domingo, 24 de mayo de 2015

Trilogía histórica, artística y meteorológica de Santillana del Mar (II)


Retomando donde lo dejamos en el último post, Santillana del Mar acumula patrimonio monumental y atractivos turísticos en sus estrechas y empavesadas callejuelas. Su tradicionalismo arquitectónico acentúa la sensación de haber puesto el contador de la máquina del tiempo en la Baja Edad Media o el Renacimiento, sucediéndose una interminable lista de palacios, casas y torres en cuya construcción se combinan la piedra, el ladrillo visto y la estructura de madera (a menudo vista también), con entradas ojivales de enormes cerraduras ferruginosas, soportales y blasones en las fachadas, sin que apenas haya intrusos de factura moderna.

Muchos de esos inmuebles han sido reaprovechados para albergar hoteles, restaurantes, comercios, museos y sitios oficiales. Así, la torre de Don Borja es sede de la Fundación Santillana, las casas de la Parra y el Águila acogen el Museo Regional, el convento de Regina Roeli es el Museo Diocesano, el palacio Barreda-Bracho  se convirtió en Parador Nacional, los de Valdivieso y Los Infantes también sirven de establecimientos hoteleros, etc.

Un verdugo con su chubasquero para aguantar el diluvio

Bastantes de estos lugares se abren al público para ver su interior u organizan exposiciones temporales a lo largo del año. Permanentes son la del Museo Diocesano y la del escultor Juan Otero. Pero merece la pena una mención especial para el Museo El Solar, cuya entrada está guardada por una vieja armadura -que siempre ejercen sobre mí un poder hipnótico- y sobre cuyos muros, en el jardín, sobresale la inconfundible y sugestiva jaula con un esqueleto que indica el tema de su colección: tortura e Inquisición. No me lo pensé dos veces y entré, por supuesto; tres euros y medio no son disuasorios.

La siempre iconográfica guillotina
Nada más ver el patio, por donde se accede al edificio, y contemplar una guillotina, un cadalso y otros fascinantes ingenios ideados por el ser humano para su obsesión favorita, causar dolor, comprendí que, por suerte, las piezas no se circunscribían a España sino que documentaban una actividad común en la Europa de otros tiempos, aún cuando se recurriese a la palabra Inquisición para llamar la atención del cliente potencial.


No es una vaca lechera; no es una vaca cualquiera. De hecho, no es una vaca sino un toro. De hierro: te metes dentro, enciendes una hoguera debajo... y se acabó el frío


De hecho, nuestra Suprema apenas utilizaba unos pocos métodos frente al alarde de imaginación sádica que exhibe el museo y que surtió los tribunales continentales durante siglos: la clásica Doncella de Nüremberg, las máscaras infamantes, la Cuna de Judas, el potro, las peras orales- rectales-vaginales, el aplastapulgares, los collares con púas hacia dentro, los mil y un tipos de látigo, el cinturón de castidad, el garrote vil, las pinzas ardientes, el torno para aplastar cabezas...


Del ganado bovino al equino: el clásico potro

La otra gran referencia de Santillana del Mar es, por supuesto, la colegiata de Santa Juliana. A mediados del siglo XII, el monasterio a partir del cual nació la localidad se transformó en este singular templo románico al que no se entra por su puerta principal -arquivoltas monumentales ante un atrio adornado por leones que antaño era el cementerio- sino por otra lateral, iniciando el recorrido por el claustro, que es cuadrado y está dotado de arcos con columnas pareadas sostenidas por una serie de cuarenta y tres capiteles, por cierto, me atrevo a decir que están entre los más bellos que recuerdo.



Dos vistas del claustro de la Colegiata

Entre sus variopintos temas, es fácil identificar algunos del Antiguo Testamento como Daniel en el foso de los leones, Sansón o el sueño de Nabucodonosor; del Nuevo, como el Descendimiento o el juicio de las almas; iconografía típica como el Pantocrátor y los Tetramorfos; motivos más mundanos como el caballero enfrentándose a un dragón o un pastor a los lobos; decoración vegetal y geométrica; un bestiario de animales fantásticos, etc.

