domingo, 22 de marzo de 2015

Los chimpancés del Bosque Budongo




Cuando cuentas que has estado viendo a los gorilas de montaña no suele faltar la clásica pregunta sobre lo que puede llegar a imponer estar a su lado, con un espalda plateada de doscientos kilos dispuesto a hacerte picadillo si no le entras por el ojo derecho y te considera un peligro para el grupo que lidera. Pero lo cierto es que esa hora que se pasa con ellos suele ser de lo más plácida y el macho, aunque no te pierda de vista, rara vez tiene que intervenir si se cumplen las normas de comportamiento establecidas por los guías. 

En cambio, y por sorprendente que parezca, no ocurre lo mismo con los chimpancés. Al menos no exactamente. Aunque estamos acostumbrados a su cara más amable y simpática, la de Chita y los espectáculos mediáticos, los chimpancés en estado salvaje resultan mucho más amenazadores que los gorilas y es imposible acercarse tanto. Uno no se percata de ello en toda su extensión hasta que tiene la oportunidad de verlos en persona, en su entorno natural.

La frondosidad de la selva africana, hábitat idóneo para los chimpancés
Yo tuve la ocasión en Uganda, dentro del Parque Nacional Murchinson Falls. Allí, aparte de la famosa catarata y de una rica fauna que puebla su sabana y las riberas del Nilo, hay también un ecosistema diferente: el Bosque Budongo, una masa arbórea de 435 kilómetros cuadrados, semi caducifolia y húmeda, regada por las frecuentes lluvias tropicales aunque tiene una estación seca entre diciembre y febrero.
 
En el Bosque Budongo no sólo hay simios...
Se encuentra a mil cien metros de altitud con una temperatura bastante uniforme, de escasa variación térmica: entre 19º y 32º. Rodeado de aldeas, plantaciones de azúcar y otros cultivos, la mejor forma de llegar es desde Masindi. Esa foresta densa, frondosa y sombría, hoy menguada y protegida tras décadas de explotación maderera por su apreciada caoba, es el refugio de nueve especies de primates, entre otros animales, siendo los más grandes babuinos y chimpancés.
...como se puede ver
Estudiados desde los años sesenta -Jane Goddall incluida-, la población de chimpancés sufrió tales adversidades, entre muertes por la guerra civil o capturas para contrabando de mascotas, que el número de individuos se redujo a medio centenar en 1995. Entonces se puso en marcha un plan de protección con el Budongo Conservation Field Station que en el año 2000 logró incrementar la cantidad de ejemplares hasta unos setecientos, gracias a la combinación de ecoturismo con la afluencia de simios desde otras áreas.


Pinta estrafalaria por culpa de las hormigas
La entrada al bosque se hace a través de un aula didáctica donde los visitantes son repartidos en grupos pequeños y asignados a un guía. En mi caso, una ugandesa con esteatopigia y gorra rastafari que era, de paso, un ejemplo de la política de incorporación de mujeres al mercado laboral local. Primero nos explicó las normas de seguridad y luego nos aconsejó no quedar demasiado atrás durante el paseo so peligro de perdernos; en tal caso podrían tardar días enteros en encontrarnos, como ya ha pasado alguna vez (o eso decía para meternos miedo, pensé entonces, si bien luego, ya sobre el terreno, lo consideré perfectamente factible). 

También nos recomendó llevar los pantalones dentro de los calcetines, aún cuando todos calzábamos botas de montaña, porque las hormigas de esos lares tienen la fea costumbre de meterse por las perneras y morder. Así que fuimos obedientes y adoptamos tan estrambótico aspecto para vestir. Al menos no hizo falta el chubasquero en todo el trayecto y el pegajoso calor ecuatorial nos acompañó, fiel y cargante, si bien la predominante sombra selvática lo hizo más llevadero y permitió prescindir de gorras y sombreros.

(continuará).

