domingo, 31 de agosto de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (III)


Recordemos que el inefable Kuakman vuelve a contarnos sus aventuras, esta vez en Tailandia y Vietnam. Tras un inicio de viaje accidentado en Londres, recala en Bangkok para pernoctar antes de tomar una conexión a Hanoi, decidiendo conocer la ambigua vida nocturna de la ciudad. Y a la mañana siguiente...

Hay un refrán de mi tierra que dice "El que va de romería se arrepiente al otro día". Pues tal cual, oigan. Me desperté repentinamente creyendo que todo iba bien porque soñaba que la Afrodita de la noche anterior -que resultó ser un hombre- se me lanzaba encima, cuando me dí cuenta de que había acostado sin poner el reloj. ¡Eran las ocho y mi vuelo salía a las diez!

Por suerte, me conocía lo suficiente como para prevenir mis propios despropósitos y, astutamente, no había deshecho la maleta la jornada anterior, así que sólo tuve que cogerla y pedir un taxi para el aeropuerto. Por supuesto, no todo iba a salir perfecto y los quince kilómetros hasta allí eran de continuo atasco, de tal manera que me ví obligado a ofrecerle una pasta gansa al conductor para que me llevase a tiempo. Pero como dice otro refrán, éste ya nacional, "Poderoso caballero es don Dinero". El coche voló y pude llegar a la terminal, facturar en el mostrador de Air France, pasar el control de seguridad y sentarme tranquilamente en la cafetería a tomar el merecido desayuno del que me había visto obligado a prescindir en el hotel.

Entonces, cuando me deleitaba taza en mano con el último sorbo, éste casi me sale disparado por la boca cual fontana cafetera con lo más horroroso que me podía venir a la cabeza en ese momento, y no hablo del ligue erróneo de anoche. ¡Se me había olvidado coger el fajo de billetes que escondiese en el rollo de papel higiénico de la habitación! Un terremoto de escala ochocientos, un tornado tamaño king size, un tsunami de los siete mares, me sacudió el cuerpo en tres dimensiones y sensurround.

Todo mi dinero estaba allí, tan magníficamente oculto que incluso yo me había ido sin acordarme de él. La maldita resaca. O la maldita mente, que había ideado un escondrijo perfecto. Como impulsado por un resorte, salí corriendo al mostrador de facturación, a ver si la encargada me dejaba salir y regresar al hotel. No fue fácil, con mi inglés de Kuakilandia y el suyo de nosesabedónde, y allí perdí tiempo y más tiempo intentando hacerme entender mientras las agujas del reloj de la terminal avanzaban implacablemente, como si cada minuto se anunciara con una implacable campanada.

La terminal de Bangkok
Al final aseguró no tener autoridad para ello y me remitió al personal de Air France, cuya oficina estaba en alguno de los pasillos del aeropuerto que normalmente no puede usar el público. Los recorrí ansiosamente descubriendo los despachos de incontables líneas aéreas que no había oído en mi vida, hasta que por fin encontré la de la compañía francesa... que estaba vacía, claro.

Ello se debía a que acababan de anunciar por megafonía el inicio del embarque de mi vuelo, así que decidí presentarme allí y explicar mi caso al personal. Corre que te corre durante diez minutos y entonces surgió otro obstáculo. La puerta para embarcar estaba al final de un pasillo en cuyos laterales se abrían diversas salas de espera para los diversos vuelos. Sólo que no se hallaba todo al mismo nivel y se comunicaban por una rampa y una cristalera, de manera que para hacerme ver y oir tuve que ponerme a saltar, gritar y aporrear como un mono enjaulado al que enseñan un plátano desde el otro lado.

Cuando por fin vieron a lo que debieron pensar que era un demente en plena crisis, pese a lo cual me hicieron señales de que podía pasar los muy osados, di la vuelta y subí la rampa a todo correr. Para entonces ya habían transcurrido otros diez minutos. Les narré mi problema y esa vez supe que me entendieron a la primera porque, aunque se giraban para disimular, estaban mondándose de risa. Lo más práctico, decían, sería llamar la hotel y contarlo. Claro, pensaba yo, salvo si tienes que explicar que escondiste tu dinero en un rollo de papel higiénico; así sería trending topic en las redes sociales locales de todo el sudeste asiático en cuestión de segundos, cosa que no me seducía precisamente.

No obstante, puesto en contacto con ellos, los del hotel dijeron que si decidía volver no tocarían la habitación y me dejarían entrar a coger el dinero. Pero apenas quedaban tres cuartos de hora para el despegue ¿Me daría tiempo? pregunté a los franceses. "Je ne sais pas". Pues qué bien.