Los capiteles, con más detalle

Como el complejo no era de clausura, carece de las habituales dependencias para los monjes, que vivían fuera. Sí hay, en cambio, una sala capitular: sus soportales dan al atrio principal y vienen muy bien para parapetarse de la pertinaz lluvia mientras se sacan fotos, con permiso de las no menos pelmas turistas con pretensiones de ser Giselle Bündchen, empeñadas en hacerte esperar hasta que acaben su improvisado book

Porque tampoco hay que perderse la iglesia. Por fuera es de aspecto similar a la de Frómista, especialmente por sus torrecillas cilíndricas, aunque no tiene una forma exenta como aquélla. Muros pesados, cabecera con tres ábsides semicirculares, bóvedas de cañón, crucero con cimborrio, capiteles que continúan la belleza de los del claustro y tres naves (la central más ancha y alta) con alguno elementos protogóticos son algunas de sus características básicas.

En el centro del crucero (foto de la izquierda) está el cenotafio de Juliana de Nicomedia conteniendo las reliquias de la santa martirizada por Diocleciano, que da nombre a la colegiata. El retablo mayor es gótico y el frontal del altar tiene cuatro relieves románicos de apóstoles que se relacionan estilísticamente con los de la Cámara Santa de Oviedo.

Habiendo visto todos estos aspectos históricos de Santillana del Mar, sólo quedaría tratar los prehistóricos. Pero eso lo vemos en el próximo post.

Fotos: JAF y Marta B.L.

domingo, 17 de mayo de 2015

Trilogía histórica, artística y meteorológica de Santillana del Mar (I)


No hay mal que por bien no venga. A veces, una decepcionante adversidad puede tornarse en algo bueno si uno sabe enfocarlo adecuadamente y, todo sea dicho, con un optimismo a prueba de bomba. Es lo que me pasó cuando visité Santillana del Mar, un pueblo cántabro que muy bien podría descollar en el top ten de los más bonitos de España pero al que hay que ir equipado con paraguas, chubasquero, botas y, si me apuran, traje de neopreno -con aletas, mascarilla y botellas de oxígeno-, siempre consciente de que la humedad puede alcanzar cotas más que considerables.

Durante el paseo es posible toparse con cabras de piedra decorando fuentes... o incluso bisontes.


Llegar a ese rincón de viejas casas de piedra ennegrecida, circundado por un paisaje verde intenso que emana un inconfundible olor mezcla de tierra, a hierba y cucho, compondría un cuadro idílico para muchos de no ser porque, a menudo, esa entrada se hace en medio de una cortina de lluvia al estilo cantábrico, es decir, capaz de prolongarse todo el día e incluso varios más sin apenas parar un rato (seguramente para que las nubes puedan recuperar las fuerzas). La lluvia en Sevilla será una maravilla pero en Cantabria es una realidad cruda y agotadora.

La lluvia se convierte en aliada para ver las calles sin estorbos humanos o automovilísticos.

Y ahora lo bueno. Evidentemente, el sol y el calor siempre son mejor bienvenidos por el viajero; pero el caso es que el agua no desentona: raindrops keep falling on my head, aroma de tierra empapada, paredes brillantemente mojadas, charcos sobre el pavimento... Son cosas tan aparentemente adversas que la mayoría de turistas es incapaz de captar es extraordinario decorado especial que forman para visitar la localidad y, lo que es más importante, les persuaden de acercarse en beneficio de latitudes más laxas, metereológicamente hablando.

Santillana es una catarata de edificios de sabor medieval.

Así que si uno arriba a Santillana del Mar en medio de un diluvio, como fue mi caso, no queda otra que asumirlo estoicamente y tratar de disfrutarlo igualmente o más. Y ahí entra esa otra aura medieval y algo misteriosa que emana el pueblo, donde el tiempo parece haberse detenido siglos atrás. Si el agua espanta a los curiosos más débiles, es posible caminar por solitarias calles, peatonalizadas y sin aceras, con el eco de los propios pasos repiqueteando sobre el pavés, pasando junto a recias fachadas decoradas con blasones pétreos y se puede venir a la imaginación perfectamente el cruzarse en aquella esquina, o saliendo por una de las pesadas puertas movidas por herrumbres centenarias, con un vecino ataviado con greguescos o un fraile de aspillera y tonsura.