Fotos: Marta BL

jueves, 12 de marzo de 2015

Delfos



A veces, leyendo ciertos blogs -la mayoría para ser honestos-, uno tiene la sensación de que sus autores  están reviviendo las profecías del oráculo de Delfos, dado que el caos sintáctico que exhiben (del ortográfico ya ni hablamos) hace que lo que podría ser un texto interesante se convierta en algo parecido a las confusas profecías de la Pitia: según cómo se puntúe, cada frase puede tener un sentido u otro.

Supongo que conocen la historia. El viajero llegaba al santuario para consultar sobre su futuro, se purificaba en la fuente de Castalia, hacía un sacrificio y pagaba los servicios de la citada pitonisa, que debía hablar en nombre de Apolo. Entonces ésta hacía su numerito: sentada sobre un trípode, entraba en trance por las emanaciones alucinógenas del subsuelo y formulaba su augurio, recogido por los sacerdotes, quienes se lo pasaban por escrito al cliente de forma más o menos elegante (al principio incluso lo hacían en verso).

El mensaje era lo suficientemente ambiguo como para contentarle pero sin pillarse los dedos. Es un clásico el del hoplita que, consultando sobre qué le pasaría en la guerra de turno, recibió como respuesta "Vivirás, no morirás". Cuando falleció en combate y su familia fue a reclamar, le dijeron que lo había interpretado mal y que la frase correcta era "Vivirás no; morirás". Algo parecido le pasó a Creso tras hacer una consulta antes de iniciar una campaña bélica contra Persia: le profetizaron que destruiría un gran imperio; Creso fue estrepitosamente derrotado pero sus protestas posteriores fueron inútiles porque, efectivamente, había destruído un imperio, sólo que era el suyo.

El teatro aprovecha el declive de la ladera para situar el graderío
Sabiendo estas magníficas historias era imposible no buscar un momento para conocer Delfos durante el viaje a Grecia que hice unos años atrás. Está en Fócida, colgado de la ladera meridional del legendario monte Parnaso, una elevación orográfica caliza de casi dos mil quinientos metros de altitud donde se suponía que habitaban las Musas. El santuario es un lugar de acceso complicado, mediante una sinuosa carretera que está rodeada por un enorme bosque de olivos y que lleva hasta una meseta que se aprovechó para situar el complejo arquitectónico de forma escalonada.

El colosal olivar del monte Parnaso
Según la mitología, varios dioses querían establecer allí un oráculo pero fue Apolo el que finalmente lo hizo, previa limpieza de serpientes de la zona -el nombre de la Pitia deriva de la Pitón, un ofidio monstruoso al que tuvo que exterminar-. En cuanto a la palabra Delfos, viene de la forma de delfín que ese mismo dios adoptó para atraer a los cretenses que deseaba como sacerdotes.
 
El templo circular de Atenea Pronaia
Delfos, en realidad fundada por los dorios, fue descubierta y excavada desde el siglo XVII. Hoy en día conserva un buen puñado de edificios que parecen agolparse a la sombra de los rojizos Picos Fedríades que coronan el entorno. Desde la teórica ubicación del hipódromo en su falda hasta su parte más alta, que es el gran estadio -escenario de los Juegos Pitios cada ocho años-, se van sucediendo pequeñas maravillas como la ya seca fuente de Castalia (el mencionado sitio para purificarse antes de entrar), los Tesoros (pequeños templetes erigidos por atenienses -foto de cabecera-, sicionios, sifnios, masaliotas, etc), altares varios, estelas (de los atenienses, etolios, Átalo...), el Ónfalos (ombligo del mundo), el Bouleterión (sede de reunión de la boulé o consejo), la tumba de Neptólemo, un bello teatro que aprovecha la inclinación de la ladera para el graderío, el aǵora romana...

