío en el bolsillo. Ah, ¿ya empiezan a reirse?

 Pues aciertan. Al poco de ponernos en marcha, a toda pastilla por la carretera que se abría paso entre el follaje, el sentido arácnido me avisó y eché mano atrás rápidamente para comprobar que, como me temía, mi pasaporte había desaparecido, seguramente caído por el camino. La lógica dice que bastaría con retroceder hasta dar con él, máxime dado lo poco que llevábamos recorrido y siendo tres. Pero es que mis queridos amigos volvieron a pasar de mí (véase Kuakman VIII) y siguieron la ruta, dejándome tirado en una curva con la confianza en que recuperaría pronto el documento y les alcanzaría.

No lo encontré. Regresé al hotel y miré por toda la habitación, no fuera a engañarme la memoria, pero no, el único que me la jugaba era el maldito destino. Me acerqué hasta la comisaría por si alguien lo hubiera hallado y entregado a las autoridades, pero tampoco. Visité todos los bares del pueblo y nadie se había topado con un pasaporte. La cosa era grave porque al día siguiente volvíamos a Bangkok y luego a España. Y claro, siendo domingo la embajada de nuestro país no respondía al teléfono. Aunque no sé si hubiera podido oir nada, ya que los altavoces colocados en las calles no daban un minuto de silencio, anunciando machaconamente vaya usted a saber qué.

Así estaba, dando vueltas como un burro alrededor de la noria, atronado por los malditos altavoces y pasando cada pocos minutos ante el restaurante del señor Lu, quien tan amable como cargantemente me preguntaba cada vez que pasaba si ya lo había recuperado mientras yo me encogía de hombros y negaba con la cabeza con aire estúpido. Claro que si sólo hubiese sido el señor Lu... Pronto se extendió la noticia y todos los dueños de tiendas, bares, hoteles, locutorios, fruterías y mil negocios imaginables me hacían la misma pregunta al pasar ante sus locales, con lo que acabé con cierta tortícolis de tanto sacudir la testa.



Avergonzado del asunto determiné refugiarme en mi habitación, no sin antes dar la consiguiente contestación al recepcionista, que, por supuesto, también me inquirió al respecto. Pero nada más entrar me topé con una nota que alguien había dejado en el suelo, como en una película de espías. Era de la policía ¡Tenían el pasaporte y podía pasar a recogerlo a las nueve del día siguiente! Me apeteció salir a la calle a gritarle a toda la calle, a toda Chiang Mai, a toda Tailandia, que ya lo había encontrado, que me dejasen tranquilo.

Entonces me di cuenta de que anochecía. Había transcurrido una larga jornada y mis amigos aún estaban fuera. ¿Se habrían perdido? ? ¿Decidieron quedarse a vivir con las mujeres jirafa? ¿Se los habría comido un tigre? Pues no. Resultó que habían regresado ya horas antes e incluso vieron el aviso de la policía pero, en lugar de buscarme para dármelo, se fueron a la cascada, a bañarse; lo primero es lo primero y Toni Kuakman se quedó en segundo plano ante la posibilidad de una tarde zambulléndose en el agua. Lamenté que los tigres de la región no fueran más espabilados.


A la mañana siguiente me acerqué a la comisaría de la policía turística, tétrica donde las haya a pesar de su nombre. Los agentes me entregaron la documentación explicando que la hallaron al poco de irme y que se habían pasado el día comunicándolo por los altavoces callejeros (tierra trágame) ¡e incluso en la radio local! Tuve que firmar en una especie de libro donde prometía que, al retornar a España, escribiría al ministro de Turismo tailandés contándole la eficaz labor de la policía de Chiang Mai. Luego me pasaron a un cuarto aparte, indicándome que aguardase sentado en un ajado taburete, único mobiliario de la estancia. Mientras mi incansable mente empezaba a imaginar siniestras historias, entraron varios policías cámara en mano y me pidieron el favor de hacerse una foto conmigo para el periódico del cuerpo. Toma ya. Ésos sí que sabían autopromocionarse; a estas alturas ya deben ser generales, por lo menos.

