lunes, 8 de febrero de 2016

Volubilis



Aunque hoy se llama Mauritania a un país del África atlántica, encajado entre el océano al oeste, Mali al este, Senegal al sur y el Sahara occidental al norte, históricamente ese nombre sirvió para designar al reino norteafricano de los mauri (los amazigh, para ser más científicos), relacionado con el de Numidia por su origen púnico y que el emperador Claudio terminó incorporando al Imperio Romano en el año 44 d.C. Entonces, quedó dividido en dos provincias: la Mauritania Caesariensis, en la actual Argelia, y la Mauritania Tingitana, en Marruecos, ambas separadas por el río Muluya. Vamos a quedarnos hoy con la segunda, que tenía su capital en Tingi (lo que acabó por convertirse en Tánger).

La historia de la Tingitana es muy interesante por sus implicaciones a la larga, ya que dependía económicamente de la Bética hasta el punto de que se la conocía también como Hispania Transfretana (o sea, la del otro lado del Estrecho), quedando incluida en la Diocesis Hispaniarum en tiempos de Diocleciano. Por tanto, constituía el recurso histórico perfecto para defender la vinculación inveterada de esa región con nuestro país y el mantenimiento del protectorado colonial posterior.

Reconstrucción de Volubilis


Aparte de la citada Tingi había otras dos poblaciones importantes en la Tingitana. Una era Rusadir, una urbe nacida de una factoría fenicia que fue el germen de la Melilla actual. La otra,  Volubilis, era un asentamiento cartaginés (presumiblemente ya habitado desde el Neolítico), luego romanizado, que no consiguió sobrevivir como ciudad habitada porque empezó a decaer al abandonarla Diocleciano y, en el siglo XVIII, el sultán Muley Ismail la medio desmanteló llevándose sus materiales de construcción para construir Mequinez, a una treintena de kilómetros. Por eso las ruinas presentan un aspecto pobre dentro de su grandeza, sin mármoles y con la piedra vista.


Elementos típicos de una ciudad romana: arco de triunfo y basílica


Aún así, los restos de Volubilis ocupan cuarenta hectáreas -aunque sólo se ha excavado la mitad desde 1915- y son uno de los mejores ejemplos que quedan de una antigua ciudad romana, con los dos ejes transversales perfectamente reconocibles (cardus y decumanus) y una serie de monumentos que muestran su idiosincrasia romana: un arco triunfal erigido por Caracalla, un foro de mil trescientos metros cuadrados, un templo dedicado a Júpiter, unas termas del período Flavio (con letrinas anexas) y una basílica parecida a la de Leptis Magna, aparte de viviendas y comercios de los que son testimonio sus atrios, columnas, mosaicos y demás elementos.


El color aparece mágicamente en un mosaico al quitarle el polvo con un poco de agua

De ese último conjunto hay que destacar la Casa de Efebo (donde se encontró la estatua de un efebo, obviamente), la de Orfeo  (por el tema del mosaico que decora el triclinio) y la de Venus (la más grande y rica, en la que aparecieron unos bustos cuya identidad se atribuye a Juba II y Catón).

El patio-estanque de una vivienda

El hipocausto de unas termas

El guía de Volubilis, un tipo muy simpático casado con una española, seguramente ofrecerá un miniespectáculo para los visitantes, mostrando cómo, con sólo echarle un poco de agua por encima, un mosaico pasa de tener un tono neblinoso y apagado a cobrar un intenso colorido, como si de pronto cobrase vida. Algo parecido hará con un altorrelieve fálico que indicaba la evidente ubicación de un prostíbulo.

Altorrelieve fálico que indicaba la ubicación de un prostíbulo

El trazado de las calles se adaptó a la irregularidad del terreno y el agua se suministraba mediante un acueducto que la recogía de un manantial (no faltaba un eficaz alcantarillado que desaguaba en un wadi). Su deterioro por falta de mantenimiento fue una de las causas del abandono del casco urbano, pues la gente se empezó a establecer más cerca de dicho manantial y levantó un nuevo muro para separarse de la zona antigua, que quedó destinada a cementerio. Aunque hubo un efímero resurgir en el año 789 de la mano de Idris I, que estableció allí su capital, luego llegó el ocaso definitivo, agravado por el famoso terremoto de 1755, el mismo que originó aquel maremoto que arrasó Lisboa y que en Volubilis derribó buena parte de lo que aún quedaba en pie.



Y, pese a todo, ese complejo arqueológico sigue siendo tan espectacular que forma parte del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1997...

