domingo, 26 de julio de 2015

Masai

La guerra, la caza y la cría de ganado bovino, lanar y cabrío -pero sobre todo bovino- son las únicas ocupaciones dignas de un hombre. Los matabele, que son también un pueblo bravo, han aceptado servir a sus vencedores. En cambio, nadie ha logrado convertir a un masai en su servidor, ni nadie ha logrado vencerle; a veces les han engañado un poco, pero los masai han negociado siempre con el hombre blanco en plan de igualdad.

Un turista en África (Evelyn Waugh)


A ojos occidentales, probablemente la mas popular de las tribus africanas sea la de los masai, con permiso de zulúes, pigmeos y tuaregs (y dando por válido el concepto ambiguo de tribu). Sus estilizados integrantes, de cabezas rapadas y túnicas de colores, de sandalias de neumático y collares de abalorios, de economía ganadera y afición a la caza del león, nos resultan tan familiares que no falta quien, rendido de admiración, se lía la manta a la cabeza y rompe son su entorno para irse a vivir con ellos.

Guerrero masai dando uno de los típicos saltos

Es lo que le pasó a mediados de los años ochenta a una joven suiza llamada Corinne Hofmann, a la que se conoce como la Masai blanca por el libro homónimo que escribió contando su experiencia. tras enamorarse de un samburu (una de las cuatro tribus que componen la etnia junto con los arusha, baraguyu y los propios masai) y dejarlo todo siguiéndole a África, allí descubrió que la realidad es mucho menos prosaica de lo que parece a primera vista. El choque cultural fue enorme, máxime al descubrir las miserables condiciones de vida (hambre, frío, privaciones, enfermedades) y esas desagradables tradiciones (poligamia, mutilaciones corporales, machismo y ablación genital) que desdibujan la tópica imagen idílica de los pueblos indígenas.

Un kraal masái del Ngorongoro. A la izquierda de la imagen, la boma interior que protege el ganado de noche. En el centro, la artesanía guardada tras la compraventa

Corinne, al menos, no fue adquirida por su marido por el método clásico: hacer sonar un cencerro tantas veces como reses tenga su futuro suegro. Tampoco tuvo que raparse la cabeza para evitar resultar demasiado atractiva a ojos de otros hombres. Pero no aguantó más de tres años, claro, porque a los turistas les resulta muy divertido visitar a los masai, contemplar sus célebres saltos, entrar en sus manyattas (chozas en forma de iglú construidas con estiércol, paja y barro endurecido), pasear por el kraal (poblado) comprando artesanía y reir en la escuela local con los avispados niños aprendiendo a contar hasta diez en inglés de forma sospechosamente escénica. Pero la existencia por esos lares y en esas condiciones es muy dura, aún cuando ahora usen teléfono móvil y lleven relojes digitales en la muñeca. Yo mismo tuve ocasión de comprobarlo en una ladera del Cráter del Ngorongoro, en Tanzania.

Las manyattas se construyen con una mezcla de adobe y excrementos bovinos

Recibido por los guerreros y sus mujeres con una danza de bienvenida, previo pago riguroso eso sí, pasé a mantener una charla con el segundo laibon o jefe (el absoluto estaba de viaje), que empleó el inglés no su lengua natal, el maa, que es de origen nilo-hamítica. Fue en el interior de su cabaña, donde la luz penetraba por una salida de humos en el techo y, por cierto, se estaba más caliente que en el hotel, en el que hacía un frío de muerte. Habiéndoselo comentado a mi interlocutor, me invitó a pernoctar allí, oferta que decliné amablemente porque debía seguir viaje y, en mi fuero interno, imaginaba que iba a tener que rechazar la cena correspondiente: la tradicional mezcla de leche y sangre bovinas, que sin hervir tiene todos los números para hacer que uno se lleve de recuerdo una triquinosis o una brucelosis. En realidad sólo se hace como ritual pero más vale prevenir.

En la danza de bienvenida, aparte de los saltos, los masái se alejan...

