domingo, 5 de julio de 2015

El Castillo de Eilean Donan (I)



Todos sabemos lo que es un castillo y cuando le decimos a un niño que dibuje uno casi siempre lo hace siguiendo ese estereotipo medieval que llevamos en mente, con sus almenas, su barbacana, su torre del homenaje, su foso (al que seguramente el artista incorporará un tiburón o un cocodrilo), sus saeteras, su puente levadizo, su adarve... Vale, el niño sería un émulo de Leonardo da Vinci si sabe poner todo eso, pero las formas generales no diferirían. Sin embargo, los castillos son muy diferentes entre sí de un lugar a otro. Los españoles, recios, sobrios y macizos, suelen obedecer a esa iconografía pero los franceses se alejan de la imagen defensiva para acercarse a la palaciega mientras que los centroeuropeos adquieren tintes románticos. Trasladándonos a la islas Británicas, Escocia es la referencia castillera porque, aunque suene a tópico, hay uno en cada esquina; y casi siempre con fantasma.

El guardián del castillo, con kilt y manferlán
Los castillos escoceses también son muy suyos. A menudo son simples mansiones familiares -quizá no tan simples, cierto- encaramadas en un altozano o protegidas en un islote, cuando no asentadas en algún lugar aislado, como si el constructor hubiera buscado el sitio más remoto posible. La razón de ello está en las tormentosas relaciones entre clanes, frecuentemente dirimidas mediante la guerra; para qué discutir si puedes pelear, que dice la canción. Los más antiguos, del siglo XII, son simples torreones que dominaban una aldea, aunque los más representativos se erigieron entre el XIII y el XVII. Al contrario que en la España medieval, esas guerras interclánicas solían ser breves y con pocos efectivos, sin asedios prolongados, por lo que los castillos tendían a desarrollarse en altura más que en superficie, dando lugar a un perfil muy típico; luego, a medida que la vida fue pacificándose, sí crecieron a lo ancho añadiendo alas anexas, cada vez más refinadas arquitectónicamente hasta acercarse más al concepto de palacio.
Mapa de Escocia con los escudos de los clanes
Los castillos escoceses más famosos son los de Edimburgo, Holyrood (que también está en la capital), Balmoral (residencia estival de la Corona) y Urquhart (en el lago Ness). Pero iconográficamente hablando, ninguno es comparable al de Eilean Donan, enclavado en un pedazo de tierra rocosa que aflora tímidamente de la superficie del lago Duich y unido a la costa por un bello puente de piedra. Las condiciones defensivas del lugar ya incitaron a habitarlo en la Prehistoria pero los últimos restos de la Edad del Hierro, probablemente pictos, se perdieron en el siglo XX y el castillo propiamente dicho se levantó en el XIII, para protegerse de las razzias vikingas que asolaron el norte del país durante más de cuatrocientos años. Desde entonces, su morfología ha ido cambiando, ampliándose unas veces el recinto que ocupa sobre el islote y reduciéndose otras.   
                             
El fantasma highlander de Eilean Donan
El caso es que Eilean Donan, nombre cuyo significado no es seguro (puede ser Isla de Donan, en alusión al obispo homónimo santificado o bien una derivación del gaélico Cu-Donn, referente a al mito del Rey de las Nutrias, quien al morir habría enterrado su capa de plata en lo que hoy son los cimientos del castillo), se halla en una encrucijada estratégica para defender la zona de Kintail, conocida antaño como el Señorío del Mar. Tanto que el castillo fue disputado a menudo, pasando de manos de los Matheson a los MacKenzie y de éstos a los MacRae, con intentos frustrados de hacerse con él por parte de los MacDonald.

