martes, 28 de junio de 2016

El Barrio Copto de El Cairo (y II)


Continuamos la visita a un rincón de El Cairo poco conocido pero pleno de interés histórico y artístico, tal como vimos en la primera parte del artículo dedicada al Barrio Copto. Una vez dentro hay una serie de rincones que suelen figurar en todos los catálogos turísticos y que se pueden ver en poco tiempo, dado su pequeño tamaño y la escasa distancia que guardan entre sí.

El icono llorón
La iglesia de San Sergio es el monumento más antiguo, pues su construcción se remonta a finales del siglo IV principios del V, bien es cierto que con posteriores reformas sucesivas durante la Baja Edad Media. Los soldados convertidos al cristianismo Sergio y Daco, martirizados por el emperador Maximiano, son los beneficiarios del templo. Pero lo verdaderamente interesante es que en la cripta del primero hay una gruta donde, según la tradición, se cobijaron San José, la Virgen y el recién nacido Jesús tras huir a Egipto de la matanza de niños decretada por Herodes; ya lo conté en el post anterior pero no dije que para celebrar ese hecho los interesados disponen de una misa cada 1 de junio. De todas formas, esa cueva no siempre puede visitarse porque tiende a inundarse con la crecida de las aguas del subsuelo, así que muchos tendrán que conformarse con el icono que hay justo al principio de la bajada, y que representa una Virgen que, según cuentan, lloraba sangre cada vez que los coptos son perseguidos (o sea, que menudo espectáculo gore se montará, teniendo en cuenta la historia de persecuciones que sufrió esa fe). Y, ya puestos, mencionemos también una columna que forma el fuste de una cruz y que también sangra -vaya afición-, curando enfermedades.

El otro día también mencionaba la iglesia de Santa Bárbara, que es un de las más grandes del país. Se levantó en memoria de la santa homónima, denunciada por su propio padre por hacerse cristiana y que fue condenada a azotes y a pasear desnuda por las calles cual Cersei Lannister, pese a lo cual siguió en sus trece (la protegía un ángel; así cualquiera), por lo que el pagano sátrapa de Mármara, donde vivía, desplegó una completísimo repertorio de torturas. flagelación, quemaduras con hierros candentes, el potro, desgarramientos... El ángel tuvo trabajo, desde luego, pero al final zanjaron la cuestión decapitándola; lo hizo su padre en persona y el ángel, que debía tener mal perder, se vengó fulminándolo con un rayo. Las reliquias de la pobre Bárbara se conservan en una capilla; quién se lo iba a decir.

Mosaico de San Jorge, en la iglesia homónima
No todo son iglesias. No podía faltar todo un convento que tiene como extraña curiosidad el hecho de que sus monjas vayan encadenadas, emulando el sufrimiento de su santo patrón, San Jorge. Porque aunque la iconografía que ha trascendido de este santo es la que le muestra como caballero matando a un dragón, el hecho es que lo pasó peor que el animal: era un legionario romano de Capadocia que, educado secretamente en el cristianismo por su madre, se negó a participar en las persecuciones de Diocleciano y por ello terminó ejecutado. O eso cuenta la leyenda, bastante dudosa. La que une su destino al dragón es muy posterior, medieval, del siglo IX.

Asimismo, también hay una sinagoga, la de Ben Ezra. Egipto acogió a una importante comunidad judía que se estableció fundamentalmente en Alejandría tras la Diáspora decretada por Tito en el año 70 por su rebelión contra Roma. Ya en el siglo XX, la proclamación del estado de Israel y la expulsión posterior por la guerra entre ese país y Egipto provocaron que el número de hebreos egipcios sea hoy muy escaso. En la geniza de la sinagoga (una espoecie de contenedor donde se guardan textos antiguos en desuso) descansaba un secreto que no se descubrió hasta tiempos decimonónicos: una ingente cantidad de manuscritos hebreos medievales -dos millares- que permiten a los expertos conocer mejor cómo era la ciudad entre los siglos XI y XII. De todas formas, lo más divertido del edificio, erigido sobre un templo cristiano previo del siglo VIII (que, a su vez, ocupaba el lugar de un inmueble romano), es que se alza en el mismo lugar donde fue encontrado aquel bebé judío abandonado en las aguas del Nilo y llamado Moisés. La tradición es la tradición, por improbable que resulte y por mucho que la existencia histórica de ese personaje sea más que dudosa.