En fin, aquí termina el relato de mi viaje al sudeste asiático. Lo restante, incluyendo el perder la conexión Frankfurt-Madrid y perdonar la vida de mis amigos, resulta intrascendente por habitual y repetitivo.

Pues lo dicho, aquí concluye esta serie de diez posts sobre las aventuras del inefable Toni Kuakman. Pero no se preocupen porque, inmarcesible al desaliento, sigue viajando y ya me ha proporcionado más material, que publicaré el verano que viene
Fotos: Toni Kuakman

martes, 14 de octubre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (IX)



Kuakman se reúne con sus amigos en Tailandia y, juntos, visitan el país. Ni en su compañía es capaz de evitar meterse en líos.
Dejamos Bangkok y nos trasladamos al norte, a la inevitable localidad de Chiang Mai, una ciudad rodeada de montañas y selvas, festoneada por las cúpulas doradas de los templos budistas y tirando a abarrotada de turistas. Para alojarnos elegimos una especie de pensión que tenía una habitación con tres camas y poco más, lo más barato del lugar que conseguimos.
Tras recorrer las calles empezamos a buscar un restaurante donde cenar pero no nos poníamos de acuerdo: yo quería seguir disfrutando de la comida nacional pero uno de mis inefables colegas ya echaba de menos la alta cocina occidental, léase hamburguesas y pizzas. Asimismo, queríamos probar los famosos masajes tailandeses que, no sé si saben, pueden ser de dos tipos: los oficiales, que se dan en los templos, y los no oficiales, que pueden acabar de cualquier manera. Y ahora pensarán que fuimos a dar con uno de estos últimos ¿no?
Verán, durante nuestro tira y afloja gastronómico dimos mil vueltas hasta que nos topamos con un todo en uno, un restaurante que se anunciaba con un irresistible Paella con sangría y masaje (!). Ya, ya imagino que se les habrán puesto los pelos de punta pero nosotros no pudimos resistirnos ante tan convincentes y sofisticados argumentos. Viva la globalización.


Aún no habíamos pedido cuando se presentaron en la mesa las masajistas representando la variedad humana: una guapa sonriente, otra sociable pero fea como un demonio y una tercera seria y algo tosca. Ellas mismas nos sirvieron la paella,  que estaba buena por cierto, sorpréndanse; tanto que la dueña nos confesó que su hermana se había casado con un español, de ahí la exactitud de la receta.
Faltaba el masaje, ansiado y temido a la vez. En una visita al baño pude ver una sesión a través de un biombo y no parecía tener nada anómalo pero una cosa es decirlo aquí y otra estar en el frente. Además, el precio total era tan barato que resultaba sospechoso. En fin, pronto lo sabríamos porque al acabar la cena volvieron a aparecer las tres gracias y, en correcto inglés, nos invitaron a pasar a la sala ad hoc.
Tenía ésta tres colchonetas como único mobiliario. A esa desnudez nos indicaron que debíamos añadir la nuestra, cosa que nos dejó algo confusos: ¿desnudo total? ¿Los tres a un tiempo? ¿Orgía oriental? Pero no, nos trajeron una especie de camiseta sin mangas y un pantalón pirata adornado con motivos orientales que parecía de payaso; muy propio ¿eh? Nos ataviamos con todo ello y esperamos el siguiente paso hombro con hombro, entre risas estúpidas, como si fuéramos adolescentes.

Kuakman no ha facilitado fotos. Esto es una reconstrucción hipotética.

