lunes, 19 de septiembre de 2016

Toni Kuakman y sus inauditos viajes: Kuakman cruza el charco (y IV)

Cuarta y última entrega del extravagante viaje que realizó Toni Kukman, ese inefable trotamundos con capacidad para estar siempre en el ojo del huracán, a la ciudad estadounidense de Middletown.  Recordemos que en los anteriores posts, tras varias estancias fallidas con distintos anfitriones, fue hospedado por una limpiadora hispana.

Seguramente quienes hayan leído las tres entregas anteriores del relato de mi estancia en EEUU pensarán que difícilmente se puede pasar peor y que se trató de una desgracia continua. Pero no hay que ver el vaso medio vacío. A lo largo de aquellas semanas no faltaron oportunidades para escapar de la situación, tal cual hacía el personaje de Jeff Daniels en La Rosa Púrpura de El Cairo al salir de la pantalla en busca del mundo real (y yo necesitaba de verdad conocer el mundo real de EEUU, pues hasta entonces había estado más bien en Inland Empire).

Tom Baxter, inspiración para Kuakman
Así, recuerdo dos excursiones en las que, por increible que parezca, todo fue bien. En la primera, quizá porque el destino era Nueva York y en esa ciudad no puede haber nada malo, salvo que te atraquen en el Metro cuando viajas solo en el vagón de noche, te maten en un callejón por quitarte un reloj que en realidad no vale nada, te vendan heroína adulterada todos los camellos que te encuentras por el camino, te aborde un regimiento de prostitutas de aspecto deplorable o te dispare un policía que te confunda con un negro. No menciono el detalle de perecer bajo miles de toneladas de hormigón ante el hundimiento de un rascacielos por un atentado islamista porque en aquellos años el Mal con mayúsculas era la URSS y lo que de verdad se temía era ver en el cielo la llegada de una oleada de misiles, como en El día después (que para muchos sólo se trata de un programa futbolero de TV pero también es el título de una película que dio mucho que hablar, aunque su mediocridad haya hecho que hoy esté olvidada).

En realidad, los misiles que se ven son los que lanza uno mismo

De hecho, puedo presumir de haber visto las Torres Gemelas mucho antes de su destrucción, cuando el único peligro al que estaban expuestas era que King Kong les rayara la fachada al escalarlas, tras confundirlas con las montañas de su isla, y habían desplazado en importancia turística y simbólica al Empire State; eso sí, sólo en el plano iconográfico porque en la realidad sigue impresionando, más aún si se tiene la paciencia infinita de soportar las colas para subir hasta arriba y contemplar las panorámicas de la ciudad o, acaso, brindando con champán si se tiene novia para emular a Cary Grant y Deborah Kerr (y si nos retrotraemos en el tiempo, encontramos otra vez a King Kong pero moviéndose de forma rara).

"Mi casa, mi casa..."

También tuve ocasión de pasear por la calle 42ª y Times Square en su tiempos más lumpen, cuando los teatros de Broadway se transformaron en cines porno que anunciaban sus películas a todo neón y las aceras parecían un maratón de traficantes con sombrero, prostitutas de pelo afro y chulos muy poco chulos. No es lo que uno va buscando cuando va de vacaciones a otro país -al menos no la mayoría-, pero aquellos años ochenta aún surfeaban la ola desmadrada de la década anterior y yo estaba allí, cómo no, en el momento y el lugar exactos. Justo cuando hacía acto de aparición otra especie de la fauna urbana, los yuppies (¿quién recuerda esa palabra?), y cuando las ejecutivas salían de los lujosos edificios de la Quinta avenida embutidas en imponentes vestidos pero calzando zapatillas deportivas, ya que los tacones se reservaban sólo para el trabajo y fuera de éste quedaban relegados al bolso.


Times Square, otros tiempos

La otra gran excursión que hice fue gracias a un cura español que estaba pasando unos días en Nueva York y se portó muy bien conmigo; bromitas malpensadas aparte, se tomó la molestia de conducir seis horas hasta la frontera canadiense para llevarme a ver las cataratas del Niágara, repitiendo luego otras tantas en sentido inverso y encima de noche. Un hombre así seguro que llegará a santo algún día y casi me hizo olvidar todo lo que había pasado hasta entonces.