... y luego regresan, repitiendo estos movimientos varias veces entre cánticos

Las chozas son de planta circular pero disponen de una curiosa especie de pasillo construido de forma helicoidal que evita la fuga del calor interior y, sobre todo, dada su estrechez, dificulta el acceso a depredadores potenciales, como leones o hienas. La protección contra esos peligros, casi inconcebibles para nosotros, es una constante para los masai en una región que comparten con la fauna salvaje local; por eso el poblado está circundado por una empalizada de boma (ramas secas) y, de noche, el ganado se guarda en otra situada en el centro de ese recinto circular. Al fin y al cabo es la base de su economía -turismo aparte-, pues como pueblo escogido por Ngai -su dios principal- recibieron el regalo divino de las vacas (para cuya matizadísima designación tienen unos setecientos vocablos). No sólo las suyas sino todas las del mundo, que creen que les pertenecen. De ahí su sangrienta historia de ataques a otros pueblos para robárselas ,durante los cuales exterminaban a todo bicho viviente para evitar venganzas- que les ha dado fama de temibles combatientes.



Y eso que no son autóctonos sino de origen nilótico, es decir, procedentes de la zona noreste del lago Turkana, desde donde las sequías les hicieron desplazarse hacia el sur entre los siglos XVII y XVIII. Durante esa emigración fueron aplastando a todas las tribus que se les opusieron -a otras las asimilaron- hasta asentarse -relativamente, dado su carácter nómada en busca constante de pastos- en una zona central del continente del tamaño de Inglaterra que se conoció como Masailand. Pronto alcanzaron esa fama de la que hablaba, impidiendo por las malas que nadie entrara en su territorio so pena de terminar como los leones que los jóvenes debían cazar en solitario para demostrar su valor y entrar en la edad adulta como elmoran (guerrero). Hasta las caravanas árabes esclavistas daban un rodeo para evitar riesgos.

Las nubes bajas matutinas envuelven las inmediaciones del poblado y las colinas vecinas de Ngorongoro

Los masai, no obstante, eran conscientes de su inferioridad militar ante el hombre blanco, por lo que mantuvieron buenas relaciones con él desde finales del siglo XIX, cediéndole terreno para sus plantaciones de café a cambio de que les dejara tranquilos y les diera otras para pastos. Aunque sus clanes quedaron artificialmente separados entre dos países (Kenia y Tanzania) y no faltaron los roces, el verdadero problema de las autoridades coloniales fueron los kikuyu, de origen bantú, con los que chocaron de frente cuando se negaron a ser expoliados.

De hecho, los blancos aprovecharon la ancestral rivalidad entre kikuyu y masái. Evelyn Waugh, conocido autor de Retorno a Brideshead que hizo un viaje por el centro del continente, lo narra en su libro Un turista en África de forma muy gráfica:

"Durante la rebelión Mau-Mau, [los masáis] proclamaron gozosamente que habían sido los ingleses quienes habían traído aquí a los aparentemente dóciles kikuyu y se dispusieron a contribuir a la pacificación. Durante una generación habían sido castigados por atacar a los kikuyu; ahora les pagaban por hacerlo. Se cuenta que una de sus patrullas recibió orden de apoderarse de todas las "armas" de los kikuyu que pudiese encontrar;  a la mañana siguiente, apareció ante la tienda del comandante un montón de brazos cortados."

Hoy son cerca de un millón de masáis los que tratan de mantener su forma de vida seminómada y centrada en el pastoreo. Como cuenta su religión tradicional, Ngai es una manifestación de la tierra, por lo que arar sería hacerle daño. Sólo admiten pequeños cultivos que introdujeron las mujeres de otras etnias con las que se casaban, pues en eso eran bastante abiertos; tanto que otra de sus costumbres es -o era- ofrecer la esposa al huésped.


Mujeres masai con sus mejores galas

Orgullosos como pocos pero pobres (el dinero que les llega del gobierno procedente del turismo en sus tierras es ridículo), fieros pero elegantes a un tiempo ("Un masai es un Apolo con cara de diablo" dijo un explorador), valientes pero sin poder demostrarlo ante la prohibición de la caza de leones, carentes de historia (ni escrita ni oral porque cuando un masai muere no se le entierra -salvo que sea importante o un hechicero- sino que se deja en la sabana para los carroñeros y nunca más se vuelve a mencionar su nombre; por cierto, si está muy enfermo se hace lo mismo) pero aficionados a las adivinanzas y los aforismos, constituyen la última trinchera del modo de vida ancestral contra la civilización. Para bien o para mal.


Fotos: Marta BL

lunes, 20 de julio de 2015

St. Margaret Church, bodas y pompas fúnebres



Las moles espectaculares del Parlamento y la Abadía de Westminster, con sus agujas, arbotantes, pináculos, vidrieras y relieves, aparte de la silueta emblemática del Big Ben y las largas colas que se forman en ambos monumentos para acceder a su maravilloso interior, acaparan la atención de quienes visitan esa zona de Londres y hacen pasar desapercibido un tercer edificio que se encuentra justo entre ambos.