La pitonisa 2.0 y lo que queda del templo de Apolo

Mención aparte para los templos, claro. El tholos de Atenea Pronaia es el más fotogénico, por circular y algo recoleto, asomado al abismo; las espléndidas estatua del Auriga y la Esfinge de Naxos, que se conservan en el Museo Arqueológico de Delfos, procedían de aquí. Muy distinto, el Templo de Apolo, cuadrangular e imponente, apenas conserva unas pocas columnas sobre la gran plataforma pero aún puede verse en el suelo el punto donde se sentaba la pitonisa; ahí fue donde, mientras lo contemplaba, un turista japonés me manifestó su ininteligible entusiasmo por la gorra con cogotera que me protegía del implacable sol y que, seguramente, le recordaba la de los soldados de su país durante la Segunda Guerra Mundial.

En el estadio, equipado con la gorra que fascinó a un turista japonés
Fotos: JAF y Marta BL.

domingo, 1 de marzo de 2015

Cahuita


De todos los parques naturales que he visitado, y llevo ya unos cuantos a cuestas, seguramente uno de los más raros fue el de Cahuita, en Costa Rica. Quizá la cosa no esté sólo en el lugar sino también en mi experiencia particular aquel día, pero el caso es que uno se queda algo descolocado al hacer el recorrido, siguiendo el litoral caribeño por una senda que discurre paralela a la playa, de cuyo arenal únicamente la separa una cortina de cocoteros.

Los monos aulladores, una compañía constante y ruidosa
En realidad, esa forma de dividir el terreno en dos con una línea de árboles se hace extensiva a casi toda la costa del país para facilitar la tranquilidad necesaria que necesitan las tortugas marinas al desovar, dado que estos animales acuden anualmente a la costa atlántica costarricense con ese fin; la posibilidad de contemplarlo es algo que confiere a Costa Rica un atractivo turístico especial. Pero en el caso de Cahuita, tras las palmeras están la senda y después la frondosidad inaccesible de la jungla, lo que resulta muy curioso para el que hace el recorrido. 

No todo es idílico en Cahuita
Se trata de un Parque Nacional ubicado en una provincia de nombre tan curioso como Limón, al norte de una de las localidades más visitadas, Puerto Viejo; una zona culturalmente muy influida por el legado de los jamaicanos que llegaron para trabajar en las grandes compañías estadounidenses. Por eso las pieles negras, las rastas y la música reggae forman parte del paisaje y del paisanaje.

El parque ocupa cerca de un millar de hectáreas en tierra y más de veintidós mil en el mar, constituyendo un entorno paradisíaco para una de las faunas y floras más diversas del país, que ya es decir. Así, al bosque tropical húmedo se unen arrecifes de coral; los perezosos y monos que pululan por las ramificadas copas arbóreas comparten espacio con aves de bello plumaje y múltiples especies; en el suelo cercano a la playa hay nutrias y cangrejos de vivos colores que anidan en la arena blanca que le da nombre, horadándola en un laberinto subterráneo; entre el follaje, se mueven silenciosas serpientes e icónicas ranas verdes del tamaño de una uña, mientras que bajo las aguas nadan tiburones, barracudas y peces multicolores...

Las rocas en primer término afloraron a la superficie tras el seísmo de Limón de 1991

La caminata, que se desarrolla por un pasillo arenoso y llano que no requiere botas ni forma física especial, empieza en un extremo, tras sortear a los vendedores de baratijas ataviados con la clásica gorra de punto estilo Bob Marley. La mayor parte se hace a la sombra, algo de agradecer en un clima tan caluroso y húmedo, aunque siempre bajo la amenaza de algún chaparrón tan súbito como efímero, generalmente por la tarde. Otra cosa es coincidir con alguna tormenta o huracán, que suelen empezar a azotar la zona a finales del verano y dejan las huellas de su paso con un rastro de ramas, hojas y troncos diseminados por la playa (vean la foto de cabecera), así como en una mar turbulenta.