La plaza de Ramón Pelayo, con el Ayuntamiento y, detrás, el Museo Regional, fotografiada desde la torre de Don Borja y los soportales de la casa de Domingo Barreda (véase foto de cabecera).

Lo de los religiosos no es gratuito, pues, al fin y al cabo, Santillana fue fundada en el siglo VIII por unos monjes benedictinos que instalaron allí su monasterio, en lo que supuso los inicios de la repoblación hacia el este impulsada por la monarquía asturiana. Como era habitual, en torno al cenobio fue echando raíces la gente y el Camino de Santiago, cuya ruta norte pasaba por el lugar enlazando con la Catedral de Oviedo (de hecho, la comarca se conocía como la Merindad de las Asturias de Santillana), le dio vida definitivamente.

El renacentista palacio de Velarde.

Parece mentira que un sitio tan pequeño como Santillana del Mar -poco más de cuatro mil habitantes- reúna tal cantidad de patrimonio monumental, entre palacios, casonas, iglesias, torres, cuevas prehistóricas, museos y jardines. Claro que la falta de verdad es casi consustancial a ese sitio, empezando por un nombre que, como reza la tradición, resulta divertidamente tramposo: Santillana del Mar ni es santa, ni es llana ni tiene mar. Qué diablos, si hasta hace poco se ligaba a su hijo más ilustre, aquel delantero del Real Madrid que metía goles de cabeza como churros. En cambio, nadie le puede negar su merecida catalogación como Conjunto Histórico-Artístico, al que se suma algún rincón incorporado al Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Lo vemos en el próximo post.

Las viejas y típicas casas de la calle del Cantón, que mezclan madera, ladrillo y piedra, suelen acoger numerosos comercios turísticos.
Fotos: JAF y Marta B.L.

domingo, 10 de mayo de 2015

Brown de Panamá




Brown es un tipo que impresiona. Más de metro ochenta de recio guía local, una mole negra de fornidos músculos y bigote que le han hecho ganarse entre sus conocidos el mote de Tyson, en alusión al boxeador, aunque yo le veo más parecido con Bubba Smith, aquel jugador de fútbol americano que terminó en el cine, participando en películas como Loca academia de policía. Nunca llegamos a saber su nombre; para nosotros fue Brown a secas.

Le conocemos al poco de desembarcar en Bocas del Toro, una vez nos instalamos en el hotel, algo cansados tras el madrugón matutino en Costa Rica para desplazarnos desde Puerto Viejo y el valle de Talamanca hasta el indescriptible puente de Sixaola (estructura de hierro forjado pero suelo de tablones de madera, sobre los que deben pasar las ruedas de los vehículos), que salva esa frontera natural fluvial con Panamá, y las correspondientes/plomizas gestiones para cruzarlo.

Esta tarde hay visita pero antes es necesario recuperar fuerzas. Incluso en el trópico protesta el estómago. Brown propone dos alternativas: llevarnos a algún restaurante de los que abundan en Bocas Town o irnos a almorzar con él a algún sitio modesto donde probar auténtica comida casera local. Optamos por lo segundo. Vivan el pintoresquismo y el riesgo.

El establecimiento elegido no está en la calle principal, ni tan siquiera una secundaria. Son las afueras, aunque esta palabra deba cogerse con pinzas teniendo en cuenta que el extrarradio de la localidad apenas implica desplazarse unos cientos de metros. Es un chamizo muy sobrio, con cuatro paredes de madera más un pequeño porche de techo de uralita donde se dan codazos tres mesas de plástico plegables; su humilde aspecto se intenta vestir con manteles de papel. No hay nombre visible más allá de unas letras despintadas e ilegibles. El menú, apenas una cuartilla plastificada. Una lavadora en una esquina pone la nota curiosa a la decoración.

Brown, al timón de su lancha
Gastronómicamente no parece muy prometedor y más de uno se lo pensaría; más de dos saldrían corriendo. No es el caso. ¡Gerónimo! Marta y Brown se deciden por el pescado, un pargo local; yo sigo fiel a la carne y elijo mondongo, cuyo sospechoso nombre equivale a lo que en España llamamos callos. De beber seguimos la original sugerencia de nuestro guía: sendos batidos de cereales, avena y maíz para ser exactos, servidos en vasos de cristal de palmo y medio con su pajita y todo.