El interior columnado de la sinagoga
Y no podía faltar una institución como el Museo Copto, fundado en 1908 y que posee la mayor colección que existe sobre todo lo relacionado con esta religión, en parte porque el Museo Egipcio y el Museo de Arte Islámico le transfirireron sus fondos coptos. El resultado son dieciséis mil piezas distribuidas en una docena de secciones ordenadas cronológicamente, desde sarcófagos del período primigenio  a los iconos posteriores, pasando por textiles, capiteles, joyas, papiros, pinturas, etc. La obra estrella del museo (aparte de los manuscritos de Nag Hammadi que ya reseñé citaba en el post anterior) probablemente sea un libro, los Salmos de David, considerado el más antiguo del mundo, con más de milenio y medio de edad.
El Libro de Salmos de David

Para concluir esta breve reseña, otro templo, quizá el más famoso: el de Santa María, más conocido como la Iglesia Colgante (El Moallaga). El apodo es muy descriptivo porque el edificio se construyó en el siglo IV sobre la Puerta del Agua, una de las entradas a la llamada Fortaleza de Babilonia (la fortificación romana que sustituyó a la que había hecho Cambises en el año 525 a.C. y de la que aún quedan partes en pie), de manera que su nave principal queda en una ubicación elevada respecto al resto del barrio. Sin embargo, el nivel ha subido desde la época romana y parte de la torre ha quedado semienterrada, por lo que visualmente sólo se puede apreciar la altura (seis metros) gracias a una parte del suelo, que es de cristal. Consecuentemente el acceso al interior se realiza merced a una empinada escalinata, todo encajado entre volúmenes arquitectónicos aprovechando hasta el último resquicio.


La escalinata de acceso de la Iglesia Colgante


martes, 21 de junio de 2016

El barrio copto de El Cairo (I)

Patio de la casa del Patriarca Copto en El Cairo (John FrederickLewis)
¿Qué tienen en común personajes de religiones diferentes como Dios, Alá, la Virgen María, Osiris, Mahoma o Ra, por citar sólo algunos? Respuesta: todos se hicieron hueco en Egipto. Unos en situación privilegiada mientras que otros son sólo objeto de interés para el turismo histórico y algunos, los menos, conservan su modesto espacio como pueden. Pero El Cairo, sobre todo, permite hacer un recorrido religioso a lo largo de miles de años.

Está claro que quien visita el país lo hace pensando, en primer lugar, en el testimonio monumental de la época faraónica: los complejos de Giza, Sakkara, Tebas, Karnak y Abu Simbel, fundamentalmente, que son sus principales iconos. Algo que se completa con el patrimonio islámico, que se centra, sobre todo, en la Ciudadela de Saladino cairota, con sus mezquitas y su fortaleza. Pero, además, la egipcia también fue tierra cristiana y sus practicantes actuales se agrupan en la capital en el llamado Barrio Copto, que suele atraer a los viajeros de miras amplias (o con más tiempo de visita).

Los coptos constituyen un pequeño grupo étnico-religioso pero, a la vez, son la minoría más grande deĺ Próximo Oriente al sumar un diez por ciento de la población de Egipto. Ya no utilizan su idioma tradicional -que curiosamente derivaba del demótico hablado en la última etapa faraónica- más que en los oficios religiosos (son ortodoxos), usando el árabe en la vida cotidiana. Pero siguen mostrándose orgullosos de ser anteriores a los musulmanes, pues éstos no conquistaron Egipto hasta el siglo VII mientras que ellos están allí desde el IV, en una expansión que tomó Alejandría como punto de partida trescientos años antes, con la llegada de San Marcos. Algunos dicen que incluso más atrás, si se hace caso a los voluntaristas que retrotraen su origen a los tiempos de los faraones. De hecho, la palabra copto procede del griego kuptios, término sincopado de las palabras Αίγύπτιος Aigyptios y cuyo significado es "egipcio".