Las aguas rojizas del río Suárez en su desembocadura
Otro problema natural es la actividad sísmica que, junto con la volcánica, ponen ese contrapunto terrible a la clásica tranquilidad habitual de Costa Rica. Eso sí, los desastres que se producen, constatables en la destrucción de pueblos enteros y la ruina del patrimonio monumental colonial, los compensa la propia Naturaleza convirtiendo a sus apocalípticos agentes en destinos turísticos: es el caso del Volcán Arenal (situado en otra provincia) o del terremoto que asoló Limón en 1991 y cuyo efecto más visible es la elevación del arrecife coralino sobre la superficie del mar y la modificación de parte de la línea de costa.

La distancia a recorrer en el Parque Nacional de Cahuita no llega a ocho kilómetros (ida y vuelta), sin pérdida y con la compañía constante de los monos aulladores. La excursión termina en Puerto Vargas, si bien lo más habitual por cuestión de tiempo (se camina a paso lento, observando detenidamente en busca de animales) es hacer sólo el primer tramo (kilómetro y medio) hasta la desembocadura del río Suárez, fácilmente reconocible por sus aguas de tono rojizo, como se puede apreciar.

Luego, es recomendable descansar y recuperar fuerzas en algún lugar del entorno. Puerto Limón suele ser la referencia por su animación nocturna, pero la zona está llena de hoteles, albergues, casas rurales y alojamientos de todo tipo. Yo me quedé en uno de esos hoteles a los que se aplica la expresión "con encanto": el Suerre Caribbean Beach, que está en Punta Uva y cuyas habitaciones son bungalows, distribuidos en forma de media luna en torno a un centro ocupado por la enorme choza-restaurante y las piscinas.

Los alrededores son pantanosos, hábitat para miles de cangrejos (algunos de los cuales alcanzan el tamaño de centollos y adquieren un extraño color blanco al instalarse a menudo en los desagües y oquedades del complejo), por lo que una pasarela de madera sirve para llegar hasta la playa sin estropearles el terreno. Esperar el crepúsculo desde allí, tumbado entre las dunas y arrullado por el oleaje del Caribe, deja imágenes tan impactantes como la de la foto.

 Fotos: Marta BL y JAF

domingo, 22 de febrero de 2015

La Mezquita de Alabastro



Se suele decir eso de que la actualidad manda y el Islam parece haberse instalado en ella permanentemente, casi siempre para lo negativo. Aunque no necesariamente, que siempre habrá un Erdogan dispuesto a divertirnos con la teoría de que los musulmanes fueron los primeros en llegar a América.

He estado en varios países islámicos pero sólo una vez tuve ocasión de pisar una mezquita y verla por dentro en persona, en lugar de por la tele. Fue en El Cairo, antes de esa revolución primaveral que puso en efervescencia Egipto y que, a la postre, no sirvió más que para arruinar su turismo y mejorar el de España.

Decía que, al igual que muchos viajeros, visité la Mezquita de Mohamed Alí, una de las que están abiertas al público (cuenten también las del Sultán Hassán, Al-Rifai e Ibn Tulun). Ésta que digo es más conocida como la Mezquita de Alabastro, sospecho que más para marcar diferencias con el boxeador que por el tipo de piedra que recubre su parte inferior, sacada por cierto de la necrópolis de Beni Suef. De un cementerio, vamos, que Cela no fue el inventor de la reutilización de lápidas.

Panorámica de El Cairo desde la Ciudadela de Saladino
Las otras mezquitas visitables son más antiguas. La de Alabastro se construyó entre 1830 y 1848 (en el período que enmarca las dos grandes revoluciones europeas decimonónicas, curiosamente) por encargo del pachá que le ha dado su nombre, al que se considera fundador de la faz moderna de la capital egipcia por haber iniciado una alianza con Gran Bretaña para independizarse de los otomanos. Eso sí, Mubarak la rehabilitó a finales de los años ochenta con vistas a exhibirla ante el creciente número de turistas.