Las cataratas de Niágara a vista de pájaro (o de King Kong)
Y digo casi porque, no podía ser de otra manera, el último día aún tuve tiempo de vivir el capítulo final, el estrambote que forzosamente tenía que rematar aquella estancia. Pues nada, que fui a despedirme de mi anfitriona, la limpiadora portorriqueña, y ésta me llevó al sofá para, con cara muy seria, indicarme que quería decirme algo especial. Me comentó que, según había visto, me llevaba muy bien con su hija Jennifer. Era cierto; me encantaba tomarle el pelo y provocarla, sólo que la cosa no daba para mucho porque tenía once años. Esto último no se lo dije a su madre, por supuesto, no fuera a enerbarse, pero ni falta que hizo; a continuación va y me suelta que es consciente de que se trata de una niña a la que aún le queda mucho para ser mayor de edad pero que si alguna vez regreso a Middletown quizá para entonces haya crecido ya y podríamos casarnos.

La princesa prometida

Lo siento si decepciono al lector pero, por suerte o por desgracia, no recuerdo qué le contesté o si se me cayó al suelo la taza de café que me había servido; de hecho ni siquiera sé si llegué a responderle, como tampoco imagino la inenarrable expresión que debió adoptar mi cara. No obstante, poco después subía con mi maleta un taxi y toda la familia se despedía de mi en el porche de la casa, llorando a moco tendido no como si regresara a España sino como si marchara a la guerra de Granada (no la andaluza sino la caribeña, que, fue la que a EEUU le tocó invadir aquel 1983, como recordarán los devotos de Clint Eastwood versión sargento de hierro Thomas Highway).

Y antes de que alguien se lo pregunte, no, nunca volví a EEUU.
"Con el debido respeto, la verdad es que ya me están hinchando los..."
FIN
Aquí termina el relato de Kuakman. Teniendo en cuenta los ya publicados sobre sus viajes posteriores en solitario, parece claro que al final no comió perdices con Jennifer. Espero que el próximo verano tenga a bien contarnos más experiencias de su trote cochinero por el mundo. Me consta que tiene más países en su currículum.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Toni Kuakman y sus inauditos viajes: Kuakman cruza el charco (III)


Tercera entrega de las inauditas aventuras de Toni Kuakman, ese viajero impeninente e inclasificable con un don especial para meterse en todos los líos, sean posibles o imposibles. Esta vez nos cuenta cuando, en su juventud cruzó el Atlántico para pasar una temporada en la ciudad estadounidense de Middletown, donde debía ser alojado por una familia local. Pero las cosas no salieron como él esperaba.

Tras dos intentos de acogida tan disparatados como fallidos y después de que el cerdo de Gürtels, el profesor de contacto, llamara a varias puertas para colocarme como si él fuera un vendedor de Avon y yo su pringosa mercancía, pero sin conseguir convencer a nadie, sospecho que deliberadamente, mi futuro en EEUU se volvía improbable por momentos. Creo que ni el Hombre Elefante hubiera sentido tal rechazo, pero cuando ya me temía que iba a acabar en un circo como él, Gürtels me encontró por fin un techo. Eso sí, igual de patético: los padres josefinos, al fin y al cabo los organizadores de aquel delirante intercambio, tenían sede en Middletown y ellos se encargaron de buscar a alguien que pudiera hospedarme.

La versión decimonónica de Kuakman
Así que, por cuarta vez en pocos días, tuve que hacer la maleta. Mi nueva anfitriona era la encargada de la limpieza de la casa de los religiosos, así que nunca supe si realmente quería alojar a alguien en su hogar o los curas la habían obligado. Se trataba de una portorriqueña que, al igual que los últimos con los que estuve, no hablaba bien el idioma y se defendía en esa jerga llamada spanglish, mezcla de español e inglés que se caracteriza porque no la entienden ni unos ni otros. "Sube a tu habitación y turnoff de lait" fue una de las gloriosas primeras frases que me dijo y que décadas más tarde aún estoy intentando traducir. No dejaba de ser curioso que hubiera atravesado el océano para aprender el idioma de Shakespeare y me encontrara de todo menos eso; si en vez de a la costa Este me mandan a Los Ángeles seguro que me hubieran metido con practicantes de interlingua, como un blade runner cualquiera que sueña con unicornios entre pellejudo y pellejudo retirado.

