domingo, 27 de julio de 2014

On the beach


Dado que estamos en verano, que apenas he podido ver el sol y que menos aún lo veré si se cumple el plan de pasar las vacaciones estivales en Escocia, no está de más consolarse atendiendo al peligro potencial del astro rey para nuestra salud y recordando un caso vivido hace unos años en África. Fue una experiencia extraña, algo esotérica, como verán.

Después de un intenso viaje por Uganda y Ruanda pasé los últimos días del periplo en Lamu, un archipiélago situado en el océano Índico que pertenece a Kenia y del que ya hablé en alguna ocasión. Una de las jornadas en aquel paradisíaco rincón africano empezó con una tranquila y convencional mañana de playa.

Como ya sabía lo agresivo que puede ser el sol ecuatorial, tal como sufriera mi espalda durante poco más de una hora de snorkel en Panamá el año anterior, esa vez me embadurné de crema protectora como para detener una bala y repetí la operación cada quince minutos de forma casi obsesiva. Digamos, de paso, que la playa de Lamu es enorme, kilométrica, y está casi completamente vacía; sólo algunos camellos y algún ocasional lugareño conduciendo una reata de burros altera la tranquilidad. Por eso cuando nos retiramos para comer, no pudimos evitar pasar ante tres compañeras del viaje que acababa de aposentarse sobre las dunas y, según nos dijeron, tenían intención de tostarse relajadamente.

La inmensa -y vacía- playa de Lamu.
 Pues bien, a una de ellas se le fue la mano. Por la noche, una amiga nos explicó que estaba bastante quemada por el sol y nos pidió un aftersun. Al llevárselo descubrimos espeluznados que aquello eran más que quemaduras normales. Su piel no estaba del color rojo gamba que habitualmente vemos ostentar en el Mediterráneo a los anglosajones; ella alcanzaba un escalón más en la escala cromática y el tono era más oscuro, ligeramente amoratado. En lugar de broncearse en una playa parecía haberlo hecho en Chernobyl y daba la impresión de que si le pasásemos un contador Geiger se pondría a pitar de forma desenfrenada.

El símil es oportuno porque era como para poner los pelos de punta, máxime si se tiene en cuenta que yo, poco antes de empezar las vacaciones, había revisado On the beach, una película de Stanley Kramer basada en la novela de Nevil Shute que aquí se tituló La hora final. Cuenta cómo, tras una guerra atómica, el mundo queda destruído y los supervivientes se juntan en el único país que se libró de las bombas, Australia, aunque están condenados de todas formas porque la nube radioactiva avanza hacia esas latitudes inexorablemente. Y cuando finalmente llega...

No abundan los turistas pero sí un fortín, camellos...
Bueno, el caso es que nuestra compañera no se había echado crema -"No sé por qué", dijo-, con lo que el adverso efecto no era sólo en la piel; también tenía dolor de cabeza, vómitos y malestar general. Tanto como para que al día siguiente se quedara en el hotel mientras los demás visitábamos el casco antiguo de Lamu Town. Lo malo es que inmediatamente después terminábamos nuestra estancia en Lamu y embarcábamos en una avioneta para regresar al continente. Ese trayecto se salvó sin mayor dificultad, dada la escasa distancia. Pero luego tocaba esperar varias horas en el aeropuerto de Nairobi para coger el vuelo de conexión a Bruselas y, desde allí, a España.

...y burros, muchos burros.
 Ese tiempo en la terminal fue agónico. Entre su estado físico, el abarrotamiento de gente y la música ambiental repetida en un machacón bucle infinito, hora tras hora ella se iba poniendo peor y, ante la posibilidad de que no la dejaran volar en esas condiciones, le sugerí una visita a los servicios médicos del complejo. Me hizo caso y poco después nos atendió una voluminosa enfermera ugandesa que la vio tan mal como para recomendar su ingreso en un hospital; pero la idea de quedarse allí y depender de la sanidad keniata la horrorizó y se negó. Ni siquiera aceptó una inyección, no sé si por temor a la no esterilización de la aguja o a su enorme tamaño- y al final sólo nos llevamos paracetamol.

Ignoro cómo terminó la cosa porque ella se pasó las diez horas en el avión durmiendo y terminábamos viaje en ciudades diferentes, así que no volví a verla, aunque imagino que en España sí acabaría hospitalizada.