Donde fracasaron éstos, al igual que más tarde los puritanos de Cromwell, triunfó una escuadra inglesa que lo bombardeó durante la tercera rebelión jacobita, allá por 1719. Lo defendía apenas medio centenar de infantes de marina españoles, enviados en apoyo de la causa escocesa, que recibieron a tiro limpio al enemigo cuando el trozo de desembarco de éste se acercó despreocupadamente creyendo que el edificio estaba abandonado. Obviamente, en tan escaso número, sin artillería y ante los cañonazos de las fragatas, Flamborough, Worcester y Enterprise, los españoles no pudieron resistir mucho: sólo tres días.

Tras tomar el castillo, los ingleses lo volaron aprovechando el enorme polvorín existente (¡trescientos cuarenta y tres barriles!), dejando para siempre la leyenda del fantasma de un oficial español fallecido en el ataque al negarse a rendirse obstinadamente. Testarudo él; quizá era aragonés. O andaluz, dado que, según cuentan, es un espectro bastante socarrón y se dedica a molestar a los turistas excepto a sus compatriotas, a quienes deja visitar el castillo en paz. Como se puede ver en la foto anterior, también hay uno escocés.

La batalla de Glen Shiel desde las posiciones inglesas. Al fondo, con los típicos uniformes blancos borbónicos, los infantes de Marina españoles
El grueso del contingente hispano, unos trescientos hombres, cayó prisionero un mes más tarde en la batalla de Glen Shiel cuando los escoceses huyeron en plena refriega dejándolo tirado ante el ejército adversario, muy superior en número y equipamiento. El general inglés se percató enseguida dónde estaba el peligro y dónde lo fácil, centrando el ataque en los highlanders y manteniendo las distancias, vía artillera, con los hispanos, que cuando se dieron cuenta estaban solos. Entre los que aprovecharon la niebla para fugarse y abandonar a sus aliados estaba el héroe nacional Rob Roy (con el centenar de miembros de su clan) quien, como vemos, no era tan aguerrido como lo pintó Walter Scott; así se escribe la Historia, aunque en su descargo cabe decir que estaba malherido.

La cosa ya pintó mal desde el principio porque el contingente enviado por el cardenal Alberoni, ministro de Felipe V, llevó consigo dos millares de armas de fuego para repartir entre los sublevados y muchas se quedaron en sus cajas, al haber muchos menos voluntarios de lo esperado; unos ochocientos hombres. Además, la flota española que debía iniciar una invasión volvió a perder la partida luchando contra los elementos a la altura de Galicia.

Otra visión, más clásica, de la batalla

Eso sí, para la posteridad queda el hecho curioso de que fue la última vez que las tropas inglesas se enfrentaron a un enemigo extranjero en suelo del Reino Unido. Y que, gracias a aquella acción, han quedado denominaciones relacionadas con aquello soldados de nuestro país: la desolada cañada donde se situó el campo de batalla es hoy Bealach-na-Spainnteach (en gaélico, Paso de los Españoles) y está ubicada entre un grupo de cinco colinas llamadas Five Sisters, una de las cuales es conocida como The Peak of Spaniards (Pico de los Españoles), pues fue donde éstos se hicieron fuertes y resistieron varias horas en solitario antes de entregar las armas.

 [continuará]

Fotos: JAF

domingo, 28 de junio de 2015

La belleza del cementerio de La Carriona de Avilés (y II)


Como decíamos en el último post, la mejor forma de visitar el cementerio de La Carriona es empezando por el CICLAC, su centro de interpretación, que se encuentra a la izquierda, mirando hacia la verja de entrada, en lo que antes eran las instalaciones de conserjería y capellanía. Una vez asumida esa introducción didáctica, hay que atravesar la portada, entendiendo por tal la principal -adornada con metafóricos relieves de guirnaldas y relojes de arena-, puesto que el cementerio civil tiene la suya, mucho más austera al tratarse de una zona destinada a no católicos que, hasta los años ochenta del siglo XX, estuvo separada del resto por un muro; aun conserva la inscripción en piedra Paz a los muertos.

