domingo, 25 de enero de 2015

Entre buitres y corderos: las Hoces del río Duratón



La provincia de Segovia reúne un puñado de lugares especialmente atractivos, unos desde un punto de vista cultural, quizá los más conocidos, y otros del natural. Entre estos últimos destaca con brillo propio un paisaje que hay que visitar sí o sí alguna vez por su valor y su espectacularidad: las Hoces del río Duratón.

Que el nombre no lleve a confusión. Una hoz, aparte de un instrumento para la siega y la mitad del símbolo comunista, es un valle más o menos estrecho y profundo, excavado por un río que discurre encajado entre altos farallones rocosos. La razón de esa denominación hay que buscarla en la sinuosa forma que adopta durante el recorrido, que lo asemeja a la cavidad bucal, o sea, la garganta, que en latín se dice faux (de ahí deriva la palabra hoz); pelín rebuscado ¿no?.
Los buitres anidan en esas paredes (ampliando la primera foto se ve alguno volando)
 El caso es que, a lo largo de unos cincuenta millones de años, el agua fue disolviendo la roca caliza -eso que se llama fenómeno kárstico- y modelando ese tipo de paraje tan impresionante y caprichoso. Éste, en concreto, se encuentra entre Sepúlveda, Burgomillodo y Sebúlcor, al noroeste de la provincia, y está protegido como Parque Natural desde 1989. También es Zona de Especial Protección para las Aves debido a la colonia de buitres leonados que anida en las balmas (grutas, también utilizadas por el hombre) que horadan las paredes y constituye el principal atractivo para los visitantes.

Las Hoces del río Duratón ocupan una superficie de algo más de cinco mil hectáreas, con el curso fluvial avanzando veintisiete kilómetros y formando marcados meandros a su paso. La parte alta, que llega en algunos puntos al centenar de metros, es un típico páramo de sabinas y enebros. Si uno logra superar el embobamiento que produce el elegante planear de los buitres (cuidado, que engancha y hay riesgo de acabar con tortícolis), se puede caminar un par de kilómetros por ese llano hasta la ermita de San Frutos, una edificación religiosa construida al pie del acantilado, con vistas al pantano de Burgomillodo.

Foto desde el puente de acceso a la ermita
 Es de estilo románico (siglo XII) aunque erigida sobre otra visigótica quinientos años anterior que, a su vez, se construyó sobre restos romanos. Era un priorato cuya fundación se atribuye al santo homónimo y sus hermanos, Santa Engracia y San Valentín. Las ruinas de un monasterio benedictino y un pequeño cementerio altomedieval completan el conjunto, al que se accede por un divertido puente de piedra construido en 1757 para salvar una grieta abismal popularmente conocida como la Cuchillada y cuyo origen legendario se atribuye al propio San Frutos: la abrió de un golpe de bastón para impedir el paso de los musulmanes a Sepúlveda.

Las tumbas medievales, muy desgastadas
Por ahí despeñó un celoso marido a su esposa, cuenta otra tradición. Pero como ella era inocente, San Frutos la salvó -se le atribuyen siete milagros, atentos a este número- y, en agradecimiento, la mujer donó al cenobio todos sus bienes. Una inscripción en una de las paredes da fe de esa historia, con más o menos imaginación. En cualquier caso, también hay una tosca escalera que permite bajar al fondo del cañón de una manera no tan rápida pero sí más tranquila y cómoda

En 1834, la Desamortización de Mendizábal echó a los monjes y el sitio quedó abandonado, siendo pasto de un incendio años después. La cruz de hierro que se alza delante sobre un pedestal de piedra es reciente, de principios del siglo XX, y representa las siete llaves de Sepúlveda (en alusión a la cantidad de entradas de la ciudad). Como decía antes, ese número es emblemático en el lugar porque, aparte de los milagros de San Frutos y las puertas con sus llaves, también hay una cueva de los Siete Altares, una oquedad en la roca usado desde el neolítico y cristianizado de forma tan insólita que quedó convertido en un santuario católico.