Se trata de un pequeño templo, fácilmente distinguible por la piedra blanca en que está construído, contrastando con la parda de sus vecinos. De apariencia mucho más modesta y decoración más sobria que ellos, sin embargo acumula una buena cantidad de reseñas históricas tras sus muros, alguna de las cuales está además relacionada con España. Es St. Margaret's Church, o sea, la iglesia de Santa Margarita.


El edificio original es coetáneo a la abadía y, de hecho, lo fundaron los monjes benedictinos de ésta a finales del siglo XI por una curiosa razón relacionada con ella: que los habitantes de los alrededores tuvieran una parroquia a la que ir a misa sin molestarles, ya que hasta entonces usaban la del cenobio. Se la dedicaron a Margarita de Antioquía, hija de un sacerdote pagano convertida al cristianismo que rechazó la propuesta de matrimonio de un prefecto romano; malos tiempos para ponerse borde, ya que el imperio estaba en manos de Diocleciano, a la postre el emperador que desató la mayor persecución habida contra la nueva religión. Según la leyenda, Margarita fue encarcelada, torturada y decapitada junto a otros quince mil mártires.

Eso fue a caballo entre los siglos III y IV d.C. Novecientos años después, la Abadía de Westminster se convertía en el escenario de la coronación de los reyes de Inglaterra y el lugar de reposo póstumo de diecisiete de ellos. St. Margaret iría creciendo a su sombra (literalmente), aunque su aspecto no era el que tiene ahora, dado que en 1482 se la sometió a una restauración que sustituyó el estilo románico por el gótico actual (si bien aún habría tres reformas más, entre los siglos XVIII, XIX y XX). El arquitecto fue Robert Stowell y los trabajos no concluyeron hasta 1523. Para entonces, Europa empezaba a estremecerse con el cisma protestante, que en Inglaterra eclosionó a su particular manera de la mano de Enrique VIII.


La nave lateral derecha (oeste)

En esos años se sitúa la aportación histórica española de la que hablaba antes. Como ya sabrá casi todo el mundo -si no por los libros, al menos por las series televisivas Los Tudor e Isabel-, los Reyes Católicos enviaron a su hija Catalina de Aragón a casarse con el príncipe Arturo, heredero del trono inglés (no era una novedad puesto que, al fin y al cabo, ¡habían prometido su mano con sólo tres años!). Ya saben el resto: la boda se celebró en 1501 pero, pocos meses después, ambos cónyuges enfermaron y él falleció, por lo que en 1509 Catalina terminó casada con el hermano mayor del finado, el citado Enrique VIII, para su desgracia. En fin, no voy a contar aquí todo el rollo de las esposas del monarca porque lo que atañe es el regalo que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón hicieron a los contrayentes de los primeros esponsales.

La vidriera de los Reyes Católicos
Fue una preciosa vidriera realizada en cristal flamenco (probablemente de Amberes) en la que está representada una crucifixión con un intenso cielo azul de fondo y cuyas esquinas inferiores se decoraron con retratos de los dos esposos (el de Arturo se cambió luego por uno de Enrique). Originalmente estaba destinada a ornamentar la Abadía de Westminster, como correspondía al real matrimonio, pero dadas las funestas circunstancias y los acontecimientos posteriores, fue retirada y guardada hasta que en 1758 se decidió colocarla en la ventana de la pared este de St. Margaret, presidiendo el altar.

El resto de vitrales son más modernos, alguno incluso contemporáneo, como los realizados en 1966 por John Piper y Patrick Reyntiens, que parecen sacados de un museo de arte futurista. Los otros recuerdan a personajes ilustres, como pasa en la ventana oeste (de 1888) con sir Walter Raleigh, aquel marino que luchó contra la Armada Invencible pero también practicó la piratería, fundó la colonia de Virginia y popularizó el consumo del tabaco y la patata en Europa. Autor de Una historia del mundo, cortesano y diputado, sus correrías como pirata llevaron a España a exigir a Inglaterra su detención, que Londres llevó a cabo sin poner pegas porque ya antes le habían metido en la cárcel durante doce años por conspirador; ya no vivía su protectora Isabel I, aquella a la que una vez tendió su capa sobre un charco para que no se mojara al pisar. Walter, todo un personaje, terminó torturado y decapitado (1618), igual que la mártir que da nombre a la iglesia. Fue enterrado en St. Margaret's (después se trasladaron sus restos a Surrey) pero, curiosamente, la viuda conservó su cabeza en casa, metida en una bolsa de terciopelo.