Fotos: Marta B.L y JAF

domingo, 31 de enero de 2016

El Papamoscas de Burgos



"El Papamoscas soy
y el Papamoscas me llamo,
este nombre me pusieron  
hace ya quinientos años.
Desde esta ojiva elevada
contemplo la gente loca
que corre apresurada
para verme abrir la boca.
Y qué contentos me miran
sin cansarse de esperar;
a los listos y a los tontos
los engaño de verdad.
Porque no es el Papamoscas
el que solo hace la fiesta ,
también los que estáis abajo
y tenéis la boca abierta".

Para la mayoría de la gente, el papamoscas es un pequeño pájaro que tiene su menú preferido en esos insectos y se los come dejando la boca abierta para que ellos mismos vayan a su perdición. Los aficionados a la historia saben que también fue el nombre de un periódico satírico del siglo XIX que sobrevivió durante primer cuarto del XX. Pero para los nativos de Burgos y quienes visitan la ciudad con animo turístico, el Papamoscas, con mayúscula, es algo muy diferente:

"Hay cosas en Burgos, dignas de admirar,
que envidian la Corte y el mismo Escorial.
Lo más renombrado de nuestra ciudad
es el Papamoscas de la Catedral.
Si bajas a Burgos, no dejes de ir,
que yo te aseguro que te has de reir".

Se trata de un personaje especial y bastante paradójico porque, si atendemos a la leyenda sobre su origen, debería poseer una belleza enigmática y excepcional; en cambio, es grotesco y extravagante. Eso sí, capaz de generar una auténtica catarata de versos y escritos, algunos firmados por plumas del fuste de Victor Hugo, Pérez-Galdós o Edmundo de Amicis, y de atraer la atención de los viajeros más avispados, dispuestos a retratarlo con los teleobjetivos de sus cámaras.

El Papamoscas es el autómata, de forma antropomorfa y tópicamente diablesca -perilla incluida-, que corona el reloj interior de la catedral burgalesa y que a las horas en punto mueve una campana con su mano derecha (en la que también sostiene una partitura musical; en la izquierda tenía una batuta, hoy perdida) mientras abre la boca para hacer honor a su nombre. Viste con ropa de época porque fue construido originalmente en el siglo XVI, si bien se restauró la figura tres siglos más tarde.

Martinillo, el hermano pequeño

Tan singular inquilino del templo se ubica al principio de la nave mayor, en medio del arco ojival de una ventana abierta sobre el triforio, a unos quince metros del suelo. Y no está solo; a su lado, acomodado en un minúsculo balcón que parece de juguete, se halla Martinillo, un segundo autómata (bastante más pequeño pese que, frente al simple busto de su compañero mayor, de media tonelada de peso, es de cuerpo entero) que marca los cuartos golpeando dos campanas con sendos martillos, uno en cada mano.

No se sabe en qué circunstancias fue creado el Papamoscas ni la fecha exacta, aunque se le suele atribuir un origen veneciano. No era raro que se instalaran relojes en las catedrales aunque éste es un tanto peculiar; no sólo por el muñeco sino también por el péndulo, que tiene incrustaciones de ágata, o por su esfera misma, de lava esmaltada para resistir las inclemencias del tiempo (al principio se colocó en el exterior, en una de las torres). 

Cabecera de la nave principal. El reloj está arriba a la derecha, justo tras el capitel

Antes decía que el Papamoscas debería tener belleza y elegancia. Sería si atendiésemos a la emotiva leyenda popular que lo caracteriza, según la cual fue el rey Enrique III el Doliente quien encargó su instalación. Este monarca, abuelo de Isabel la Católica y famoso tanto por haber iniciado la conquista de Canarias como por enviar una embajada diplomática a la corte de Tamerlán, solía acudir diariamente a rezar a la catedral burgalesa. En una de aquellas visitas se topó con una hermosa doncella que le fascinó, siguiéndola hasta su casa pero sin atreverse a hablarle. La escena se repitió regularmente durante un tiempo y, una vez, Enrique recogió un pañuelo que ella dejó caer, devolviéndoselo pero sin ser capaz de romper el silencio. Sí lo rompió un lastimero grito en cuanto ella desapareció de su vista.