En fin, al terminar la visita nos fuimos a uno de los figones locales a comer  cordero asado, plato sepulvedano por autonomasia. Siete raciones, por supuesto; para no perder la magia.

Fotos: Marta BL.

domingo, 18 de enero de 2015

Megalitos en las Orcadas


Si recuerdan, en el último post contaba cómo Walter Scott situó la segunda mitad de su novela El pirata en Kirkwall, capital de las Islas Orcadas. Y decía que no me resistí a acercarme hasta allí cuando visité Escocia. Pues bien, aunque el grueso de la narración y el momento cumbre transcurren en esa pequeña localidad, hay también una escena cuyo escenario es otro destacado rincón de la isla principal.

Me refiero al llamado Standing Stones of Stennes, un crómlech que se localiza sobre el istmo que separa el lago homónimo del Harray enlazando Mainland con la península de Stromness. Consiste en una decena de menhires dispuestos formando un anillo que se alinea en línea recta con otro más grande situado a poco más de un kilómetros, sobre un promontorio: el Círculo de Brodgar (foto de cabecera).

Las piedras erguidas de Stennes
Tan fantástico decorado ("círculo de piedras emblanquecidas por los rayos del sol naciente extendiendo al Oeste su sombra gigantesca" en palabras de Scott) sirve para la cita entre el capitán pirata Cleveland y su amada. Y aunque las cosas se tuercen para ellos en la narración, el escritor tiene tiempo de aportar un breve apunte histórico; no muy exacto, todo sea dicho, pero es lo poco que se sabía en el siglo XIX: 

"Si no están equivocados los que atribuyen aquel singular monumento a los druidas, Minna pudiera pasar por el Haxa o gran sacerdotisa de aquella orden, de cuyas manos esperaba algún campeón su iniciativa. Atribuyendo a aquel círculo un origen godo o escandinavo, pudiera haber sido reputada por Freya, esposa del dios Tonante, a cuya presencia aquel osado rey del mar se prosternaba con un respetuoso temor que ningún otro mortal le podía inspirar".

Hoy sabemos que ese monumento tiene entre tres y cinco mil años de antigüedad y que se construyó en pleno Neolítico para las ceremonias religiosas que se celebraban durante el crepúsculo. Las piedras, de unos cinco metros de altura pero muy delgadas, se distribuyen en una elipse de cuarenta y cuatro metros de radio rodeada por un foso y un terraplén. Fuera de esa estructura se sitúa la piedra más grande, conocida como Watch Stone, que supera los cinco metros y medio.

Otro menhir solitario
Aún así, el sitio resulta pequeño comparado con el vecino Ring of Brodgar, que con sus ciento cuatro metros de diámetro conserva en pie veintisiete de los sesenta menhires originales en torno a un foso central. Al igual que el anterior, fue erigido en la Edad de Piedra, más o menos en la misma época que el popular Stonehenge. Y es que si bien las Orcadas son hoy un lugar algo desangelado, en la Prehistoria eran un auténtico cruce de caminos y estaban bastante pobladas -para los baremos de entonces- gracias a la fértil tierra -había vastos bosques de abedules- y un clima más benigno que el actual -que se enfrió hacia el año 2300 a.C-.

El Círculo de Brodgar
Alrededor de estos monumentos megalíticos se han descubierto abundantes restos de enterramientos, siendo el más destacado la Tumba de Maes Howe: un túmulo funerario ubicado entre Stromness y Finstown que acumula cuatro mil quinientos años y, junto con otro cercano más pequeño, el de Unstan, forma la parte superior de una T respecto a la línea de Stennes y Brodgar. A Maes Howe, bastante bien conservado, se accede por el mismo pasadizo por el que entran los rayos del sol la noche del solsticio de invierno para iluminar la cámara interior; en ésta, sostenida por pesadas losas de treinta toneladas, hay unos graffitis rúnicos dejados por unos vikingos que buscaron refugio durant una tormenta en el siglo XII.