La vidriera de la nave derecha
Aparte de la vidriera, se le ha dedicado un memorial, igual que a otra gente. De todos ellos cabe destacar el de John Milton, el poeta que escribió El paraíso perdido, una de las cimas de la literatura inglesa y universal (compuesta al dictado, ya que estaba medio ciego). Milton, que murió en 1674, también es homenajeado en la Abadía, pero su relación con St. Margaret es especial porque era partidario de los puritanos de Cromwell, que celebraban allí sus actos litúrgicos y muchos de los cuales fueron enterrados en una fosa común de esta iglesia (y ahí siguen) tras ser desalojados de la Abadía con la restauración de Carlos II; de hecho, en la fachada hay un busto del propio Lord Protector recordando los hechos.

Ojo, que no todo lo que rodea el lugar es fúnebre. St. Margaret se convirtió en un sitio muy apreciado por la alta sociedad para casarse. Allí contrajo matrimonio Milton mismo. También Samuel Pepys, un político de época que está considerado el cronista más importante para saber cómo transcurrió la segunda mitad del siglo XVII inglés. Pero el novio por excelencia fue Winston Churchill, que eligió esa iglesia para su enlace con Clementine Hozier en 1908; la estatua del premier británico se puede ver unos metros más allá, en una peana sobre el césped de Parliament Square. En 1920 le imitó en los avatares nupciales Harold MacMillan, que había sido ministro suyo durante la Segunda Guerra Mundial y seguiría ocupando carteras hasta encabezar un gobierno entre 1957 y 1963.

La nave principal, con el altar y la famosa vidriera al fondo

St. Margaret, incluida en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO junto con la Abadía y el Palacio de Westminster, es hoy una iglesia estrechamente asociada a la música, algo frecuente en Inglaterra; su coro ofrece conciertos con periodicidad al son de su órgano decimonónico e incluso hace gira internacionales. Claro que el cántico más memorable debió ser el que dio origen al llamado Gran Escándalo de Eton: tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial, cuando el director de esa escuela, Edward Lyttelton, exhortó a los asistentes durante un sermón a amar a sus enemigos y a perdonar a los alemanes al acabar el conflicto, provocando la indignación de la gente, que le obligó a callar entonendo el Rule Britannia y el God save the Queen; el tipo tuvo que salir corriendo por la puerta trasera y fue tildado de tanto de pangermanista como de socialista y desequilibrado mental.

Fotos: JAF y Marta BL
Foto cabecera y plano: St. Margaret Church

domingo, 12 de julio de 2015

El Castillo de Eilean Donan (y II)

 
En el último post vimos cómo fue construido el castillo de Eilean Donan sobre un islote del lago Duich y supimos que un destacamento español lo defendió en 1719 ante el ataque de barcos ingleses durante la revuelta jacobita, aunque al final fue tomado y volado.

El sitio permaneció en ruinas durante dos siglos hasta que dos miembros del clan propietario de los MacRae, el propietario John y el aparejador Farquhar, tomaron la decisión de reconstruirlo. John MacRae-Gilstrap fue militar y autor de un célebre poema sobre la Primera Guerra Mundial cuyos primeros versos dieron la idea de utilizar la amapola como símbolo de los caídos, algo que se ve muy frecuentemente en los monumentos británicos que conmemoran ese gran conflicto y el que estalló en 1939: 

In Flanders fields the poppies blow
between the crosses, row on row...

Dos décadas les llevaron las tareas de reconstrucción, desarrollada siguiendo los planos antiguos si bien antes de de que éstos se encontraran ya se habían incorporado algunas novedades, como rebajar el grosor de los muros para dar mayor amplitud al interior y abrir ventanales con vidrieras. Los trabajos terminaron en 1932 y costaron doscientas cincuenta mil libras. Dado el volumen de visitas turísticas anuales, gestionadas por The Clan MacRae Society at Eilean Donan Castle, es probable que ya se hayan amortizado; son escoceses, al fin y al cabo, y ya sabemos de qué tienen fama.