Evangelio Apórcrifo de Juan

Es evidente la relación entre griego y copto. Ambos tienen un alfabeto formado por veinticuatro letras, aunque el segundo añade otras seis procedentes del demótico. Algo que ayudó a Champollion a traducir la famosa Piedra Rosetta. El copto se convirtió en una lengua eminentemente cultural y litúrgica gracias a los escritos y traducciones realizados por monjes cristianos, ya que Egipto experimentó una auténtica explosión monástica de la que el ejemplo más popular que queda es el cenobio de Santa Catalina, que está al pie del monte Sinaí. De hecho, en 1945 se encontraron en Nag Hammadi, cerca de Luxor, unas vasijas que contenían más de un millar de textos de los siglos II y III d.C. entre los que figuraban evangelios, cartas y libros diversos, unos religiosos y otros clásicos. Estaban escritos en dialecto sahídico, el más común, típico de la región tebana, aunque había otros como el bohaídico, propio de Menfis y el litoral norte.

Entrada al Barrio Copto
El Barrio Copto de la capital, también conocido como Viejo Cairo y que tiene por nombre oficial Qasr al-Sham, es una especie de isla urbana rodeada de murallas romanas, presuntamente construidas por Trajano, en las que se abren las clásicas cuatro entradas. Dentro, una vez pasados los controles policiales (los coptos no están muy seguros en el contexto religioso del Egipto actual), espera un laberinto de callejuelas jalonadas por multitud de negocios y puestos de venta que le dan ese aire pintoresco que uno espera de un rincón bimilenario. El ambiente resulta un poco más relajado que el del resto de la ciudad, sin el ensordecedor ruido del tráfico ni el bullicio de las grandes avenidas.

Según cuenta la tradición, es el lugar donde se escondió durante unas semanas la Sagrada Familia (o sea, San José, la Virgen y su hijo Jesús), escapando del asesinato de recién nacidos decretado por Herodes el Grande -Egipto era una provincia romana y por tanto, fuera de la jurisdicción herodiana-. Así se cuenta en el Evangelio de San Mateo
Tan pronto como se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".  Él se levantó, tomó al niño y a su madre de noche, se fue a Egipto y estuvo allí hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por medio del profeta: "De Egipto llamé a mi hijo".
La veracidad de este episodio es muy escasa porque no hay ninguna fuente histórica que acredite la matanza de los inocentes, creada seguramente para establecer un obvio paralelismo con la historia de Moisés y hacer cumplir algunas profecías. Pero la relación de Egipto con estos personajes es intensa y en los evangelios apócrifos hay más capítulos dedicados a esa huida, algunos de corte muy ingenuamente fantástico. Es el caso de Matariya, un distrito del norte de El Cairo, donde se sitúa un sicomoro conocido como el Árbol de la Virgen porque en él se apoyó ésta para descansar (en realidad se trataría de uno nuevo, nacido de un esqueje que tomó un fraile franciscano en 1656  ante el mal estado del original pero quien se toma la molestia de llegar hasta allí no se anda con detalles).

La huida a Egipto según Fra Angélico
Sin embargo, en buena medida, el revival de todos esos episodios, más míticos que otra cosa, es el gran atractivo de la visita al barrio: en la cripta de la iglesia de San Sergio, por ejemplo, está la gruta donde se estableció la Sagrada Familia; la sinagoga Ben Ezra se alza sobre un templo copto anterior en el lugar donde fue hallada, entre los juncos de la ribera del Nilo, la cesta en la que abandonaron a Moisés; la iglesia de Santa Bárbara se construyó para albergar las reliquias de una mártir de dudosa existencia asesinada por su propio padre por convertirse al cristianismo, etc. 

[continuará]

lunes, 13 de junio de 2016

Mercado de San Miguel


Hace ya bastantes años que se puso de moda recuperar viejos mercados cambiando su uso clásico por otro más actual, orientado al ocio y la hostelería. Normalmente son espacios decimonónicos, construidos en aquellos tiempos en los que el hierro forjado vivió su momento dulce, lo que, combinado con el acristalamiento y el espacio más o menos diáfano, les confieren un encanto especial. Visitarlos al mediodía, en plan vermut, o a por la tarde, cuando ya empieza a declinar el día, se ha convertido en toda una moda que, además, atrae a no pocos turistas. 

El letrero de hierro forjado de la fachada
Prácticamente no hay lugar que se precie que no disponga de un foro así, generalmente enclavado en el centro histórico y rodeado de calles peatonales. Un elemento más en ese proceso, al parecer tan extendido como irreversible, de dotar a todas las ciudades de una apariencia clónica en equipamientos y mobiliario urbano. Pero, al menos, los mercados sirven al entretenimiento y el regocijo de la gente. Y si no ahí está para demostrarlo el Mercado de San Miguel, uno de los rincones más llamativos de Madrid de un tiempo a esta parte.