Así se sitúa uno en la avenida principal, flanqueada a ambos lados por lo más granado del lugar, funeraria y artísticamente hablando. Hay que tener en cuenta que algunos de los artistas asturianos más importantes del momento trabajaron allí: Manuel del Busto (que en Avilés fue autor del Teatro Palacio Valdés), Cipriano Folgueras (autor de la estatua de Valdés Salas que hay en la Universidad de Oviedo), Federico Ureña, Faustino Nicoli, etc. Entre 1890 y 1920 se sucedieron treinta años que constituyeron la etapa dorada de La Carriona.

Las familias más pudientes de Avilés tienen en dicha avenida su rincón para el descanso eterno. Y no son simples tumbas. Se trata de panteones y mausoleos ostentosos, concebidos y erigidos no sólo para acoger cuerpos sino para exhibir el poder social y económico de su clase, así como para perpetuar su memoria. En ese primer tramo se suceden los sepulcros de la familia Fernández-Balsera, del Marqués de Teverga (ministro), Palacio Valdés (escritor), Justo Ureña Hevia (escritor y cronista de Avilés), Ana de Valle (escritora), José Fernández Menéndez (otro cronista), Julián Orbón (músico), Bonifacio Heres (alcalde), etc. Más allá se pueden ver otros como los de la familia García Morán, Jesús Antonio de Castro (portero del Sporting de Gijón y hermano del legendario Quini, que murió intentando salvar a un niño en una playa), Celestino Graíño (científico y farmacéutico)...

La tumba de Palacio Valdés, con la estatua de Demetria, uno de sus personajes literarios


El mausoleo de Julián Orbón, autor de la canción Guantanamera, es de estilo secesionista


El de Bonifacio Heres, alcalde, es historicista, de inspiración neogótica inglesa
 
El de los García Morán, ligados al comercio marítimo, tiene motivos decorativos navales

Casi todos ellos están enterrados en auténtica arquitectura funeraria, mini-edificios que suelen tener tres niveles, con cripta subterránea, capilla y remate decorativo. Este último es, por supuesto, el elemento que dota de belleza artística al enterramiento en particular y al camposanto en general: estatuas de ángeles (sobre todo custodios que acompañan el alma del difunto y trompeteros que anuncian el Juicio Final), esculturas con motivos fúnebres (cráneos, relojes alados que simbolizan el paso del tiempo, coronas de flores cuyo círculo metaforiza que principio y fin se dan la mano, antorchas y fuegos para representar la vida que se apaga, amapolas que nos recuerdan la fragilidad y fugacidad de la existencia...), decoración alusiva a la forma de vida del difunto (mástiles y timones, por ejemplo, para los ligados al mar), templetes...

El ángel con sarcófago que Cipriano Folgueras talló en mármol de Carrara para la tumba de la Marquesa de San Juan de Nieva


Otro sarcófago, el de Isidora Arias. Al igual que el anterior, sólo es una escultura (los cuerpos están en las criptas)


Uno más: el de los Castro, donde reposa el hermano de Quini
Claro que no sólo hay notables en La Carriona. Una gigantesca cruz de varios metros de altura que descuella llamativa, casi estentóreamente, entre las demás y cuyo adorno en forma de yugo y flechas indica de forma obvia su filiación ideológica, es el punto donde se enterró a los caídos del bando nacional de la Guerra Civil. Presentes, dice la inscripción bajo la que se leen sus nombres mientras, a un centenar de pasos, otro monumento bastante más sencillo -una columna de piedra rodeada por cadenas- homenajea a los republicanos en su fosa común. Ahora todos reposan en el mismo suelo, aquel en el que muchos fueron pasados por las armas; en los troncos de algunos de los pocos cipreses que quedan en el cementerio -nada que ver con la bella frondosidad de otras épocas- todavía se pueden ver marcas de balazos.

Los caídos "por Dios y por España"...