Sería para siempre, pues no volvió a verla ni en el templo ni en su casa; tras indagar, resultó que ésta llevaba años vacía después de morir sus ocupantes a causa de la peste negra. Compungido, el soberano mandó hacer un reloj que tuviera un autómata con los rasgos de la joven y exclamara un lamento para dar las horas en punto. Por desgracia, el relojero no se lució; ni el muñeco resultó bello ni el lamento pasó de graznido horrísono, por lo que se decidió desmontarlo y sustituirlo por el Papamoscas, que no era precisamente un modelo de elegancia.

Papamoscas y Martinillo, mano a mano para dar las horas

Leyendas al margen, lo cierto es que el Papamoscas no siempre gustó a las autoridades eclesiásticas y algún obispo hubo que quiso quitarlo por su aspecto excesivamente grotesco y burlonamente demoníaco. Fue en otros tiempos y al final se impuso su presencia como testigo de los múltiples avatares de la historia de Burgos.

Fotos: JAF

lunes, 25 de enero de 2016

Carnaval, el mundo al revés



La forma de celebrar el Carnaval hoy en día es variada. Está claro que, al menos en el plano formal, no se parecen nada el de Venecia -elegante, elitista- al de Río de Janeiro -popular, caótico-, como tampoco los españoles entre sí: los del sur, con mención especial para Cádiz, con sus típicas chirigotas y murgas, se muestran diferentes a los del norte, que en sitios como Asturias, Galicia o Navarra conservan un sabor antropológico muy acusado, sustituyendo versos satíricos y música chillona por cencerros y pieles de oso (símbolo de ritos de fecundidad), o a los de Castilla, donde el citado carácter moralista suele plasmarse en el linchamiento de un muñeco (Pero Palo en Villanueva de la Vera); tampoco se parecen, más que en su esencia, los desfiles de trajes espectaculares de los carnavales canarios al Descenso del Galiana de Avilés. El caso es que en España hay una gran variedad de festejos; Rumbo desgrana algunos de ellos en un interesante artículo de su blog que puede dar alguna idea para unas vacaciones el próximo mes de febrero.

Y si echamos un vistazo al resto del mundo comprobamos que cada lugar también ha desarrollado su propia fiesta, según su idisosincrasia: el legado criollo del Mardi Gras de Nueva Orleans, la masiva afluencia en Colonia, las batallas de flores de Niza, el sincretismo entre lo hispano y lo indígena en las diabladas de Oruro y Puno, los Chinelos coloniales mexicanos, la tradición eslava de la Maslenitsa rusa...

Carnaval canario

Es curioso cómo el Hombre ha conseguido adaptar sus ciclos vitales a los de la Naturaleza y, sobre todo, cómo lo ha hecho en casi todos los rincones del mundo solemnizando (o festejando) cada una de esas fases con algún tipo de evento comunitario que, con el paso del tiempo, va transformándose y adquiriendo una nueva identidad acorde con la etapa en que se desarrolla.

En ese sentido, el Carnaval puede verse como una celebración del período previo a la Cuaresma, es decir, el momento de desmadrarse antes de pasar al recogimiento espiritual, pero no deja de ser la cristianización de un concepto pagano anterior que, a través de fiestas como las Saturnales o las Lupercales romanas -la tradición clásica de la que la civilización occidental europea era heredera, al fin y al cabo-, servía para resaltar el cambio de estación, diciendo adiós al frío y dando la bienvenida a la inminente llegada de la primavera. El momento de consumir definitivamente lo que quedaba de provisiones invernales para propiciar la fertilidad que ha de venir. 

El Carnaval según Brueghel el Joven

Algo que se plasmaba en la transgresión del comportamiento normal y que el cristianismo heredó hacia el siglo IV como preparación a los cuarenta días de privación y ayuno que emulaban los pasados por Cristo en el desierto. O sea, un último momento de excesos en alimentación y comportamiento al que alude la propia etimología latina del nombre de la fiesta: carne vale (adiós a la carne), que en España no se generalizó hasta la Edad Moderna porque eran más comunes el de carnestolendas o los regionales (entroydo, iñaute, antroxu...).

Las características principales del Carnaval (celebraciones callejeras, actividades en grupo, uso de disfraces...) se fueron estableciendo hacia el siglo XII, si bien en la Italia bajomedieval se tendió a organizar fiestas más privadas, dadas las alteraciones de orden público que solían acabar en peleas multitudinarias. Eso, unido a otros elementos carnavalescos poco edificantes como comilonas desmesuradas, obscenidades, actos escatológicos, desfiles de vociferantes agrupados en fraternidades procaces (Locos, borrachos, Feos, Necios...) llevaron a las autoridades religiosas a tratar de ponerle coto a los festejos. 