Fotos: Marta BL y JAF

domingo, 20 de julio de 2014

Aveiro: sal, azulejos y moliceiros


Hay en el mundo varias ciudades famosas por asentarse sobre lagunas, de manera que muchas de sus calles son canales que se recorren navegando. Huelga comentar que la más famosa y bonita es Venecia, que da el sobrenombre de Venecia de... a otras como Ámsterdam, Brujas, Estocolmo, etc. En Portugal, ese papel lo ejerce Aveiro.

Para ser exactos, Aveiro creció en torno a una ría que se extiende a lo largo de casi cincuenta kilómetros de litoral -con once de ancho- desde Mira hasta Ovar, separada del mar por una lengua de arena. Una zona formada por arrozales y salinas por la que aún hoy se mueven unas peculiares embarcaciones tradicionales denominadas moliceiros. Se llaman así porque antaño servían para transportar el molico, mezcla de limo y algas que las gentes sacaban de la ría para utilizar como abono en el campo.

Con forma similar a la de las góndolas pero impulsados a vela, los cascos de los moliceiros también se diferencian de los venecianos en que son algo más estilizados, de proas más altas y curvas aunque menos esculpidas; de hecho, sustituyen las formas talladas por el colorido, trocando el sobrio tono negro por un vivísimo cromatismo en el que no faltan, a veces, incluso viñetas pictóricas ilustrando escenas marinas, religiosas, románticas o del tema que se le ocurra al propietario.

Evidentemente, su uso hoy en día es fundamentalmente turístico, pudiéndose dar paseos a bordo de algunos por bastante menos dinero que sus homólogos italianos. Se podrá aducir que los timoneiros no cantan como los gondoleros, pero yo he montado en góndola un par de veces y siempre me acompañó el silencio así que... Por lo demás, el paseo resulta más tranquilo -los canales de Aveiro no tienen el tráfico febril de Venecia- y tan sólo hay que estar atento a la orden del timoneiro para tener cuidado con la cabeza cuando se pasa bajo un puente de poca altura.

El canal Central es el que tiene mayor profundidad y longitud, atravesando la ciudad. De él se desgajan otros como el de San Roque, que separa el casco urbano de las salinas y donde se sitúan desde antaño los carpinteros de ribera. Porque los moliceiros también cargaban sal, una fuente de riqueza que se explota desde el siglo X y a la que se dedica un museo situado en la marina de Troncalhada, junto al Canal de las Pirámides (pirámides de sal, obviamente).

El canal de San Roque se une a la zona pesquera  mediante los muelles dos Boitiroes y dos Mercantéis; porque la pesca también es una actividad importante allí, con industria conservera y todo. Reserven mesa en algún restaurante y casi seguro que no faltarán en la carta el inevitable bacalhau (aunque se está agotando; suele servirse con arroz), los mejillones (en brocheta) y las anguilas (fritas o en escabeche). El barrio Beira-Mar es el mejor exponente de todo ello. Se trata del rincón donde vivían los pescadores, estructurado en torno a la capilla de San Gonçalinho y a la iglesia de la Vera Cruz, y que se puede recorrer en bicicletas municipales; cuando estuve yo eran gratuitas.

Pero un visitante en Aveiro puede encontrar más cosas. Para empezar, el Museo que se ubica en el antiguo monasterio dominico de Jesús, que tiene una de las mejores colecciones de arte religioso de todo Portugal y en cuyo templo está enterrada la princesa Santa Joana, beatificada por hacerse monja renunciando a su posición social.

También hay que destacar varias iglesias: la de la Misericordia, cuya construcción se inició a finales de la época renacentista, coincidiendo con una profunda crisis económica; la de do Carmo, único resto del convento homónimo; y la capilla do Senhor das Barrocas, de planta octogonal.

La decoración con azulejos es una constante en el país y Aveiro no se libra, encontrándose ejemplos por todo el callejero; no en vano se la conoce como la Patria del azulejo. En ese sentido, la ciudad y la región turística de Rota da Luz presumen de una Ruta del Art Nouveau que refleja la alegría vital de la Belle époque y que recorre una treintena de kilómetros descubriendo edificios en las vecinas Ílhavo y, Albergaria-A-Velha, además de la propia Aveiro, que cuenta con una decena de casas de ese estilo: la del Major Pessoa, el museo de la República, la Cooperativa Agrícola, la Residencia del arquitecto Silvio Rocha, el bar del Hotel As Américas, la Sapataria Miguéis, el templete del Parque Municipal, etc.

Por último, si se hartan de tanto recorrido cultural pueden acercarse a la Reserva Natural de las Dunas de San Jacinto, situada al norte de la barra arenosa: más de medio millar de hectáreas de playa continua que se pierde de vista.