Cambié de estrategia. De nuevo corrí -brinqué, volé- por los pasillos de la terminal hasta llegar otra vez al mostrador, donde le pregunté a la tailandesa anterior cuánto tardaría un taxi en ir al hotel y regresar. "Para mañana están previstas lluvias" contestó en macarrónico inglés confundiendo el tiempo cronológico con el metereológico mientras yo hacía un esfuerzo sobrehumano por no lanzarme sobre ella a estrangularla. Así pasaron otros diez minutos más.

A veces no se puede luchar contra el destino. Me había convertido en un Sísifo que no sólo tenía que empujar una roca cuesta arriba, sino que cuando ésta caía otra vez lo hacía incandescente y llena de pinchos. Así que tiré la toalla, retorné a la jaula de mono, digo a la cristalera, y volví a hacer las simiescas muecas. El personal de la aerolínea me permitió entrar y me contó que habían llamado otra vez al hotel: la señora de la limpieza había encontrado el dinero cuando hacía su trabajo y ahora estaba en manos del director, que se comprometía a guardarlo hasta mi regreso a Tailandia dentro de una semana.
No había tiempo para más. Subí al avión, donde yo era el único pasajero que faltaba, esbozando una falsa sonrisa de agradecimiento. Sí, el dinero estaba a salvo pero ¿qué iba a hacer una semana en Vietnam sin nada en el bolsillo?

Respuesta: no subestimen la capacidad de Kuakman para sobreponerse... y enredar aún más las cosas, como veremos en el próximo capítulo.

Foto 1: Robert Van der Steeg en Wikimedia
Foto 2: Gronico en Wikimedia

sábado, 16 de agosto de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (II)

Toni Kuakman se embarca en una nueva aventura: vacaciones en Tailandia y Vietnam con unos amigos. Tras un accidentado viaje con final insospechadamente feliz, llega a Bangkok, donde ha de hacer escala hacia Hanoi.

Como decía la última vez, me instalé en el mismo hotel donde habría de encontrarme con mis amigos en una semana. Lo lógico hubiera sido echar un sueño para, por la mañana, despertar sin problemas y tomar el avión que me llevaría a Hanoi. Pero me dio por poner la tele y ver un vídeo promocional del establecimiento, explicando que estaba en pleno centro urbano y rodeado de numerosas atracciones nocturnas. Me pudo la tentación y decidí dar una vuelta.

Eso sí, también advertían contra los robos en las habitaciones, así que tenía que dejar mi dinero a buen recaudo. Lo normal hubiera sido guardarlo en la caja fuerte de recepción pero si las cosas fueran normales no habría nada que contar. Como sólo pensaba salir un rato, busqué escondrijos a mi alrededor. Descartadas por obvias la maleta y bajo la almohada, tuve una idea genial que no se le ocurriría a ningún ladrón, entre otras cosas porque los ladrones no suelen estar mal de la cabeza: metí el fajo de billetes en un rollo de papel higiénico. ¿Qué caco tendría la desfachatez de usar el retrete del sitio donde roba, eh?

Henchido de orgullo por mi genialidad, bajé al vestíbulo, donde me hice amigo de una pareja española y nos fuimos juntos a cenar, pues resulta que ella era una experta en cocina tailandesa y se mostró dispuesta a explicarme los secretos de la gastronomía local. Luego nos acercamos a un mercado nocturno de artesanía, tan lleno de gente como los bares donde paramos a tomar unas copas y que estaban animados por grupos que tocaban en vivo. Así, entre la música, el gentío y el alcohol -fue cayendo una cerveza tras otra- me percaté de la presencia de un grupo de chicas fascinantemente guapas y estilosas.


Tan elegantes y bellas eran que parecían de otro mundo, inalcanzables para un simple mortal. Por eso, cuando una me sonrió abiertamente, no pude evitar mirar a mi alrededor, no fuera a hacer el ridículo contestándole en plan Alfredo Landa y luego resultase que el objeto de su atención sería otro. Pero no, era a mí a quien atendía aquella diosa, acallando el ruido en mis oídos, volviendo mi realidad a cámara lenta y transformando la murga del show en una música celestial.

Así que ya me disponía a acercarme en plan Bogart cuando de pronto empecé a percibir detalles discordantes. La desconocía tenía una nuez más grande que el carpintero de mi pueblo y sus dedos agarraban la copa como lo haría el Estrangulador de Boston con el cuello de una víctima. Tenía que pasar, claro. Resultó que la beldad ¡era un hombre! Como en Con faldas y a lo loco pero sin la gracia de Joe E. Brown al final. Y todas sus compañeras también eran de sexo masculino.