Según Fedor Fogt

Pero nunca consiguieron proscribirlos del todo; si acaso, introducir algún aspecto moralista -triunfo final de Doña Cuaresma sobre Don Carnal-, prohibición de las máscaras por encubrir maleantes (durante el reinado de Carlos V, aunque su hijo Felipe II volvió a permitirlas para celebrar su boda con María Tudor) o cambio de nombre (en 1937 el franquismo lo rebautizó como Fiestas de Primavera).

Como escribió Rubén Darío:

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.
 (...)
Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales.

Foto 2: hola,com

domingo, 17 de enero de 2016

Los cañones del Castillo de Edimburgo



Hay montones de cosas que ver durante una visita al Castillo de  Edimburgo (Escocia), desde museos militares a las joyas de la monarquía escocesa, pasando por construcciones medievales, calabozos, iglesias y otros edificios de usos históricos diversos. Pero lo que atrae la atención al pasear al aire libre por el recinto es su amplia e interesante colección de cañones. Se distribuyen por las almenas en grupos que reciben el nombre de su ubicación: Batería de Media Luna, Batería de la Muralla Delantera, Batería de Dury...

De todos ellos hay que destacar la Batería de Argyle, construida en 1730 y ubicada frente a la Gran Escalera, en el primer tramo de la fortificación Se llama así en honor del duque de Argyll, famoso por haber derrotado a los jacobitas en Sheriffmuir, en 1715. Sin embargo, los cañones, prestados por la Armería Real, son posteriores; se fabricaron en 1810 en el contexto de las Guerras Napoleónicas y, de hecho, llevan grabadas en el tubo las siglas GR3, en alusión al rey Jorge III. Son seis piezas de avancarga, montadas sobre cureñas de hierro, que apuntan al centro de la ciudad en espera de un enemigo que nunca llegó.

La Batería de Argyle con su improvisado artillero hispano-escocés

 Pero hay dos cañones que, sin duda, son los más singulares y emblemáticos del castillo. Tan diferentes entre sí en aspecto y tamaño que parecen el Gordo y el Flaco. El primero es el llamado One o'Clock Gun o Cañón de la Una en Punto, un nombre un poco raro pero que resulta totalmente descriptivo de su función: marcar esa hora. Cada día, a las 13:00, realiza un disparo para informar a los ciudadanos. Los escoceses son así; ¿para qué usar una campana si se puede soltar un cañonazo? Mucho más divertido.

Lo gracioso del asunto es que ni siquiera fue idea suya. La copió de París un hombre de negocios local, John Hewitt, en 1846, cuando se colocó una esfera de reloj en el Monumento a Nelson de Calton Hill. Esa bola debía servir como señal visual para los barcos que entraban por el estuario de Forth pero Hewitt propuso que hubiera también una señal sonora. Dado que el castillo dominaba la ciudad desde lo alto de su colina, se decidió que disparar uno de sus cañones se oiría perfectamente desde cualquier rincón.

El Cañón de la Una, bien abrigado
Así, los edimburgueses llevan siglo y medio sincronizando sus relojes, siendo avisados de que han dado las 13:00 diariamente, salvo los domingos, Viernes Santo y Navidad, y con la excepción de las dos guerras mundiales, en las que no era buen plan confundir a la gente (aunque en abril de 1916 se disparó para ahuyentar a un dirigible alemán). Consiste en una salva a cargo de una pieza de artillería de campaña de 105 mm instalada en la Batería de Mills Mount, un pequeño recinto acotado al lado de la cafetería, a continuación de la Batería de Argyle. Por supuesto, ese cañón es moderno (2001) y sustituye a otros más viejos que le precedieron.

Precisamente así llegamos al otro protagonista. Éste tiene un nombre más clásico: Mons Meg, derivado de la ciudad donde se construyó (la belga Mons) y de la esposa del artillero que se ocupaba de su mantenimiento. Se trata de una de las dos bombardas que Felipe III de Borgoña mandó hacer en 1449 al armero Jehan Cambier y que le regaló al rey Jacobo II poco después. En realidad eran tres pero una se perdió en Francia y la otra se puede ver en Gante, bautizada como Dulle Griet y pintada de rojo. Mons Meg, que se monta sobre una cureña que imita la original del siglo XV, pesa casi 7 toneladas y disparaba proyectiles macizos de 180 kilos de peso, lo que le otorga un brutal calibre de 510 mm.

