domingo, 20 de julio de 2014

Aveiro: sal, azulejos y moliceiros


Hay en el mundo varias ciudades famosas por asentarse sobre lagunas, de manera que muchas de sus calles son canales que se recorren navegando. Huelga comentar que la más famosa y bonita es Venecia, que da el sobrenombre de Venecia de... a otras como Ámsterdam, Brujas, Estocolmo, etc. En Portugal, ese papel lo ejerce Aveiro.

Para ser exactos, Aveiro creció en torno a una ría que se extiende a lo largo de casi cincuenta kilómetros de litoral -con once de ancho- desde Mira hasta Ovar, separada del mar por una lengua de arena. Una zona formada por arrozales y salinas por la que aún hoy se mueven unas peculiares embarcaciones tradicionales denominadas moliceiros. Se llaman así porque antaño servían para transportar el molico, mezcla de limo y algas que las gentes sacaban de la ría para utilizar como abono en el campo.

Con forma similar a la de las góndolas pero impulsados a vela, los cascos de los moliceiros también se diferencian de los venecianos en que son algo más estilizados, de proas más altas y curvas aunque menos esculpidas; de hecho, sustituyen las formas talladas por el colorido, trocando el sobrio tono negro por un vivísimo cromatismo en el que no faltan, a veces, incluso viñetas pictóricas ilustrando escenas marinas, religiosas, románticas o del tema que se le ocurra al propietario.

Evidentemente, su uso hoy en día es fundamentalmente turístico, pudiéndose dar paseos a bordo de algunos por bastante menos dinero que sus homólogos italianos. Se podrá aducir que los timoneiros no cantan como los gondoleros, pero yo he montado en góndola un par de veces y siempre me acompañó el silencio así que... Por lo demás, el paseo resulta más tranquilo -los canales de Aveiro no tienen el tráfico febril de Venecia- y tan sólo hay que estar atento a la orden del timoneiro para tener cuidado con la cabeza cuando se pasa bajo un puente de poca altura.

El canal Central es el que tiene mayor profundidad y longitud, atravesando la ciudad. De él se desgajan otros como el de San Roque, que separa el casco urbano de las salinas y donde se sitúan desde antaño los carpinteros de ribera. Porque los moliceiros también cargaban sal, una fuente de riqueza que se explota desde el siglo X y a la que se dedica un museo situado en la marina de Troncalhada, junto al Canal de las Pirámides (pirámides de sal, obviamente).

El canal de San Roque se une a la zona pesquera  mediante los muelles dos Boitiroes y dos Mercantéis; porque la pesca también es una actividad importante allí, con industria conservera y todo. Reserven mesa en algún restaurante y casi seguro que no faltarán en la carta el inevitable bacalhau (aunque se está agotando; suele servirse con arroz), los mejillones (en brocheta) y las anguilas (fritas o en escabeche). El barrio Beira-Mar es el mejor exponente de todo ello. Se trata del rincón donde vivían los pescadores, estructurado en torno a la capilla de San Gonçalinho y a la iglesia de la Vera Cruz, y que se puede recorrer en bicicletas municipales; cuando estuve yo eran gratuitas.

Pero un visitante en Aveiro puede encontrar más cosas. Para empezar, el Museo que se ubica en el antiguo monasterio dominico de Jesús, que tiene una de las mejores colecciones de arte religioso de todo Portugal y en cuyo templo está enterrada la princesa Santa Joana, beatificada por hacerse monja renunciando a su posición social.

También hay que destacar varias iglesias: la de la Misericordia, cuya construcción se inició a finales de la época renacentista, coincidiendo con una profunda crisis económica; la de do Carmo, único resto del convento homónimo; y la capilla do Senhor das Barrocas, de planta octogonal.