¿Debería Kuakman aplicar el test de Voigh-Kampff a sus anfitriones?
Por supuesto, hubo otros nubarrones. Cuando la señora me enseñó la casa, donde vivía con su marido y tres hijos (un varón de catorce años y dos niñas de doce y once respectivamente), me percaté de que todos los dormitorios estaban ocupados. Temía que me estabularan con la prole y al expresarles mi extrañeza señalaron una puertucha bajo la escalera. Si alguien está pensando en Harry Potter se equivoca de medio a medio; casi envidiaba al repelente mago gafotas porque aquella era la entrada al sótano, donde habían instalado un sofá-cama. El sotano ¿entienden? Escaleras abajo, donde debía instalarme como una sucia y asquerosa rata que, por cierto, temía encontrarse con sus congéneres roedores entre la penumbra. Y es que el sitio parecía sacado de una película de terror, lleno de muebles tapados con sábanas, una capa de polvo que permitiría tallar La Piedad de Miguel Ángel y espeluznantes crujidos nocturnos que los bien pensados atribuirían al viento colándose por rendijas o tuberías pero que yo ponía en imaginaria boca de algún predecesor mío medio momificado pero aún vivo, atado con una cadena en el rincón más oscuro.


En fin, que en aquella especie de cripta que podía haber ideado Wes Craven estaba mi rum -en interlingua, digo en inglés- y si la tenía que compartir con cadáveres o cosas peores era problema mío, que para eso ejercía de invitado;  como Jonathan Harker lo hizo también, añadí  a mis pensamientos. Dejé las cosas y subi corriendo a cenar, no fuera a ser yo la cena de otros. He de admitir que me sirvieron un auténtico banquete y además, gracias a mi síndrome de Peter Pan, interactué bastante con los niños, ganándome su confianza y la de  sus padres, aún cuando no entendiera la mitad de lo que me decían. Al terminar nos acomodamos todos en un enorme sofá ante el televisor para ver Mundo TV, que el marido, un camionero que hasta entonces había estado ante ante la pantalla -y antes en la cena- tragándose programas de televentas, deportes y videntes sin responder a nada de lo que yo le decía para romper el hielo, ahora tuvo la amabilidad excepcional de describir como "la mayor cadena en español de Estados Unidos". Al parecer ese país estaba empeñado en que no aprendiera una palabra de inglés; o no me hablaban o lo hacían en cualquier idioma menos ése.

No es el marido sino Al Bundy. Pero el espíritu viene a ser similar
Entonces se produjo la no por esperada menos alucinante ruptura de la normalidad (suponiendo que lo vivido hasta ahí fuera normal, que es mucho suponer). La portorriqueña entró en el salón, apagó la tele y nos convocó a todos en el sótano. Sobre mi epidermis empezaron a brotar frías gotitas de sudor imaginando que había llegado el momento de la misa negra. Pues oigan, casi acierto. Cuando ya estábamos todos abajo, niños incluidos, la madre explicó en voz alta que yo venía de un país muy católico y, por tanto, íbamos a rezar todos juntos el rosario. Así que puedo confirmar que no hay tópico que valga: Estados Unidos es, efectivamente, un lugar de contrastes donde se puede encontrar de todo; incluso un ateo rezando el rosario en un sótano rodeado de fantasmas y ratas caníbales.

Manual de instrucciones
Pero el efecto estupefaciente de la escena no terminó ahí. Concluida la sesión espiritual, dicho sea sin segundas, la señora me dio las buenas noches, abrió una pequeña alacena, sacó un bote de insecticida y me hizo solemne entrega de él indicándome su utilidad: para las arañas, que eran muy grandes y abundantes en ese sótano y no quería que pasase una mala noche. Y se fue, llevándose a su prole sospechosamente rápido y dejándome allí, spray en mano; tuve la sensación de que huían porque un viejo reloj de péndulo (tenía que ser de péndulo precisamente, sólo le faltaba el esqueleto autómata dando las campanadas) marcó las doce en ese momento y era la hora comer de Ella-Laraña. Me senté en la cama con mi arma bacteriológica dispuesto a no dormir, creyendo otear entre las sombras los brillos malignos de cientos de ojillos y soñando, cuando al fin caí rendido, que despertaría envuelto en un capullo blanco

¿Qué sería más efectivao en un caso así? ¿La espada Dardo de Frodo o el spray insecticida de Kuakman?
Así pasé varias jornadas y una de ellas, temiendo que mis caras de fastidio supusieran un insulto a mis anfitriones, le dije a la portorriqueña que gracias a ella y su familia había rezado el rosario por primera vez en mi vida, añadiendo sin embargo que no era necesario que bajaran cada noche conmigo, que ya lo haría yo solo para no molestarles. La cara que puse cuando me contestó debió ser digna de recordar, pues la buena mujer soltó un suspiro de satisfacción y confesó que ellos nunca rezaban y estaban un poco cansados ya de hacerlo para complacerme. En aquel momento estuvieron a punto de invertirse los papeles y ser un servidor el que se convirtiera en un perfecto representante del más genuino american gothic, rebanándoles el cuello a todos. Pero en el fondo era una buena noticia, así que les perdoné la vida.