...y los caídos por la República (y por España, se supone que también)

Por último, tampoco hay que perderse la que, desde cierto punto de vista, pude considerarse la parte más impresionante del camposanto. En este caso no por su belleza artística sino por todo lo contrario: son los enterramientos de los párvulos, o sea, los niños. Pero los pobres. Son tumbas practicadas directamente en la tierra, sin mármoles ni apenas lápidas, como mucho con extemporáneos azulejos y señaladas con sencillas cruces de hierro vencido por el óxido y flores de plástico. Se suceden sin orden, a veces torcidas o incluso hundidas al ceder el propio terreno, por una deprimente parcela reseca y pedregosa que continúa paralela al muro acogiendo sepulturas de similares características pero de adultos, éstas recientemente arregladas, como indica la tierra removida y recolocada.

La parcela de los párvulos con el crematorio al fondo

Tumbas de extrema pobreza

La muerte iguala a todos... pero no a sus tumbas

Fue una de estas tumbas el escenario de un macabro incidente, cuando un pertinaz chaparrón inundó la fosa abierta para una inhumación imposible de llevar a cabo porque el ataúd flotaba. Otra fue profanada por un joven, sorprendido con las manos en la masa, porque quería recuperar una guitarra presuntamente sepultada con su difunto hermano. Este estrambótico anecdotario finalizó con los sepulcros actuales, aunque tuvo su canto del cisne con aquel vagabundo portugués que solía colarse cada noche en el cementerio para dormir en un nicho vacío.


Definitivamente, mejor quedarse con la cara amable, la que ofrece al visitante una auténtica gliptoteca al aire libre. Vean que skyline.

Fotos: JAF

domingo, 21 de junio de 2015

La belleza del cementerio de La Carriona de Avilés (I)


El turismo se ha convertido en un negocio tan grande y próspero que a menudo constituye el principal motor de la economía del país, algo que resulta especialmente obvio en el nuestro. Ahora bien, como no todos disponen de buen tiempo, patrimonio histórico o litoral playero, a menudo hay que buscarle nuevos nichos de negocio al susodicho segmento turístico. Y, hablando de nichos, uno de ellos lo constituye la incorporación de los cementerios al abanico de posibilidades para los visitantes de un lugar. París es pionera en eso, ya que a sus tres grandes camposantos acude un numero mayor de viajeros que de familiares de los fallecidos. Pero poco a poco todos van siguiendo su ejemplo e incluso se ha creado una curiosa Red Europea de Cementerios Turísticos.

Avilés es la tercera ciudad de Asturias en tamaño y población, tras Oviedo y Gijón. Se trata de una urbe portuaria e industrial que en los años ochenta, con la reconversión, perdió parte de sus fábricas y, desde entonces, ha estado intentando reinventarse. El famoso Centro Nienmeyer es la piedra maestra de esa transformación pero, aunque dispone de otros atractivos en forma de los consabidos palacios, museos e iglesias, hay uno que se sale de lo clásico y puede resultar igual de sugerente o más para cualquiera: el Cementerio de La Carriona.


La entrada principal...


... y la avenida flanqueada de panteones que lleva hasta la capilla
Como tantas y tantas ciudades, antaño Avilés tenía varias necrópolis. En la Edad Media había dos en pleno centro, de carácter parroquial y ligadas a las iglesias de los Franciscanos y de Sabugo. Como el crecimiento demográfico y el desarrollo económico que trajo el auge del comercio marítimo en la segunda mitad del siglo XIX hicieron que se quedasen pequeñas, se planteó la creación de otra cerca el Convento de la Merced. Sin embargo, los avances médicos ya habían determinado hacía un siglo que, por razones higiénicas, convenía enterrar a los muertos en zonas alejadas de las habitadas; a José Bonaparte, el célebre Pepe Botella, le cabe el honor de haber introducido esa medida en España de forma legal, si bien no se aplicó de forma total hasta 1884.

Por esa razón, la parcela elegida en un principio fue finalmente desechada y en su lugar se escogió otra en las afueras, en La Carriona, cuyo terreno además estaba más alto que la ciudad, bien aireado y lejos de las viviendas. Corría precisamente ese año 1884 y, dada la pujanza económica y social de la nueva burguesía comercial surgida de la citada actividad portuaria, fue ésta la principal impulsora del camposanto, al que concebía casi como suyo pese a ser municipal. A cien mil pesetas, ascendió el presupuesto.