Los monstruosos proyectiles del mons Meg parecen bolardos. Son de granito

Sin embargo, no se usó mucho. Menos que nadie el pobre Jacobo, que paradójicamente falleció al explotarle otra pieza de artillería en 1460 atacando a los ingleses en Roxburgh Castle. Su nieto Jacobo IV lo utilizó en el asedio del castillo de Norham en 1497, de forma poco lucida porque pesaba tanto que su traslado al frente se demoró bastante; cuentan que incluso tirado por un centenar de hombres sólo podía recorrer unos 5 kilómetros al día, así que es fácil imaginar el exasperante ritmo al que avanzaba. Semejante falta de funcionalidad hizo que se optase por dejarlo en Edimburgo y sólo para las salvas de honor. Por ejemplo, la disparada durante la boda de María Estuardo, en la que la bala se recogió a 3,5 kilómetros de distancia, cerca del actual Jardín Botánico.

Pero también falló en eso. En octubre de 1681 fue disparado para celebrar el cumpleaños del duque de Albany (futuro Jacobo VII) y explotó el tubo, quedando en mal estado. Los escoceses dicen que el artillero no supo calcular la medida adecuada de pólvora o lo hizo deliberadamente, ya que era inglés. El caso es que debieron hartarse de él -del cañón, quiero decir-  y lo dejaron abandonado junto a la Foog's Gate hasta 1754, en que la Ley de Desarme instaurada en Escocia tras la rebelión jacobita sirvió de excusa a los ingleses para llevárselo a la Torre de Londres. No lo fundieron porque sus dimensiones impedían meterlo en cualquier horno, así que allí siguió languideciendo hasta que la Society of Antiquaries of Scotland, un grupo de románticos escoceses liderados por el escritor Walter Scott, consiguió su devolución. El 9 de marzo de 1829 llegó al puerto de Leith, desde donde fue trasladado al Castillo de Edimburgo con escolta militar y honores. El hijo pródigo regresaba triunfante.


Mons Meg. A la derecha, una niña juega subiéndose a los proyectiles

En fin, el Mons Meg no dispara habitualmente como su compañero el One o'Clock Gun, pero sí que lo hace una vez cada 365 días. Quien quiera asistir a tan magna ocasión debe esperar al Hogmanay (el fin de año), cuando realiza el tiro de inicio de los fuegos artificiales. Eso sí, sin bala.

Fotos: JAF y Marta B.L.

domingo, 10 de enero de 2016

Castel Nuovo, la residencia real de Nápoles


Hasta hace poco, un español debía sentarse en Nápoles como en casa. En realidad, de Italia no sólo  esa ciudad sino también otras, especialmente del norte, que tuvieron una estrecha relación con nuestro país por su posición estratégica; Génova, por ejemplo, era el punto de concentración de tropas y salida del llamado Camino Español, la ruta que seguían los Tercios hacia Flandes. Pero muchos de esos contingentes llegaban precisamente desde Nápoles.

Alfonso el Magnánimo
La capital de la sureña región de Campania quedó definitivamente ligada a España desde que Alfonso V el Magnánimo, monarca de Aragón, acudiera en ayuda de Juana II (Giovanna de Durazzo), dado el asedio que sufría por parte de Luis III de Anjou, quien reclamaba su derecho al trono. Juana nombró a Alfonso heredero pero luego tendrían sus diferencias y los aliados se convirtieron en enemigos, con el aragonés obligado a refugiarse en Castel Nuovo hasta que la llegada de su flota le permitió tomar el reino y echar a Juana. Luego pasaron más cosas, claro, pero a lo que voy es a que Nápoles quedó vinculado a la Corona Aragonesa desde entonces en la persona del hijo de Alfonso, Ferrante. Hablo de la primera mitad del siglo XV.

En esa brevísima síntesis ya vemos que ha salido el nombre de Castel Nuovo. Se trata, como se puede deducir semánticamente, de un macizo castillo que se llamó Nuevo porque ya había otros dos -el Castel dell'Ovo y el Castel Capuano- -aunque también se lo conoce como Maschio Angioino. Se alza en el puerto napolitano y empezó a edificarse bajo la dirección del arquitecto Piere de Chaule a partir del año 1279 por orden de Carlos de Anjou para servir de corte real, ya que de aquella se trasladó allí la capital del Reino de Nápoles, hasta entonces en Palermo.  Terminado en 1283, el rey Carlos II fue quien le dio importancia tras el período de abandono a causa de las llamadas Vísperas Sicilianas (una masacre de franceses llevada a cabo en Sicilia el año anterior y que supuso la sustitución de la influencia gala por la aragonesa, cuando Pedro III de Aragón reclamó el trono como heredero de su mujer). Después experimentaría, como suele pasar, una serie de reformas sucesivas -la más importante a cargo del mencionado Alfonso V, para adaptarlo a los avances de la arquitectura militar de la época y resistir andanadas de artillería-, al igual que tuvo que sufrir más de un asedio e incluso saqueo (en 1494, por el francés Carlos VIII).