Entonces llegaron las chicas. Por una vez tuve suerte y me tocó la más guapa, que se puso manos a la obra aunque poco a poco empezó a darme más charla que masaje. Y una vez más entrando en temas personales, como el director del hotel de Bangkok: qué edad tenía, si estaba soltero... Me comentó que se sentía sola porque todas sus amigas se habían casado y, de repente, soltó la bomba proponiéndome matrimonio. Religioso además e inmediato: durante la misa del próximo domingo. Ya ven, si en Vietnam me tomaban por un depravado sexual ahora me postulaba como padre de familia ideal.
Aún estaba en shock cuando me percaté que, mientras la chica seria se aplicaba a su labor masajística con encomiable profesionalidad, la más pequeña -la fea, vamos- no paraba de reir de forma incontinente. La risa era porque su cliente, mi amigo, estaba demasiado tenso y no había forma de que relajase los músculos. El caso es que la cosa concluyó sin nada extraño (salvo el hecho de que una desconocida te proponga ser su marido a los diez minutos de conocerte mientras te soba estando vestido de clown), lo que demuestra que no hay que desconfiar cuando en un país extranjero te ofrecen paella con masaje.
Al terminar nos duchamos para quitar el aceite, bajamos a recepción, pagamos el precio acordado y fuimos despedidos con una invitación a volver en otra ocasión. No lo hicimos porque nos íbamos al día siguiente y además decidí que una paella no vale un matrimonio, si bien ahora, en el tiempo y la distancia, me pregunto si no hubiera sido un buen negocio. Al fin y al cabo estaría tratado a cuerpo de rey por una bella tailandesa experta en dar masajes y puede que incluso tuviera mi propio restaurante, a lo mejor no de paella pero sí de fabada.
Por una vez y sin que sirva de precedente, episodio de relax para Kuakman que, no obstante, volverá a las andadas en el próximo (y último), durante su visita a las mujeres jirafa.

domingo, 5 de octubre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (VIII)


 

Toni Kuakman consigue salir de Vietnam in extremis para reunirse en Tailandia con sus amigos, creyendo que todos sus problemas se han solucionado y toca disfrutar de las vacaciones. Pero...
Ya en Bangkok llegué al hotel, el mismo donde una semana atrás olvidase mi dinero escondido en un rollo de papel higiénico y donde ahora había quedado con mis amigos. Primer contratiempo: ellos no aparecían y el recepcionista se negaba a darme la llave de la habitación al no estar a mi nombre. Le dije que les llamase pero enarboló una nota que me dejaron explicando que se iban a dar un paseo por los canales. Fino detalle por su parte, pensé; casi me quedo colgado en Hanoi por no poder contactar con ellos y ahora se van sin esperarme, pero al menos me dejan un aviso.
¿Qué podía hacer sino sentarme en el sofá del vestíbulo aguardando furioso su regreso? Allí fue pasando el tiempo y al cabo de un par de horas, cuando ya me estaba transformando en hombre lobo, les veo bajando la escalera tan frescos. Pero ¿cómo era posible? ¿ No estaban fuera? Pues no. Resulta que la nota era del día anterior, cuando no les localicé por teléfono, y el imbécil del recepcionista se había confundido. No obstante, la culpa oficial acabó sobre mí, ya que habían interrumpido su juerga nocturna para nada.
En fin, pese a todo ya estábamos reunidos. Faltaba recuperar mi dinero, que guardaba el director en la caja fuerte. Por suerte, éste sí hablaba buen inglés porque si no... Verán, para asegurarse de que yo era el dueño del fajo, me sometió a un interrogatorio tan exhaustivo que llegó a mosquearme: que por qué viajaba solo, si estaba casado, cuál era mi empleo, cuánto ganaba, goles con la selección... No hay que buscarle tres pies al gato; al parecer en esa región de Asia, al igual que no expresan sus emociones en público, consideran normal indagar sobre la intimidad del prójimo; el menos el occidental, al que, leí en algún sitio que consideran inferior, narizotas y maloliente.
El río que nos lleva...
Total, que tras aconsejarme tener muchos hijos el tipo me entregó el dinero. Lo acaricié con deleite -al dinero, no al director- y le di a la limpiadora que lo había encontrado una buena propina, equivalente a su sueldo de un mes.