Por eso no podía ser un cementerio cualquiera; debía mostrar ese poderío de clase plasmado en la belleza de sus sepulcros, en el arte con que se decorarían, de forma que la necrópolis habría de convertirse en un raro mini-museo al aire libre donde los personajes locales ilustres serían recordados y ensalzados. Así, el arquitecto designado para el proyecto no fue ningún desconocido: Ricardo Marcos Bausá, que entonces trabajaba para el ayuntamiento avilesino pero cuya obra más famosa hoy es el diseño de la Ciudad Lineal de Madrid, en la que trabajó ocho años después.

De hecho, el plano asemeja bastante al de una concepción urbana. Es de planta cuadrada, circundada perimetralmente por un muro, algo típico español (no así en otros países, como los anglosajones, donde los cementerios se conciben más bien como parques). Una avenida principal lo atraviesa de un lado a otro, con la capilla neorrománica (obra del propio Bausá) como eje central a partir del cual se abren calles diagonales, desarrollándose un plano básico en forma de cruz griega rellenado con vías paralelas en cuadrícula. Los panteones y sepulcros de los notables, los más bellos y ricos, jalonan dicha avenida y las inmediatamente contiguas. O sea, ocupan la parte central y, a medida que uno se aleja de ella hacia los lados, los enterramientos van perdiendo categoría, en una traslación al más allá de la jerarquía social imperante entonces.





Estilos diferentes, pero todos reflejan el poder económico y social de la burguesía comercial avilesina

De todas formas se le incorporó algo poco común entonces: un cementerio civil destinado a los fallecidos de otras religiones -eso sí, separado del resto por un muro-, lo que se engrosó con otras dependencias poco frecuentes, como una capellanía, una sala de autopsias, un depósito de cadáveres y el habitual osario. Hoy también cuenta con un crematorio y algo tan insólito como un centro de interpretación, situado en la antigua conserjería y cuyo objetivo es divulgar y preservar el valor histórico-artístico del sitio. Consiste en una doble sala en la que, mediante paneles ilustrados con viejas fotografías, se cuenta la gestación del camposanto. También están expuestos algunos de los planos originales de algunos mausoleos. 


La antigua conserjería-capellanía acoge hoy el centro de interpretación del cementerio

Es una pequeña sala con paneles y fotos que cuentan su historia

También hay planos de los panteones
Es aconsejable empezar el recorrido por La Carriona en este punto (está a la izquierda de la entrada principal) para hacerse una idea de lo que se va a ver luego. Claro que si se tiene la suerte de coincidir con una visita comentada, como me pasó a mí, en la que la misma guía te invita a unirte y te facilita un torrente de información, todo resulta aún más fácil (especialmente si luego hay que escribir un artículo); gracias, Alicia Lupiáñez.


[CONTINÚA EN EL PRÓXIMO POST]

Fotos: JAF
Plano: CICLAC

domingo, 14 de junio de 2015

San Juan Chamula


Leo una noticia a la que tildar de sorprendente se quedaría corto. Según parece, la Coca-Cola se ha convertido en una bebida común en San Juan Chamula pese a las reticencias de los vecinos más recalcitrantes. Si es así, habrá que concluir que el triunfo del capitalismo es total, absoluto y definitivo porque ese pueblo del estado mexicano de Chiapas seguramente era la última trinchera; al fin y al cabo, hasta el mundo musulmán había caído (en su caso más bien del lado de Pepsi), incluso el sector extremo, ya que la creación de la Meca Cola (si, existe), por mucho que cambie el nombre, no deja de ser una adopción del mismo concepto. 