Fotos: Marta B.L

domingo, 13 de julio de 2014

Los monasterios pintados de Bukovina (II)


El otro día les explicaba que el principal atractivo de la provincia rumana de Moldavia lo constituyen los monasterios pintados de Bucovina. En esa región hay un montón de ellos -Rumanía sigue siendo un país extremadamente religioso- pero los más destacados quizá sean los de Voronet, Moldovita, Sucevita y Humor.

Todos ellos son parecidos, rodeados por unos muros que les dan apariencia de fortines -en algún caso lo fueron-, entrada por un robusto torreón que asemeja una barbacana, el suelo cubierto por césped -salvo los senderos enlosados para caminar-, árboles frutales y una exuberante decoración floral que proporciona el éxtasis cromático de cualquier fotógrafo y se complementa sensitivamente con los cantos ortodoxos que se oyen.

El Juicio Final del monasterio de Voronet
 Tampoco faltan el pozo atechado típico, la cruz de madera tallada y la lámina de hierro que, debidamente golpeada por un mazo, hace las veces de campana por esos lares. En el centro, la iglesia, si bien ahora se destina a las visitas turísticas y el culto se celebra en otra. Y luego están las monjas, claro, que llevan vestiduras negras con una curiosa toca y que, para profesar en la orden, deben aprender teología, de ahí que muchas tengan conocimientos de sobra para hacer las funciones de guía.

Aunque no forme parte de los cenobios en sentido estricto, también resulta divertido ver a los turistas de pantalón corto tener que ponerse una especie de basto faldón que, a los más obesos -léase anglosajones-, no les abarca su perímetro barriguil y les queda como un simple mandil, abierto por detrás, tal cual ocurre con los camisones de hospital.

VORONET
Una de las tumbas decoradas del cementerio
En 1488, tras su victoria sobre los turcos, Esteban el Grande mandó construir este convento (aunque su tumba está en el de Putna) y se hizo, cuentan, en sólo un mes. Es el monasterio más importante de la zona, sobre todo por la imponente presencia de la iglesia de San Jorge, que es casi un siglo posterior pero no por ello pierde espectacularidad. En las pinturas de Voronet predomina el color azul como fondo, otorgando a los frescos un aspecto característico e inconfundible.

En ellas, por su parte exterior, se ve el muro del Juicio Final, considerado una especie de versión local del tema pintado por Miguel Ángel para la Capilla Sixtina y donde ángeles y demonios se disputan las almas a golpe de lanza.
Al lado del complejo hay un cementerio perfecto para mostrar al visitante los elementos típicos de los del país, sobre todo los retratos de los difuntos sobre las lápidas. Y no hablo sólo de fotos; a veces hay auténticas obras de arte -algo kistch-, incluso con poemas. También llaman la atención en ellos los acostumbrados monumentos a los caídos en las guerras mundiales y las mesas (?) repartidas por el camposanto, como si de un merendero se tratase.

SUCEVITA
El más grande y reciente de los monasterios pintados de Bucovina fue erigido en 1581 por orden del obispo de Radauti, aunque experimentó ampliaciones sucesivas. Cuenta la leyenda que una de las mujeres que trabajaron en él durante décadas,, transportando piedras, acabó homenajeada con un retrato escultórico.

La Escalera de la Virtud de Sucevita
Los frescos de Sucevita se conservan muy bien. Si en Voronet es característo el tono azul, aquí le toca al dorado. Pero los temas son similares, ya que se repite el Juicio Final, en este caso con la llamada Escalera de la Virtud en la que cada peldaño representa una y por la que los justos suben  al Cielo frente a los pecadores -turcos y judíos-, arrastrados por demonios. También hay un Apocalipsis y un árbol genealógico de Jesús.

MOLDOVITA
Para visitarlo es necesario subir hacia el Paso del Borgo, en dirección a Bistrita, suponiendo que uno venga desde Radauti. Antes de llegar arriba aparece este cenobio del siglo XV al que se accede por un torreón decorado con relieves esculpidos.

El asedio de Constantinopla por los turcos
Dentro del recinto, similar a los otros, está la iglesia de la Anunciación, cuyas pinturas más representativas -ligeramente estropeadas por los grafittis de soldados austríacos en el siglo XVIII- recrean la toma de Constantinopla por los otomanos, que son una referencia temática recurrente. Como también lo es un elemento característico de esa parte de Europa y que abunda en los edificios intramuros de Moldovita: el ojo de gato, un tipo de diminuta ventana elíptica que sobresale de los tejados y recibe ese nombre por razones felinas obvias.