Llegan los platos y no tienen mala pinta. Brown coge el bote de picante y sazona el suyo. "Vamos con un poco de mala vida", dice. Le imito con cuidado, moderadamente, porque ya me conozco el percal. El bocado confirma la sensación de haber metido en la boca un carbón encendido. Pero el mondongo está exquisito y, al parecer, el pescado también. Las apariencias, pues, engañan y la cocina se lleva un diez. Tanto que del pargo sólo quedan la raspa y la piel; Brown se asombra de lo bien que Marta comió el pescado: "Normalmente, la gente deja la mitad en el plato". Dejamos el local doblemente satisfechos, por la comida y por el acierto. 

Tras un par de jornadas de visitas, al acabar la última, Brown conduce su lancha hasta el muelle, lo vara, compra un enorme racimo de plátanos y toma una bicicleta para regresar a casa, a pasar el resto de la tarde con su familia. Al día siguiente, dice, tiene que madrugar porque debe guiar una expedición del Smithsonian hasta la selva de una isla vecina; los científicos quieren capturar varias serpientes venenosas para cierto estudio. Y es cosa de ver como aquel coloso pone cara de miedo y asegura que él les señalará dónde están los ofidios pero no piensa acercarse a menos de cinco metros de ellos. Entonces se despide, da media vuelta y se aleja pedaleando con tranquila cadencia caribeña, plátanos en mano.

Fotos: JAF y Marta BL

domingo, 3 de mayo de 2015

La llamada de Ixchel desde Isla Mujeres


Nada más pisar Cancún, donde iba a pasar dos o tres días recuperándome del intenso viaje por México, empecé a oir la llamada de Ixchel:  melosa y seductora, a cantarina media voz, como siempre imaginé que las sirenas entonaban sus embriagadoras melodías para atraer marinos incautos, pero con la diferencia de que aquí no se trataba de un ser menor de monstruosa aunque bella naturaleza sino de toda una diosa.

Ixchel, la deidad del amor, el tejido y la medicina para los mayas y cuya imagen se plasmaba en la Luna como esposa del Sol, también tenía eventualmente esa faceta maligna de los citados seres griegos, por lo que a menudo era representada en forma de horripilante anciana con una serpiente en la cabeza y una falda de huesos, vaciando cántaros de ira sobre el mundo.


El principal santuario para sus adoradores estaba en el templo de Cuzamil, en la isla de Cozumel, a donde se trasladaban las canoas de peregrinos desde el puerto de Pole, hoy rebautizado Xcaret y transformado en parque temático. Sin embargo, Ixchel tenía otro lugar de culto en Isla Mujeres: como ven en la foto, un alargado pedazo de tierra de apenas ocho kilómetros de longitud que parece flotar sobre el Caribe, frente a la costa de la península del Yucatán, a unos veinte minutos de viaje desde Cancún.

Saga Boy Too, una forma de llagar a Isla Mujeres

El curioso nombre se lo dio Francisco Hernández de Córdoba en 1517, cuando desembarcó allí y encontró numerosas esculturas de inconfundibles formas femeninas. Se trataba de los exvotos que dejaban allí las creyentes mayas, que celebraban en tan apartado lugar el paso de la infancia a la adolescencia en presencia de una divinidad que precisamente propiciaba la fertilidad. Por desgracia, no se conservan esas estatuas de piedra y el lugar también fue perdiendo ese carácter sagrado a lo largo de sucesivas ocupaciones, desde famosos piratas que instalaron allí su refugio a los turistas actuales, pasando por traficantes de esclavos, militares aliados que establecieron una base en la Segunda Guerra Mundial... Hasta Kukulkán se empeña en castigar a Ixchel periódicamente por su maldad, soplando para arrasar su casa con lo que más prosaicamente llamamos  huracanes. Palabra nativa, por cierto, incorporada al castellano.