El túmulo de Maes Howe
Lógicamente, donde hay sepulturas también hay asentamientos. En el mismo istmo se encuentra Ness of Brodgar, un importante complejo religioso descubierto hace apenas diez años y aun en fase de excavación. Y al otro lado, en una tranquila playa de la bahía de Skaill, es recomendable visitar el poblado neolítico de Skara Brae, el mejor conservado del norte de Europa. Ya volveré sobre el tema otro día; al fin y al cabo, todo el conjunto descrito (y más cosas que no caben aquí) está protegido como Patrimonio de la Humanidad y uno se libra de los tópicos de las gaitas y las faldas de cuadros por un tiempo.

Fotos: Marta B.L. y JAF

domingo, 11 de enero de 2015

Kirkwall y el pirata de las Orcadas


Tenía claro que uno de los rincones que quería visitar a toda costa durante el viaje a Escocia del verano pasado era el archipiélago de las Orcadas. No sé exactamente la causa.  Quizá porque me seducía la idea de pisar el suelo más septentrional de mi currículo hasta el momento; o puede que debido a que la decisión de elegir el país escocés coincidió con la publicación de un reportaje de la revista National Geographic dedicado a los monumentos y asentamientos neolíticos que hay en esas islas. Pero sospecho que se trató de algo más íntimo y subconsciente.

En efecto, tengo para mí que la culpa fue de Walter Scott. Les suena ¿no? Nacido en Edimburgo en 1771, este escritor es especialmente famoso por su obra maestra, Ivanhoe, aunque en Escocia le reverencian también por otras novelas que sitúan la acción en su tierra, como Rob Roy. Pues bien, en 1814 Scott hizo una singladura en barco por la costa escocesa para inspeccionar los faros, durante la cual "una vieja sibila que comerciaba con los marineros" le contó la historia de John Gow, un cruel pirata que había sido finalmente capturado en las Orcadas y posteriormente ejecutado en Londres.

El apacible puerto de Kirkwall
Daniel Defoe, el célebre autor de Robinson Crusoe, ya había publicado una novela sobre el tema en 1725 pero a Scott, como buen representante del estilo romántico imperante entonces, le fascinó la idea y puso manos a la obra para dar a luz El pirata en 1822, donde narra cómo un taciturno capitán bucanero, retirado y arrepentido de su pasado, se instala en Bourg-Westra, en las Islas Shetland, con su hijo. El protagonismo corre a cargo del joven, que se enamora de una de las hijas del posadero y poco después salva a un náufrago con el que traba amistad. Pero éste resulta ser también un famoso pirata que se prenda de la otra hija, lo que provoca un duelo entre ambos amigos. Los acontecimientos se van precipitando y una misteriosa bruja local parece orquestarlos convocando a todos los personajes en la feria de Kirkwall, capital de las Orcadas, a donde llegan los compañeros del pirata y tiene lugar un trepidante e insospechado desenlace.

Las románticas ruinas del Palacio Episcopal
En fin, como siempre me han gustado las historias de piratas seguramente una voz interior me incitaba a conocer personalmente ese escenario. Escenario que, de paso, daba pie a descubrir otras muchas maravillas del archipiélago. Centrándome en Kirkwall, diré que tiene el encanto portuario de las villas marineras, que a mi parecer ganan con el tiempo desapacible. Aunque la lluvia no es precisamente cómoda para hacer turismo, me las arreglé para pasar una hora fotografiando el bello cementerio local, uno de esos camposantos nórdicos donde las viejas lápidas redondeadas y musgosas parecen brotar directamente del césped y que me proporcionaba la copa de recios árboles como cobijo de la cámara ante la humedad.