Pasamos un par de días en la capital viendo lo típico: los wats, el Palacio Imperial, los mercados... También contratamos la experiencia salvaje de bajar un río en una balsa, lo que en realidad resultó tan tranquilo como remar en un estanque. Un estanque putrefacto, eso sí, porque la gente que vive en los barcos arroja sus aguas fecales al río entre otros mil millones de basuras posibles. Al menos parecía improbable la probabilidad de caer al agua, no por ahogarse -ya digo que era un remanso- sino por la posibilidad de tragar un poco -igual bastaba el simple contacto- y acabar infectado de una de esas enfermedades raras que House descubre en el último minuto.

También dimos un paseo en elefante. Algo un tanto ridículo, ya que nos querían subir a los tres en el mismo paquidermo junto a un espantajo escuálido, de piel lechosa y mirada extraviada, a cuyo lado no nos queríamos sentar porque además iba disfrazado de explorador decimonónico, con salacot y todo. Al final me tocó a mí el gran cazador blanco mientras mis amigos fueron en el elefante de detrás partiéndose de risa todo el camino.
Nada comparado con el patético intento de ligoteo entablado una noche en un bar con unas bellezas locales. No, esta vez no eran hombres maquillados (vean el patético incidente de Kuakman II) pero el affaire acabó igual. Estábamos tomando unas copas en Bangkok la nuit cuando se nos acercaron unas chicas con ganas de desarrollar relaciones diplomáticas entre Oriente y Occidente. Salvadas con dificultades las barreras lingüísticas -ni unos ni otras fuimos capaces de repetir correctamente nuestros nombres en las presentaciones- empezó la parte antropológica, con las tres tailandesas fascinadas por el hirsuto vello de nuestros brazos, del que carecen los hombres del país. No contentas con la frondosidad de las extremidades nos pidieron ver la del pecho, aunque no se conformaron con la mera observación y pasaron al análisis táctil sin cortarse un pelo, nunca mejor dicho.
Después del test, cuando todo parecía encauzado, llegó la pega. La cosa no era gratuita sino de pago y, como no quisimos acceder ni cuando ofertaron una rebaja, se levantaron cabreadas, se supone que por el tiempo perdido. Eso sí, una de ellas quiso llevarse un recuerdo de España y no se recató en sobarme el culo a manera de despedida; al menos era la más guapa.
Kuakman aún tiene más aventuras en Tailandia. En el próximo episodio, durante una excursión a Chiang Mai, seguirá metiéndose en líos.

Foto 1: bangkok.com

domingo, 28 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (VII)


Kuakman hace las últimas visitas por Vietnam y se dispone a regresar a Tailandia, donde le esperan sus amigos. Pero en Hanoi...
La última ciudad vietnamita que conocí fue Hoi An, donde está una de las playas más grandes que recuerdo haber visto y donde una vez más me volvieron a tomar por turista sexual, ya que, descansando relajadamente en la arena algo extrañado de que aún no me hubiese pasado nada, se me acercó un adolescente de unos dieciséis años que me invitó a bañarme en el mar con él. Pero le delataron las miradas que dirigía a un grupo de compinches que, justo detrás mío, salivaban expectantes en espera de que me alejara y así poder llevarse mi mochila.
Más tarde, una tormenta tropical fue el augurio de que se habían terminado los días de tranquilidad. Cayó de improviso sobre la región justo cuando tenía que regresar a Hanoi y, de hecho, el avión no pudo despegar hasta dos horas más tarde, lo que me hizo perder la conexión a Bangkok.
La aerolínea intentó escaquearse de sus responsabilidades, pretendiendo que pernoctara en la misma terminal. Los encargados, pensando que a los occidentales todos los asiáticos nos parecen iguales, se pasaban la pelota unos a otros fingiendo sucesivamente que hablaba con ellos por primera vez cuando en realidad no lo hice con más de dos; lo sé porque, efectivamente, lo reconozco, todos me parecían el mismo, de ahí que recurriese al truco de fijarme en detalles en lugar de la cara: un reloj, la altura, etc.
El caso es que después de tantas tribulaciones en el país había aprendido que resistir es ganar y les di la paliza, persiguiendo literalmente al tipo por las instalaciones hasta conseguir que, por agotamiento, accedieran a alojarme en un hotel muy cercano. Una vez allí llamé al de Bangkok donde me esperaban mis amigos para recorrer Tailandia, ya que, pensé, se preocuparían al ver que no llegaba el día previsto. 