El puente sobre el lago Duich

El acceso al castillo se hace atravesando el bucólico puente que salva el agua, entre los sones de algún gaitero callejero. Se deja el baluarte a la derecha (junto al que hay una placa, rodeada de cañones, con los nombres de los MacRae fallecidos en la Gran Guerra) para llegar a la puerta principal, la del rastrillo, adornada con la divisa Mientras haya dentro un MacRae, ningún Fraser se quedará fuera. Cosas de las alianzas entre clanes.




Puerta principal, con el escudo de los MacRae y su divisa

Un pequeño patio da paso a la torre del homenaje, a la que antaño sólo podía entrarse por la segunda planta, mediante una escalera de mano; hoy se hace por la billeting room, un sótano (el nivel del patio ha sido rebajado) que sirvió de cuartel y está dotado de una recia bóveda y muros de más de cuatro metros de grosor, que actualmente hace las veces de museo histórico: muebles, armas, una rueca, pinturas, juegos de té, armaduras... Incluso algunos cañones de las fragatas inglesas que bombardearon el lugar en 1719.

La escalera de acceso actual
Desde esa estancia se sube al flamante Gran Salón, destinado a banquetes. Es una una estancia alargada, con una imponente chimenea en un  lateral, adornada con banderas de Escocia y Reino Unido, ventanas emplomadas del romanticismo victoriano y un techo de madera de abeto traída de la Columbia Británica, regalo de los descendientes canadienses del clan MacRae.

Estandartes, pinturas y blasones decoran las paredes, de basta piedra vista y en las que hay rendijas practicadas para espiar a los huéspedes, junto con multitud de objetos peculiares (colecciones de sellos, copas hechas en balas de cañón...). También son interesantes las armas de época porque algunas se utilizaron en batallas reales; por ejemplo, una de las espadas fue esgrimida por John MacRae en Culloden (1746), el enfrentamiento final entre los jacobitas, que abogaban por la restauración de los Estuardo en el trono británico (en la figura de Bonnie Prince Charlie), y los partidarios de los Hannover (cuyo representante era Guillermo Augusto). Los primeros, mayoritariamente escoceses, fueron aplastados por los segundos, ingleses.
 
La Billeting Room

Volviendo al Gran Salón, además, hay que destacar el valor de los muebles, pues algunas piezas son de estilo Sheraton, Chippendale y Windsor; una de las mesas estuvo en un barco de la flota de Nelson. Justo encima de ella hay otra curiosidad: la Piper's Gallery, una tribuna para que tocasen los gaiteros en las reuniones y que también se utiliza como capilla, contando con una pila bautismal adosada a la pared.

El Gran Salón

Subiendo al tercer piso se llega a los seis dormitorios, abiertos al público en 1995 y que tienen como curiosidad el hecho de carecer de armarios, ya que el servicio se ocupaba de llevar la ropa limpia y planchada a la familia cada mañana. Las camas con dosel, los tapices de tartán, las campanillas para avisar a los sirvientes y los uniformes familiares satisfacen al visitante pero el protagonismo casi absoluto en esta zona es para el figurante que, ataviado como un highlander del siglo XVII con su kilt, su boina emplumada, su espada  e incluso su barba -las gafas hacemos como si no las viéramos-, se pasa la agotadora jornada sacándose fotos con los visitantes. No es de extrañar que mire hacia el suelo cuando dispara el flash; cabe imaginar esa tortura cientos de veces cada día y el consiguiente peligro para la retina.

La cocina es la última dependencia que se ve en el interior del castillo. Es una cocina antigua, con un horno de carbón y menaje auténtico procedente de la colección de la familia MacRae. Hábilmente iluminada y ambientada con sonidos y olores como si aún estuviera en funcionamiento desde los años treinta, a los niños les resultará especialmente divertido buscar detalles anecdóticos, como un ratón en la despensa, una sirvienta a la que se le caen los cacharros y similares.

Las murallas exteriores y su estrecho adarve
Camino de ronda entre la muralla y el pozo. Al fondo, el puente

Luego queda un paseo por las almenas, el pozo y los adarves, deliberadamente estrechos por razones defensivas, antes de hacerse las consabidos retratos -aquí ya permitidos- y sentirse protagonista de película. No es una forma de hablar; la fotogenia del castillo de Eilean Donan le ha hecho merecedor de ambientar filmes como El Señor de Ballantrae, La trampa, Lago Ness, Rob Roy o el inevitable Braveheart. También acogió La vida privada de Sherlock Holmes, Los inmortales y El mundo no es suficiente. Por eso el sitio también es un decorado perfecto para bodas, previo pago de mil libras.