La Catedral de St. Magnus con el cementerio alrededor
Todo ello circundando la bonita Catedral de St. Magnus, templo de piedra arenisca de tono intensamente rojo y estilo medio románico medio gótico, que popularmente es conocida como la Luz del Norte. Su interior, donde macizos pilares cilíndricos sostienen las bóvedas de las tres naves, sirve para albergar numerosos restos de los navíos de la Royal Navy -la misma en la que siglos antes terminó redimiendo su pasado el pirata de Scott-, desde banderas de guerra a la campana del HMS Royal Oak, crucero hundido por un torpedo alemán en la bahía. También numerosas estelas de piedra, cuyos esqueletos en relieve indican inequívocamente su función funeraria.

Banderas y campana del HMS Royal Oak, hundido por un U-Boot
Al lado, uno frente a otro, los restos ruinosos de los antiguos palacios del Obispo y del Conde se resisten a desmoronarse del todo para servir de espléndido decorado a las fotos de los turistas, pues parecen un cuadro de Friedrich. Allí tiene lugar una conversación entre Cleveland, el pirata, y Bunce, su ayudante, recordando que el conde terminó ahorcado -cual filibustero- por enfrentarse a la Corona inglesa. Unos párrafos después, Scott describe la zona portuaria:

"La bahía, que forman los promontorios de Inganes y Quanterness, en cuyo fondo, como asimismo todo el mar en la extensión que alcanzaba la vista, y especialmente el estrecho que separa la isla de Shapinsha de la de Pomona, cubríanlos numerosas embarcaciones de todas clases, que de diferentes islas llegaban con pasajeros o con mercancías, a la feria de Saint Ollaw".

En el puerto se conserva una antigua mina
Actualmente los barcos son de pesca, grandes pero herrumbrosos y ajados, más algún yate deportivo, pues el ferry que conecta el archipiélago con Jonh O'Groats (Gran Bretaña) ni siquiera fondea en Kirkwall sino en South Ronaldsay, para evitar dar un gran rodeo. Desde allí hay que llegar a la capital por carretera, cruzando de isla a isla por los llamados Diques de Churchill.

El tono grisáceo que predomina en el ambiente, apagando el no muy convincente esfuerzo del sol por mostrarse, sólo se ve roto por el rojo intenso de una antigua mina desactivada y restaurada para decorar el lugar. Éste puede parecernos algo pequeño para imaginar a la Favorita de la Fortuna entrando audazmente por la rada y bombardeando las defensas o entablando batalla allí mismo con la fragata Alcion de Su Graciosa Majestad, tal como narra la novela. Pero es que los barcos piratas no eran los enormes galeones que vemos en las películas; resultaban más prácticos los pequeños, rápidos y ágiles, ideales para asaltar por sorpresa y luego ocultarse en calas recónditas.

Otros importantes atractivos de las Orcadas sirvieron de escenario para El pirata. Se lo cuento en el próximo post.

domingo, 4 de enero de 2015

Esos viajes imposibles


Uno se pasa la vida elucubrando cuál será el próximo destino, como respondiendo a esa pregunta habitual con que le asaetean por diestro y siniestro, como en un bucle: "Y el siguiente viaje ¿a dónde?". Ayer, sin embargo, se me ocurrió que resulta mucho más divertido pensar en los que nunca haré con casi total seguridad. Aunque bien que lo siento, pues no por improbables son menos deseados.

Por ejemplo, pese a los pasos de gigante que da la ciencia en ese sentido, sospecho que no llegaré a tiempo de ver un parque temático de la Prehistoria con mamuts vivos, creados por ingeniería genética gracias al ADN extraído de ejemplares congelados en Siberia. De hacer una excursión a una versión insular con dinosaurios ya ni hablo. Si acaso, lo más parecido,  por misteriosa y salvaje, sería la selva del Congo y los sugestivos meandros del río, aunque el recuerdo de la experiencia de Marlow convirtiese el trayecto vacacional en un viaje al corazón de las tinieblas no aconsejable para quienes sólo queremos disfrutar de unas vacaciones exóticas y, sobre todo, volver para contarlo.