Las Vísperas Sicilianas
A lo largo de su historia, Castel Nuovo fue escenario de diversos acontecimientos, algunos especialmente notables como el haber albergado a dos de los grandes maestros del Renacimiento, Dante Allighieri y Petrarca. Otros de carácter más político, caso de la abdicación en 1294 del papa Celestino V (a los cinco meses de su nombramiento, para poder retomar su vida anterior de ermitaño). Y los más conocidos los bélicos, como el saqueo a que lo sometió Luis I de Hungría en 1347 (para vengar la muerte de su hermano Andrés, rey consorte de Nápoles) y los ataques que sufrió durante las dos guerras que enfrentaron a franceses y españoles: en la primera bombardeado por las tropas de Carlos VIII y en la segunda por Pedro Navarro, quien conquistó la ciudad dos semanas después de que el Gran Capitán venciese en Ceriñola pero que, al atrincherarse los galos en el castillo, tuvo que someterlo a un asedio hasta que logró tomarlo tres meses más tarde volando sus almenas con dinamita.



A partir de ahí, Nápoles quedó bajo la órbita hispana. De allí era rey Carlos III antes de venir a España a asumir la corona que dejó al morir sin hijos su hermano Fernando VI. En Nápoles reinaba con el nombre de Carlos VII y realizó una importante labor urbanística y cultural, auténtico prefacio de lo que luego pondría en práctica en su nuevo reino; del sur de Italia se trajo a colaboradores como por ejemplo Leopoldo de Gregorio (el futuro marqués de Esquilache), Francesco Sabatini (su arquitecto de cabecera) o Giovanni Battista Tiépolo (pintor del Palacio Real), y él mismo impulsó las primeras excavaciones arqueológicas en Pompeya y Herculano. Sin embargo, el soberano prefirió instalar su corte en el Palazzo Reale que se encuentra en la vecina Plaza del Plebiscito.


Carlos III
Castel Nuovo sigue hoy en el puerto, frente a la Plaza del Municipio, dominando el entorno. Sigue siendo una mole de aspecto compacto, con planta trapezoidal, foso y cinco gruesos torreones de piedra ennegrecida cada uno de los cuales tiene su propio nombre: Torre dell'Oro, Torre di Guardia, Torre di Mezzo, Torre di San Giorgio y Torre del Beverello. Entre ellos se encajan las murallas, dotadas de adarves cubiertos, y una bonita aunque estrecha fachada que, en realidad, es un raro y espigado arco de triunfo.

Se trata del Arco d'Aragona (Arco de Aragón), construido en 1443 por el escultor Francesco Laurana para honrar la entrada del rey Alfonso en lo que suponía la creación del Reino de las Dos Sicilias. Su visión de lejos, encajado entre dos gruesos torreones y contrastando su inmaculado color blanco con el oscuro de la basta piedra de los flancos, puede resultar intrascendente; pero si uno se acerca descubrirá la belleza de su decoración, llena de relieves, blasones heráldicos, columnas adosadas, nichos, balcones y otros elementos estilísticos, atribuidos al escultor italiano Francesco Laurana. Por cierto, parece ser que el mármol procedía de Mallorca.


El Arco de Aragón

El interior, pese a haber sido residencia real, es bastante sobrio. Por supuesto, no falta una buena colección de pinturas al fresco, esculturas y orfebrería, pero incluso los rincones más vistosos (Capilla Palatina, Sala dei Baroni) revelan su marcado carácter guerrero, severo y desnudo. Como suele pasar con la arquitectura militar de época, el sitio acoge ahora sedes de instituciones culturales y, así, allí tienen su sede el Museo Cívico y la Biblioteca de la Sociedad de Historia Napolitana. Aún me queda una visita pendiente porque la otra vez no pude ver el castillo como quería, al tener que embarcar hacia Capri.

 Foto: JAF


El viajero incidental © 2008. Template by Dicas Blogger.

TOPO