Se encuentra en la plaza homónima, un rincón encajado entre casas situado junto a la celebérrima Plaza Mayor y delimitado por las calles Conde Miranda y Cava de San Miguel, exactamente en el mismo sitio que antaño ocupara la iglesia de San Miguel de los Octoes; a alguno le sonará por ser el templo donde fue bautizado Lope de Vega. No queda nada de ella porque en 1790 la devoraron las llamas y Jośe Bonaparte mandó demoler las ruinas para, en su lugar, dejar un espacio abierto en el que los madrileños pudieran montar un mercado de viandas, sobre todo pescado. En eso recuperaba su función primigenia, ya que en el Medievo también montaban allí sus puestos de venta los gremios.

El famoso plano de Teixeira: en la parte de arriba de la imagen, marcada con una L, la iglesia de San Miguel de Octoes (1656)
Pero a medida que fua avanzando el siglo XIX, se empezó a considerar tales mercados un peligro para la salud pública. Fue así cómo la actividad comercial tendió a pasar a recintos cerrados, si bien el de San Miguel siguió al aire libre bastantes décadas, tan sólo delimitado por un par de portadas monumentales diseñadas por el arquitecto Joaquín Henri. Los edificios cubiertos llegaron en el último cuarto de la centuria, la mayoría siguiendo el patrón estético del Mercado de Les Halles, en París: por orden cronológico aparecieron Los Mostenses, La Cebada, Chamberí y La Paz. El de San Miguel tuvo que esperar al nuevo siglo y bien entrado ya: en 1916, tras dos años de obras bajo la dirección de Alfonso Dubé y Díez que se simultanearon con la actividad del mercado, para que no tuviera que cerrar.

Tenderetes del mercado en la Plaza san Miguel (siglo XIX)

Ahora bien, los demás fueron desapareciendo devorados por los cambios en los hábitos de consumo y San Miguel ha quedado como el último superviviente, protegido bajo la categoría de Bien de Interés Cultural. En 1999 se hizo una remodelación que le devolvió su aspecto original y, diez años más tarde, reabrió para alcanzar el éxito, cambiando radicalmente de concepto e imponiendo la parte hostelera sobre la tradicional.  Son cuatro mil metros cuadrados, la mitad en una planta baja con estructura de hierro y acristalamiento que proporciona buena iluminación natural -es la abierta al público-, más otra mitad en un sótano-almacén. Por sus calles interiores se distribuyen multitud de negocios hosteleros de comida informal pero con tono gourmet y buscando cierta representatividad de la gastronomía de toda España. 


Así, no fallan las raciones de calamares fritos, las tapas de aceitunas, las empanadas, los pinchos, los embutidos, las croquetas, la paella... Y hay tascas de ambiente andaluz, pastelerías, heladerías, zumerías, vinaterías o cafeterías, entre otros. Claro que tampoco falta espacio para la comida internacional, desde la pasta italiana al sushi japonés pasando por la cerveza anglosajona. E incluso sitios dedicados a otras cosas como las flores, la cosmética o los productos ecológicos. Todo ello, eso sí, en medio de una marea humana que reúne a madrileños más o menos habituales, visitantes españoles atraídos por su fama y turistas extranjeros con cierta cara de abrumador desconcierto ante el bullicio nacional; porque en hora punta hay que abrirse paso casi a codazos en los mostradores para poder ser atendido, sortear pisotones, jugarse un dolor de cabeza por el ruido, arriesgarse a que un niño te vuelque encima su refresco, otear como un buitre a la búsqueda de un hueco con taburetes... La buena vida española.