Marta, al timón del Saga Boy Too
Pero, decía al principio, la diosa consiguió cautivarme con su canto. Así que poco después elegía un catamarán para hacerle una visita de cortesía. El caos para embarcar en el puerto -cientos de personas arremolinadas sin tener claro en qué cola habían de ponerse ni entender, la mayoría, las instrucciones del personal al no hablar el idioma- quedó atrás y empecé una plácida travesía por aquellas aguas, tan cristalinas como tranquilas, que parecían destinadas por Hunab Ku, el dios creador maya, a proporcionar la bonita experiencia del snorkel (submarinismo sin botella) y  descubrir así la polícroma belleza de sus fondos marinos coralinos. Sólo un horrísono hilo musical y la resbaladiza cubierta -que provocó más de una costalada-, rompieron parcialmente el encanto del trayecto, aunque la murga quedó compensada por la inaudita visión del baile estrafalario de uno de los pasajeros que asemejaba a un oso borracho, un Mitrofán sin pelo en versión turista.

Y en la popa, preparada para ponerse las aletas y practicar snorkel.

El barco arribó en una tranquila playa de arena blanquísima y cocoteros que protegían con su sombra la terraza del restaurante donde íbamos a comer. Pero antes tuvimos tiempo de nadar entre tiburones. Bueno, nadar no porque hacíamos pie. Y además sólo había un escualo. Y, encima, pequeño e inofensivo: lo habían encontrado arponeado aunque aún vivo y ahora estaba recuperándose en una zona acotada ex profeso; el dinero que recaudaban permitiendo acariciarlo se empleaba en financiar su recuperación.  No era como sumergirse con un tiburón blanco sudafricano, como tampoco hacerlo junto al tiburón ballena que tanto abunda por esa zona del Caribe, ni podía suplir la visita -lamentablemente no incluida- a la Cueva de los Tiburones Durmientes, (un rincón de Isla Mujeres también conocido como Los Cuevones donde esos peces quedan aletargados por el alto contenido en oxígeno del agua, permitiendo a los submarinistas moverse entre ellos sin peligro), pero por algo se empieza.


Acariciar a un tiburón sin peligro es posible.
Después de la miniaventura, el catamarán siguió viaje y atracó en la playa de Downtown, el núcleo urbano local, situado en un extremo de la legua de tierra. La mayoría de la gente opta por quedarse allí mismo, bañándose entre las embarcaciones y el pantalán de madera. Yo, aunque no disponía de las dos horas necesarias para recorrer la isla de punta a punta, decidí al menos dar una vuelta por el pueblo.






Rincones curiosos de Downtown

Resulta pintoresco por la cantidad de tiendas y puestos callejeros dedicados casi exclusivamente a la venta de souvenirs, aunque, como siempre se puede encontrar algo original, no perdoné un helado de Ferrero Rocher, admiré los numerosos grafittis de las paredes y pude ver cómo unos pescadores exhibían su más reciente trofeo en el paseo marítimo: un gigantesco pez espada que, con su plateada magnificencia muerta, sólo podía despertar compasión, colgado de una cuerda e infamemente expuesto a una vociferante multitud de curiosos, como un ahorcado.

Curiosidad ante un imponente pez espada

Para otra ocasión quedó acercarme hasta la hacienda Mundaca, construida en el siglo XIX por el pirata y esclavista Fermín Mundaca y Marechaga para una indígena de la que se enamoró y que, al parecer, le rechazó. El tipo se puso gravemente enfermo y, a la manera de los faraones, mandó excavar su propia tumba para cuando muriese; pero al final le trasladaron al hospital de Mérida, donde falleció sin que su cuerpo retornase a su predio, por lo que el sepulcro permanece tristemente vacío.

La reencarnación del pirata Mundaca, de regreso. Al fondo, Cancún.

En cuanto a Ixchil, no se dignó comparecer. Quizá no quería un varón en su particular gineceo sagrado o puede que su canto sólo fuera una ilusión. De todas formas, las ruinas del santuario, que se alzaban en el extremo sur insular, han sido sustituidas por un faro y lo único remotamente parecido a aquel conjunto de imágenes de piedra descubierto por Hernández de Córdoba -que tiene su monumento- es el Museo Subacuático de Arte, una especie de asombrosa gliptoteca bajo la superficie marina.