Fotos: JAF y Marta BL
Fotos del interior: Eilean Donan Castle

domingo, 5 de julio de 2015

El Castillo de Eilean Donan (I)



Todos sabemos lo que es un castillo y cuando le decimos a un niño que dibuje uno casi siempre lo hace siguiendo ese estereotipo medieval que llevamos en mente, con sus almenas, su barbacana, su torre del homenaje, su foso (al que seguramente el artista incorporará un tiburón o un cocodrilo), sus saeteras, su puente levadizo, su adarve... Vale, el niño sería un émulo de Leonardo da Vinci si sabe poner todo eso, pero las formas generales no diferirían. Sin embargo, los castillos son muy diferentes entre sí de un lugar a otro. Los españoles, recios, sobrios y macizos, suelen obedecer a esa iconografía pero los franceses se alejan de la imagen defensiva para acercarse a la palaciega mientras que los centroeuropeos adquieren tintes románticos. Trasladándonos a la islas Británicas, Escocia es la referencia castillera porque, aunque suene a tópico, hay uno en cada esquina; y casi siempre con fantasma.

El guardián del castillo, con kilt y manferlán
Los castillos escoceses también son muy suyos. A menudo son simples mansiones familiares -quizá no tan simples, cierto- encaramadas en un altozano o protegidas en un islote, cuando no asentadas en algún lugar aislado, como si el constructor hubiera buscado el sitio más remoto posible. La razón de ello está en las tormentosas relaciones entre clanes, frecuentemente dirimidas mediante la guerra; para qué discutir si puedes pelear, que dice la canción. Los más antiguos, del siglo XII, son simples torreones que dominaban una aldea, aunque los más representativos se erigieron entre el XIII y el XVII. Al contrario que en la España medieval, esas guerras interclánicas solían ser breves y con pocos efectivos, sin asedios prolongados, por lo que los castillos tendían a desarrollarse en altura más que en superficie, dando lugar a un perfil muy típico; luego, a medida que la vida fue pacificándose, sí crecieron a lo ancho añadiendo alas anexas, cada vez más refinadas arquitectónicamente hasta acercarse más al concepto de palacio.
Mapa de Escocia con los escudos de los clanes
Los castillos escoceses más famosos son los de Edimburgo, Holyrood (que también está en la capital), Balmoral (residencia estival de la Corona) y Urquhart (en el lago Ness). Pero iconográficamente hablando, ninguno es comparable al de Eilean Donan, enclavado en un pedazo de tierra rocosa que aflora tímidamente de la superficie del lago Duich y unido a la costa por un bello puente de piedra. Las condiciones defensivas del lugar ya incitaron a habitarlo en la Prehistoria pero los últimos restos de la Edad del Hierro, probablemente pictos, se perdieron en el siglo XX y el castillo propiamente dicho se levantó en el XIII, para protegerse de las razzias vikingas que asolaron el norte del país durante más de cuatrocientos años. Desde entonces, su morfología ha ido cambiando, ampliándose unas veces el recinto que ocupa sobre el islote y reduciéndose otras.   
                             
El fantasma highlander de Eilean Donan
El caso es que Eilean Donan, nombre cuyo significado no es seguro (puede ser Isla de Donan, en alusión al obispo homónimo santificado o bien una derivación del gaélico Cu-Donn, referente a al mito del Rey de las Nutrias, quien al morir habría enterrado su capa de plata en lo que hoy son los cimientos del castillo), se halla en una encrucijada estratégica para defender la zona de Kintail, conocida antaño como el Señorío del Mar. Tanto que el castillo fue disputado a menudo, pasando de manos de los Matheson a los MacKenzie y de éstos a los MacRae, con intentos frustrados de hacerse con él por parte de los MacDonald.

Donde fracasaron éstos, al igual que más tarde los puritanos de Cromwell, triunfó una escuadra inglesa que lo bombardeó durante la tercera rebelión jacobita, allá por 1719. Lo defendía apenas medio centenar de infantes de marina españoles, enviados en apoyo de la causa escocesa, que recibieron a tiro limpio al enemigo cuando el trozo de desembarco de éste se acercó despreocupadamente creyendo que el edificio estaba abandonado. Obviamente, en tan escaso número, sin artillería y ante los cañonazos de las fragatas, Flamborough, Worcester y Enterprise, los españoles no pudieron resistir mucho: sólo tres días.