Sonó la alarma interior y mi reloj mental me indicó que era la hora de volver al hotel. Me despedí de la pareja española y salí casi corriendo, echando miradas furtivas hacia atrás por si me seguía aquella versión oriental de Conchita Wurst.

Kuakman se salvó por los pelos pero no desesperen. En el próximo post verán que es capaz de complicarse aún la vida, para nuestro solaz.

Foto 1: Mathias Krumbholz en Wikimedia

Foto 2: bangkok.com

domingo, 10 de agosto de 2014

Kuakman en el sudeste asiático (I)

Lo prometido es deuda. El inefable Toni Kuakman ha vuelto a las andadas, esta vez por Asia, y me he dejado un relato de sus tribulaciones, tan inauditas como las anteriores de Brasil. Leer para creer, como siempre.

Harto de conocer, verano tras verano, rincones de la costa española tan glamourosos como Salou, San Juan de Alicante, Benalmádena o Benidorm, un año propuse a mis amigos viajar a Tailandia. Años atrás todos hubiesen aceptado ciegamente, dispuestos a lanzarse al periplo casi sin pensarlo; pero ya teníamos una edad y, lo que es peor, algunos incluso novia. No es que sean cosas malas en sí, pero si la primera empieza a pesar y la otra es pesada directamente, se comprenderá que surgieran problemas. Así que, aún cuando ya estaba todo planificado, más de uno renunció a la aventura, sospecho que por prohibición tajante de su partenaire

Fuimos tres los que nos animamos, aunque mis compañeros sólo tenían una semana disponible. Dado que no me apetecía viajar al otro extremo del mundo para tan poco tiempo, decidí que yo iría antes a Vietnam y luego nos encontraríamos en Bangkok. Fácil, en pleno siglo XXI ¿no? Pues no, como verán.
 
Pero, en vez de adelantar acontecimientos, empecemos por mis tradicionales problemas aéreos. Resulta que en Londres, de donde partía el vuelo de British Airways, inició el embarque todo el mundo menos yo; un problema con el billete me obligó a esperar mientras la sala de espera se iba vaciando y nadie me explicaba qué pasaba. Al cabo de un rato sólo quedábamos yo y otra decena de personas que también tenían problemas no identificados. Sólo que uno tras otro los fueron llamando hasta que únicamente quedó el pobre Kuakman en medio de la desolación, rodeado de butacas vacías y dos azafatas en la puerta cuchicheando y mirándome de reojo. Los sudores fríos que bajaban por el cuello se me congelaban de pensar que tendría que esperar otro vuelo y perdería mi conexión a Hanoi en Bangkok.

Pero no todo en mis vacaciones son desgracias, aunque en principio lo parezcan. Verán, finalmente me llamaron y la encargada cogió mi billete, rompiéndolo en pedazos delante de mí. Empezaba a pellizcarme para saber que aquello no era una pesadilla cuando ella esbozó una sonrisa profidén y me entregó un nuevo billete ¡en Business!  
El Shangri-La de Toni Kuakman
Creo que subí al avión dando saltos, como un gnomo. Aunque he de decir que viajar en Primera fue un tanto decepcionante: no coincidí con ninguna top model, ningún deportista de élite ni ninguna estrella del cine. Por contra, a mi derecha había un gordo descomunal con tirantes y a mi izquierda una chica algo desaliñada y con pinta de estar un tanto ida, ya que de vez en cuando me dedicaba sonrisas bobas (o sea, que igual sí era una celebritie). Quizá pensaba que yo era un joven neomillonario cuando me limitaba a ser un pringado repescado del ovebooking. No la saqué de dudas, por supuesto.

Lo cierto es que aquella Business era un tanto pintoresca. También había un tipo rapado al cero con tatuajes hasta en el blanco de los ojos y una viejecita centenaria con pinta de protagonizar una nueva versión de No sin mi hija, sustituyendo hija por gata. ¿Cómo sería la clase Turista entonces? Me entretuve en pensarlo hedonísticamente acomodado en mi asiento-cama de respaldo totalmente abatible, eligiendo platos de Maxim's y degustando una copa de Möet-Chandon. Je, je, tenía que decirlo.