Fotos: JAF y Marta B.L.

domingo, 26 de abril de 2015

La Catedral de Oviedo (y II)


"La torre de la catedral, poema romántico de piedras, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne..."
(La Regenta, Leopoldo Alas Clarín)
Hacerse una foto con la catedral ovetense detrás no es tan fácil como parecería. Salvo que se disponga de un ojo de pez o algo así, resulta complicado lograr retratarse y que al fondo se vea el edificio entero, como muchos pretenden. Y eso que la plaza donde se ubica es amplia -tanto como para albergar conciertos y espectáculos diversos- desde que en 1930 se demolió la manzana de casuchas que la atravesaba transversalmente y que cerraba aún más el ángulo ante la fachada. Pero la estatua de La Regenta que mencionaba en el post anterior no se colocó allí al azar. Uno le pasa el brazo por el talle a doña Ana Ozores y ya tiene recuerdo con ella y el ansiado decorado arquitectónico.

La plaza de la Catedral con la estatua de la Regenta
Cerrando un poco los ojos y mirando hacia la mitad de los ochenta metros de altura de la torre, no cuesta imaginar a Fermín de Pas, el magistral de la novela de Clarín, oteando entre las volutas renacentistas, con su catalejo apuntando a esa Vetusta sobre la que cree tener superioridad moral: "Era una presa que le disputaban pero que acabaría de devorar él solo (...) veía a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo..."

También se pueden venir a la mente los guardias de asalto que se atrincheraron allí durante la Revolución de Octubre impidiendo que los mineros pudiesen entrar en la catedral a destruirla. Aunque sí consiguieron una verdadera catástrofe: la quema de la Sala Capitular (incluyendo los archivos y la bellísima sillería del coro, de la que sólo se salvaron seis sillas, si bien se ha restaurado recientemente) y la voladura de la Cámara Santa con dinamita, en un intento fallido por demoler la torre que se enmarcaba en la fiebre de destrucción extendida por toda esa parte del casco antiguo ovetense.

Sin embargo la torre, que como digo era el verdadero objetivo, sólo vio aplazada la amenaza porque quedaría  mutilada dos años después, durante la Guerra Civil, al recibir el impacto de un obús que la redujo a escombros (más ciento sesenta disparos de artillería y fusilería que dejaron maltrecho el resto del edificio). Así, las labores de restauración iniciadas en 1935 y suspendidas por el conflicto bélico, tuvieron que volver a empezar rehaciendo lo rehecho, valga la redundancia. Se concluyeron en 1942.

La Sala Capitular, restaurada


El chapitel renacentista con el pararrayos
En realidad no era la primera vez que ese "índice de piedra que señalaba al cielo" sufría daños. Sólo que anteriormente fue la Naturaleza la mutiladora porque en cinco ocasiones, que se sepa, ya había recibido descargas de rayos.  Al respecto, cabe retomar de nuevo la descripción de Clarín: "Como haz de músculos y nervios, la piedra, enroscándose en la piedra, trepaba a la altura haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre ésta una cruz de hierro que acababa en pararrayos". Las malas lenguas también consideran dañinos otros ataques, menos violentos pero igual de perjudiciales, como las reformas acometidas por el obispo Martínez Vigil a caballo entre los siglos XIX y XX.

Y es que la Catedral de Oviedo ha tenido que someterse a continuas obras de rehabilitación o transformación a lo largo de su historia; la primera, ya en la segunda mitad del siglo XII, cuando se empezó a sustituir la primitiva románica por otra gótica, acorde al crecimiento de la ciudad por la afluencia de peregrinos, que difundían el nuevo estilo gótico y consideraban la anterior "fea y pequeña".


A la izquierda, asomando levemente, la torre gótica; a la derecha, en primer plano, la románica

¿Y qué hay del interior de la Catedral? preguntarán. Pues tiene planta de cruz latina con girola y tres naves -la central más alta y ancha- cubiertas con bóvedas nervadas, siendo una buena muestra de los cambios estilísticos que se sucedieron a lo largo de tres siglos de obras. El edificio no se empezó por el tejado pero tampoco por el templo en sí, sino por el claustro (que sustituye al anterior románico) y la Sala Capitular, primeros trabajos góticos acometidos a finales del siglo XIII. La iglesia vino unas décadas después, en el año 1382, para convertir el presbiterio en capilla mayor, bajo la dirección de los arquitectos fueron Juan de Badajoz el Viejo, Juan de Candamo de las Tablas y Pedro Bunyeres.