Hablando de esto último, me temo que tampoco -pese a las ganas que tengo desde que leí la indescriptible aventura de Arthur Gordon Pym- pisaré la Antártida. Sí, sé que se pueden hacer cruceros por sus mares, pero se limitan a navegar por las islas y no hay opción de pisar el continente porque la comunidad internacional lo ha declarado santuario, prohibiendo el turismo. Bueno para el lugar, claro, y malo para mí, que nunca podré ver el punto donde un frustrado Scott se encontró la bandera de Amundsen jorobándole el plan, tampoco los bancos de hielo por los que saltaba su equipo ante la atenta mirada de montones de orcas que se relamían esperando la caída al agua de alguno, según contó Apsley Cherry-Garrard, uno de los miembros de la expedición, en su libro El peor viaje del mundo. Así que me toca ver el vaso medio lleno y consolarme con el dineral que me ahorraré.


En ese mismo sentido -el económico-, y salvo que me toque una lotería a la que nunca juego, ni pensar en dar la vuelta al mundo, sea en los ochenta días de Philleas Fogg o en los tres años de Magallanes y Elcano. Da igual que lo plantee en trayecto submarino,  haciendo veinte mil leguas, que por aire, subido en un globo cruzando África de este a oeste a lo largo de cinco semanas, o incluso caminando bajo tierra tras entrar por el cráter del volcán islandés Sneffels y salir por el del italiano Strómboli siguiendo los pasos de Arne Saknussem. Sería muy cansado, que diría la zorra ante las uvas, expresión que sirve también para rechazar la ruta de Marco Polo añadiendo la decepción final de no ver a ni Kublai Khan ni la isla de los hombres-perro.

Por eso tampoco me imagino dos años de vacaciones, como los niños de la novela de Verne, ni aún cuando lo pasaron bastante mejor que sus homólogos de El señor de las moscas. ¿Y qué me dicen de la Luna o Marte? ¡Si ni siquiera está cercano -en precio, quiero decir- el acceso popular a los paseos espaciales! Menos aún al espacio interior; y no me refiero al cuerpo humano, que sería toda una experiencia eso de ser reducido microscópicamente para navegar por las arterias y acabar regresando al mundo al exterior por una lágrima, sino a las profundidades abisales, territorio exclusivo de batiscafos científicos y, si acaso, de algún extraterrestre perdido y con pinta de hipnótica medusa luminosa.

Muy a mi pesar, descarto pasear por el techo del mundo, por mucho que la cumbre del Everest esté tan frecuentada últimamente y tan fácil te lo pinten algunas empresas especializadas. También acercarme a Afganistán; llámenlo prudencia o miedo, pero las ganas que tengo de ver ese país cruzando desde Pakistán por el temible Paso del Khyber, tal cual hicieran Pecky Carnahan y Danny Dravot para conquistar la corona de Kafiristán, no son suficientes para arrostrar el peligro de la situación actual. Y eso que es duro sacrificar la posibilidad de reinar y descubrir el pasado masónico de Alejandro Magno.
 

¿Embarcarse en un largo periplo marino? No porque me mareo y además sin posibilidad de toparse con una ballena blanca parece que no seduce tanto. Por otra parte, está el peligro de naufragio, llevadero si se termina en algún improbable rincón de África gobernado por una reina blanca inmortal o en una solitaria y desconocida isla paradisíaca. Siempre, eso sí, que algún misterioso personaje te ayude secretamente ante cualquier contratiempo, encuentres a un amigo al que bautizar con nombre de día de la semana y enseñar los principios de la civilización o halles un tesoro enterrado tiempo atrás por un viejo pirata haciendo caso omiso de la mota negra.