La decoración con azulejos es una constante en el país y Aveiro no se libra, encontrándose ejemplos por todo el callejero; no en vano se la conoce como la Patria del azulejo. En ese sentido, la ciudad y la región turística de Rota da Luz presumen de una Ruta del Art Nouveau que refleja la alegría vital de la Belle époque y que recorre una treintena de kilómetros descubriendo edificios en las vecinas Ílhavo y, Albergaria-A-Velha, además de la propia Aveiro, que cuenta con una decena de casas de ese estilo: la del Major Pessoa, el museo de la República, la Cooperativa Agrícola, la Residencia del arquitecto Silvio Rocha, el bar del Hotel As Américas, la Sapataria Miguéis, el templete del Parque Municipal, etc.

Por último, si se hartan de tanto recorrido cultural pueden acercarse a la Reserva Natural de las Dunas de San Jacinto, situada al norte de la barra arenosa: más de medio millar de hectáreas de playa continua que se pierde de vista.

Fotos: Marta B.L

domingo, 13 de julio de 2014

Los monasterios pintados de Bukovina (II)


El otro día les explicaba que el principal atractivo de la provincia rumana de Moldavia lo constituyen los monasterios pintados de Bucovina. En esa región hay un montón de ellos -Rumanía sigue siendo un país extremadamente religioso- pero los más destacados quizá sean los de Voronet, Moldovita, Sucevita y Humor.

Todos ellos son parecidos, rodeados por unos muros que les dan apariencia de fortines -en algún caso lo fueron-, entrada por un robusto torreón que asemeja una barbacana, el suelo cubierto por césped -salvo los senderos enlosados para caminar-, árboles frutales y una exuberante decoración floral que proporciona el éxtasis cromático de cualquier fotógrafo y se complementa sensitivamente con los cantos ortodoxos que se oyen.

El Juicio Final del monasterio de Voronet
 Tampoco faltan el pozo atechado típico, la cruz de madera tallada y la lámina de hierro que, debidamente golpeada por un mazo, hace las veces de campana por esos lares. En el centro, la iglesia, si bien ahora se destina a las visitas turísticas y el culto se celebra en otra. Y luego están las monjas, claro, que llevan vestiduras negras con una curiosa toca y que, para profesar en la orden, deben aprender teología, de ahí que muchas tengan conocimientos de sobra para hacer las funciones de guía.

Aunque no forme parte de los cenobios en sentido estricto, también resulta divertido ver a los turistas de pantalón corto tener que ponerse una especie de basto faldón que, a los más obesos -léase anglosajones-, no les abarca su perímetro barriguil y les queda como un simple mandil, abierto por detrás, tal cual ocurre con los camisones de hospital.

VORONET
Una de las tumbas decoradas del cementerio
En 1488, tras su victoria sobre los turcos, Esteban el Grande mandó construir este convento (aunque su tumba está en el de Putna) y se hizo, cuentan, en sólo un mes. Es el monasterio más importante de la zona, sobre todo por la imponente presencia de la iglesia de San Jorge, que es casi un siglo posterior pero no por ello pierde espectacularidad. En las pinturas de Voronet predomina el color azul como fondo, otorgando a los frescos un aspecto característico e inconfundible.

En ellas, por su parte exterior, se ve el muro del Juicio Final, considerado una especie de versión local del tema pintado por Miguel Ángel para la Capilla Sixtina y donde ángeles y demonios se disputan las almas a golpe de lanza.
Al lado del complejo hay un cementerio perfecto para mostrar al visitante los elementos típicos de los del país, sobre todo los retratos de los difuntos sobre las lápidas. Y no hablo sólo de fotos; a veces hay auténticas obras de arte -algo kistch-, incluso con poemas. También llaman la atención en ellos los acostumbrados monumentos a los caídos en las guerras mundiales y las mesas (?) repartidas por el camposanto, como si de un merendero se tratase.

SUCEVITA
El más grande y reciente de los monasterios pintados de Bucovina fue erigido en 1581 por orden del obispo de Radauti, aunque experimentó ampliaciones sucesivas. Cuenta la leyenda que una de las mujeres que trabajaron en él durante décadas,, transportando piedras, acabó homenajeada con un retrato escultórico.