La nave central con el retablo mayor al fondo

Coexisten elementos góticos y renacentistas tanto en la torre, del siglo XVI, como en la fachada, porticada y con una entrada a cada nave. Las puertas de madera tallada, del XVIII, hechas por Francisco Meana, daban paso al trascoro, una zona que en su época se usó para representar comedias. También barrocos eran los dos órganos que el citado obispo Martínez Vigil mandó eliminar, junto con otros elementos decorativos medievales que consideraba anticuados (verjas, púlpitos, rejas, sillería...), en su febril y hortera modernización.

Las puertas de madera tallada

Como es habitual, en los laterales se suceden las capillas, muchas de ellas decoradas en estilo barroco. Pero hay que hacer mención especial para la Capilla del Rey Casto, que se comunica con el crucero por un extraordinario arco ojival con parteluz -obra del flamenco Juan de Malinas- en uno de cuyos laterales hay una estatua de San Pedro portando en la mano la llave del Cielo, de hierro; es tradición hacerla girar para garantizarse la entrada. 

El arco gótico que comunica el crucero con la Capilla del Rey Casto. San Pedro, a la derecha

Bien iluminada gracias a un cimborrio, esta capilla acoge el Panteón Real, terminado en 1717, donde yacen varios reyes asturianos junto a alguno leonés y sus respectivas esposas. No busquen a Pelayo, el primero, ni a Fávila, al que se merendó un oso; pero sí encontrarán a Alfonso II, por ejemplo (el que da nombre a la capilla) o a Ramiro I, impulsor del prerrománico regional. Estatuas y bustos de esos monarcas se pueden ver en el lateral derecho de la Catedral, en el Jardín de los Reyes Caudillos, escenario habitual de fotos nupciales por su recoleta belleza rematada al fondo con el campanario del vecino Convento de San Pelayo.


Jardín de los Reyes Caudillos con el campanario del convento detrás

¿Más curiosidades? Donde empieza el brazo norte del crucero, casi a la entrada de la Capilla del Rey Casto, en una hornacina bajo un arco con una inscripción que reseña su apertura en el siglo XVIII, estuvo durante años un enorme y ennegrecido jarrón de piedra caliza conocido como la Hidria que la tradición identificaba con una tina de vino de las bodas de Caná. Tuvieron que retirarlo del público porque todos los peregrinos se empeñaban en tocarlo y estaba muy desgastado.

La Hidria


El casi desconocido rosetón norte

En la nave opuesta se encuentra la talla de piedra policromada, románica, de San Salvador (foto de la izquierda), ante la que se postran los peregrinos que hacen el Camino de Santiago. Tenía la facultad milagrosa de devolver la vista a los ciegos, el habla a los mudos y exorcizar posesiones diabólicas pero, al parecer, se le han agotado las pilas. En medio, el gran retablo mayor, que mide ciento cuarenta y cuatro metros cuadrados por doce de altura y cuyo dorado resplandece espectacularmente, es obra de Giralte de Bruselas y Juan de Balmaseda, con Alonso Berruguete a cargo de dorados y decoración pictórica.

San Salvador, consumado galeno y exorcista, con el retablo mayor al fondo
Por último, decir que en lo alto de la torre hay cuatro grandes campanas trasladadas desde la Torre Vieja románica y llamadas Santa Cruz, Santa Bárbara, Esquilón y Wamba; ésta, que lleva nombre de rey visigodo y pesa ochocientos treinta y tres kilos, fue fundida en bronce en 1219, lo que la convierte en la más antigua del mundo en funcionamiento. Por tanto, es anterior incluso a la propia catedral,  y, de hecho, entre sus curiosas inscripciones, se puede leer una que reza "Cristo truena, Cristo suena, Cristo reina, Cristo impera" pero también una curiosa invocación pagana:  "Júpiter Tonante, que en su aparición se rodea de truenos y sonidos potentes".

Fotos: JAF
Fotos interiores: Catedral de Oviedo
Foto final: España es Cultura

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