La gran trampa de la Primera clase está en que duermes casi todo el tiempo y no te enteras de nada, así que no la disfrutas plenamente. Pero llegué a Tailandia, que de eso se trataba. Tenía que pernoctar allí para tomar otro vuelo al día siguiente hacia Hanoi, así que me alojé en el mismo hotel donde habría de quedar con mis amigos una semana más tarde. Quedé en que les llamaría el día antes a las diez de la noche para confirmar mi hora de llegada desde Vietnam, así que debían estar a esa hora en la habitación. Eso era importante y se lo repetí varias veces para dejarlo claro. Ahora sí, ya pueden empezar sus primeras risas.

Y tanto, como verán en el próximo post de Kuakman en el sudeste asiático.

domingo, 3 de agosto de 2014

Mi amiga, la hiena

Hay una leyenda masái que me contó un jefe de esa tribu al calor de su choza en el Ngorongoro y explica el porqué mítico del aparentemente torpe caminar de la hiena, animal al que se refieren con el mote de la coja.  Érase una vez un cuervo que, en conversación con una hiena, se extrañó de que sus compañeras estuvieran siempre hambrientas pero nunca se quejaran. Y mostrando su astucia le sugirió que trepasen a los árboles para comer la carne que los masái cuelgan de las ramas a modo de almacén con el fin  de preservarla de los depredadores.

La hiena se mostró interesada pero adujo que, sin alas, no podría alcanzarla. Entonces el cuervo le dijo que reuniese a sus compañeras y le explicaría cómo lograrlo. Cuando se juntaron todas las hienas, el ave les detalló su idea: subirse una encima de otra para formar una torre mientras guiaba a la de arriba hacia el botín. Así lo hicieron pero sin saber que el artero cuervo las engañaba, ya que las orientaba hacia la Luna, no al árbol.

Finalmente, la hiena de la base, agotada por el peso que soportaba, se movió para ver qué pasaba y provocó que todas las demás cayeran al suelo,. Ninguna se libró de romperse las patas posteriores y, desde entonces, según los masái, todas las hienas cojean.

Es curioso lo de ese animal. Carece de la majestuosidad del león, la elegancia del guepardo y la belleza del leopardo; no tiene la estampa de la jirafa ni la gracia cómica del hipopótamo; no es intrascendentemente rara como el ñú, ni formidable como el elefante, ni resulta imponente como el rinoceronte o hermosa como la cebra. De cuello demasiado largo, cuartos traseros muy cortos, tronco inclinado, orejas desproporcionadas y una faz de que asemeja una máscara de teatro clásico, pasea su aspecto patibulario y sarnoso como una especie de homeless de la sabana al que se admite sólo por condescencia hacia su fealdad. 


Incluso en la sabana hay clases, ya que la hiena no forma parte de los Cinco grandes (ese grupo de especies consideradas las más representativas de África por tamaño o ferocidad y que integran el león, el elefante, el búfalo, el rinoceronte y el leopardo), pese a ser más grande que el leopardo e igual de hábil en la caza. En ese sentido, el hipopótamo también es un marginado. El caso es que quien hace un safari por África lleva en mente ver mil y un animales, pero probablemente la hiena ocupe el último lugar de la lista.

Como asumiendo ese rol de especie apestada y maldita, la hiena apenas se muestra. La primera y única vez que conseguí vislumbrar una, de lejos y recurriendo a prismáticos para poder captar algo más que su desgarbada silueta, su pelaje manchado y disperso por el viento o sus movimientos antiestéticos, fue en el Cráter del Ngorongoro (Tanzania). Era un individuo solitario que deambulaba junto al lago central, como buscando entre la basura, hasta que dio un par de vueltas sobre sí mismo y se acostó -se dejó caer más bien- en medio de la nada, recordando vivamente la imagen de un sin techo en plena acera. Aunque he hecho un buen puñado de safaris, no he vuelto a ver una hiena.


Es como si la pobre hiena se avergonzara de su aspecto, de esa desconcertante mueca facial que parece combinar alegría y melancolía (la sonrisa triste de la hiena, parece un título de Katherine Pancol) y que representa en imagen lo que también provoca en sonido, ya que no ruge ni gruñe ni barrita ni relincha sino que emite una especie de risita tan patética como siniestra. Hemos visto leones y tigres en los circos pero jamás hienas, como tampoco acompañan nunca a las top models, cosa que sí hacen eventualmente guepardos, jaguares. ¿Alguna vez han encontrado una hiena de peluche en una tienda? Hasta en los dibujos animados la representatividad queda reducida a Tristón, el compañero de Leoncio.