HUMOR 
La fotogénica torre de Humor
Este convento de nombre tan sorprendente nació a instancias de un boyardo (noble rumano) que, a su muerte, lo eligió para ser enterrado. Del complejo original, de 1530, queda poco al haber sido destruido a lo largo de años y años de guerras; de hecho, no volvió a constituirse como comunidad religiosa hasta 1990.

La iglesia de la Asunción carece de torre integrada -parece una cabaña-, como corresponde a un templo fundado por alguien sin sangre real, de ahí que haya al lado una torre exenta muy fotogénica. 

De las pinturas no hay que perderse la que, similar a otra de Voronet, representa el mar: es divertidísima, acorde con el nombre del lugar, con una metafórica figura femenina cabalgando un cetáceo de dos cabezas y escoltada por peces, moluscos y crustáceos variados (y atención al elefante psicotrónico que espera en tierra).

Como dije en el post anterior, los monasterios pintados de Bucovina forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Pero no sólo se encontrarán pinturas, también se descubrirá todavía vigente una forma de vida que tiende a desaparecer en Occidente y otros atractivos. Por ejemplo, en Moldovita se puede ver el trono del príncipe Petru Rares, hijo de Esteban el Grande, así como un pequeño museo de trabajos bordados y arte eclesiástico. Asimismo, en el pueblo de Marginea, cerca de Humor hay un célebre taller de cerámica negra, típica de la región, donde es posible adquirir piezas recién hechas.

Fauna marina en el monasterio de Humor
 Fotos: Marta B.L.

domingo, 6 de julio de 2014

Los monasterios pintados de Bucovina (I)


Aunque para la mayoría de la gente una visita a Rumanía implica conocer Transilvania y Valaquia, hay una tercera provincia más al norte que resulta igual de atractiva o más. Se trata de Moldavia, de la que en 1991, al caer la URSS, se desgajó una parte hacia el Este para formar un país independiente que los rumanos siguen reclamando como suyo porque la mayoría de su población es de etnia y lengua rumanas; equivale a la antigua Besarabia.

No se pueden sacar fotos en el interior
Es algo parecido a lo ocurrido con Macedonia respecto a Grecia, que hay un estado y una provincia con el mismo nombre. Pero aquí quería hablar más bien de la Moldavia de Rumanía propiamente dicha. Y más concretamente de una de sus regiones, la montañosa Bucovina, donde a lo largo del siglo XVI se construyó una serie de monasterios que tienen como característica común los espectaculares pinturas al fresco que decoran sus iglesias. No sólo en el interior sino también por fuera.

Hay un buen puñado, unos de monjes y otros de monjas: Radauti (el más antiguo, del siglo XIV), Agapia, Varatec, Putna, Neamt, Dragomirna, Arbore... Los más visitados, empero, son los de Sucevita, Moldovita, Humor y Voronet. Se pueden ir viendo a lo largo de una jornada tomando como base de operaciones la cercana ciudad de Radauti, por cuenta propia si se dispone de automóvil -cuidado con los numerosos carros del país, largos y tirados por caballos, que circulan por las carreteras dando al lugar un aire de otra época- o en alguna excursión organizada. La mayoría de las agencias incluyen estos cenobios en sus programas.

Los monasterios rumanos se parecen bastante a los fortines de las películas del Oeste o los castillos medievales, con una muralla perimetral a la que se adosan, por dentro, los edificios. Sólo queda exenta, a manera de torre del homenaje y en medio del recinto tapizado con un césped intensamente verde, la iglesia, que atrae la atención inevitablemente con la sinfonía cromática que la envuelve.

El ábside no se libra de la decoración
Porque, salvo el tejado, el resto de su superficie -paredes, ábsides- está cubierta hasta el horror vacui de pinturas que representan escenas bíblicas e históricas en un estilo que combina bizantino y gótico. Un auténtico cómic a todo color, aunque con predominio de un tono diferente en cada convento (son característicos el azul de Voronet y el verde de Sucevita, por ejemplo). Lo más curioso es que, en una zona tan lluviosa como ésa, se conserven tan bien; la única excepción son las paredes orientadas al norte, donde el deterioro es patente, aunque cuando fui estaban en pleno proceso de restauración.

La pared orientada al norte, siempre en peor estado
La función de esos frescos era pedagógica: en una época en la que el analfabetismo era lo corriente, el pueblo podía aprender los episodios sagrados de forma visual. Se deduce, pues, que la clausura de esos sitios siempre fue relativa. Menos estricta que en los cenobios católicos, que en general siguen una regla de mayor rigidez. Y ahora, con tantos turistas intramuros, las pinturas adquieren otra utilidad.