Tras tomar el castillo, los ingleses lo volaron aprovechando el enorme polvorín existente (¡trescientos cuarenta y tres barriles!), dejando para siempre la leyenda del fantasma de un oficial español fallecido en el ataque al negarse a rendirse obstinadamente. Testarudo él; quizá era aragonés. O andaluz, dado que, según cuentan, es un espectro bastante socarrón y se dedica a molestar a los turistas excepto a sus compatriotas, a quienes deja visitar el castillo en paz. Como se puede ver en la foto anterior, también hay uno escocés.

La batalla de Glen Shiel desde las posiciones inglesas. Al fondo, con los típicos uniformes blancos borbónicos, los infantes de Marina españoles
El grueso del contingente hispano, unos trescientos hombres, cayó prisionero un mes más tarde en la batalla de Glen Shiel cuando los escoceses huyeron en plena refriega dejándolo tirado ante el ejército adversario, muy superior en número y equipamiento. El general inglés se percató enseguida dónde estaba el peligro y dónde lo fácil, centrando el ataque en los highlanders y manteniendo las distancias, vía artillera, con los hispanos, que cuando se dieron cuenta estaban solos. Entre los que aprovecharon la niebla para fugarse y abandonar a sus aliados estaba el héroe nacional Rob Roy (con el centenar de miembros de su clan) quien, como vemos, no era tan aguerrido como lo pintó Walter Scott; así se escribe la Historia, aunque en su descargo cabe decir que estaba malherido.

La cosa ya pintó mal desde el principio porque el contingente enviado por el cardenal Alberoni, ministro de Felipe V, llevó consigo dos millares de armas de fuego para repartir entre los sublevados y muchas se quedaron en sus cajas, al haber muchos menos voluntarios de lo esperado; unos ochocientos hombres. Además, la flota española que debía iniciar una invasión volvió a perder la partida luchando contra los elementos a la altura de Galicia.

Otra visión, más clásica, de la batalla

Eso sí, para la posteridad queda el hecho curioso de que fue la última vez que las tropas inglesas se enfrentaron a un enemigo extranjero en suelo del Reino Unido. Y que, gracias a aquella acción, han quedado denominaciones relacionadas con aquello soldados de nuestro país: la desolada cañada donde se situó el campo de batalla es hoy Bealach-na-Spainnteach (en gaélico, Paso de los Españoles) y está ubicada entre un grupo de cinco colinas llamadas Five Sisters, una de las cuales es conocida como The Peak of Spaniards (Pico de los Españoles), pues fue donde éstos se hicieron fuertes y resistieron varias horas en solitario antes de entregar las armas.

 [continuará]

Fotos: JAF

domingo, 28 de junio de 2015

La belleza del cementerio de La Carriona de Avilés (y II)


Como decíamos en el último post, la mejor forma de visitar el cementerio de La Carriona es empezando por el CICLAC, su centro de interpretación, que se encuentra a la izquierda, mirando hacia la verja de entrada, en lo que antes eran las instalaciones de conserjería y capellanía. Una vez asumida esa introducción didáctica, hay que atravesar la portada, entendiendo por tal la principal -adornada con metafóricos relieves de guirnaldas y relojes de arena-, puesto que el cementerio civil tiene la suya, mucho más austera al tratarse de una zona destinada a no católicos que, hasta los años ochenta del siglo XX, estuvo separada del resto por un muro; aun conserva la inscripción en piedra Paz a los muertos.

Así se sitúa uno en la avenida principal, flanqueada a ambos lados por lo más granado del lugar, funeraria y artísticamente hablando. Hay que tener en cuenta que algunos de los artistas asturianos más importantes del momento trabajaron allí: Manuel del Busto (que en Avilés fue autor del Teatro Palacio Valdés), Cipriano Folgueras (autor de la estatua de Valdés Salas que hay en la Universidad de Oviedo), Federico Ureña, Faustino Nicoli, etc. Entre 1890 y 1920 se sucedieron treinta años que constituyeron la etapa dorada de La Carriona.

Las familias más pudientes de Avilés tienen en dicha avenida su rincón para el descanso eterno. Y no son simples tumbas. Se trata de panteones y mausoleos ostentosos, concebidos y erigidos no sólo para acoger cuerpos sino para exhibir el poder social y económico de su clase, así como para perpetuar su memoria. En ese primer tramo se suceden los sepulcros de la familia Fernández-Balsera, del Marqués de Teverga (ministro), Palacio Valdés (escritor), Justo Ureña Hevia (escritor y cronista de Avilés), Ana de Valle (escritora), José Fernández Menéndez (otro cronista), Julián Orbón (músico), Bonifacio Heres (alcalde), etc. Más allá se pueden ver otros como los de la familia García Morán, Jesús Antonio de Castro (portero del Sporting de Gijón y hermano del legendario Quini, que murió intentando salvar a un niño en una playa), Celestino Graíño (científico y farmacéutico)...