La Escalera de la Virtud de Sucevita
Los frescos de Sucevita se conservan muy bien. Si en Voronet es característo el tono azul, aquí le toca al dorado. Pero los temas son similares, ya que se repite el Juicio Final, en este caso con la llamada Escalera de la Virtud en la que cada peldaño representa una y por la que los justos suben  al Cielo frente a los pecadores -turcos y judíos-, arrastrados por demonios. También hay un Apocalipsis y un árbol genealógico de Jesús.

MOLDOVITA
Para visitarlo es necesario subir hacia el Paso del Borgo, en dirección a Bistrita, suponiendo que uno venga desde Radauti. Antes de llegar arriba aparece este cenobio del siglo XV al que se accede por un torreón decorado con relieves esculpidos.

El asedio de Constantinopla por los turcos
Dentro del recinto, similar a los otros, está la iglesia de la Anunciación, cuyas pinturas más representativas -ligeramente estropeadas por los grafittis de soldados austríacos en el siglo XVIII- recrean la toma de Constantinopla por los otomanos, que son una referencia temática recurrente. Como también lo es un elemento característico de esa parte de Europa y que abunda en los edificios intramuros de Moldovita: el ojo de gato, un tipo de diminuta ventana elíptica que sobresale de los tejados y recibe ese nombre por razones felinas obvias.

HUMOR 
La fotogénica torre de Humor
Este convento de nombre tan sorprendente nació a instancias de un boyardo (noble rumano) que, a su muerte, lo eligió para ser enterrado. Del complejo original, de 1530, queda poco al haber sido destruido a lo largo de años y años de guerras; de hecho, no volvió a constituirse como comunidad religiosa hasta 1990.

La iglesia de la Asunción carece de torre integrada -parece una cabaña-, como corresponde a un templo fundado por alguien sin sangre real, de ahí que haya al lado una torre exenta muy fotogénica. 

De las pinturas no hay que perderse la que, similar a otra de Voronet, representa el mar: es divertidísima, acorde con el nombre del lugar, con una metafórica figura femenina cabalgando un cetáceo de dos cabezas y escoltada por peces, moluscos y crustáceos variados (y atención al elefante psicotrónico que espera en tierra).

Como dije en el post anterior, los monasterios pintados de Bucovina forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Pero no sólo se encontrarán pinturas, también se descubrirá todavía vigente una forma de vida que tiende a desaparecer en Occidente y otros atractivos. Por ejemplo, en Moldovita se puede ver el trono del príncipe Petru Rares, hijo de Esteban el Grande, así como un pequeño museo de trabajos bordados y arte eclesiástico. Asimismo, en el pueblo de Marginea, cerca de Humor hay un célebre taller de cerámica negra, típica de la región, donde es posible adquirir piezas recién hechas.

Fauna marina en el monasterio de Humor
 Fotos: Marta B.L.

domingo, 6 de julio de 2014

Los monasterios pintados de Bucovina (I)


Aunque para la mayoría de la gente una visita a Rumanía implica conocer Transilvania y Valaquia, hay una tercera provincia más al norte que resulta igual de atractiva o más. Se trata de Moldavia, de la que en 1991, al caer la URSS, se desgajó una parte hacia el Este para formar un país independiente que los rumanos siguen reclamando como suyo porque la mayoría de su población es de etnia y lengua rumanas; equivale a la antigua Besarabia.

No se pueden sacar fotos en el interior
Es algo parecido a lo ocurrido con Macedonia respecto a Grecia, que hay un estado y una provincia con el mismo nombre. Pero aquí quería hablar más bien de la Moldavia de Rumanía propiamente dicha. Y más concretamente de una de sus regiones, la montañosa Bucovina, donde a lo largo del siglo XVI se construyó una serie de monasterios que tienen como característica común los espectaculares pinturas al fresco que decoran sus iglesias. No sólo en el interior sino también por fuera.

Hay un buen puñado, unos de monjes y otros de monjas: Radauti (el más antiguo, del siglo XIV), Agapia, Varatec, Putna, Neamt, Dragomirna, Arbore... Los más visitados, empero, son los de Sucevita, Moldovita, Humor y Voronet. Se pueden ir viendo a lo largo de una jornada tomando como base de operaciones la cercana ciudad de Radauti, por cuenta propia si se dispone de automóvil -cuidado con los numerosos carros del país, largos y tirados por caballos, que circulan por las carreteras dando al lugar un aire de otra época- o en alguna excursión organizada. La mayoría de las agencias incluyen estos cenobios en sus programas.

