La Basílica de la Santa Croce y el origen del Síndrome de Stendhal (II)

(Continuación del artículo anterior, en el que atravesaba la Piazza Santa Croce y llegaba hasta la basílica, a cuya entrada se alza la estatua de Dante Allighieri).

Tumba de Galileo
Una vez dentro pasé a la iglesia propiamente dicha: tres naves -la central muchísimo más ancha que las laterales- separadas por pilares octogonales que sostienen arcadas ojivales, aunque hay añadidos posteriores. Sin embargo, al contrario de lo que pasa con otros templos góticos, lo verdaderamente fascinante no es el continente sino el contenido, tanto el artístico como el mortuorio, en algunos casos ambos relacionados. Si el pavimento rojo está tachonado por las lápidas de doscientas setenta y seis tumbas de notables florentinos, las que realmente interesan no están en el suelo sino en las paredes de la parte derecha hasta el transepto. No voy a citarlas todas porque esto se alargaría demasiado, pero sí las de algunos personajes que han pasado a la Historia con letras de oro y por ello tienen sepulcros monumentales.

El primero es el de Galileo Galilei. Ya saben, el sabio pisano cuya gran aportación a la ciencia astronómica, el perfeccionamiento técnico de un telescopio que le permitió enunciar la Primera Ley del Movimiento y constatar la teoría heliocéntrica copernicana, le llevó a ser procesado por la Inquisición y condenado a abjurar de sus ideas, pasando el resto de su vida confinado en casa. Tras su muerte en Arcetri en 1642 sus restos mortales fueron trasladados a Florencia por orden de Fernando II, Gran Duque de Toscana; pero hasta 1736 no pudo ser enterrado en la basílica por la condena inquisitorial.

Tumba de Miguel Ángel
Justo enfrente, en la otra nave, yace otro genio pero de las artes. Un tal Miguel Ángel Buonarrotti, autor de la Piedad, el Moisés y los deslumbrantes frescos de la Capilla Sixtina de Roma, ciudad en la que falleció en 1564. Su cadáver fue trasladado subrepticiamente por su sobrino Leonardo; para evitar posibles obstáculos (el Papa para ser exactos), lo hizo de una forma algo macabra, en un carro de mercancías y envuelto en una alfombra. Tardó tres semanas en hacer el trayecto, así que es mejor no imaginar en qué condiciones llegaría; en cualquier caso, su funeral debió ser emocionante, de noche, en una masiva comitiva en la que todos los artistas de la Academia portaban antorchas. Su mausoleo, una combinación de arquitectura, escultura y pintura para homenajearle, lo hizo Vasari pero colaboraron otros más.

Al lado hay otro monumento funerario que atrae la atención; Honorem summi poetae (Honrad al más alto poeta) dice su epitafio. Sin embargo el interés es más emocional que artístico porque el cenotafio de Dante, que es al que me refiero, fue construido por Stefano Ricci en 1829. No es que la fecha no concuerde con la época del poeta -o no sólo- sino que su cuerpo no está allí, ya que murió en Rávena en 1321, donde estaba exiliado, y los esfuerzos por traerlo no fructificaron. Pese a la orden expresa del Papa, las autoridades de Rávena enviaron un ataúd vacío. cosas de aquellas inacabables rivalidades de la Italia medieval.

Cenotafio de Dante

Hacia la mitad de la nave está el sepulcro de Niccoló di Bernardo dei Machiaveli, o sea, Maquiavelo, uno de los mejores representantes del Renacimiento literario y de toda una doctrina política, la expuesta en El príncipe, no siempre bien interpretada. Repudiado por los Médici, que le detuvieron y torturaron acusándolo de tramar un golpe de estado, murió olvidado y si no lo hizo también en la miseria fue gracias a que le tocaron veinte mil ducados a la lotería. Su epitafio es magnífico: Tanto nomini nullum par elogium (Gran nombre más allá de toda alabanza).

Tumba de Maquiavelo

No sólo hay memoria para los renacentistas. ¿Quién no ha escuchado, seguramente montones de veces, los acordes de El barbero de Sevilla o la introducción a Guillermo Tell? A su autor, Gioachino Rossini (que, por cierto, estuvo casado con una española), el óbito le sorprendió en París en 1868 y estuvo un tiempo enterrado en el cementerio de Père-Lachaise. Pero diecinueve años después se llevaron sus restos a la Santa Croce debido a su enorme popularidad; hasta Verdi le dedicó una misa de réquiem. Eso sí, su mausoleo parisino sigue en pie, aunque vacío.

Tumba de Rossini
La lista de enterramientos ilustres se completa con los nombres de varios escritores y poetas: el humanista Leonardo Bruni, el dramaturgo dieciochesco Vittorio Alfieri y el poeta romántico Ugo Foscolo.

Curiosamente, uno de los hijos más preclaros de Florencia, el pintor Sandro Botticelli, que nació y murió en la ciudad durante lo que se considera su Edad de oro, no está sepultado en la basílica junto a los otros genios sino en la que era su parroquia, la iglesia de Ognissanti; quizá por la acusación de sodomía que cayó sobre él por no casarse nunca (pese a su incierta relación con Simonetta Vespucci, la modelo de su famoso Nacimiento de Venus) o quizá por haber sido un piagnore (o sea un llorón, como se llamaba a los seguidores de Savonarola). Es más, la ausencia de Botticelli en la Santa Croce se extiende a su arte, pues no hay obras suyas en ella.

CONTINUARÁ...

Fotos: Marta B.L.

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