Todo ello se une a su fama de carroñera, algo injusta porque todos los depredadores lo son cuando pueden y la hiena caza si se le presenta la oportunidad. Eso sí, con una técnica que también la ha hecho ganar mala fama, ya que caza en grupo y mata a sus presas por el vientre, empezando a devorarlas antes de que mueran, lo que la ha estigmatizado como animal cruel cuando ésa es una cualidad exclusivamente humana. A ver si las hienas van a ser nuestro reflejo en la fauna salvaje...

domingo, 27 de julio de 2014

On the beach


Dado que estamos en verano, que apenas he podido ver el sol y que menos aún lo veré si se cumple el plan de pasar las vacaciones estivales en Escocia, no está de más consolarse atendiendo al peligro potencial del astro rey para nuestra salud y recordando un caso vivido hace unos años en África. Fue una experiencia extraña, algo esotérica, como verán.

Después de un intenso viaje por Uganda y Ruanda pasé los últimos días del periplo en Lamu, un archipiélago situado en el océano Índico que pertenece a Kenia y del que ya hablé en alguna ocasión. Una de las jornadas en aquel paradisíaco rincón africano empezó con una tranquila y convencional mañana de playa.

Como ya sabía lo agresivo que puede ser el sol ecuatorial, tal como sufriera mi espalda durante poco más de una hora de snorkel en Panamá el año anterior, esa vez me embadurné de crema protectora como para detener una bala y repetí la operación cada quince minutos de forma casi obsesiva. Digamos, de paso, que la playa de Lamu es enorme, kilométrica, y está casi completamente vacía; sólo algunos camellos y algún ocasional lugareño conduciendo una reata de burros altera la tranquilidad. Por eso cuando nos retiramos para comer, no pudimos evitar pasar ante tres compañeras del viaje que acababa de aposentarse sobre las dunas y, según nos dijeron, tenían intención de tostarse relajadamente.

La inmensa -y vacía- playa de Lamu.
 Pues bien, a una de ellas se le fue la mano. Por la noche, una amiga nos explicó que estaba bastante quemada por el sol y nos pidió un aftersun. Al llevárselo descubrimos espeluznados que aquello eran más que quemaduras normales. Su piel no estaba del color rojo gamba que habitualmente vemos ostentar en el Mediterráneo a los anglosajones; ella alcanzaba un escalón más en la escala cromática y el tono era más oscuro, ligeramente amoratado. En lugar de broncearse en una playa parecía haberlo hecho en Chernobyl y daba la impresión de que si le pasásemos un contador Geiger se pondría a pitar de forma desenfrenada.

El símil es oportuno porque era como para poner los pelos de punta, máxime si se tiene en cuenta que yo, poco antes de empezar las vacaciones, había revisado On the beach, una película de Stanley Kramer basada en la novela de Nevil Shute que aquí se tituló La hora final. Cuenta cómo, tras una guerra atómica, el mundo queda destruído y los supervivientes se juntan en el único país que se libró de las bombas, Australia, aunque están condenados de todas formas porque la nube radioactiva avanza hacia esas latitudes inexorablemente. Y cuando finalmente llega...

No abundan los turistas pero sí un fortín, camellos...
Bueno, el caso es que nuestra compañera no se había echado crema -"No sé por qué", dijo-, con lo que el adverso efecto no era sólo en la piel; también tenía dolor de cabeza, vómitos y malestar general. Tanto como para que al día siguiente se quedara en el hotel mientras los demás visitábamos el casco antiguo de Lamu Town. Lo malo es que inmediatamente después terminábamos nuestra estancia en Lamu y embarcábamos en una avioneta para regresar al continente. Ese trayecto se salvó sin mayor dificultad, dada la escasa distancia. Pero luego tocaba esperar varias horas en el aeropuerto de Nairobi para coger el vuelo de conexión a Bruselas y, desde allí, a España.

...y burros, muchos burros.
 Ese tiempo en la terminal fue agónico. Entre su estado físico, el abarrotamiento de gente y la música ambiental repetida en un machacón bucle infinito, hora tras hora ella se iba poniendo peor y, ante la posibilidad de que no la dejaran volar en esas condiciones, le sugerí una visita a los servicios médicos del complejo. Me hizo caso y poco después nos atendió una voluminosa enfermera ugandesa que la vio tan mal como para recomendar su ingreso en un hospital; pero la idea de quedarse allí y depender de la sanidad keniata la horrorizó y se negó. Ni siquiera aceptó una inyección, no sé si por temor a la no esterilización de la aguja o a su enorme tamaño- y al final sólo nos llevamos paracetamol.

Ignoro cómo terminó la cosa porque ella se pasó las diez horas en el avión durmiendo y terminábamos viaje en ciudades diferentes, así que no volví a verla, aunque imagino que en España sí acabaría hospitalizada.

Fotos: Marta BL y JAF

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