Los monasterios rumanos se parecen bastante a los fortines de las películas del Oeste o los castillos medievales, con una muralla perimetral a la que se adosan, por dentro, los edificios. Sólo queda exenta, a manera de torre del homenaje y en medio del recinto tapizado con un césped intensamente verde, la iglesia, que atrae la atención inevitablemente con la sinfonía cromática que la envuelve.

El ábside no se libra de la decoración
Porque, salvo el tejado, el resto de su superficie -paredes, ábsides- está cubierta hasta el horror vacui de pinturas que representan escenas bíblicas e históricas en un estilo que combina bizantino y gótico. Un auténtico cómic a todo color, aunque con predominio de un tono diferente en cada convento (son característicos el azul de Voronet y el verde de Sucevita, por ejemplo). Lo más curioso es que, en una zona tan lluviosa como ésa, se conserven tan bien; la única excepción son las paredes orientadas al norte, donde el deterioro es patente, aunque cuando fui estaban en pleno proceso de restauración.

La pared orientada al norte, siempre en peor estado
La función de esos frescos era pedagógica: en una época en la que el analfabetismo era lo corriente, el pueblo podía aprender los episodios sagrados de forma visual. Se deduce, pues, que la clausura de esos sitios siempre fue relativa. Menos estricta que en los cenobios católicos, que en general siguen una regla de mayor rigidez. Y ahora, con tantos turistas intramuros, las pinturas adquieren otra utilidad.

En el próximo post veremos con más detalle los monasterios destacados.

Fotos: Marta B.L.

domingo, 29 de junio de 2014

Garganta de Olduvai, la cuna de la Humanidad



Cuando se viaja a un país africano, entendiendo por tal eso que eufemísticamente se llama África subsahariana, el objetivo en general es practicar la experiencia del safari. Por supuesto, habrá quien la complete con algún que otro día de playa y una visita urbana a la capital correspondiente, pero lo normal es que sean unas vacaciones contemplando y fotografiando animales en libertad desde un vehículo todoterreno con ocasionales tramos a pie.

Evidentemente, y salvo excepciones muy concretas, las ciudades africanas de la mitad sur no son pródigas en patrimonio monumental, de ahí que el interés se circunscriba a la naturaleza. Sin embargo, cuando hace unos años viajé a Tanzania, llevaba en mente -y, de hecho, me aseguré de incluirlo en el programa- ver con mis propios ojos un paraje cuya atracción iba más allá de eso. Un rincón casi desconocido para la mayoría -no coincidí con un solo turista durante mi paso por él- que, paradójicamente, debería ser casi una obligación visitar, ya que es la cuna de la Humanidad: la Garganta de Olduvai.


Olduvai es una palabra masái (oldupai, en su lengua original) que nombra a una planta muy abundante en la región. El cañón se encuentra entre el Ngorongoro y el Serengueti, dentro del Valle del Rift, esa colosal falla que atraviesa longitudinalmente el continente en su parte central a lo largo de casi cinco mil kilómetros desde hace treinta millones de años.

En realidad todo el Rift es un tesoro geológico para conocer la Prehistoria del Hombre, desde su extremo norte en Afar (Etiopía) hasta el sur, en Laetoli (Tanzania), pasando por la cuenca del río Omo, el lago Turkana, etc. Olduvai también está en el sur, justo donde el valle gira bruscamente hacia el noroeste, y su importancia estriba en que la erosión y los movimiento tectónicos han dejado al descubierto sedimentos del Pleistoceno, período que se data entre los dos millones y los quince mil años de antigüedad.