El concepto de fiesta italiana para Kuakman
Y, por cierto, la vida más importante, la mía, continuó abriéndose camino, como diría el dr. Malcolm. Que, para el caso, equivale a decir que me vi envuelto en otro esperpento. Fue unos días después, cuando recibí la visita de la familia peruano-italo-americana anterior, cuyos miembros me venían a buscar para llevarme a vivir una genuina fiesta italiana. Estupendo, pensé ilusionado mientras por mi imaginación empezaban a desfilar imágenes de pizzas, cannoli y Monica Bellucci (en realidad, en aquellos años, Laura Antonelli más bien; pero hay que adaptar el relato para las nuevas generaciones). En su lugar me encontré semiaplastado por una multitud enfervorecida que, entre serpentinas y soltando alaridos, daba enfáticos vivas enfáticosa una talla de la Virgen del Carmen paseada en andas mientras en el anonimato de la masa se propinaban pisotones y codazos para colgar de su manto billetes de dólar; todo ello al ritmo zarrapastroso y desafinado que interpretaba una banda de músicos disfrazados de generales de opereta, ante los que Paco Clavel parecería vestir como el encargado de una funeraria.

[CONTINUARÁ]


lunes, 5 de septiembre de 2016

Toni Kuakman y sus inauditos viajes: Kuakman cruza el charco (II)


Segunda parte de la última aventura cuyo relato inicié en el post anterior y que me ha facilitado el ínclito Toni Kuakman. En realidad no es la última sino la primera: su viaje primigenio, cuando era un atribulado adolescente, a la ciudad de Middletown, en Estados Unidos, para aprender el idioma En el capítulo anterior le dejamos en manos de una estrambótica anfitriona, solicitando deseperadamente que le cambiaran de casa ante sus extravagancias.

Tras enterarnos Alberto y yo de que la chiflada de la señora Bunders tenía la surrealista intención de que nos pasáramos la mañana encerrados en el piso superior de su casa para evitar que el perro subiera, decidimos huir de allí lo más pronto posible. Pero aunque el cabrón de Gürtels prometió buscarnos otra casa, no se lo tomó con mucho interés. Sólo a costa de darle la paliza insistentemente y amenazar con medidas desesperadas (como pedir ayuda por la ventana proyectando la sombra de un murciélago, saltar desde la azotea usando las sábanas de paracaídas o abrirnos el abdomen con un cuchillo y sacarnos nuestras propias entrañas para descolgarnos por ellas al estilo Machete, entre otras barajadas), conseguimos que se pusiera a ello.

Algunas ideas

El resultado fue que nos colocaría temporalmente con la familia de la mujer de su enlace en Middletown. Dicho y hecho, al día siguiente tenía el honor de conocer a mis nuevos anfitriones estadounidenses, si es que se les podía llamar así. Digo esto porque era una pareja de ancianos emigrados desde Italia hacía ya cuarenta años, sí, pero que en todo ese tiempo habían sido incapaces de aprender una palabra de inglés. Se planteaba así una curiosa situación puesto que una de las razones de esas estancias de españoles en EEUU era aprender el idioma y  allí sólo iba a poder comprobar aquello de que el italiano é molto fácile e divertente; y cuidado, que  encima su hija, que venía a verles cada mañana, estaba casada con un argentino, por lo que hablaba español bastante bien.




Así que aquellos dos vejetes no iban a enseñarme gran cosa pero yo a ellos tampoco porque encima estaban sordos como una tapia. Me preguntaba si Alberto habría tenido mejor suerte o también habría acabado como protagonista de una novela de Kafka, por lo que pocos días después decidí hacerle una visita. Resultó que estaba alojado en casa de una familia judía, rica y culta, que viajaba por medio mundo en Business (de hecho, no le habían podido recibir el día que llegó al hallarse de vacaciones en los Andes). Atención al dato porque hasta sabían que España no es un país sudamericano sino europeo y que no todos sus habitantes son toreros. Es más, estaban más o menos al día de la situación política y tenían amplios conocimientos de nuestra cultura, supongo que no gracias al maldito Mundial de Fútbol. No pude evitar desarrollar una sana envidia hacia mi compañero, deseando que se estrellase a la primera ocasión -sin muerte, sólo algo de escayola y, si acaso, leve hospitalización y repatriación con honores-, a ver si podía ser yo su sustituto en aquel hogar. Pero, claro, como diría Obi Wan Kenobi, nuestros destinos corrían por senderos diferentes. Él, con sus judíos ilustrados; yo, con mis ancianos sordos, perdón, discapacitados auditivos.