¿Por qué estas consideraciones? No por el refresco, evidentemente, sino por San Juan Chamula. Es un lugar un tanto anómalo porque esa en esa zona del sur de México predomina la exuberante y densa vegetación de la selva Lacandona pero el pueblo se halla a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, en un ambiente montañoso, como si también en eso quisiera distinguirse. ¿También? Sí, porque San Juan Chamula no es como otras localidades de su entorno.

En efecto, si bien no es difícil llegar por carretera desde la vecina y muy turística San Cristóbal de las Casas, que está a sólo diez kilómetros, en realidad da la impresión de ser como uno de esos pueblos fantasmas que permanecen aislados de la realidad por una niebla que los sitúa en otra dimensión, a la manera de Brigadoon. Y eso que Bernal Díaz del Castillo, el cronista de Hernán Cortés, recibió la región en régimen de encomienda en 1524. Pero a pesar de la lógica hispanización, la población autóctona, que era tzotzil (una etnia perteneciente a la familia maya), mantuvo buena parte de sus costumbres y tradiciones dada la poca penetración de los españoles. Algo que continuó con el paso de los siglos hasta el punto de que los tzotziles se unieron a aquella rebelión maya que se levantó en armas contra el gobierno mexicano ya independiente a mediados del siglo XIX: lo que se llamó la Guerra de Castas, al enfrentarse los indios con criollos y mestizos de toda la península del Yucatán, y que no terminó hasta 1901 (aunque en 1912, durante la revolución, volvió a producirse una revuelta).

Este cartel se ha convertido en un clásico para las fotos de los visitantes

Las tumbas superan ampliamente el concepto de sencillez

Esta breve reseña histórica sirve para intentar entender cómo es hoy San Juan Chamula. La propia entrada al pueblo resulta extraña, ya que se hace pasando ante uno de los cementerios más sorprendentes que recuerdo: está en una parcela abierta, desprovista de césped salvo por resecos mechones de hierba aquí y allá o algún ramo de flores de plástico, y en la que una tierra marrón salpicada de modestísimas cruces de madera, pintada en tonos chillones y con los nombres de los difuntos inscritos en sus ajados brazos -no se ve una sola lápida, salvo un par de panteones de las familias más acomodadas-, parece la única barrera entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Allí en medio, entre las tumbas, las ruinas ennegrecidas del templo de San Sebastián parecen el testimonio de una derrota cristiana frente a las divinidades mayas.

Las ruinas del templo de San Sebastián en medio del cementerio
Cruces de vivos colores en las tumbas

Pero si impresiona el camposanto, lo hace más aún cuando, inmediatamente a continuación, se encuentra uno en una calle flanqueada de puestos de artesanía indígena y souvenirs. El más allá y el más acá se dan la mano a través del turista. Pecata minuta en realidad. La calle desemboca en la plaza mayor, que bulle de actividad porque allí se instala la gente para vender los productos de sus huertos en un singular mercado directamente sobre el pavimento o usando viejas cajas como mesas, mientras los  mayordomos o representantes del concejo, reconocibles por estar ataviados con unas peculiares vestimentas de pieles y portar bastones de mando, conversan al aire libre en medio del recinto. 

El ostentoso baño público

Panorámica de la plaza principal con la iglesia en el centro (zoom sobre la imagen)

Allí se sitúa también la guinda del pastel, la iglesia de San Juan Bautista, el mayor ejemplo material que se puede encontrar de sincretismo religioso. Por fuera no parece nada especial: estilo colonial, pequeño tamaño, blanquísimas paredes encaladas, de una sola nave y tres munúsculas campanitas en la fachada que, cuentan, una vez  se bajaron para castigarlas por no avisar de un terremoto. Pero por dentro es otra cosa.

Ya de mano se advierte al visitante de que está prohibido hacer fotos o grabar en su interior. Nada anómalo a priori, ahora que todas los templos y catedrales parecen haber adoptado esa medida -algunas establecen un pago-, pero es que en este caso se acompaña esa medida con la advertencia de que la gente puede ponerse violenta si se vulnera; conozco algún caso que lo refrenda y además vigilan los mayoles, que no son mayores en chino sino una especie de guardias locales. Así que no abundan por ahí las imágenes del interior, aunque las que hay son realmente llamativas. Yo no tengo; prefierí no enfrentarme a Kukulkán en su terreno. O a Chul Totec, para ser exactos.