No es para menos, teniendo en cuenta que se trata de una auténtica belleza que además logró superar el terremoto de 1992 en plenas obras. Tiene cierto parecido con las mezquitas de Estambul -especialmente la Azul-, que son las que, al parecer, constituyen la referencia de elegancia y grandiosidad. De hecho, el arquitecto elegido, el armenio Yusuf Boushnak, llegó desde Turquía para hacerse cargo del proyecto, si bien lideraba un equipo de técnicos de diversas nacionalidades.

El pachá Mohamed Alí eligió como ubicación la parte más alta de la estratégica Ciudadela de Saladino, un bastión fortificado -por Saladino, obviamente- en el siglo XII en el monte Muzzatam para defenderse de los cruzados, desde el que se domina la ciudad y donde se reúnen los principales atractivos que no corresponden a la época faraónica. Seguramente por eso se puede ver la silueta de la mezquita casi desde cualquier rincón de El Cairo antiguo; bueno, por eso y porque sus dimensiones son más que considerables.

El Gran Patio con la fuente para las abluciones y el inevitable andamio que me persigue allá donde voy para estropear todas las fotos
Baste como ejemplo decir que su cúpula tiene cincuenta y dos metros de alto por veintiuno de diámetro, estando sustentada sobre otras cuatro semicúpulas. O que sus minaretes alcanzan una altura de ochenta metros. O que las medidas del gran patio Al Sahn son de cincuenta y cuatro metros por cincuenta y tres. En este último, por cierto, se sitúan la fuente para la abluciones y un reloj que Luis Felipe de Francia regaló a cambió del obelisco de Ramsés II que se alzaba frente al templo de Luxor y fue trasladado a la plaza Concorde de París; por cierto, el reloj resultó dañado durante su instalación y nunca llegó a funcionar.

Para pasar al interior del edificio hay tres puertas. Por supuesto, se exige ir decorosamente cubierto. O cubierta, más bien, porque la norma es fundamentalmente para las mujeres; si no cumplen los requisitos -pantalones cortos, camisetas, etc-, deben ponerse una especie de ridícula capa verde. También es obligatorio dejar el calzado en la entrada, aunque no supone mayor problema porque el suelo está enmoquetado con alfombras persas.

Interior de la mezquita. Se pueden observar las alfombras persas del suelo, la lámpara y las capas verdes con las que se embute a las mujeres

Ya dentro, lo más interesante está a la derecha, en la Sala de Oración: la tumba del propio Mohamed Alí. Es un sepulcro de mármol blanco, decorado con flores cinceladas en relieve y policromadas en el que descansan los restos del pachá promotor, no de su hijo, que se llamaba igual y cuyo fallecimiento prematuro en 1816 fue la causa de la construcción del templo. O sea, construyó la mezquita para honrar la memoria de su vástago, por eso no reparó en gastos ni se cortó un pelo en saltarse ciertos legalismos, como que quien no sea sultán no puede dotar a las mezquitas de más de un alminar (ésta tiene dos).

Aparte, llama la atención el amplio y diáfano espacio. Mirando hacia arriba se descubre una gran lámpara central circular y diversos medallones  ornamentales con relieves en árabe. También hay un púlpito y una tribuna. A ras de suelo, los turistas se reúnen en pequeños grupos en torno a sus guías, quienes les explican los cinco pilares del Islam (fe, oración, limosna, ayuno y peregrinación a La Meca) para mostrar una imagen distinta de la que se suele tener de esta religión. Claro que mi guía era el doble perfecto de Morgan Freeman y así es difícil concentrarse...

Foto cabecera: Yasser Nazmi en Wikimedia
Resto fotos: Marta BL y JAF 

viernes, 13 de febrero de 2015

Chinchón: historia, cine y anís


Chinchón es uno de esos pueblos de España que han congelado el tiempo  su casco histórico, de manera que la plaza principal conserva más o menos el encantador aspecto que podrá haber tenido siglos atrás. Ello no sólo otorga a ese lugar un atractivo turístico especial sino que permite convertirlo en escenario de películas de época o, en cualquier caso, en ejemplo perfecto del pintoresquismo rural que a menudo buscan los extranjeros al visitar nuestro país.