Por tanto, aparte de tesoro geológico también lo es paleoantropológico. Era el sitio perfecto para buscar fósiles de nuestros antepasados y así se hizo desde principios del siglo XX, aunque el gran momento llegó en los años cincuenta, cuando los célebres Louis y Mary Leakey empezaron a excavar de forma sistemática en el lecho seco de un antiguo lago. Así fueron encontrando restos esqueléticos de diversas especies de homínidos que vivieron allí sucesivamente y hoy muestran un espectro bastante amplio, cronológicamente hablando: Paranthropus boisei, Homo habilis, Homo ergaster y Homo sapiens. Una misión científica española ha encontrado recientemente un esqueleto de Zinjantrophus.


Así pues, contemplar aquel paisaje, aunque fuera de modo somero y meramente panorámico desde lo alto del barranco, fue uno de los momentos más emocionantes que haya experimentado jamás en un viaje. Especialmente si se tiene una febril imaginación y entrecerrando un poco los ojos, se vislumbra un enorme monolito negro en torno al cual saltan los homínidos tras descubrir el potencial para matar de una simple quijada animal. Llevando Así habló Zarathustra en el Mp3, mejor que mejor.

La visita al barranco se complementa con el pequeño museo que se alza allí, en medio de la nada, en un sencillo pabellón de piedra de dos salas. Fundado por la mismísima Mary Leakey en la década de los setenta, posteriormente reformado y modernizado por el Getty estadounidense, se llama Oldupai Gorge Museum y exhibe réplicas de los cráneos y huesos hallados en la zona, así como un molde del rastro de huellas dejado por australopitecos en Laetoli, una línea temporal y varios paneles explicativos.
 

Las herramientas expuestas, correspondientes a diversos períodos de la industria lítica, sí son originales, al igual que los huesos de animales, algunos de ellos prehistóricos ya extinguidos: Pelorovis (un búfalo de inmensa cornamenta). Megaenteron (un depredador de largos dientes), Deinotherium (elefante con los colmillos invertidos), Sivatherium (jirafa de cuello corto), etc.

El sitio, ya digo, es modesto en tamaño y en una hora, se ve de sobra. Pero si hay lugares que no deben juzgarse por el tiempo, al menos por el que emplea uno- éste es uno de ellos sin la menor duda.

Fotos: Marta B.L.

domingo, 22 de junio de 2014

Sobrevolando las líneas de Nazca


Una de las experiencias más intensas de una visita a Perú es contemplar las líneas de Nazca desde el aire. Como el lugar está en una pampa en medio de la nada, se libra de las masas de turistas que abarrotan otros sitios como Cuzco, Machu Picchu o el Lago Titicaca. Ahora bien, ello no quiere decir que esté desierto ni mucho menos. 

De hecho, a mí me tocó esperar turno más de tres horas pese a haber hecho la reserva el día anterior, bien es cierto que algo tuvo que ver en ello la metereología: la niebla impidió que los aviones despegasen a primera hora de la mañana; es lo que tienen esas regiones de naturaleza dura, pues otras veces es el viento el que sopla con fuerza por la tarde obligando a cerrar la pista. Pero incluso así éramos muchos aguardando la vez.

La pequeña terminal del aeropuerto, con sus inevitables japoneses
 La terminal del Aeropuerto María Reche, minúscula y básica, resulta acorde con un complejo que en realidad es más bien un aeródromo, ya que no recibe aviones de línea sino que está dedicado exclusivamente a las avionetas turísticas.  El edificio se recorre de extremo a extremo en apenas medio minuto, aunque se puede engrosar un poco el tiempo parándose a ver los mapas de las líneas que exhiben los mostradores de las diversas compañías o el vídeo sobre la historia de la civilización Nazca que pasan por unas pantallas. 

 También habrá quien se haga una foto con un figurante ataviado de nazca que espera a la puerta o quien se de una vuelta por el mercadillo de artesanía y souvenirs que hay en el aparcamiento, donde se pueden conseguir muy buenos precios sin regatear demasiado. La ventaja del idioma común me permitió sumirme en una delirante conversación con una de las vendedoras, quien empezó contando que anhelaba visitar la región andina para terminar dejándome descolocado al explicar ingenuamente que los incas eran muy altos y esbeltos -como demostraban las enormes puertas de los edificios de Machu Picchu-, pero que esas características raciales se perdieron al llegar los pequeños españoles y mezclarse con ellos.