¿Preocuparse? Sí, sí. Al ver que no aparecía decidieron que ya me las arreglaría y salieron a  conocer la noche bangkokiana, olvidándose de mí. Y, mientras, tuve que mantener un titánico duelo con el telefonista para que entendiese, primero, que había una reserva a nombre del señor González (uno de mis amigos), y segundo, que yo era Kuakman y no podía presentarme porque estaba en otro país, etc. La cosa me supuso casi quince minutos de llamada internacional, algo nada tranquilizador si recordamos que apenas me quedaba dinero, ya que el grueso de mis fondos permanecía precisamente en ese hotel de Bangkok después de que lo hubiera olvidado escondido en un rollo de papel higiénico. [ver Kuakman 2]
El caso es que si pagaba la llamada corría el riesgo de no tener suficiente para la tasa de salida del país, así que, a la mañana siguiente, salí de la habitación con las gafas de sol puestas y bajé al vestíbulo escondiéndome detrás de las plantas decorativas, como un espía de opereta, con la idea de escaquearme. Pero me dio por imaginar que me pillaban, llamaban a la policía y tenía que pagar una multa aún mayor, así que al final fui honrado y aboné lo que debía.
Como se imaginarán, cuando ya en el aeropuerto me dispuse a hacer lo mismo con la tasa de marras no tenía bastante. Y como era muy temprano, todas las oficinas de cambio estaban cerradas, por lo que el billete de cinco mil pesetas que aún llevaba en el bolsillo era inútil. Así que la hora de despegar se acercaba a marchas forzadas y yo no disponía de tarjeta de embarque. A la entrada del aeropuerto creí encontrar la salvación con una chicas que cambiaban dinero y a las que inicialmente di un susto de muerte cayendo sobre ellas mientras vociferaba "¡CHANGE, CHANGE!" como si fuera un poseso, para después provocar su risa cuando vieron la extraña moneda que les ofrecía... y que rechazaron pensando que seguramente era un estafador. Sirva esto de lección para los que critican el euro.
En fin derrotado y desesperado, no me quedó más remedio que retornar al hotel y explicarle el caso al encargado. Y se hizo el milagro: aquel canonizable tipo accedió a devolverme lo justo para pagar la maldita tasa de salida. Así abandoné Vietnam en dirección a un país, Tailandia, más avanzado y donde no deberían acabarse los problemas al viajar con mis amigos. O eso pensaba.
Foto aeropuerto: Dragfyre en Wikimedia

domingo, 21 de septiembre de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (VI)

Confiando en tener suficientes medios con un fajo de billetes y una tarjeta de crédito, el inefable Kuakman empieza su recorrido turístico por Vietnam.

Después de Hanoi y Hué conocí la espléndida bahía de Halong. Este lugar que las fotos de los catálogos muestran en radiantes días de sol, pero que en realidad suele estar cubierto por la niebla, de manera que uno sólo sabe que está allí porque ha contratado el pasaje en barco. Por eso encontrarse un triste puré de guisantes en vez de esos fantásticos islotes pétreos aflorando de la superficie resulta un tanto frustante.

Pero la cosa fue aún peor en una excursión por la selva que hice por una isla cercana. Lo que pensé que iba a ser un paseo se convirtió en una interminable marcha legionaria de varias horas, a treinta y cinco grados de temperatura -para eso sí salía el maldito sol- y con unos compañeros que no puedo llamar de fatigas porque el único al borde del colapso era yo; el más joven, para mayor escarnio. Encima nunca había estado en una selva tan rara como aquella, en la que no se veía ni oía animal alguno; ni los cantos de las aves. Así que, quizá para compensar el cansancio, mi mente empezó a imaginar que la ausencia de vida se debía al agente naranja lanzado por los aviones estadounidenses y que aún estaba activo, afectando a todos los visitantes del lugar sin que nos enterásemos. En unos años sufriríamos mutaciones y...