Hablando de islas, tampoco veré -y ustedes tampoco ¿eh?- Ogigia, la morada de Calipso, donde Ulises se tiró siete relajados años antes de regresar a Ítaca, ni aquella en la que trabaja la enigmática corporación Dharma sin que sepamos todavía cuál era su objetivo. Como seguirán ignotos los disparatados países descubiertos por el doctor Lemuel Gulliver (Liliput, Blefescu, Brobdingnag, Laputa...) y los múltiples continentes continentes perdidos que, desde Platón a los macgufos actuales, pasando por las aventuras de Corto Maltés, las de Simbad, las de Chihiro o la imaginación de Henry R. Haggard, llenan el panorama de sugestivos nombres: la Bagdad de las Mil y una noches, la Atlántida, Mu, Utopía, Avalon, Asgard, Pellucidar...

Siguiendo esa estela fantástica, por supuesto que un viaje en el tiempo sería algo memorable, especialmente para alguien como yo, que ha estudiado Historia. ¿Imaginan la emoción de desembarcar con Colón en Guahananí en 1492? ¿O avanzar al lado de Hernán Cortés por la calzada de Iztapalapa, con el lago Texcoco acongojantemente lleno de miles de canoas aztecas, para encontrarse cara a cara con Moctezuma? ¿O, poco antes, haber visto con Diego de Ordás la primera panorámica de la magnífica ciudad de Tenochtitlán desde la cumbre del Popocatepétl? ¿O, cambiando de imperio, entrar en Cuzco con las tropas de Pizarro para contemplar atónito la muralla perimetral del Coricancha forrada de oro?


Ya puestos, no habrá periplos más fascinantes que remontarse millones de años atrás, viajando con fármacos a través del inconsciente colectivo formulado por Jung, para encarnarse en un homínido -con el riesgo de perder la materia y acabar transformado en energía-.  O hacerlo a través del infinito espacio-tiempo para fundirse con el creador y ser el origen de la vida, tras encontrarse con un misterioso monolito en la órbita de Júpiter. Que viene a ser el mismo viaje, pero en versión actualizada y con música electroestocástica, del realizado por Dante y Virgilo a través del Infierno, el Purgatorio y el Cielo.

Quién sabe, salvo que nos perdamos en las nieves eternas del Himalaya y nos recojan en un monasterio budista donde no se envejece, quizá todos terminemos recorriendo alguno de esos postreros caminos  (pero si es en la versión propuesta por los Monty Phyton en El sentido de la vida, mejor que mejor).

domingo, 28 de diciembre de 2014

La Capilla Sixtina: el Juicio Final


Lo vimos en el post anterior: pese a sus reticencias iniciales, y quizá motivado especialmente por las dudas burlonas que sus colegas de profesión manifestaban sobre la capacidad de un escultor para pintar la bóveda de la capilla, Miguel Ángel deslumbró al Papa y a todo el mundo cuando mostró su obra terminada en 1512. Parecía imposible mejorar aquello pero, veinte años más tarde, el artista regresó volvió a iluminar la Santa Sede con su visión del Juicio Final. Artística, se entiende.

Miguel Ángel no era muy agraciado
O historicista, si se mira desde otra perspectiva. Fue Clemente VII, un Médici, quien en 1534 le pidió al maestro que pintase en la pared del altar ese tema, dicen que recordando el terrible Sacco de Roma que le tocó vivir cuatro años antes (y durante el cual, por cierto, la Capilla Sixtina fue usada como cuadra por los incontinentes mercenarios alemanes), si bien otros opinan que el tema es una muestra de la Contrarreforma que se llevaba a cabo entonces. Lamentablemente para él, este Papa no pudo ver el encargo terminado -casi ni empezado- porque murió pocos meses más tarde y sería su sucesor, Pablo III, un Farnesio, quien tendría ese honor.