 Fotos: JAF

lunes, 6 de junio de 2016

La Romería del Agua: las fuentes de La Granja


Hay que comprender al pobre Felipe, que llega desde París a Madrid para inaugurar una nueva dinastía y ser el quinto de su nombre en la lista de reyes, pero que cuando pisa la capital española se encuentra que tiene que vivir en el viejo Alcázar de los Austrias, un sitio    . Nada que ver con el refinamiento francés, en el que ya se sentaban las bases del Rococó, un barroco bastante diferente al español, que era mucho más serio, menos delirante y algo alejado de la sensibilidad gala. Así que aprovechando su abdicación -frustrada, al morir su heredero Luis a los pocos meses y tener que volver a ceñir la corona- y hasta que un incendio fortuito devoró al Alcázar en 1734 (cuyo origen atribuyen a él mismo las malas y equivocadas lenguas), Felipe V de Borbón decidió compensar aquella decepción construyendo un palacio en la Sierra de Guadarrama para huir del rigor del verano castellano y, por supuesto, no siguiendo el modelo local sino el de su país de origen. De hecho, se refería a él como "Mi pequeño Versalles".


El lugar elegido fue La Granja de San Ildefonso, localidad segoviana donde los jerónimos tenían una granja -de ahí el nombre, sí, astutos detectives- y que desde entonces pasó a ser un Real Sitio y la fecha de inicio de los trabajos 1721, no quedando concluidos hasta tres años después. Sin embargo no es del edificio de lo que toca hablar hoy sino de sus jardines. Si un palacio es menos sin un buen jardín, no digamos ya un palacio francés. Felipe contrató para diseñarlo al famoso Le Nôtre, que venía avalado sobradamente por su labor en Versalles, encargándose de la parte práctica el arquitecto René Carlier, compatriota suyo, al que se encomendó la realización de las fuentes monumentales que debían decorar aquellas ciento cuarenta y seis hectáreas verdes. En una época donde aún no había motores, Carlier recurrió a la orografía del terreno, aprovechando los desniveles que presentaban las colinas circundantes para que el agua, procedente de un lago artificial llamado el Mar, cogiera impulso por sí misma gracias a la ley de la gravedad.




Carlier murió en 1722 y fue sustituido sucesivamente por René Fremin, Jean Thierry y, finalmente, por el prestigioso agrónomo y botánico afrancesado Esteban Boutelou, que ya se había encargado de los jardines palaciegos de su localidad natal, Aranjuez. Continuando la idea de su predecesor, Boutelou consiguió unos surtidores espectaculares, con chorros de gran altura; superiores incluso a los versallescos, que estaban limitados por lo llano del terreno. Esas fuentes, decoradas con grupos escultóricos clásicos elaborados en plomo pero pintados simulando bronce, han conseguido trascender la atracción que supone el palacio mismo y su encendido congrega a multitud de curiosos. Dado el gasto de agua que eso supone, normalmente sólo funcionan cuatro de las veintiséis, en días y horas concretos. Por ejemplo, este 2016 serán cuatro los miércoles y sábados a las 17:30 y los domingos a las 13:00. La web de Patrimonio Nacional anuncia cuáles son y cuándo.




Pero hay tres días al año en que se hace una excepción y se ponen en marcha todas las fuentes, una tras otra. El primero es el 30 de mayo, onomástica de San Fernando; el segundo, el 25 de julio, fiesta nacional española por excelencia (Santiago); y el tercero, el 25 de agosto, San Luis. Tres jornadas en las que se inscribe lo que se ha dado en llamar la Romería del Agua, porque los visitantes, miles de personas, van moviéndose de fuente en fuente a medida que una se apaga y se pone en marcha la siguiente, con un lapso intermedio de diez minutos para dar tiempo al traslado entre ellas. Un silbato da el toque de salida y los surtidores vuelan hacia el cielo; literalmente en algunos casos, pues llegan a alcanzar cuarenta metros de altura. Niños y estudiantes suelen despedir el curso dándose un baño; el resto de la concurrencia tampoco se libra de la mojadura si está demasiado cerca del radio de acción del agua, de ahí que no sea raro ver a muchos ataviados con chubasqueros aún cuando el sol castigue con dureza.



Es cuestión de prioridades: si uno quiere estar en primera o segunda línea debe asumir que acabará empapado, aparte de tener que correr entre cada fuente so pena de verse obligado a abrirse hueco a codazos  o contemplar el agua saliendo por detrás de una masa de cogotes. Tengamos en cuenta que las fuentes se distribuyen por seis kilómetros cuadrados de jardines, entre áreas boscosas, prados, laberintos de setos... Hacer el circuito entero puede llevar un par de horas pero permitirá ver no sólo el espectáculo acuático de cada fuente, todos diferentes, sino la belleza de ellas mismas y sus motivos clásicos. Los días normales funcionan, alternándose, la Fama, Las Ranas, los Baños de Diana, las Ocho Calles, la Carrera de Caballos y el Canastillo.