Bueno, no sólo los foráneos porque yo, al menos, también me incluyo. Reconozco que durante mi visita a Chinchón llevaba la mente en modo "Historia", muy frecuente cuando viajo. Allí, pisar la Plaza Mayor es casi como regresar a la Baja Edad Media, puesto que se construyó en el siglo XV para celebrar en ella ferias de ganado hasta que la compró el concejo para sus reuniones, estableciendo así el Ayuntamiento.


Como se cerró completamente doscientos años más tarde, da la sensación detener forma pero en realidad no es así: ni circular ni poligonal, pese a su apariencia; un recinto abierto y envuelto por edificios de no más de tres plantas que descansan sobre soportales y cuyas fachadas se embellecen con un par de centenares de balcones de madera, los cuales se suceden en galerías adinteladas.

Una plaza así siempre ha resultado perfecta para la organización de espectáculos de todo tipo: funciones de teatro, eventos taurinos, fiestas, ceremonias religiosas... En ella aterrizó el globo de Philleas Fogg en la versión cinematográfica de La vuelta al mundo en ochenta días, en una escena algo grotesca y rebosante de tópicos; allí rodó Orson Welles algunos momentos de Campanadas a medianoche y John Wayne paseó su porte vaquero en El fabuloso mundo del circo, entre otras muchas películas. También fue en ese lugar, y esto ya es dolorosa realidad, donde fusilaron las tropas napoleónicas a decenas de patriotas como represalia por una emboscada: por cierto, el paso de los franceses por Chinchón supuso la destrucción de la iglesia de Nuestra Señora de Gracia, de la que sólo queda un solitario campanario, como si se tratase de una enorme lápida funeraria.


No es de extrañar la declaración del pueblo como Monumento Histórico-Artístico porque no sólo la plaza tiene interés. Desde tiempos de los Reyes Católicos, el lugar está ligado al marquesado de Moya, cuyos primeros titulares fueron Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla (les sonarán porque son personajes destacados en la serie televisiva Isabel). Mucho después, en vez de marquesado hubo condado, siendo su representante más famosa María Teresa de Borbón y Vallabriga, condesa de Chinchón, hermana de Carlos IV y a la que su real cuñada casó con Godoy para darle a éste una posición social, terminando humillada al tener que compartir techo con Pepita Tudó, la amante del inefable gobernante. Godoy acabó exiliado en Francia y, a su muerte, fue enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise sin que su esposa quisiera saber nada de él.

La condesa de Chinchón, retratada por goya
Antes, Felipe V, a la postre vencedor de la Guerra de Sucesión y primer monarca Borbón en el trono español, se hospedó en la Casa de la Cadena; curiosamente también pernoctó en la localidad su oponente y candidato de los Habsburgo, el archiduque Carlos de Austria, que pasó unas jornadas en el monasterio de los Agustinos, hoy reconvertido en Parador de Turismo. Asimismo, la anexa iglesia del Rosario acredita una curiosa anécdota: sus capillas fueron utilizadas como calabozos durante la Guerra Civil.

No son éstos el único caso de reaprovechamiento local, ya que las lomas de los alrededores sirvieron de localización para que Cristo diera su sermón de la montaña en Rey de reyes. Y, si nos ceñimos a los edificios históricos, el castillo de los condes de Chinchón, tras sufrir las cicatrices de nuestro turbulento pasado (primero lo destruyeron los comuneros y luego, ya reedificado, fue dañado en la citada Guerra de Sucesión y en la de la Independencia), pasó a ser fábrica de licores. Porque, por encima de todos estos acontecimientos, de tanto arte y tanta monumentalidad, admitamos que Chinchón es famoso sobre todo por el anís homónimo, que tiene Denominación Geográfica y se elabora allí desde el siglo XVII.

Fotos: Web Turística Oficial de Chinchón

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