dancing jews


Una vez, al retornar de una excursión por Middletown, me topé con el viejo sentado en el jardín. Como yo no tenía llave, le pedí que me abriera la portilla de la cerca pero no me oyó, como tampoco a la segunda, cuando se lo dije más alto, ni a la tercera, cuando dí un aullido que hizo volverse a todos los peatones que circulaban por la calle. Era inútil insistir, ya que no suelo andar por ahí con megáfono, así que opté por saltar la valla, entré en la casa... y casi mato de un susto a su esposa, a quien tuve que explicar la situación. Entonces me dejó casi con la palabra en la boca y salió corriendo mientras gritaba "¡Luigi, Luigi!" Resultó que al anciano le había dado un ictus y en cuestión de minutos aquello se convirtió en un show a la americana, con medio vecindario formando corro alrededor, coches de policía aparcando sobre el césped y una UVI móvil haciendo acto de aparición con la sirena a toda potencia. El vejete sobrevivió al incidente pero, evidentemente, aquella familia no estaba en condiciones de tener huéspedes, así que, una vez más, tuve que liar el petate para cambiar de hogar.

Kuakman no me facilitó fotos del anciano pero siempre lo imaginé igual que Corrado Soprano

Me albergó uno de sus hijos, que se ofreció a hacerlo de forma temporal. Iba a añadir que amablemente pero lo cierto es que le venían bien unos brazos para ayudarle, ya que estaba haciendo obras de ampliación en su casa. Así fue cómo, sin comerlo ni beberlo, me convertí en un trabajador ilegal en EEUU. Peor incluso, porque, como ya habrán supuesto, no hubo paga más allá de la manutención. Gürtels no se dio por enterado cuando se lo conté y seguía sin encontrar a alguien que me acogiera; habló con una familia de prestigiosos médicos que vivía en una mansión estilo Falcon Crest y con otra de criadores de caballos que hasta tenían cuadras en su finca, pero en ambos casos mis optimistas esperanzas se quedaron en frustrados y asquerosos babeos.

[CONTINUARÁ]

lunes, 29 de agosto de 2016

Toni Kuakman y sus inauditos viajes: Kuakman cruza el charco (I)

 
Un poco mas y se nos pasa el verano sin que el inefable Toni Kuakman nos amenice las vacaciones con un nuevo relato de uno de sus rocambolescos viajes. Esta vez cuenta su primera experiencia viajera propiamente dicha, cuando aún era un adolescente y pasó un tiempo en EEUU aprendiendo inglés... o saltando de adversidad en adversidad.

Muchos de ustedes recordarán el verano de 1982 por la celebración del infausto Mundial de Fútbol que se perpetró aquí, en España. Ya saben, el del Naranjito, el bochornoso partido Alemania-Austria, los saltos de Sandro Pertini con los goles de su equipo, Maradona perseguido implacablemente por un defensa apellidado Gentile (si llega a llamarse Cabroni se lo come vivo) y el inevitable -por acostumbrado, entonces- ridículo de nuestro equipo. Yo lo recuerdo más bien porque mis padres decidieron enviarme allende los mares a aprender idiomas; o eso decía mi progenitor, aunque siempre sospeché que en realidad estaba quemado por el papel patético de los jugadores españoles y se vengaba en lo más miserable que tenía a mano, que era yo.

El horror, el horror...

El caso es que eligieron Estados Unidos, aprovechando los cursos estivales que organizaban los padres josefinos a instancias del nuevo profesor, al que en lo sucesivo llamaré míster Gürtels para evitar demandas y, por qué no decirlo, para regocijarme, pues era un tipo pagado de sí mismo cuya sonrisa sólo se diferenciaba de la de una hiena en que no tenía sangre ni restos de sus presas entre los dientes (al menos que yo haya visto); por lo demás, las hienas eran más agradables y, por supuesto, mucho más de fiar. El señor Gürtels y el traidor de mi padre se pusieron de acuerdo y eligieron para mí, por supuesto sin consultarme, una ciudad llamada Middletown, en el estado de Nueva York.