Las iglesia carece de bancos. Los fieles rezan de pie o de rodillas sobre la piedra desnuda o la hierba esparcida por el suelo, al que se adhieren con su propia cera docenas de velas multicolores que constituyen la única iluminación real, ya que la luz de las ventanas queda muy tamizada por unas carpas colgadas del techo, a  manera de improvisado baldaquino, dicen que para impedir que los pájaros manchen el lugar. El tono de cada vela tiene su función: atraer fortuna, rechazar el mal... El aroma del copal sustituye al del incienso, impregnando la estancia como en la era maya.

Los santos de madera tallada están a los lados, pegados a las paredes como si hubieran sido arrinconados. En realidad no es así porque se les ha asimilado en ese extraño mestizaje religioso, de forma que visten las ropas que llevarían los dioses indígenas y se adornan con insólitos collares, unos hechos de maíz o frutas y otros de espejos para reflejar lo malo.

Si no está presente el chamán, el rezo reviste características tan extrañas como el reprochar al santo de turno -o a Jesús mismo- no haber concedido aquello por lo que se le interpelaba. A veces incluso con insultos. Pero todo tiene solución, aquí de compromiso: se hacen las paces con unas oraciones y una ofrenda, renovando así la confianza en la ayuda del otro mundo. Dicha ofrenda puede adoptar diversas formas, como algún producto de la tierra, huevos (símbolo vital, se pasan por el cuerpo para sanar) o bebidas como el pozol (licor de maíz macerado y conservado con plátano), aunque, como indicaba al principio, Coca-Cola ha terminado por imponerse incluso en lo trascendente. Las botellas están a medio terminar, resto de lo que los devotos van consumiendo durante su particular culto, recitado a media voz con la cadencia plegaria-trago-plegaria-trago... Hasta hace muy poco también se sacrificaban animales pero parece ser que ya no. O eso dicen.

Fotos: JAF y Marta B.L.

domingo, 7 de junio de 2015

La lengua de Twinga

Se suele decir de Nairobi que, pese a ser la ciudad más importante del África negra -hay quien opina que la única digna de ese nombre-, carece de atractivos turísticos y sólo constituye un lugar de paso para un viaje por Kenia. Como todo, es discutible y, al menos sobre el papel, las guías suelen ofrecer una relación de sitios visitables bastante más amplia de lo que pudiera parecer a priori.

Hay museos (el Nacional, con colecciones variadas de historia, antropología, etnografía, geología y zoología, o el Railway, ferroviario), un animado mercado central, una espectacular mezquita (Jamia), un parque nacional en las afueras, otro de serpientes, el célebre mirador del Kenyatta Conference Centre y el rincón más popular, la Casa-Museo de Karen Blixen, de la que ya hablé alguna vez.

Otro lugar casi inevitable es el Giraffe Center (actualmente rebautizado African Fund for Endangered Wildlife Kenya), situado en la avenida Gogo Falls de camino a Langata, a unos cinco kilómetros de la zona centro (el autobús 24 lleva hasta allí), fundado en 1989 por  Jock Leslie-Melville y su mujer en su propia casa, a partir de un bebé jirafa. Como se puede deducir de su nombre, las jirafas -twinga, en swahili- son las protagonistas casi absolutas allí, ya que se trata de un pequeño santuario para la recuperación y protección de esos animales y, más concretamente, para la subespecie Rotschild, que está en peligro de extinción.

Apenas quedan unos centenares en libertad (unas setecientas), repartidas entre Kenia y Uganda, con especial relevancia en el lago Nakuru y en el Murchinson Falls National Park respectivamente. Dado su escaso número, el riesgo de endogamia es importante, de ahí que haya un programa de cría en cautividad. La labor del Langata Giraffe Center es múltiple, pues, dado que aparte del trabajo científico desarrolla otro didáctico y pedagógico con los escolares y turistas merced al contacto directo entre humanos y animales.