Fotos: JAF
Fotos extra: Patrimonio Nacional

lunes, 30 de mayo de 2016

Rincones de La Paz: Plaza Mayor de San Francisco


No es raro que en el mundo hispánico una iglesia constituya el punto vertebrador de un espacio urbano, generalmente en forma de plaza. Esto se cumple al pie de la letra en La Paz, ciudad de orografía que podríamos tildar -no sin cierto toque eufemístico- de difícil, asentada en una hondonada pero extendiéndose hacia las alturas que la rodean tal cual una sombra al caer el sol. Y se cumple, digo, porque recorrer su callejero es como una continua etapa ciclista rompepiernas, con subidas y bajadas y vueltas a subir, con laderas precariamente urbanizadas que sirven de telón de fondo lumpen al final de las calles, y con plazas donde ha sido necesario escalonar el pavimento para salvar las diferencias de altura y crear un ámbito que sea acogedor para el ciudadano.



La Plaza Mayor de San Francisco es un buen ejemplo. Ha quedado articulada en tres niveles tras una remodelación realizada en 2011 para revitalizar el centro paceño en la que se amplió su superficie al juntarla con la vecina De los Héroes mediante una gran escalinata. El resultado son seis mil ciento sesenta y tres metros cuadrados de ágora que alcanzan capacidad para unas cien mil personas. Y no sé si alguna vez se ha llenado ese aforo pero un paseo por allí a media mañana da la impresión de que, en efecto, la gente empieza a reunirse, hasta el punto de que es una plaza animada como pocas, colorida, pintoresca, viva.





No resulta extraño que suela utilizarse como foro para actos públicos, no sólo ahora sino a lo largo de toda su historia; de hecho, se suelen citar cuatro grandes acontecimientos políticos recientes en tal escenario, aunque ninguno de la trascendencia del acaecido en 1549: la construcción de la Basílica de San Francisco, que es su referencia monumental y artística, así como el origen de la plaza misma. El río Choqueyapu pasaba por allí y separaba el casco urbano del llamado barrio de indios. En realidad esa iglesia, presuntamente levantada sobre un santuario aimara previo, formaba parte de un complejo mucho más grande, un convento homónimo franciscano establecido dos años antes, y no estuvo concluida hasta 1581.



Su aspecto de entonces no sería como el actual porque no duró mucho: a principios del siglo XVII una tremenda nevada hizo desplomarse el edificio, que era de simple adobe, por lo que entre 1743 y 1753 se erigió otro, el que aún perdura. La bonita decoración labrada de la fachada se hizo cuatro décadas después y la torre es más tardía aún, de 1855. El interior es de tres naves, con una cúpula de media naranja y una cripta en la que están enterrados Juan Sagámaga, Pedro Domingo Murillo y Juan Basilio Catacora, paceños ejecutados por su participación en la revolución de 1809.



El cenobio, en cambio, no sobrevivió: lo demolieron en la segunda mitad del siglo XX para abrir la plaza y la avenida Mariscal Santa Cruz. Posteriormente se lo debieron pensar mejor y se aplicó un plan de recuperación de lo que quedaba, reaprovechándolo para ubicar el Centro Cultural Museo San Francisco, de arte sacro e indígena; un sitio muy interesante del que merecerá la pena hablar más detalladamente en otra ocasión. Ahora, el monasterio es Monumento Nacional, conservando dos preciosos claustros y el coro, además de la iglesia.



Yo llegué a la plaza bajando por la Avenida Murillo, en un plácido paseo con paradas continuas para atender al inevitable vendedor ambulante de fósiles o para curiosear los tenderetes de la miríada de tiendas de souvenirs y ropa de lana de alpaca. Aunque el escaparate más alucinante fue el dedicado a productos de magia y brujería indígena; a falta de tiempo para visitar el famoso Mercado de las Brujas paceño, me entretuve viendo aquella inaudita colección de paquetes de hojas de coca, fetos de llama, jabones esotéricos para atraer el dinero, cajas de hierbas medicinales diversas productos para vigorizar el ardor sexual de nombres estupefacientes, entre otras muchas lindezas que hay que ver para creer y ahí están las fotos para demostrarlo.




Fotos: JAF

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