Lo que yo no podía saber era que Gürtels no sólo me detestaba a mí sino a toda mi familia, por lo que nos estaba montando una encerrona digna de un villano de película de James Bond. Lo cual tenía el terrible problema de que quien la sufriría en primera persona sería yo. En fin, no adelantemos acontecimientos. Por el momento sólo podía informarme sobre el sitio donde tenía que penar la nulidad de los chicos de José Emilio Santamaría. Como en aquellos tiempos no había Internet tuve que recurrir a guías y enciclopedias, pero la verdad es que no pude averiguar gran cosa; de hecho, los datos que transcribo a continuación los acabo de consultar en Google, lo reconozco: Middletown era un pueblo sin importancia fundado a mediados del siglo XVIII que en 1888 empezó a crecer gracias a una estación de ferrocarril, que fue la cuna de un actor poco conocido llamado Aaron Tveit y que tenía un cementerio muy parecido al de La noche de los muertos vivientes. También una considerable industria lechera, lo cual me pareció curioso por aquello de la concomitancia con la Asturias donde vivía; el que no se consuela...

La estación ferroviaria en la segunda mitad del siglo XIX. Pónganle música de Morricone

Bien, esta vez no me pasó ninguna desgracia durante el traslado o, al menos, ninguna reseñable para los estándares habituales. Tuve que esperar a pisar el nuevo mundo para ello, cuando desembarqué en Middletown y las diferentes familias de acogida fueron presentándose una tras otra para recoger a mis compañeros mientras yo, sentado en el extremo de un banco con mi maleta, esperaba y esperaba, como en la obra de Samuel Beckett. Sólo estaba Gürtels, que, enseñando triunfalmente sus colmillos, me explicó que mi compañero Alberto, que también empezaba a echar raíces en el otro lado del banco, y yo no íbamos a estar con una familia sino con una mujer soltera, la señora Bunders. Dicho lo cual dio media vuelta y se fue, dejándonos con nuestro enlace local: un chico peruano que estaba casado con una italiana. Decididamente, aquello era EEUU.

El caso es que parecía Gabón, ya que en la terminal hacía un calor insoportable, por lo que optamos por esperar fuera. El peruano nos rogaba que no como si hubiera leones sueltos pero la verdad es que tenía razón, pues resultó que al aire libre la temperatura era aún peor y el asfalto derritiéndose nos nublaba la vista. Sólo así, con imágenes deformadas por el vaho, se puede uno imaginar la visión que tuvimos en ese momento: por el final de la calle apareció el coche más viejo, destartalado y asqueroso que uno pudiera concebir, a saber, ruedas sin tapacubos, carrocería molida a golpes, un parachoques bailando y ruido de lata, sin contar la ingente y ya sedimentada capa de polvo que lo recubría. No puede ser, me dije; pero sí, era. Godot, digo la señora Bunders, acababa de presentarse por fin y prometía.

El coche de la señora Bunders tras su paso por el taller para chapa y pintura
¿Ven esas mujeres de las películas americanas que parecen no saber lo que es un peine, usan gafas de culo de botella y están como una cabra? Nuestra anfitriona tenía toda la pinta y empecé a imaginar que tendría que compartir mi habitación con una treintena de gatos. Al menos Alberto tendría un condena menor porque sólo estaría unos días hasta que a la semana siguiente llegara la familia con la que viviría. No obstante, de momento, la señora Bunders nos saludó efusivamente, invitándonos subir a su cascajo rodante. Nos acomodamos entre los jirones que rasgaban la ajada tapicería y dejamos el aeropuerto, pero no en dirección a su casa exactamente, ya que antes se empeñó en darnos una vuelta por el barrio donde residía.

Middletown conserva aún cierto aire vintage
Éste, a pesar de lo que están pensando, no tenía mal aspecto: las típicas casas con sus jardines que siempre vemos en el cine. Todo muy cuidado e incluso apetecible me dije, panorama que ella se encargó de chafarme enseguida al advertirnos que no dijéramos que éramos spanish, ya que allí esa palabra se utiliza para designar a los hispanos más que a los españoles y como campaban a sus anchas algunas bandas de camorristas igual nos confundían y nos daban una paliza. Normal, todo normal. Como los famosos pies tiernos que llegaban al Far West en el siglo XIX, pensé. Pero no había que preocuparse porque su novio nos protegería, dijo, y paró allí mismo para presentárnoslo.

Los chicos del barrio

El tipo, de mediana edad, era inquietante: el pelo aplastado -no por gomina sino por su propia grasa- el chaleco vaquero que vestía y los tatuajes más feos del mundo cubriendo sus enjutos brazos que parecían decir a gritos que acababa de salir de Sing Sing, el célebre presidio neoyorquino (y digo ése porque no caía lejos); en conjunto asemejaba un ángel del Infierno al que el propio Satanás hubiera vetado la entrada. Una especie de Bobby Perú pero real, en carne (poca) y hueso. Cuando abrió la boca para saludarnos mostrando dos túneles de viento a cada lado de las encías comprendí que, verdaderamente, con un tipo así al lado no podíamos temer a nadie, salvo quizá a la policía e incluso ésta se lo pensaría dos veces. Bueno, también a su novia, porque estaba tan nerviosa y excitada de llevarle en su coche que gesticulaba sin parar y se giraba para hablarnos olvidando que estaba al volante, con lo que íbamos dando peligrosos bandazos.