Estuve a punto de pincharla un poco, a ver si también se animaba a hablar de la telepatía inca o incluso de los extraterrestres, pero entonces me dí cuenta de que hablaba en serio y sin maldad, así que opté por dejarla feliz con sus ensoñaciones. Además, acababan de hacer la llamada para embarcar.

La avioneta con la que hice el vuelo.

Me tocó una avioneta grande a la que subimos una docena de pasajeros de distintas nacionalidades y tuve la suerte de ser el primero, sentándome justo tras el piloto, lo que me permitió la curiosidad de ver el chequeo de seguridad previo al despegue y comprobar que las maniobras se hacen electrónicamente, no con visión directa de la pista. El paso de tierra al aire fue mucho más suave que en los aviones de línea y así empezamos el recorrido.

El llamado Cóndor
Como sabrán, las líneas de Nazca son geoglifos, es decir, dibujos realizados en la roca (o el suelo), de un tamaño tan grande que no se pueden apreciar sino desde una perspectiva aérea (dos o tres se ven también desde un mirador elevado, cerca de la carretera Panamericana). De hecho, aunque los arqueólogos ya los estudiaban desde 1926, no supieron realmente lo que estaba allí representado hasta que Paul Kosok  sobrevoló la zona en 1939 contemplando centenares de líneas, espirales y formas geométricas, aunque lo más vistoso era la treintena de animales representados, entre ellos un ser humano.

El Colibrí destaca claramente sobre esa meseta
María Reiche, la matemática alemana que da nombre al aeropuerto, se pasó cincuenta años estudiando el tema in situ y concluyó que se trataba de una especie de calendario astronómico, si bien últimamente circula otra teoría que relaciona el lugar con el culto al agua, tan preciada en ese clima desértico. Lo que sí hizo Reiche fue describir exactamente cómo se hicieron los dibujos: un auténtico trabajo topográfico en el que los nazca trazaban las líneas con cuerdas y luego quitaban la capa superior de piedras (de unos treinta centímetros), colocándolas a los costados a  manera de perfil y dejando a la vista la capa inferior, de tono más claro. La escasez de lluvias permitió que se conservaran desde entonces, aproximadamente el año 1000 d.C.

En la ladera de la montaña inferior se puede ver al Astronauta
El vuelo dura veinte minutos, tiempo durante el cual los que somos tendentes al mareo -y los que no también- tenemos que hacer un esfuerzo supremo para no vaciar el estómago sobre el pasajero de delante. En mi caso, hubiera sido un remedo de la niña de El exorcista de no ser porque, previendo el asunto, había desayunado únicamente una cantidad de biodraminas digna de las bodas de Camacho. Y es que la avioneta alabea continuamente de un costado a otro para que los pasajeros puedan contemplar mejor los dibujos.

Justo encima de donde se cruzan las dos "pistas" grandes está el Loro
Lo de "contemplar mejor" es un decir. Algunas figuras resultan fáciles de ver, como los trazados lineales, el enorme Astronauta, el Mono o el Colibrí, que están entre las más grandes, con cientos de metros de longitud. Otras, en cambio, pueden pasar desapercibidas, aún cuando los pilotos van indicando a dónde mirar; al parecer, la observación es mejor por la tarde, cuando el sol está más bajo y la luz no se refleja tanto. En cualquier caso, cuando se está allá arriba, entre forzar los ojos, el movimiento bamboleante, la prisa a emplear para vislumbrar algo, el enfocarlo luego con la cámara y el creciente mareo, uno termina concluyendo que la forma óptima para ver las líneas de Nazca es Google

Algunos dibujos casi se ven a ras de tierra. Las Manos están junto a la carretera, debajo y a la derecha de ese grupo de curiosos
 Claro que así se pierde la parte emocional y sensitiva. Y si no, que se lo pregunten a la pasajera francesa que, tras aterrizar, se quedó tendida en la misma pista, al pie de la escalerilla, varios minutos; enferma, con una brutal jaqueca en la cabeza y las entrañas como una lavadora en marcha. ¿O era al revés?

Fotos: Marta B.L.

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