Se acababa el Renacimiento y Miguel Ángel era bastante mayor: con cincuenta y un años -una edad considerable para la época, aunque llegó a cumplir ochenta y nueve-, ya tenía un prestigio más que probado y parecía que había hecho todas sus obras maestras. Pero no, faltaba la más emblemática. La terminó en 1541, consciente de que acababa de crear algo excepcional: "A cuántos hará enloquecer esta obra mía" dijo sin falsa modestia con otra de esa frases para la Historia que acostumbraba a proclamar al terminar una pieza (años atrás había incitado a hablar a su estatua de Moisés, considerando que sólo le faltaba la vida).

Cielo...

... e Infierno
En cierta forma, su Juicio Final anticipa la llegada del Barroco al presentar una escena caótica, un torbellino donde todas las figuras se mezclan en un solo fondo, un totum revolutum sin lunetos ni particiones arquitectónicas. Para ello, Miguel Ángel no sólo eliminó unas pinturas previas de Perugino e incluso otras propias, sino que cegó dos ventanas y dotó de inclinación hacia afuera a la pared en su parte alta para evitar la acumulación de polvo y crear sensación de envolvimiento. 

Ángeles trompeteros
Hablaba antes de cierto historicismo. Y es que el tema, el Apocalipsis según San Juan, se representa con los rostros de personajes reales: el rey Minos es Biaggio da Cesana (camarero del Papa que había criticado los desnudos representados), el Cristo hace su segunda venida con los rasgos de Cavallieri (uno de los modelos de Miguel Ángel), Caronte se identifica con el condestable de Borbón, San Bartolomé lleva una piel en la mano que es un autorretrato del propio artista... 

San Esteban con la piel de Miguel Ángel
Así hasta cuatrocientas figuras en las que no faltan alusiones a la mitología (Caronte, el citado Minos), el santoral católico, la iconografía cristiana tradicional (el diablo, ángeles trompeteros, la Virgen), personajes de la época (los papas, Savonarola, César Borgia, Lutero, etc) e incluso presuntos simbolismos ocultos (algunos estudiosos proponen que la disposición triangular del conjunto simboliza el Ojo de Horus o creen que las figuras centrales están colocadas de manera que forman el perfil de Dante Allighieri).

Toda esa magnificiencia plasmada sobre ese característico fondo azul, logrado con lapislázuli afgano, no impidió que algunos sólo se fijaran en lo que consideraban obsceno al mostrar tantos desnudos. Por esa razón, ocho años después, Pablo IV cedía a las presiones y encargaba a Volterra que los cubriese púdicamente pintando ropajes sobre ellos. Ello le valió pasar a la posteridad con el denigrante mote de il Braghettone. Y encima para nada, porque, aparte de morir sin haber llegado a concluir la tarea, la restauración de los frescos realizada en 1980 eliminó lo que había hecho, devolviendo al Juicio Final su aspecto original. Puede presumir, eso sí, de que se haya decidido conservar el paño sobre Cristo.

En fin, un consejo: hagan zoom sobre la foto de cabecera, o mejor en alguna más grande donde se vea bien todo el Juicio Final, y entreténganse en cada uno de los detalles. Verán qué cantidad de sorpresas y escenas curiosas, terribles y/o divertidas irán descubriendo: qué expresividad en los rostros, qué desesperación de ĺos condenados en su intento de evitar ser arrastrados al Infierno por los demonios, cómo algunos justos les ofrecen su ayuda desde arriba, la estruendosa sentencia dictada por las trompetas de los ángeles (atención al que pone los ojos en blanco al tocar frenéticamente), la escalera para ascender que ha sido retirada, los santos que rodean a Cristo (aparentemente más preocupados por los desgraciados de abajo que por el juicio), un beato que asciende a los cielos llevando a dos negros, un Cristo que no gustó a muchos por ser demasiado hercúleo, Caronte (repartiendo estacazos con su remo y mil cosas más.


El viajero incidental © 2008. Template by Dicas Blogger.

TOPO