En el próximo post veremos con más detalle los monasterios destacados.

Fotos: Marta B.L.

domingo, 29 de junio de 2014

Garganta de Olduvai, la cuna de la Humanidad



Cuando se viaja a un país africano, entendiendo por tal eso que eufemísticamente se llama África subsahariana, el objetivo en general es practicar la experiencia del safari. Por supuesto, habrá quien la complete con algún que otro día de playa y una visita urbana a la capital correspondiente, pero lo normal es que sean unas vacaciones contemplando y fotografiando animales en libertad desde un vehículo todoterreno con ocasionales tramos a pie.

Evidentemente, y salvo excepciones muy concretas, las ciudades africanas de la mitad sur no son pródigas en patrimonio monumental, de ahí que el interés se circunscriba a la naturaleza. Sin embargo, cuando hace unos años viajé a Tanzania, llevaba en mente -y, de hecho, me aseguré de incluirlo en el programa- ver con mis propios ojos un paraje cuya atracción iba más allá de eso. Un rincón casi desconocido para la mayoría -no coincidí con un solo turista durante mi paso por él- que, paradójicamente, debería ser casi una obligación visitar, ya que es la cuna de la Humanidad: la Garganta de Olduvai.


Olduvai es una palabra masái (oldupai, en su lengua original) que nombra a una planta muy abundante en la región. El cañón se encuentra entre el Ngorongoro y el Serengueti, dentro del Valle del Rift, esa colosal falla que atraviesa longitudinalmente el continente en su parte central a lo largo de casi cinco mil kilómetros desde hace treinta millones de años.

En realidad todo el Rift es un tesoro geológico para conocer la Prehistoria del Hombre, desde su extremo norte en Afar (Etiopía) hasta el sur, en Laetoli (Tanzania), pasando por la cuenca del río Omo, el lago Turkana, etc. Olduvai también está en el sur, justo donde el valle gira bruscamente hacia el noroeste, y su importancia estriba en que la erosión y los movimiento tectónicos han dejado al descubierto sedimentos del Pleistoceno, período que se data entre los dos millones y los quince mil años de antigüedad.


Por tanto, aparte de tesoro geológico también lo es paleoantropológico. Era el sitio perfecto para buscar fósiles de nuestros antepasados y así se hizo desde principios del siglo XX, aunque el gran momento llegó en los años cincuenta, cuando los célebres Louis y Mary Leakey empezaron a excavar de forma sistemática en el lecho seco de un antiguo lago. Así fueron encontrando restos esqueléticos de diversas especies de homínidos que vivieron allí sucesivamente y hoy muestran un espectro bastante amplio, cronológicamente hablando: Paranthropus boisei, Homo habilis, Homo ergaster y Homo sapiens. Una misión científica española ha encontrado recientemente un esqueleto de Zinjantrophus.


Así pues, contemplar aquel paisaje, aunque fuera de modo somero y meramente panorámico desde lo alto del barranco, fue uno de los momentos más emocionantes que haya experimentado jamás en un viaje. Especialmente si se tiene una febril imaginación y entrecerrando un poco los ojos, se vislumbra un enorme monolito negro en torno al cual saltan los homínidos tras descubrir el potencial para matar de una simple quijada animal. Llevando Así habló Zarathustra en el Mp3, mejor que mejor.

La visita al barranco se complementa con el pequeño museo que se alza allí, en medio de la nada, en un sencillo pabellón de piedra de dos salas. Fundado por la mismísima Mary Leakey en la década de los setenta, posteriormente reformado y modernizado por el Getty estadounidense, se llama Oldupai Gorge Museum y exhibe réplicas de los cráneos y huesos hallados en la zona, así como un molde del rastro de huellas dejado por australopitecos en Laetoli, una línea temporal y varios paneles explicativos.
 

Las herramientas expuestas, correspondientes a diversos períodos de la industria lítica, sí son originales, al igual que los huesos de animales, algunos de ellos prehistóricos ya extinguidos: Pelorovis (un búfalo de inmensa cornamenta). Megaenteron (un depredador de largos dientes), Deinotherium (elefante con los colmillos invertidos), Sivatherium (jirafa de cuello corto), etc.

El sitio, ya digo, es modesto en tamaño y en una hora, se ve de sobra. Pero si hay lugares que no deben juzgarse por el tiempo, al menos por el que emplea uno- éste es uno de ellos sin la menor duda.

Fotos: Marta B.L.

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