En fin, no hay mal que cien años dure -ni el agente naranja siquiera-, así que terminado el extenuante trekking, llegamos al pueblo donde íbamos a pernoctar. Ignoro si todas eran así o es que a mí me tocó la habitación más infecta del país, pero el caso es que la cama tenía un colchón de espuma vieja, raída, aplastada, con sábanas de un dudoso color blanco que probablemente no se habían lavado en las últimas semanas, por no remontarme unas centurias atrás. En una esquina aún estaban los ajados zapatos del último inquilino, salvo que los anfitriones los hubieran puesto allí a mi servicio, lo que no sé qué sería peor.

Bueno, sí lo sé: el cuarto de baño. Lo de cuarto quizá sea un tanto excesivo, ya que no pasaba de dieciseisavo, y, por supuesto, sin taza; modelo cuclillas al que apenas un par de centímetros separaban -más bien unían- de la ducha, la cual presentaba un aspecto tan vomitivo que uno no sabía en cuál de los dos agujeros sería más antihigiénico ducharse. ¿Algo más? Sí, una ventana que no cerraba bien, quizá para permitir la entrada a los murciélagos vampiro que habitaban en la isla. 

Al menos se comerán los bichos, pensé benévolamente atribuyéndoles el carácter de singular servicio de habitaciones. Pero la conga que se marcaban las rollizas cucarachas al lado de la cama demostraba que no, que vivían y muy bien. Eran tan grandes -¿otro efecto del agente naranja?- que, por un momento, las confundí con los zapatos olvidados. ¿O es que realmente no eran zapatos? No quise saberlo. Salí de allí corriendo como si en vez de insectos hubiera tigres y exigí en recepción que me dieran otro sitio.

La dueña del establecimiento se puso hecha una furia, como si yo fuera un veterano de la Guerra del Vietnam con el que tuviera cuentas pendientes. Pero al final accedió a cambiarme de aposento; imposible que fuera más asqueroso que el otro. Para celebrarlo me fui hasta el único bar que había en el pueblo -y en toda la isla-, donde mantuve un mano a mano cervecero con otros compañeros de excursión hasta el anochecer, anunciado mediante el habitual corte de suministro eléctrico en toda la zona.


Era la señal para irse a dormir, pero caminando a oscuras por las calles no es nada fácil orientarse, créanme, por eso entré en un hotel equivocado; me di cuenta porque en vez de cucarachas había unos recepcionistas durmiendo en colchonetas en medio del vestíbulo. Salí y llegué hasta el siguiente hotel, donde una familia jugando a a la Playstation me indicó que aquél tampoco era el mío. Volví atrás ya que mi sentido de la orientación, aunque algo alterado por las tinieblas (y por las cervezas, todo sea dicho) me decía que tenía ser el anterior, pese a que los ronquidos de los durmientes en el suelo, traducidos al español, insistían en decir que no.

Así que de nuevo me ví junto a la familia. El padre debió pensar que ese turista indeciso iba buscando tema, así que, muy amablemente, me ofreció a su presunta señora. Azorado, rechacé la propuesta y retomé la búsqueda, deambulando perdido por la negrura callejera. Al cabo de unos minutos, en serio, acabé otra vez ante el cabeza de familia, que ahora debió convencerse de que nadie puede ser tan estúpido, y directamente me ofreció a su hija. Una vez más salí disparado y busqué refugio con los morfeos de las colchonetas, a los que desperté sin miramientos. Y ya se imaginarán lo siguiente ¿no?

En efecto, realmente aquél era MI HOTEL desde el principio. Por lo visto las cucarachas se reunían exclusivamente en mi habitación.

En el próximo episodio concluye la estancia de Kuakman en Vietnam. Pero, como comprobarán, por poco se tiene que quedar allí el resto de su vida.

Fotos: Toni Kuakman

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