Tal cual
Pero conseguimos llegar intactos, acaso porque el vehículo ya había cubierto su cupo de accidentes para todo su servicio activo. La casa era de dos pisos y comprobamos, casi con decepción, que no se parecía a la de Norman Bates sino que estaba limpia y ordenada. Pero, claro, no nos lo iban a poner tan fácil ¿verdad? Apenas tuvimos tiempo de soltar el equipaje cuando sonó el teléfono; la señora Bunders contestó y dijo que era para nosotros. Cogí el auricular pensando que sería otra sorpresita de Gürtels pero no; mejor dicho, sorpresa sí que era y de récord, pero no tenía nada que ver con él (o eso creo): una tétrica y sollozante voz femenina me saludó en perfecto castellano y luego, para mi pasmo, rompió a llorar abiertamente dejándome unas palabras que hubieran echo salir corriendo a cualquiera: "Sólo quería decirle que en esa casa murió mi hijo hace dos meses". Toma bienvenida.

Hogar, dulce hogar

Resultó que era la madre de un exnovio de la señora Bunders, cosa que no me tranquilizó en absoluto teniendo en cuenta que nuestra anfitriona le había buscado sustituto apenas pasados un par de meses desde su fallecimiento. ¿No había memoria fúnebre por esos lares? ¿Coleccionaba novios la señora Bunders? ¿Sería ese sustituto el responsable del óbito? El asunto nos impresionó lo suficiente como para llamar a Gürtels y pedirle que nos  buscara otros sitio pero respondió que era imposible, que esa noche debíamos pernoctar allí y mañana ya veríamos las cosas con mejores ojos. "Si no nos los sacan antes" musité, pero ¿qué otra cosa podíamos hacer? Así que nos instalamos en la planta superior, quedando la inferior para ella y la cocina.


Pero nuestra surrealista estancia no había hecho más que empezar. Nuestra anfitriona vino a darnos las buenas noches y a informarnos de que por la mañana nos dejaría el desayuno en la puerta de la habitación. Tamaña amabilidad nos pilló descolocados y le agradecimos el ofrecimiento pero diciéndole que no se molestara, que ya bajaríamos nosotros a la cocina. Pues no. La señora Bunders no tenía gatos pero sí un perro y como no quería que subiera debíamos permanecer en el piso de arriba toda la mañana con la puerta cerrada, mientras el chucho se solazaba abajo. Tras intercambiar una mirada con Alberto, levanté otra vez el teléfono para humillarme ante Gürtels y pedirle auxilio una vez más.

[CONTINUARÁ]

lunes, 25 de julio de 2016

La Colegiata de Santa María, en Sasamón


Una de las cosas que tiene moverse por España es que cuando nos planteamos hacer una visita turística medieval muy probablemente nos encontraremos debajo toda una sucesión de estratos históricos anteriores que unas veces evidencian el pasado romano y otras se remontan aún más atrás. Si hablamos de la provincia de Burgos nos perderíamos en la noche de los tiempos con Miguelón y su familia heidelbergensis, pero hoy no vamos a ir tan atrás y, aunque el objeto de atención del artículo es la colegiata de Santa María, que corresponde a la Baja Edad Media, empezaremos un poco antes, entre los años 29 y 19 a.C.

El pasado romano, siempre presente
Cuentan las crónicas que Augusto tuvo que desplazarse a la Hispania Citerior para ocuparse de la guerra contra aquellos cántabros y astures irreductibles (éstos de verdad, no como los de la aldea gala) que se empeñaban en no dejarse civilizar ni adaptarse a ese eufemismo de dominación que se denominaba Pax Romana. El emperador asentó sus reales en Segisamo, la capital del territorio turmogo, pueblo céltico del que se sabe muy poco, que habitaba la zona que hoy corresponde aproximadamente a la provincia de Burgos y que había sido sometido primero por Pompeyo y más tarde, tras un intento de rebelión junto a los vacceos, por Nepote. La Legio IV Macedonica instalada en aquel lugar bajo el mando directo de Agripa, sobreponieńdose al pomposo nombre oficial de la localidad, Segisama Iulia, lo acortó en Segisamonem, de donde deriva el actual Sasamón.