Las jirafas acuden a la llamada del tam-tam

Recuerdo mi experiencia en ese sentido. En contra de lo habitual, no fui por la mañana, que es cuando se concentra la mayoría de la gente, sino que me desplacé hasta allí después de comer. Todo estaba razonablemente solitario y tranquilo, apenas un puñado de personas dispersas que habían tenido la misma idea vespertina. Un operario empezó a golpear un tronco, a manera de tam-tam y, de pronto, obedeciendo a la llamada, las copas de los árboles empezaron a moverse, indicando la aproximación de algo aún oculto por la espesura pero que se adivinaba muy grande. Había cierta evocación a una escena de Parque Jurásico, pero no fue un dinosaurio lo que salió del follaje.


Tamaño abrumador

Lo primero que asomó fueron aquellos largos cuellos (usados como arma en sus duelos) que terminaban en la característica cabeza alargada, de rasgos bonachones, rematada por pequeños cuernos de pelo endurecido. Con esa extraña cadencia que imprimen a sus movimientos, grácil y aparentemente lenta, las jirafas fueron acercándose. Eran cuatro o cinco, fácilmente identificables como Rotschild por sus manchas menos angulosas y las patas blancas. En el mismo centro nos facilitaron pienso para darles de comer, unos tacos prensados que hacen que las jirafas no echen de menos su alimento natural, las hojas de acacia.

Comiendo de la mano sin peligro

Al menos eso se podía deducir de la glotonería que manifestaban; miedo a que engordaran, ninguno, ya que acostumbran a comer treinta y cuatro kilos diarios de follaje. Se acercaban sin ningún temor a tomar lo que los humanos les ofrecían en sus propias manos, sin peligro de recibir un mordisco, ni aún casual, porque no tomaban el pienso directamente con la boca sino que extendían su lengua para cogerlo, de forma similar a la de los camaleones. Una lengua larguísima (¡medio metro!), negruzca para protegerse de los rayos solares y vivamente prensil hasta el extremo de culebrear como un tentáculo (al fin y al cabo, las jirafas también la usan para, asómbrense, limpiarse las orejas); al tacto resultaba algo áspera, similar a la de los gatos, seguramente diseñada por la evolución para no sufrir pinchazos con las espinas de las acacias y, ocasionalmente, lamer la sangre de animales muertos.

Una jirafa empieza a sacar la lengua ante el pasmo de las turistas japonesas

Aunque algunos blogs y foros de Internet dicen que a los diez minutos queda todo visto, todo depende de la intensidad con que uno se deje embobar por ese contacto tan directo e intenso con un animal que es salvaje por naturaleza. Así, la mayoría de los presentes no estuvimos menos de media hora o tres cuartos, alimentando a las jirafas, acariciándolas, fotografiándolas desde todos los ángulos y distancias, ora desde el suelo, ora desde la terraza elevada dispuesta para facilitar la cercanía a la cabeza... Terraza, sí, puesto que algunos ejemplares llegan a medir cinco o seis metros de altura. No faltó quien careció de reparos para dejarse lamer la cara o, incluso, intercambiar un beso lengua con lengua.

El festín de las jirafas

Y siguen, y siguen...

Y cuando se deja hueco al resto de visitantes, continúa la fascinación con los facóceros (jabalíes verrugosos), que también había alguno por allí, con su divertida crin rubia ondeada por el viento y moviéndose sin temor entre las gigantescas ancas de las jirafas (capaces de matar a un león de una coz) para hozar por el suelo arenoso en busca de los pedazos de pienso caídos, para los que adoptaban una curiosísima postura, arrodillándose sobre sus patas delanteras.

Fotos: Marta BL y JAF

El viajero incidental © 2008. Template by Dicas Blogger.

TOPO