La tumba de Palacio Valdés, con la estatua de Demetria, uno de sus personajes literarios


El mausoleo de Julián Orbón, autor de la canción Guantanamera, es de estilo secesionista


El de Bonifacio Heres, alcalde, es historicista, de inspiración neogótica inglesa
 
El de los García Morán, ligados al comercio marítimo, tiene motivos decorativos navales

Casi todos ellos están enterrados en auténtica arquitectura funeraria, mini-edificios que suelen tener tres niveles, con cripta subterránea, capilla y remate decorativo. Este último es, por supuesto, el elemento que dota de belleza artística al enterramiento en particular y al camposanto en general: estatuas de ángeles (sobre todo custodios que acompañan el alma del difunto y trompeteros que anuncian el Juicio Final), esculturas con motivos fúnebres (cráneos, relojes alados que simbolizan el paso del tiempo, coronas de flores cuyo círculo metaforiza que principio y fin se dan la mano, antorchas y fuegos para representar la vida que se apaga, amapolas que nos recuerdan la fragilidad y fugacidad de la existencia...), decoración alusiva a la forma de vida del difunto (mástiles y timones, por ejemplo, para los ligados al mar), templetes...

El ángel con sarcófago que Cipriano Folgueras talló en mármol de Carrara para la tumba de la Marquesa de San Juan de Nieva


Otro sarcófago, el de Isidora Arias. Al igual que el anterior, sólo es una escultura (los cuerpos están en las criptas)


Uno más: el de los Castro, donde reposa el hermano de Quini
Claro que no sólo hay notables en La Carriona. Una gigantesca cruz de varios metros de altura que descuella llamativa, casi estentóreamente, entre las demás y cuyo adorno en forma de yugo y flechas indica de forma obvia su filiación ideológica, es el punto donde se enterró a los caídos del bando nacional de la Guerra Civil. Presentes, dice la inscripción bajo la que se leen sus nombres mientras, a un centenar de pasos, otro monumento bastante más sencillo -una columna de piedra rodeada por cadenas- homenajea a los republicanos en su fosa común. Ahora todos reposan en el mismo suelo, aquel en el que muchos fueron pasados por las armas; en los troncos de algunos de los pocos cipreses que quedan en el cementerio -nada que ver con la bella frondosidad de otras épocas- todavía se pueden ver marcas de balazos.

Los caídos "por Dios y por España"...

...y los caídos por la República (y por España, se supone que también)

Por último, tampoco hay que perderse la que, desde cierto punto de vista, pude considerarse la parte más impresionante del camposanto. En este caso no por su belleza artística sino por todo lo contrario: son los enterramientos de los párvulos, o sea, los niños. Pero los pobres. Son tumbas practicadas directamente en la tierra, sin mármoles ni apenas lápidas, como mucho con extemporáneos azulejos y señaladas con sencillas cruces de hierro vencido por el óxido y flores de plástico. Se suceden sin orden, a veces torcidas o incluso hundidas al ceder el propio terreno, por una deprimente parcela reseca y pedregosa que continúa paralela al muro acogiendo sepulturas de similares características pero de adultos, éstas recientemente arregladas, como indica la tierra removida y recolocada.

La parcela de los párvulos con el crematorio al fondo

Tumbas de extrema pobreza

La muerte iguala a todos... pero no a sus tumbas

Fue una de estas tumbas el escenario de un macabro incidente, cuando un pertinaz chaparrón inundó la fosa abierta para una inhumación imposible de llevar a cabo porque el ataúd flotaba. Otra fue profanada por un joven, sorprendido con las manos en la masa, porque quería recuperar una guitarra presuntamente sepultada con su difunto hermano. Este estrambótico anecdotario finalizó con los sepulcros actuales, aunque tuvo su canto del cisne con aquel vagabundo portugués que solía colarse cada noche en el cementerio para dormir en un nicho vacío.


Definitivamente, mejor quedarse con la cara amable, la que ofrece al visitante una auténtica gliptoteca al aire libre. Vean que skyline.

Fotos: JAF

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