Hoy es una pequeña y tranquila villa de poco más de un millar de habitantes situada a treinta kilómetros de la capital provincial y cuyo modesto tamaño no concuerda con la batería de monumentos que concentra, que la han hecho ganarse la categoría de Bien de Interés Cultural. De entre todos ellos despunta por insólitos méritos propios la Colegiata de Santa María la Real, que si se descuida ocupa la mayor parte del terreno municipal; baste decir que se trata del mayor templo de toda la provincia, sólo por detrás de la majestuosa catedral burgalesa y de la iglesia de la Asunción que hay en el pueblo Melgar de Fernamental. Un colosal edificio gótico que a mediados del siglo XIII se empezó a construir sobre otro anterior románico que había erigido Alfonso VII, pese a que este monarca le había retirado la categoría de sede episcopal para traspasársela a la ciudad de Burgos.



Así, a pesar de ello, o quizá para compensar, Sasamón fue designada para acoger aquella maravilla grandiosa y exuberante que parecía y parece completamente fuera de lugar. Es lo que percibe el visitante que, tras serpentear con el coche por las callejuelas empedradas de la villa, circulando entre macizas casas de piedra, llega a la Plaza del Ayuntamiento y contempla la imponente silueta de la colegiata recortándose contra el cielo, abrumando desde su inmensidad al resto de la sobria arquitectura segisamonense.


Aún conserva algunas características románicas de su predecesora, como la portada occidental y la nave de la epístola. Sin embargo, el resto es claramente gótico: crucero, cinco capillas poligonales en la cabecera, arcos ojivales, arbotantes, pináculos, un claustro realizado por el prestigioso Juan de Colonia... Como solía ocurrir, los trabajos se prolongaron en el tiempo y no concluyeron hasta el siglo XVII, de manera que el exterior pero, sobre todo, los elementos decorativos interiores, son un muestrario de diferentes estilos sucesivos: un sepulcro gótico aquí, un retablo plateresco allá, un tapiz barroco acullá; una imagen renacentista se suma a mobiliario neoclásico y así todo.

La planta sigue el modelo de abadía cisterciense: cruz latina con tres naves de cinco tramos cubiertas por bóveda de crucería y atravesadas por un crucero muy alargado que está formado por otras dos naves que, atención a la rareza, son iguales en altura. Adosada a uno de sus brazos está el campanario pero lo realmente llamativo es su puerta,  muy especial porque se la considera una réplica de la del Sarmental de la catedral burgalesa: salvo el parteluz, que en Burgos tiene un obispo y aqui una Virgen con niño, ambas se componen de tres arquivoltas con, sucesivamente, ángeles músicos y Veinticuatro Ancianos del Apocalipsis tocando sus instrumentos; en el tímpano, el Cristo en majestad rodeado por los evangelistas; y en el dintel se representa un apostolado.

La Portada del Sarmental, réplica de la burgalesa
Esquema explicativo

La otra gran portada es la de San Miguel, que tiene un arco apuntado con arquivoltas enmarcado en otro conopial y rematado con tallas de ángeles. Encima hay un alfiz con esculturas y en el parteluz se ve el escudo de los Reyes Católicos. El conjunto se encaja entre pináculos.

Portada de San Miguel

Debería describir asimismo la bóveda estrellada de la sacristía, la portada interior plateresca de su entrada o la elegante cajonería dieciochesca. También las dos pilas bautismales, una románica y otra renacentista. O el bello púlpito gótico labrado en piedra. O el claustro del siglo XV, restaurado hace poco y que tmbién guarda semejanzas con el catedralicio burgalés. Debería, digo, pero no lo voy a hacer porque las dos veces que pasé por Sasamón lo hice al decaer ya la tarde, fuera de hora de visita (y eso que abren mañana y tarde todo el año), y no pude entrar.


Otro esquema explicativo, en este caso del claustro

Me tuve que conformar con dejar el coche en la plaza, amplia y tranquila, especialmente a esas horas en que el sol empezaba a retirarse y los tenues rayos que parecían resistirse no podían evitar el intenso frío invernal que me impidió dejar el pueblo sin antes recuperar la temperatura mediante un caldo vivificador; que, en Burgos, cuando tira, tira. Antes, pasé el arco con Virgen gótica que da acceso al recinto y me tire tres cuartos de hora contemplando el exterior de la colegiata: sus formas, sus piedras teñidas de verdín, los relieves carcomidos por la erosión, las huellas manifiestas del incendio que provocó el desmoronamiento de las bóvedas y obligó a cambiar la disposición del edificio, colocando el altar mayor en el crucero. Gajes de la Guerra de la Independencia Española.



Fotos: JAF

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